Los silencios en la relación terapéutica

01/11/2012

RESUMEN

Cuando se estableció la relación de trabajos que había que realizar para la finalización del Máster, desde que vi el tema de los silencios, tenía claro cual era el que quería realizar. Mi motivación a la hora de realizar este trabajo estaba fundamentalmente por mi propia experiencia, ya que me sucedió esto con un paciente de prácticas, durante toda una sesión se mantuvo en silencio.

Por otro lado, también me produce una reacción fuerte los silencios que se producen en la relación, no sólo la terapéutica, sino también en cualquier tipo de relación, por lo que el tema me interesó desde el principio. El abordaje de este trabajo va en función de la explicación posible que puedan tener los silencios dentro de la relación terapéutica, qué nos pueden estar indicando y cómo se pueden estar sintiendo en ese momento tanto terapeuta como cliente. Por otro lado, desde mi punto de vista, creo que es fundamental el período de silencio que se establece en cualquier cambio, en el sentido de el establecimiento por parte del cliente de una interiorización que da lugar a un darse cuenta, a una actitud que favorece el cambio. Todo ello desde el encuadre de la relación terapéutica.

Por todo ello, el estudio comienza con un análisis sobre la relación terapéutica, cómo se lleva a cabo, cuales son las necesidades que hemos de satisfacer para establecer una comunión entre ambos participantes. Se analiza como entiendo el silencio desde la perspectiva del Análisis Transaccional. Me adentro un poco como veo el silencio en la comunicación, qué nos está diciendo o qué puede significar en determinados momentos, viendo la capacidad de la persona para mantener ese estado y así mismo como le afecta. Para finalizar con la capacidad de cambiar que nos está brindando el silencio. Todo el trabajo que hemos llevado a cabo durante la terapia, toda la relación que hemos mantenido, el vínculo establecido, las necesidades satisfechas, da lugar a una interiorización que en algunos momentos se establece en forma de silencios.

1. LA RELACIÓN TERAPÉUTICA

El objetivo profundo de la terapia es la toma de conciencia de la experiencia única de estar en el mundo y de la responsabilidad individual con relación a su propia vida. El único modo de ayudar a alguien verdaderamente no es ayudandole a hacer algo, sino ayudandole a darse cuenta de su propia experiencia, de sus sentimientos, acciones, fantasias, insistiendole que explore sus propias vivencias, responsabilizandose y experinciandolas más profundamente.

El ser humano es un ser social. Desde este punto de vista nuestro entorno tiene una importancia vital para nosotros. Sólo en contacto con los otros nos reconocemos a nosotros mismos. Dentro de este contacto cada persona necesita satisfacer una serie de necesidades propias. Y de la satisfacción de estas necesidades dependería la calidad de la relación que se establezca. Esto nos lleva a que dependiendo de esta calidad de la relación, la sanación en el marco terapéutico será más factible. Es indudable que el objetivo en este tipo de relación es que tanto terapeuta como cliente se encuentre cómodos y a gusto, ya que mientras mayor es la calidad más probable la sanación. Como dice Carls Rogers: “la relación es lo que sana”.

Entre las necesidades básicas que ha de tener esa relación sanadora nos encontramos con seguridad, acogimiento, confirmación, reconocimiento, respeto, empatía, la que nos lleva a una de las más importantes, amor. Lo que experimentamos como amor es la respuesta adecuada que da el otro a las necesidades que acabamos de citar, ya que en la percepción y el trato respetuoso de las necesidades del cliente se manifiesta la actitud amorosa del terapeuta. Siendo esto un aspecto fundamental en la relación terapéutica ya que la experiencia que tenga el cliente de dicha relación puede ser una contribución muy relevante para llegar a sanar las heridas que trae.

Como hemos visto hasta ahora, podemos considerar esta relación como un aspecto básico y esencial para el resultado de la psicoterapia4. Se ha visto claramente la importancia del establecimiento y el mantenimiento de la relación terapéutica, que se asocia a la activación de regiones cerebrales ligadas al sistema de apego. Y mientras mejor establecido quede éste, mejor será la consideración por parte de ambos participantes para que se den las circusntancias necesarias propias para una sanación.

