Muerte y renacimiento

01/04/2009

La naturaleza actúa con gran sabiduría en todas sus fases de renovación. Nuestras células se mueren de forma espontánea, en un paso llamado apoptosis. Desaparecen de nuestro organismo para mantener y regular el equilibrio interno. Sin embargo a nivel psicológico una de las situaciones que más sufrimiento nos produce es aceptar los cambios, especialmente aquellos que nos enfrentan a nuestros miedos más profundos cuestionando la valía personal. Entramos en un proceso de desaprender para volver a aprender, morir para poder renacer.

Aceptar la impermanencia

Los grandes maestros nos enseñan a aceptar la impermanencia como lo único constante de nuestra existencia. Todo es continuo devenir, en las meditaciones de Vipassana (visión cabal), observamos a nivel interno como las sensaciones de nuestro cuerpo van cambiando, hasta sentir un flujo libre que nos conecta con una realidad muy diferente de la que estamos acostumbrados. Descubrimos que la realidad es eso, vacío, todo lo que existe se puede descomponer en partículas hasta llegar a la conclusión que no existe una entidad independiente en sí misma, todo es interdependiente porque todo se construye en relación a algo. El cuerpo deja de ser algo denso para convertirse en un conjunto de sensaciones cambiantes que surgen y se desvanecen en un flujo constante.

No podemos agarrarnos a algo que no tiene entidad propia, por lo que nos situamos en el No Yo. Si integramos esa clara comprensión a nivel profundo y asumimos que el cambio forma parte de nuestra existencia, no tendremos problemas a la hora de desapegarnos de nuestro cuerpo, ni de todo aquello que nos impide ser felices. Conseguiremos desarrollar todo nuestro potencial humano y divino.

Cuando tuve esta experiencia hace ya unos años en un retiro de Vipassana, supuso un gran descubrimiento. Realmente no me puedo apegar a nada porque no hay nada real a lo que apegarse, todo son proyecciones de mi mente, según como interprete mi realidad así crearé mi mundo, mi estructura, mi marco de referencia.

El cambio forma parte de nuestra vida porque nuestro cuerpo está en un proceso de trasformación permanente. En nuestro ciclo evolutivo pasamos de la infancia a la adolescencia, a la madurez y la vejez en un continuum. No es algo brusco, cada día nuestras células se oxidan, nuestra piel pierde elasticidad, los órganos se deterioran. La sociedad entra en una batalla perdida contra el paso del tiempo. Queremos aferrarnos a algo que no podemos parar, por eso sufrimos. El apego es según Buda una de las tres causas del sufrimiento humano junto con la ira y la ignorancia, es como atrapar el agua con la mano, no podemos parar lo imparable.

La naturaleza también tiene sus ciclos, la semilla tiene que morir para trasformarse en planta. Si no muere no puede renacer, su potencial está dentro, sólo han de darse las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle y una de esas condiciones es la propia muerte. La oruga se convierte en mariposa al sufrir metamorfosis, ha de abandonar su cuerpo para poder renacer como mariposa y salir de su capullo volando hacia la libertad. La muerte y la vida se dan la mano para mantener el ciclo de la existencia.

Nuestro “YO EMOCIONAL”

Las situaciones en sí mismas no tienen entidad propia, cada uno de nosotros las interpretamos de una manera diferente y eso nos da una gran libertad porque nos permite elegir cómo vivimos nuestra realidad. Somos mucho más que un pensamiento, una emoción o una sensación. Nuestro cuerpo humano es el instrumento que nos conecta con el mundo, pero existe algo que está más allá del cuerpo, los maestros budistas lo llaman mente iluminada o buda, los cristianos lo llaman alma, puede ser energía o la nada. Se puede nombrar de muchas maneras pero todos lo hemos sentido en algún momento de nuestras vidas. Ese Yo superior es el que a veces nos hace una llamada de atención. Algo se mueve muy dentro de nosotros, desde un lugar muy profundo y necesita ser escuchado. En ese momento hay que parar, estar atento, consciente y saber sentir con el corazón. ¿Qué necesito? No se trata de las necesidades cotidianas ni de las necesidades de los otros que a veces confundo con las mías, se trata de algo que no funciona en mi vida y que requiere ser solucionado. Lo primero es saber identificarlo permitiéndonos reconocerlo. Si ni siquiera nos damos ese permiso, no podremos satisfacerlo. Llega la hora de conectarnos con nosotros, con nuestro ser más profundo y tomar conciencia de que es el momento de tomar decisiones, de morir para renacer, de despedirnos para siempre de aquello que nos atrapa como una tela de araña y nos impide crecer. Lo más difícil es enfrentarnos con nuestros miedos y trascenderlos.

