Recuperando la confianza en los terapeutas

01/04/2013

Richard Galbraith

Suena el teléfono. En la distancia escucho las risas cálidas de mi pareja y un amigo. Más tarde, con la luz del atardecer sobre su silueta, aparece Catherine en la puerta de mi estudio, animada con una noticia: queda sólo una plaza para cursar un Master en Madrid…

Ofrecen la posibilidad de una acreditación por la FEAP, además de ser partícipe de una asociación española de psicoterapeutas. Catherine me anima a su manera tan dulce como firme, su calor abrazando mis inseguridades que llega como un empujón tras mis hombros, un impulso para formarme de nuevo y realizar un viejo deseo: estudiar aquí en España y compartir con personas de mi propio ámbito. Al mirarla allí en la puerta, la veo tan generosa: una compañera auténtica en medio de la recuperación difícil de un cáncer de pecho, aún así, ella es capaz de apoyarme en mis próximos pasos. Son 22 años de unión y el amor es palpable en nuestra mirada, no hacen falta palabras para entender las sutilezas del momento. Es una decisión que nos ata por un lado, viajeros nómadas como somos, y que, por otro lado, me ofrece la posibilidad de un mayor rigor en el trabajo como psicoterapeuta, y además, un buen amigo estaba haciéndolo.

Un día después, me hallo en el alboroto de la duda. ¿Y si todo eso sólo me conduce hacía el estrés, a sobrepasar mis límites y a recrear la misma situación de sobre esfuerzo constante? Estoy en un momento dulce después de lograr una cierta tranquilidad y equilibrio, la idea de tener que estudiar y presentarme a pruebas en otro idioma, unido a mi tendencia perfeccionista en los estudios, me agita. Esa misma noche, el contacto con José Zurita, uno de los directores de Galene, me tranquiliza momentáneamente, su voz resuena con simpatía y comprensión. Me anima sin prometer demás y me dice que me aceptan en el programa si me comprometo de forma inmediata. Al día siguiente me encuentro entregando el pago del programa en mi banco con un pequeño vacío en el estómago. Pronto, mis dudas se pondrán a prueba cuando una buena amiga meditadora me rete diciendo que estoy a punto de perder mi tiempo estudiando, un tiempo necesario para dedicarme a la práctica espiritual. Yo salto a la defensiva inmediatamente aunque sé que su confrontación sólo representa una voz mía, la voz de mis propias dudas. Durante el resto del día, me presto a mis primeros ensayos acabándolos con un pequeño examen. Me salen bien, pero estoy tenso, con el miedo de haber cometido un error en mi vida y agotarme innecesariamente de nuevo…

Desde sus inicios, esta formación iba a tocar mi vida emocional invitándome a profundizar en mi terapia personal. Yo había desarrollado una cierta desconfianza hacia los psicoterapeutas y sus métodos, en parte por haber sufrido algunas experiencias al sentirme utilizado y manipulado dentro de este mundillo.

Un dolor en el pecho, un miedo en el vientre al estar en terapia de grupo rodeado por mis compañeros de Máster unos meses después…, con la guía de Pepe y Maca, terapeutas, las lágrimas empiezan a brotar. Al soltar el dolor, veo los rostros transformarse, todos son más amables, comprensivos y abiertos. Me veo recuperando algo perdido: la confianza en el terapeuta. Estoy agradecido.

Observando los rostros de mis compañeros al terminar el fin de semana residencial de trabajo emocional en el que hemos participado, siento que no estoy solo al haberme transformado, compartiendo lo íntimo, lo doloroso, y lo verdadero. En poco tiempo, se forman lazos importantes y un respeto hacia el proceso individual para liberarse del propio sufrimiento, convirtiéndose en una formación no sólo como psicoterapeuta sino también como ser humano.