Un aspecto claro al estudiar esta relación es que, en el marco de la misma, es muy importante la figura del terapeuta, es decir, cómo se comporta, cómo ve la relación, sus características, etc., más que el tipo de terapia que se lleve a cabo. Características del terapeuta como son la empatía, amabilidad, sinceridad, acogimiento son más fundamentales para el buen funcionamiento de la relación terapéutica, que las técnicas en la que se basa, psicodinámica, humanistas o conductuales. Como ejemplo, un estudio realizado por Miller, Taylor y West (1980) donde se demuestra que el efecto de la empatía del terapeuta tiene correlaciones positivas sobre el buen resultado del cliente. Otro estudio de Elliot, Clark y Kemeny (1991) donde las puntuaciones más elevadas del cliente en terapia, se debían a sentirse comprendido, tener una mayor conciencia de uno mismo y sentirse próximo y apoyado por el terapeuta.

Desde el enfoque humanista de la psicoterapia se ratifica lo dicho hasta ahora, la relación terapéutica es considerada como el principal vehículo de mantenimiento y curación psicológica, y el éxito de dicha relación se basa en cualidades humanas esenciales como la empatía, congruencia y el respeto genuino (Kelly, 1997). De hecho se puede decir que el establecimiento de una atmósfera cálida, empática y de apoyo entre el cliente y el terapeuta ha sido ampliamente reconocido por diversas escuelas de terapia como un ingrediente esencial de la curación. Una interacción humana amable, respetuosa y comprensiva es el fundamento esencial de cualquier psicoterapia efectiva. Para desarrollar una relación de este tipo hay que valorar las experiencias vitales únicas de cada cliente y ser capaz de ofrecer una experiencia correctora.

Cuando uno acude a una cita con el terapeuta, es porque hay algo que no le hace encontrarse bien. La persona va a mostrar aspectos de sí mismo que normalmente no muestra, aspectos muy vulnerables de su vida. Por otro lado la terapia le “obliga” a enseñar las características de su personalidad menos atractiva. O cuanto menos, aspectos que no controla en ese momento y que están haciendo que se establezcan unas pautas no acordes con lo que en ese momento desea. Y es en estas circunstancias, donde afloran sentimientos de inseguridad, sensaciones de miedo al juicio e incluso posible rechazo hacia la persona que realiza las funciones de terapeuta. Es aquí donde se dan cita las necesidades que queremos ver satisfechas ante esta relación, de tal manera que sea efectiva, sanadora. Como cliente he de decir que he buscado la comprensión, la calidez y la seguridad que me ofrecía mi terapeuta a la hora de sentirme satisfecho con esta relación. Junto con estas necesidades, también son importantes la validación, aceptación, confirmación de mi experiencia y por supuestos la necesidad de expresar amor, como gratitud, agradecimiento o afecto. Era más importante para mí, tener dichas necesidades satisfechas antes que realizar un tipo de terapia u otro.

Como terapeuta me he centrado en aportar estas necesidades a mis clientes, evidentemente basándome en mi formación humanista, atendiendo esas necesidades de seguridad, validación, aceptación, confirmación, reconocimiento, escucha y sobretodo amor. Quiero contar aquí una experiencia propia con un cliente. Éste acudió a terapia aconsejado por un amigo, cuando llevaba varias sesiones me confesó que al principio no pensaba que esto que hacía sirviera para algo, no creía que sólo con asistir y “desahogarse”, pudiera serle útil. Sin embargo, el sentirse acogido, escuchado, validado,si pensaba que pudiera ayudarle la tarea que habíamos comenzado. Sólo cuando sintió que esas necesidades le fueron satisfechas pudo comprobar que podía recibir ayuda, y sobretodo que estaba dispuesto a “dejarse ayudar”. Esa es la relación terapéutica que quiero inculcar en mis sesiones. Eso es a lo que yo aspiro, a poder transmitir seguridad, amor, escucha, aceptación, en definitiva todo aquello que haga que el cliente se sienta validado, que se sienta a gusto durante la sesión con objeto que pueda, en esa tranquilidad y en ese estado de satisfacción abrirse, pueda mostrarse.