Todos tenemos nuestras propias experiencias, las vivencias personales integradas desde nuestra más tierna infancia van dejando improntas con las que elaboramos a niveles muy profundos nuestra identidad emocional. Este “yo emocional” nos acompañará durante muchos años. Si es sano y nos ayuda a ser felices y a realizarnos como personas todo va bien. El problema está cuando esa identidad nos bloquea, nos impide crecer, nos distorsiona la realidad, no nos permite avanzar, es patológica. Entonces hay que ser capaces de desenmascararla, reconocerla, aceptarla, perdonarla, amarla y después de todo ese proceso, despedirnos de ella.

Es un proceso difícil, doloroso porque nos enfrentamos a una parte de nosotros que nos ha acompañado durante muchos años, que ha alimentado nuestros miedos, inseguridades, debilidades. De la que hemos obtenido muchos beneficios aunque fuesen negativos: ser queridos, reconocidos, aceptados, representar un rol para el que habíamos nacido,….desarrollábamos una función dentro de nuestro sistema familiar y social. Podemos ser los “buenos o los malos”, el “rebelde o el responsable”, el “exitoso o el fracasado”, “el violento o el pacificador”,… hay un sin fin de papeles con los que nos podemos sentir identificados. Pero ¿esa es realmente nuestra identidad o es una máscara? ¿Estamos representando una película en la que queremos ser protagonistas de nuestras vidas o meros actores secundarios bajo la dirección de otro yo que nos utiliza para su beneficio? Cuando somos niños o adolescentes necesitamos que nos enseñen y nos dirijan, con cariño y firmeza, pero hay un momento determinado en que somos nosotros los que tenemos que decidir qué hacer con nuestra vida, qué camino queremos seguir. La responsabilidad es nuestra.

A lo largo de nuestra historia personal tomaremos muchas decisiones, pero hay momentos que sabemos que la decisión que tomemos cambiará definitivamente nuestro destino, porque implica mucho más que un cambio de trabajo o de domicilio. Supone un traspaso de poder, ¿elegimos ser fieles a nuestra verdadera identidad o continuar escondidos tras la máscara que nos ha acompañado durante tanto tiempo? ¿Decidimos tomar las riendas de nuestra vida, con el riesgo de tropezar y de ser abandonados por aquellos que no quieran seguirnos en nuestro camino o seguimos con el firme propósito de vivir siendo honestos con nosotros mismos aunque renunciemos a nuestro ego feroz y a las comodidades que nos vende el mundo de la ilusión? En ese momento de cambio, aparece acechante el fantasma del recelo, de las dudas, la inseguridad. Conectamos con nuestros miedos más profundos, el miedo a ser abandonados, a no ser queridos si decidimos seguir por el camino que no nos han marcado, que los demás no esperan de nosotros. Es un momento de angustia profunda, vértigo, incertidumbre. Hay que morir para poder renacer. Debemos dar muerte a ese “Yo emocional”, a esa parte de nosotros que nos impide crecer, aunque nos ayudara a sobrevivir durante muchos años de nuestra vida. Es un paso más de nuestro ciclo evolutivo, en nuestro crecimiento personal y espiritual, sólo que no es algo tangible, físico. Por eso nos cuesta manejarnos con ello, porque es una trasformación interna y muy profunda, que nos exige determinación y renuncia.

Muerte y renacimiento

Si tomamos conciencia de que el cambio forma parte de nuestra existencia, si aceptamos que somos seres en constante evolución y conectamos con nuestro compromiso personal, aceptaremos el paso de la muerte con conciencia y conectaremos con nuestro poder para dominar y elegir libremente el destino de nuestra vida. Llega el momento de la despedida. Una parte de nosotros va a irse para siempre, pero llevamos integrada la experiencia de una vida que también nos ha aportado momentos de alegría y felicidad. Ante un duelo, el de nuestra propia muerte, también es necesario un ritual.