Años atrás, yo corría diariamente durante una hora. Hay algo solitario en el corredor, una soledad parecida a las que he vivido durante mi ‘carrera’ al estudiar los temarios. En Galene encontré otra manera de hacerlo sintiendo un apoyo constante del equipo y los profesores. Incluso algunos amigos me ayudaron con el idioma, y mi madre también psicóloga, se brindó a que miráramos algunos ensayos juntos. En la recta final, mi mejor amigo de Canadá quería venir a visitarme y yo estaba con la tesina; pero todo lo aprendido me hizo valorar su petición y acabé compartiéndolo con él. Mi tesina consistía en una exploración de la expresión del miedo en la psicoterapia humanista. Me dio mucha alegría todo su entusiasmo y asombro al leerlo, y me di cuenta del valor de estos estudios. Además, otra amiga traductora se prestó a pulir mi castellano repasándolo frase por frase conmigo. Terminé con la sensación de acompañamiento en los estudios, en lugar de aquellas sesiones maratonianas solitarias.

En general, los terapeutas son válidos en Galene y el equipo es excelente en su apoyo a los estudiantes. Es cierto que es un equipo diverso proveniente de distintas escuelas e influencias, pero todos mantienen una base humanista. He de admitir que algunos de los terapeutas son más cercanos a mi manera de ser que otros, pero bueno ¡ya saben de mi cautela ante mi propia profesión! La escucha y el respeto de la mayoría de los terapeutas propiciaban intervenciones ricas y útiles y una confianza creciente en nosotros, los participantes.

El curso en sí es un baile entre lo vivencial, los estudios y las prácticas. Hace falta tiempo para comprender su propuesta amplia y ambiciosa, pero ahora me es muy grato poder decir “sí” a su planteamiento: un entrenamiento serio para la acogida, acompañamiento e integración humana en la psicoterapia. Desde el papeleo de los informes hice hincapié en la ética, el curso pretende cubrir todas las bases para que el terapeuta pueda adquirir una técnica y base para poder comenzar o, como en mi caso, reforzar sus bases. A mí me gustó el trabajo de la expresión emocional, la terapia del duelo y el rigor (y humor!) del Análisis Transaccional. El trabajo corporal fue demasiado breve y poco profundo pero sencillamente ya no había tiempo para más. La Gestalt me sigue provocando ambivalencia aunque ofrece destellos de creatividad que me gustan. El curso recupera su fuerza con la profundización en el diagnóstico terapéutico, aunque la excelencia del curso está en el enfoque del vínculo con el paciente desde el respeto. Promociona los valores que yo había echado en falta en algunas de mis terapias anteriores, valores que ahora considero imprescindibles.

Para quien esté pensando en hacer este curso, le animaría a no subestimar la parte vivencial de éste, especialmente la terapia personal y grupal. Es necesario implicarse a fondo. Es un viaje interior que a la vez ofrece una orientación pragmática al sutil arte de acompañar al otro. Los métodos terapéuticos surgen de la experiencia y sus explicaciones son bastante claras (aunque como en todo se pueden mejorar). Su orientación es el desarrollo humano en un acercamiento integral a la terapia. Por momentos el curso es previsible, y en otros es sorprendente por su encanto, a veces es limitado y a veces ligero, liberador y libre de juicios, pero sobre todo promueve la bondad y la capacidad de estar presente y atento con el otro.

Un año y medio después, estoy de pie con el título del Máster en mi mano, temblando con la alegría de lo logrado y orgulloso de ello. Salgo reforzado y satisfecho. Catherine se despierta para felicitarme y recibirme en sus brazos. Me ha ayudado en cada paso, silenciosamente cumpliendo algunas tareas mías mientras yo estudiaba. Ella me conoció mucho antes, cuando la terapia había sido algo doloroso, una pérdida de mi poder como hombre joven ante la autoridad. Sólo ella estuvo allí al principio, durante y al final de esta etapa para verme recuperar mi confianza en la terapia bien hecha. Al mirar su rostro, comprendo que mi éxito es igualmente su éxito: he regresado a casa. ¡A veces el esfuerzo merece la pena!

Richard James Galbraith
Psicoterapeuta Humanista Integrativo

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