Cuando el terapeuta capta algo de la realidad del paciente y puede darle una respuesta nueva, única y centrada en él, inspirada en el futuro inmediato del mismo, contribuye necesariamente a su curación. De esta forma, la terapia es un proceso creativo, en el que interactúan los conocimientos, las habilidades, la intuición y la inspiración.

3. LOS SILENCIOS COMO COMUNICACIÓN.

3.1 QUIEN CALLA OTORGA.

Se dice que «quien calla otorga», peor esto no siempre es verdad. Muchas veces el silencio nos este diciendo una negativa por parte de la persona que la mantiene, lo que da lugar a una interacción no del todo aceptable, en el sentido que a mayor profundidad de este silencio mayor insistencia por parte de la otra persona implicada en la interrelación.

En otras ocasiones el silencio puede ser una alternativa al reinicio que intenta atraer la atención del oyente, en este caso del terapeuta. Cuando ocurre este hecho habría que tomar en consideración cuál es el tema que ha propiciado dicho silencio y al que el cliente ha estado dando una importancia que sería aconsejable analizar.

Un aspecto importante también, sería analizar los silencios que se producen a mitad de un discurso, lo que supone una ruptura considerable de la corriente del habla. Esto supondría una autointerrupción, considerando que tiene una función claramente interactiva, ya que es una forma de ratificar o asegurar la posibilidad del intercambio.

Por último, podemos analizar estas secuencias del silencio como la intención del cliente de cambiar de tema. Sucede que a veces no se está preparado para comentar o hablar de un tema en concreto, o también, este tema del que se está hablando sobrepasa la capacidad de maniobra del cliente, con lo que actúa un mecanismo de defensa provocando dicho silencio.

3.2 ATENDER LOS SILENCIOS.

A la hora de atender los silencios que se producen en la relación terapéutica es importante darse cuenta de que en psicoterapia el ser humano se enfoca como una totalidad en continua comunicación. Cuando se establece una relación terapéutica hay que tener en cuenta que el cuerpo no miente y por lo tanto el lenguaje somático y con ello también los silencios contienen una gran información que podemos aprovechar. En relación al lenguaje somático, Mario C. Salvador nos comenta que los silencios aparecen como expresión de las reacciones fisiológicas de supervivencia. Nos comenta que la psicoterapia del guión implica comprender y validar la individualidad única de cada persona, que hace referencia a comprender los motivos y las funciones de su comportamiento, así como los reajustes creativos al entorno, es decir, sus defensas, o las maneras adaptativas de afrontar la vida y el resultado de los fallos en el contacto interno e interpersonal.

Se ha podido comprobar que después de una cognición importante por parte del cliente, hacemos referencia con esto a cuando durante la conversación hemos llegado o simplemente hemos tocado algún punto cuyo significado tiene relevancia para él mismo, se produce un silencio meditativo, como si el aparato psíquico necesitara tiempo para reorganizarse.

Cuando queremos comprender que nos están diciendo los silencios que se producen en la relación terapéutica es fundamental tener la capacidad de empatizar con el cliente, ponernos en su lugar y experimentar cómo éste experimenta. Esto nos ayuda a ver el estado de ánimo del cliente, más allá de sus palabras, así como su actitud.

A modo de ejemplo, refiero aquí una situación que me ocurrió como terapeuta con un paciente de prácticas. Después de varias sesiones acudió a su cita semanal, sin embargo en esta cita, contrariamente a como se había comportado anteriormente, era una persona que nada más comenzar la terapia, hablaba de forma suelta y sin “tapujos”, respondiendo sumisamente a aquellas preguntas que le realizaba, respuestas que se alargaban en el tiempo sin necesidad de ninguna intervención por mi parte. Pues bien, en esta cita, se mantuvo en silencio durante toda la sesión. Al comienzo y después de varias preguntas por mi parte sin obtener ninguna respuesta, ni intención alguna de responder, yo también mantuve el silencio. A mi modo de ver, el hecho de poder mantener ese silencio durante toda la sesión fue posible debido al grado de empatía que habíamos establecido. Entendía en ese momento su estado de ánimo, su actitud y su disposición a mantener ese silencio. De vez en cuando ambos nos mirábamos y asentíamos manteniendo el silencio y tanto yo como él respetábamos ese espacio que se había establecido. Al finalizar la sesión se marchó con una despedida y confirmando la asistencia a la siguiente sesión a la próxima semana. Considero que fue positivo ya que en esta sesión posterior, me comentó que había comenzado a levantar la cabeza al ir por la calle.