Lo principal es reconocer y aceptar la despedida, mirar al miedo de frente, y convivir con la tristeza que siempre sentimos ante el vacío de la pérdida. Las emociones están ahí y hay que reconocerlas para poder liberarnos de ellas, si no lo hacemos así nos perseguirán como fantasmas y aparecerán cuando menos nos lo esperemos para recordarnos que están sin resolver. Lo más difícil es no claudicar ante ellas, no retirarnos, afrontarlas. Pero eso es justo lo que debemos hacer, trascenderlas, traspasarlas, mantenernos firmes ante todas sus manipulaciones y manifestaciones. Aceptarlas, abrazarlas y darles su espacio, entonces desaparecerán. Si reaccionamos ante ellas se reforzarán y ganarán la batalla.

Hay que perdonar y perdonarnos, dejar atrás todo aquello que nos ha dañado, despedirnos del pasado, de lo bueno y de lo malo. Lo único que tenemos es el presente, el aquí y el ahora. Es bueno dar gracias por todo lo recibido, aprendido, lo que hemos incorporado en la vida que vamos a dejar atrás, lo que nos han dado las personas que nos han acompañado, lo que nos llevamos de ellas. Podemos hacer una selección de lo que queremos guardar y devolver lo que no nos ha gustado. De esta forma incorporamos en nuestro recuerdo lo bueno para poder hacer uso de ello y compartirlo con los demás.

El siguiente paso es decidir de forma clara dónde vamos a colocar toda nuestra energía. En que dirección va a mirar ahora nuestro corazón. Nuestra nueva identidad necesita protección, cuidados y atenciones. Si voy a dejar de ser un rebelde asumo ser responsable de mi vida y comportarme como el adulto que soy aunque hasta ahora mi conducta haya sido de adolescente. Entonces me ocuparé de mi familia y de mis hijos con la conciencia puesta en el amor hacia todos ellos.

Si cambio una forma de vivir por otra con la que me siento realizada, a pesar de las dificultades que pueda encontrar en el camino, canalizaré todo mi amor y mis energías para construir una nueva vida que coincida con mi propósito vital y que esté en consonancia con lo que realmente soy, no con lo que creía que era. De esta forma estoy creando nuevos vínculos, más sanos, desde donde la semilla que ha de morir para desarrollarse, tendrá el terreno abonado y con el agua suficiente para que crezca y de sus frutos.

No hay renacimiento sin muerte. Es un paso difícil, es fácil bloquearse ante el miedo porque su misión evolutivamente es la de ponernos alerta y avisarnos de peligros. Pero ese miedo hay que trascenderlo y reconvertirlo en fuerza y determinación. La vida nos trae cambios porque se bloquean energías que necesitan ser liberadas. Las crisis son muy trasformadoras si se saben instrumentalizar. Si no las aceptamos de esta manera y nos apegamos a nuestra realidad, se convierten en algo doloroso que nos produce un gran sufrimiento y puede llevarnos a una profunda depresión. Entonces es bueno pedir ayuda de un profesional que nos acompañe en el proceso para evitar un sufrimiento innecesario. Los cambios generan sufrimiento, pero como dicen los grandes maestros “no hay que añadir sufrimiento al sufrimiento”, la medida de la dosis depende de nosotros.

Si aceptamos la muerte como parte de la vida, la impermanencia como flujo constante e instrumentalizamos el proceso de trasformación personal desde la conciencia, viviremos un renacimiento espiritual y personal que nos revitalizará y nos conectará con nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego, pensamientos, emociones y sensaciones. Saludaremos con alegría cada día y cada amanecer y aprenderemos a convivir con nuestros miedos para vencerlos y superarlos con amor y determinación. Entonces conectaremos nuestro corazón con el de todos los seres y sentiremos la unidad con la humanidad.

Como dijo Jack Kornfield “No se trata de cambiar lo que somos, sino de no aferrarnos a nada y de abrir los ojos y el corazón”.

Sandra Garcia Sánchez-Beato

Sandra Garcia Sánchez-Beato

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