Mi experiencia en Galene

01/02/2017

Decidí ser psicóloga de manera inconsciente a muy temprana edad, disfrutaba observando a los mayores, tenía una especial sensibilidad por el sufrimiento propio y ajeno, me gustaba escuchar, y descifrar las reglas de las emociones y la conducta humana, según iba creciendo esas habilidades iban in creciendo conmigo y un día decidí estudiar para dedicarme profesionalmente a ello.

Me gradué por la Uned, una carrera de fondo, en la que aprendí mucho, psicobiología, neurotransmisores, hormonas, teoría de la mente, psicopatología, DSM, teoría de la comunicación, Skinner, Cannon, Thorndike, Newell y Simon… cientos, diría que miles de conceptos, de teorías, de nombres (por cierto, todos hombres), de información… todas almacenadas en la caja mágica de mi cerebro. Cuanto más sabía más confusión tenía y más lejos me sentía de lo que a mi me gustaba, de lo que ingenuamente me había llevado a invertir tantas horas de mi vida entre libros. Aún no había acabado la carrera, una tarde quedé con unas amigas, psicólogas las dos, una de ellas me habló de unos conceptos que sonaban cuanto menos interesantes, triángulo dramático, juegos psicológicos, relación terapéutica… Lo que contaba sí definía lo que era para mi el ser psicóloga, el proceso de acompañar a los pacientes en sus turbulencias, una manera de ver el sufrimiento psicológico desde un prisma más natural y humano de lo que estaba acostumbrada, una forma de intervención que coincidía con mis propios gustos y valores personales de honestidad, respeto, confianza… con un marcado protagonismo hacia las emociones y un amplio abanico de herramientas y técnicas que permitían añadir todo cuanto deseara al infinito mundo del comportamiento/sentimiento/pensamiento humano.

Sus palabras resonaron tan fuerte en mi que en cuanto tuve oportunidad me informé sobre la formación e impulsada por la emoción, por la intuición, decidí matricularme, sin pensar.  Haciendo balance, y a riesgo de estar exagerando, diría que ha sido la mejor decisión de mi vida, a nivel profesional y sobre todo personal. El máster es de tipo vivencial, de dentro hacia fuera, desde el primer módulo hasta el último está construido en base a la premisa de que la calidad de la relación terapéutica y de la intervención está directamente relacionada con el proceso personal del terapeuta. De toda la formación destacaría la parte práctica, ha sido fundamental para definirme como psicóloga, y para tener seguridad y confianza en mi misma a la hora de acompañar a los pacientes. En línea con lo anterior otro gran aprendizaje que me llevo es la importancia de la supervisión de los casos.

En definitiva, han sido dos años intensos, por momentos duros, que han merecido la pena, dos años en los que he aprendido una manera saludable de posicionarme en el mundo, en los que he conocido gente muy maja, con unos valores y una manera de ser y estar que admiro, unos profesionales de los pies a la cabeza, años en los que he conectado con mi potencia y mi amor propio de una manera antes inimaginable. Hoy solo me queda dar las gracias a todos y cada uno de las personas que han aportado un granito de arena en este proceso, a Pepe, a Maca, a Alicia, a los tutores de los módulos, a Ana, a todos los compis de promoción, y a los pacientes a los que he tenido el placer de acompañar:

¡ Muchas gracias!

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