Considero importante conceder al silencio la importancia que tiene. El silencio nos muestra la capacidad para llevar a cabo una buena escucha. Desde la Gestalt se habla de dos tipos de escucha, una interna y otra externa. La interna hace referencia a la capacidad de la persona a mirarse hacia dentro, llegar el momento en que toma conciencia de sí mismo, se trata de un acompañamiento donde usamos las emociones y sensaciones propias para un mejor comprensión y escucha del otro. Por otro lado hay una escucha externa, que hace referencia a afinar los sentidos, qué dice y cómo lo dice. Yes aquí donde hay que poner especial interés en los silencios que se producen en la relación terapéutica. Se trata de incorporar un silencio interior, un escucharse a uno mismo, tomar conciencia de sí y atender a los procesos que se nos despiertan.

4. EMOCIÓN Y SILENCIO.

Identificar y darse cuenta de los propios sentimientos y conductas permite contemplar el crecimiento personal de cada uno. Cuando recordamos y sentimos nuestras propias emociones da como resultado el que exista una buena comunicación con nosotros mismos. Es cierto que podemos partir de los sentimientos básicos, alegría, amor, miedo,enfado y tristeza, y a partir elaborar un esquema de nuestro posible marco emocional. Los silencios de muchas personas hablan, es decir, algo que no se dice pero que a través del cuerpo y de los gestos se está expresando.

Es evidente de que para analizar estos silencios es importante analizar a su vez el contexto donde se produce, al igual que el momento y así mismo valorar que gestos o emociones subyacen cuando se produce el mismo. Es importante reconocer que a través de este silencio se está siendo más sincero, incluso más que si nos dedicamos a continuar con el discurso. Cuando hablo de sinceridad me refiero al sentimiento que aparece y que no podemos controlar, aunque queramos, sentimiento que en algunas ocasiones podamos establecer como parásito, pero que a través del silencio encontramos como un sentimiento legítimo y que no podemos ocultar. Es más, en algunas ocasiones lo que queremos es que no aparezca, o si aparece saber cómo ocultarlo. Simplemente, a la vista del terapeuta, cuando se establece el silencio en estas ocasiones, nos mostramos tal cual somos, mostramos esa vivencia, esa experiencia a la cual nos ha llevado la relación terapéutica.

Así, hay que tener en cuenta que no es el evento ocurrido el que se hace trascendente en la vida del cliente, sino lo que ese evento significa para la propia persona, es la vivencia de esa experiencia a la que atendemos. Lo importante es la experiencia representada, vivenciada, sentida o significada. Existen ocasiones en que estas experiencias producen en las personas que las transmiten un estado en el cual expresar las palabras se hace muy difícil y de esta forma da lugar a esos períodos de silencio.

De esta forma podemos decir que el cliente nos cuenta con palabras hasta donde puede, lo demás lo siente. Estos sentimientos se expresan en determinadas circunstancias bajo el silencio. El cliente es un sujeto de silencios, de sensaciones y emociones que llegan a embargarlo, al punto de llegar un momento en que se establece el silencio. Me atrevería a decir que allí donde la palabra no llega, llegan las emociones y sensaciones que continúa expresando el cliente, y a las cuales es importante prestarles atención, incluso en ocasiones más atención que a las propias palabras, ya que no es lo que se dice, sino cómo se dice.

De esta forma en la relación terapéutica el terapeuta debe buscar en los silencios del cliente las sensaciones que éste experimenta con objeto de llegar a la mayor comprensión del mismo.

