Haciendo familia

04/03/2019

familia

Muchas veces leemos “la sociedad ha cambiado”, “la juventud no respeta”, “ya no hay valores”, “nadie ayuda a nadie” …. Y todos buscamos dónde puede estar la raíz de este problema. Quizás algo tenga que ver cómo se viva hoy la familia.

La familia tiene que ser el oasis en el que recargamos las baterías, es donde el amor es incondicional, donde uno se puede equivocar y siempre se perdona, donde no hace falta decir “no se lo cuentes a nadie” pues la confidencialidad está garantizada, donde “carta en la mesa” no es presa.

Pero hay que crearla, no surge por suerte o casualidad. No esperes recibir un abrazo de tu hijo si no se lo has regalado a diario desde pequeño.

La familia, es un lugar, físico o no, donde nos encontramos a gusto. Y, ¿por qué nos encontramos bien? porque en la familia no hay gritos, un lugar donde está presidido por los gritos no es un sitio cómodo.

En la familia no se es egoísta; cuando uno está cansado, no hace falta que lo pida para que los demás se lo pongan fácil.

En ella nos conocemos y sabemos lo que nos gusta y lo que no, formamos ese puzle poliédrico donde todos nuestros gustos, momentos y espacios se encajan solos.

Cada uno tiene sus espacios íntimos respetados, y sus momentos propios. Las aficiones, gustos, y costumbres son considerados, no echados en cara.

En la familia se lee la cara y la voz; sabemos cuando uno está mal sin hablar, sabemos cuando callar y cuando no hacer demasiadas preguntas. El tono de voz nos delata, sin pedirlo recibimos lo que necesitamos, unas veces silencio, otras veces abrazos, otras miradas cómplices, otras palabras dulces.

Lo que preocupa a uno, preocupa a todos, las alegrías son también compartidas. Cuando uno se examina, nos examinamos todos. Y cuando uno aprueba, también aprobamos todos. Si uno esta triste, acompañamos en esa tristeza.

Si uno viene a casa con un problema y no se puede dormir, siempre hay alguien para hablar con él o ella, y si no nos dormimos hasta las 5 que sea porque hemos estado hablando hasta que por fin nos sintamos bien, y no por que uno se siente en soledad con su problema.

Hay esos “momentos de familia” que se viven juntos y que “crean familia”. Unos son los de siempre: compartir las comidas, las cenas, tomar la infusioncita, el café o el chocolate juntos, disfrutar de una peli en casa, o tomar unas pipas en el sofá, el paseo de los domingos, los viajes en coche, la pizza del sábado o jugar juntos. Y los especiales, como preparar un viaje, un álbum de fotos común, esa fiesta sorpresa por tu cumpleaños, el ir a por moras, o confeccionar un cuaderno especial para que el abuelo recuerde su vida y nos la escriba, … Cada familia tendrá sus propios momentos que se irán creando según los gustos que se tengan, y son importantes porque es “algo especial” que nos une.

También dentro de la familia hay momentos por parejas:  padre-hijo, madre-hijo, padre–hija, padre-madre, hermano-hermana), son los que van creando un entramado que une más a la familia y atiende a la individualidad de cada uno. A veces estos momentos surgen y otras veces hay que ir creándolos.  Y son lazos importantes para que cuando los padres falten, siga existiendo ese cariño especial entre los hermanos, que esté por encima de riñas.

La familia acompaña porque cualquier cosa compartida es más llevadera. A veces con “estar ahí” es suficiente (se lleva mejor el tener que estudiar si hay alguien cerca, aunque esté a otra cosa; si has de madrugar y alguien aprovecha para desayunar contigo…)

Se sabe que hay cosas que solo se hablan en casa, nunca se ridiculiza a un miembro de ella en público. Se puede confiar. En la familia los problemas son como una tortilla de patata, cuando la repartes tocamos todos a un poco, y se acaba antes. Nos conocemos, sabemos lo qué nos duele y no nos hacemos daño. Sabemos nuestros miedos y no solo los respetamos, sino que acompañamos.

Hace unos días, un taxista me decía que le tendrían que poner su nombre y el de su mujer a una calle, pues llevaban 36 años casados y seguían felices, me decía que seguía yendo con ella a bailar. Y me encantó oírle hablar de sus hijos. Daba gusto lo orgulloso que estaba de su familia y cuando le pregunté por los años de sus hijos, me dijo que la menor tenía 27 años. Por el contrario, son muchos los niños que hablan “pestes de sus hermanos”, incluso a veces de sus padres. Y también hay padres que airean los defectos de sus hijos en público, quizás con el fin de buscar consuelo a su desesperación… pero:  en una familia, nunca se puede hablar mal de ella fuera de casa.

La mayor herencia que unos padres pueden dejar a sus hijos es que se lleven bien, y el mayor regalo que unos hijos pueden hacer a sus padres es que  congenien.

Somos un equipo donde todos somos buenos en algo y juntos mejores. Sabemos las prioridades y cuando algo es importante “nos ponemos todos a una”. Porque uno siempre complementa o mejora al otro.

Y todo este entramado se va construyendo poco a poco, al igual que va creciendo la familia. Comienza la pareja y van incluyendo a cada nuevo miembro. Cada familia tiene unos valores propios, una “constitución familiar” no escrita pero que todos respetan.

Si estos valores no se viven en la familia… ¿cómo van a existir en la sociedad? Por ello invito a “hacer familia”, día a día, gesto a gesto.

 

El mejor juguete

Una joven pareja entró en una tienda de juguetes de su ciudad. Los dos se entretuvieron en mirar sin prisas todos los juguetes alineados en las estanterías y hasta los que estaban colgados del techo. Había muñecas que lloraban y reían, juegos electrónicos, cocinas en miniatura donde se hacían tartas y pasteles. Entre tanta oferta, no sabían por cuál decidirse. Entonces, se les acercó una dependienta muy simpática para ayudarlos. 

«Mire, nosotros tenemos una niña pequeña, es preciosa, pero, debido a nuestros respectivos trabajos, estamos casi todo el día fuera de casa y la vemos muy poco», le explicó la mujer. «Es una cría que apenas sonríe», incidió el hombre. «Así es. Por eso, quisiéramos comprarle algo que la hiciera feliz», añadió la mujer. «Algo que la entretuviera todo el rato y le diera alegría. No importa cuánto dinero cueste, ella es nuestra única hija y se lo merece todo. ¿Qué nos puede aconsejar?», insistió. «Lo siento mucho, no puedo ayudarles», dijo la vendedora sin perder el gesto amable. «Aquí no vendemos padres», contestó.

Juan Carlos López

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