5. LA CAPACIDAD PARA ESTAR EN SILENCIO.

Otra forma de hacer referencia a los silencios en la relación terapéutica es la capacidad de permanecer en silencio en presencia de otra persona. En determinadas ocasiones podemos observar esta capacidad como un logro, normalmente del cliente. Podríamos incluso considerarlo como uno de los signos más importante de madurez dentro del desarrollo emocional. Desde el psicoanálisis, incluso, esta fase o sesión en silencio, representa una proeza por parte del cliente.

En este aspecto de la transferencia cuando el cliente ha sido capaz de estar a solas, en silencio, puede significar simplemente que está haciendo contacto consigo mismo y necesite de ese momento para procesarlo. Al establecer ese estado de silencio dentro de la relación terapéutica, podemos estar observando un aspecto fundamental dentro de la transferencia, y es el que hace referencia al vínculo, o al tono emocional de la vivencia del cliente. El que la relación emocional creada entre terapeuta y cliente pueda dar lugar a ese estado de silencio es significativo del soporte básico para el buen funcionamiento de dicha terapia. Cuando estamos en presencia de este momento de silencio por parte del cliente, podemos estar observando cómo está llevando a cabo un proceso de acompañarse a sí mismo. Este proceso es una exigencia de la persona moderna para adquirir el equilibrio interior, para no encadenarse de forma innecesaria a los demás. Este acompañamiento, este estado de silencio, cuando discurre por los cauces adecuados, es enriquecedor y satisfactorio, que favorecen el proceso sanador de la relación terapéutica.

Podemos encontrar otro camino que nos explique el silencio del cliente, como por ejemplo, algunos pueden experimentar tal vergüenza o desarrollar tal miedo ante lo que ellos mismos van a describir, su autorrevelación, que surge ante ellos un temor a ir profundizando en sí mismo, a ir desvelando gradualmente más cosas sobre sí mismo que suponga un compromiso demasiado elevado para lo que en un principio están dispuestos a establecer. Con esto no estoy diciendo que sea un modo perverso de egocentrismo o un rechazo al interlocutor o ni mucho menos el inicio de un comportamiento narcisista. Aunque hay que tener en cuenta que muchas veces los narcisistas se exigen a sí mismos ser perfectos, y en ocasiones mantienen este silencio por miedo a no dar la talla. También hay que observar cuando estamos en presencia de una persona que manifiesta un trastorno esquizoide de la personalidad, que guarda muchos silencios, pudiendo dar la sensación de que nos encontramos delante de un vegetal en algunos momentos. En este caso tenemos que ser consciente que nos encontramos ante una persona que gusta de aislarse, que prefiere actividades solitarias y que rehúye de las relaciones estrechas, incluso las familiares. Es una persona a la que le gusta más observar que participar, con lo cual es dado a permanecer en silencio en la relación terapéutica. Hay que tener en cuenta que el silencio para esta estructura de personalidad equivale a calma.

Por otro lado, también podemos observar los silencios como una característica de un mecanismo de defensa, la deflexión. Me explico, como mecanismo de defensa, y siguiendo los principios de la Gestalt, sería un mecanismo para permanecer inconsciente, «una manera de permanecer ciego». Pues bien, dentro de estos mecanismos, encontramos la denominada deflexión, que en definitiva tiene la función de desvitalizar el contacto, de enfriarlo, con lo que en ocasiones la persona se mantiene en silencio. Se le ve a la persona, apática, aburrida, cansada, pero este silencio no es sólo sino la evitación de un contacto directo, se trata de desvitalizar la relación.

El objetivo de este acompañamiento a sí mismo es proporcionar la distancia exacta desde donde contemplar aquello para lo que estamos llevando a cabo el proceso terapéutico y luego poder establecer la separación de lo que nos pertenece a nosotros frente a todo lo demás. Desde la distancia que nos proporciona este estado de silencio, estaremos en condiciones óptimas para analizar con profundidad aquello que nos atañe y de este modo saber orientarnos existencialmente.

El silencio es importante para dejar que los sentimientos, valoraciones que vivenciamos en la terapia se asienten y tomen su lugar en nuestra experiencia. Es sabido por todos, que una vez se ha tenido un contacto con alguna parte de nuestras vivencias que han dejado algún tipo de huella, es importante tomar conciencia de ella, muchas veces esto se realiza a través del contacto, a través de la interrelación, que bien puede ser manteniendo ese espacio de silencio. Sin embargo, esto va a depender fundamentalmente de la persona, de cómo se enfrenta a esta situación y cómo la afronta. Lo que para algunos es una situación de concienciación, como puede ser mantener ese espacio de silencio, para otros es vivido de forma estresante e incluso perjudicial. Es tarea del terapeuta poder definir qué tipo de situación se está dando y actuar en consecuencia.

Por esto, cuando hablo de la capacidad de estar en silencio en un momento de la relación terapéutica como un logro, me refiero a que normalmente y a una gran cantidad de personas, el silencio incomoda, puede llegar a hacerse insoportable y dar lugar a situaciones desagradables, que muchas veces echa por tierra el trabajo realizado con anterioridad. Si llegamos a aceptar el silencio como algo subyacente al proceso sanador, como algo inherente a la relación terapéutica, admitiéndolo, aceptándolo, estamos siendo capaces de superar ese sentimiento de que permaneciendo en silencio estamos perdiendo el tiempo. Al descubrir esta capacidad de permanecer en silencio, y asumiendo este espacio en la relación, estamos desarrollando un nuevo elemento que es muy importante para poder descubrir nuestra propia vida personal.

Me viene a colación una anécdota del psicoterapeuta Felix Schottlander (1892-1958):

“Una campesina acudió a la terapia y estuvo una hora sin decir ni una palabra. El terapeuta permaneció sentado frente a ella, atento y en silencio. Al cumplirse la hora, acordaron mantener una nueva sesión la semana siguiente. Ella llegó y guardó silencio. Acudió 29 veces y no pronunció ni una sola palabra. En la trigésima hora se presentó con su traje regional de fiesta, bailó ante el terapeuta, le dió las gracias y le dijo que en aquellas 29 horas había recordado toda su vida, había trabajado intensamente y, dado que había resuelto oportuna y felizmente muchos problemas difíciles, quería poner fin a la terapia.”

6. EL PODER DEL CAMBIO DEL SILENCIO.

Algunas veces permanecer en silencio es la única conducta adecuada. Esto puede ser debido al momento que se ha evocado durante la relación. También puede ser debido a la intensidad del dolor o la percepción de la fase de duelo que estemos llevando a cabo33. En estos momentos se impone por parte del terapeuta un respeto, saber respetar este silencio del cliente es muestra de delicadeza. Estos momentos son sagrados ya que son momentos en los cuales el cliente puede ser más él mismo y ordenar sus pensamientos. Desde mi punto de vista, debemos como terapeutas ser lo suficientemente consciente de la necesidad del cliente. Esta necesidad hace referencia a un estado de interioridad a través del cual el cliente toma él mismo conciencia de algo, es ese darse cuenta de una situación, de qué es lo que quiere en un momento dado, y es desde esa postura de silencio como puede llegar a alcanzar su necesidad. Cuando como terapeuta puedo ponerme delante de un cliente sin haber realizado un plan anterior, sin saber exactamente qué y cuándo va a pasar algo, cuando nos situamos en la relación atento a lo que nos trae el cliente, sobre lo que quiere trabajar en un momento dado, estamos incorporando el respeto y la atención, el aquí y ahora de la relación terapéutica. De igual modo, al situarnos delante del silencio, estamos atendiendo ante esa necesidad y estamos respetando, amando y fortaleciendo el vínculo con el cliente.

Es importante, entiendo, permitir que el silencio se pueda establecer sin que ello signifique una falta de atención, interés o ausencia. Cuando conseguimos hacernos presente en la escucha y en el silencio, podemos conseguir una gran capacidad para solucionar problemas. Con el silencio podemos conseguir adentrarnos en aspectos del cliente que de otra forma podrían tomarse como invasivo. Es a través de este silencio como damos una vía de escape para que el cliente, una conducta que puede ser muy útil y que puede permitir una relación afectuosa y productiva. Estoy convencido que aprovechando los silencios que se producen en la relación terapéutica, podemos manejar un gran material con el que poder trabajar y desmenuzar aspectos que si no se permitiera esa conducta silenciosa, difícilmente podrían salir a la luz.

De esta forma es muy importante saber fomentar en algunas ocasiones estas conductas, ya que como he comentado anteriormente, es en esos momentos de interiorización cuando se dan los pasos necesarios para que se den los cambios que necesita el cliente y para los cuales acude a terapia. Es importante llevar a cabo esas técnicas que incluyen el permiso y la protección, donde el cliente puede contar con todo el apoyo necesario por parte del terapeuta. Es una protección que se ofrece al Niño del cliente contra las posibles consecuencias o represalias que puede emplear el Padre para boicotear en este caso el silencio que se ha establecido en esta etapa del proceso.

Pues bien, al establecerse ese silencio, el cliente está yendo más allá de sí mismo, al acercarse al silencio se está abriendo al potencial total. Es una forma de permitir que impresiones, ideas, datos, etc. se posea y se estructure, permite que la conciencia acepte todo lo que existe en profundidad detrás de las capas más aparentes de nuestra mente, de nuestra afectividad y de nuestra sensibilidad.

El silencio, al ahondar en la conciencia, aumenta la potencia de la mente y de la personalidad de modo extraordinario. Es en este estado de silencio, siempre que se produce un permiso y una protección, como capacitamos al cliente para afinar la percepción y es aquí donde podemos encontrar una gran paz, una paz que viene establecida ante la realización de la identidad propia que tiene dentro el cliente. En definitiva, cuando se produce el silencio de una forma consciente y con el permiso y protección del terapeuta, cuando se da lugar al cambio. Cuando se percibe el silencio consciente, se descubre y se vivencia la unidad profunda que hay detrás de todo. Conduce a la realización de la identidad propia que hay dentro de cada uno de nosotros.

CONCLUSIONES.

Cuando hablamos de los silencios que se producen en la relación terapéutica, en primer lugar hay que hablar de cómo se produce esta relación, en que marco se encuadra. Desde mi punto de vista y una vez realizado este artículo, he de decir que lo importante para que esta relación tenga un encuadre llamemos positivo, es importante satisfacer una serie de necesidades del cliente, tales como seguridad, validación, aceptación, confirmación, reconocimiento, escucha y sobretodo amor. Y lo más importante para satisfecer dichas necesidades está en la capacidad del terapeuta a la hora de ser capaz de ofrecer esa calidad necesaria para conseguir el objetivo propuesto. Cuando me refiero a calidad, hago mención a la empatía, acogimiento, sinceridad, amabilidad que son necesarias por parte del terapeuta para que el clima establecido de lugar a los cambios que se están buscando. A través del Análisis Transaccional he podido observar cómo el silencio puede indicar distintas circusntancias ya sea mediante el estado del yo Adulto, como un momento de relajación, como el estado del yo Padre, como introyecciones o como el estado del yo Niño como una necesidad de protección ante el sufrimiento o el conflicto. Este silencio puede indicar desde este sentido distintas opciones, tales como autocaricias, experiencias dolorosas o experiencias que sólo se pueden afrontar desde el silencio. O bien pueden ser consideradas como otro tipo de transacciones.

Es claro que cuando se mantiene este silencio, se está diciendo algo, se está refiriendo a algún aspecto importante y que precisa ser analizado. Es una forma del cliente de mantener esa relación, bien para evitar algún tema importante o bien por que se ha tocado un tema que requiere momentos de interiorización con uno mismo. Son en estos momentos y en estas circunstancias cuando es más que probable que se produzcan ciertos cambios básicos para el proceso sanador. Es una forma que tiene el cliente de manifestar sus emociones y sentimientos, tan válida como puede ser cualquier otra, e incluso en algunos momentos yo diría que más, debido a que muchas veces queremos engañar con nuestras palabras, o mejor dicho, no queremos expresar con nuestras palabras aspectos que pueden ser cruciales, sin embargo con el silencio y con nuestro cuerpo estamos diciendo lo que realmente está ocurriendo en nuestro interior. En definitiva, es importante conocer a nuestro cliente, establecer una buena relación y en base a eso es más que probable que los silencios que se produzcan en la relación sean efectivos, sanadores.

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