Cargas Emocionales

04/09/2017

Los primeros años de vida

Cuando nacemos somos completamente dependientes de nuestros cuidadores. Es tan grande nuestra necesidad de recibir cuidados y tan inmensa nuestra angustia cuando sentimos que podríamos perder la atención que necesitamos que, de manera extremadamente inteligente, aprendemos a adaptarnos a lo que nuestros cuidadores esperan de nosotros. Es así como comienza a construirse nuestra personalidad.

En estos primeros años, nuestro cuerpo registra una inmensa cantidad de información acerca de lo que podemos sentir, expresar y hacer sin correr el riesgo de perder el amor de nuestros cuidadores, del cual depende nuestra supervivencia.

¿Qué mandatos nos transmiten nuestros padres?

Generalmente, nuestros cuidadores, de manera inconsciente, proyectan en nosotros una serie de expectativas con una fuerte carga emocional. Puesto que durante la infancia somos extremadamente sensibles, percibimos toda esta carga emocional de las expectativas depositadas en nosotros. Estas expectativas suelen venir en forma de mandatos inconscientes (“No sientas”, “No seas tú mismo/a”, “No pertenezcas”, etc.), que consisten en mensajes no verbales que nos dicen cómo debemos ser para ser aceptados.

Lo que hacemos para adaptarnos a estas exigencias

Los mandatos nos llevan a tomar, de manera inconsciente determinadas decisiones para cumplir con estas expectativas. Estas decisiones han sido llamadas impulsores en la teoría del Análisis Transaccional. Los cinco impulsores, a través de los cuales tratamos de satisfacer los mandatos que hemos interiorizado son:

– ser fuertes: no sentir ni expresar vulnerabilidad.

– ser perfectos: evitar a toda costa cometer errores. Esta decisión arcaica se traduce en dificultades para delegar trabajo, angustia ante la posibilidad de que algo no salga como se esperaba, etc.

– complacer: anteponer las necesidades de los demás a las nuestras. En el fondo, la persona busca recibir amor a través de su actitud complaciente, así como evitar ser abandonada.

– darnos prisa: no darnos permiso para descansar y/o hacer las cosas a nuestro ritmo. No disfrutar del camino.

– esforzarnos constantemente sin alcanzar nunca nuestros objetivos

Todas estas decisiones tempranas son una forma inteligente de adaptarnos a las exigencias del entorno. Sin embargo, limitan nuestra capacidad para expresar lo que realmente sentimos, así como de reconocer y satisfacer nuestras necesidades.

Pondré un ejemplo para ilustrar este proceso.

En casos de trastornos de alimentación, es frecuente encontrarnos ante personas extremadamente perfeccionistas y con muchas dificultades para expresar emociones, especialmente las desagradables como la rabia, el miedo o la tristeza.

En terapia, cuando acompañamos a estas personas a profundizar sobre lo que les lleva a hacerse daño a través de su relación con la comida, frecuentemente nos hablan de una historia de vida marcada por exigencias rígidas sobre cómo deben ser y la falta de permiso para expresar determinadas emociones.

Ante este conflicto entre la necesidad de expresar su rabia, su miedo o su tristeza y la prohibición para mostrar dichas emociones, estas personas, para no perder la aceptación de las personas importantes en sus vidas, inteligentemente deciden redirigir estas emociones hacia ellas mismas.

Como podemos observar, el trastorno de alimentación es un síntoma que cuenta una historia muy personal con un calado muy profundo. Podríamos incluso decir, aunque suene paradójico, que el trastorno es el intento desesperado de la persona por curarse. Los síntomas que comúnmente consideramos como patológicos pueden verse como un grito que difícilmente puede ser ignorado para que la persona escuche sus emociones y se libere de las cargas que ya no le sirven para satisfacer sus necesidades.

Este proceso no es en absoluto exclusivo de las personas con un trastorno de alimentación. El ejemplo anterior es una forma de ilustrar cómo nuestras primeras interacciones con nuestros cuidadores nos marcan qué tipo de persona se supone que debemos ser para ser queridos/as. Estas primeras interacciones evidentemente están profundamente influidas por la historia de vida y las heridas emocionales de los propios cuidadores. Es así como se transmiten de generación en generación una serie de expectativas, obligaciones, prohibiciones que los más dependientes y vulnerables incorporan como un guión de vida que deben cumplir.

¿Qué consecuencias trae asumir estas cargas?

Al asumir este guión, todas aquellas partes de nuestra personalidad que no son coherentes con el rol que se espera que cumplamos quedan desterradas y sus necesidades (en realidad sería más correcto decir nuestras necesidades) reprimidas.

Evidentemente, esto conlleva un desgaste emocional importante, ya que las necesidades no dejan de existir por muy reprimidas que estén. Cuanto más se reprimen, mayor es la probabilidad de que aparezcan de manera inesperada y extremadamente intensa, lo que dificulta que podamos contenerlas.

Los mandatos que recibimos en la infancia y que, para sobrevivir, nos llevan a ceñirnos a una manera de ser, se convierten, de esta manera, en una pesada carga emocional de la que resulta complicado liberarse. En el proceso de liberarse de estas cargas, suelen aparecer emociones muy intensas a las cuales enfrentarse solo/a frecuentemente es demasiado duro.

¿Cómo podemos despedirnos de estas cargas?

  • No culpabilizarnos y reconocer el valor de nuestras primeras decisiones:Cuando asumimos estas cargas, no contábamos con el desarrollo suficiente para decidir libremente aquello que es beneficioso para nosotros.Decidimos llevar esta carga de manera inconsciente, como única forma conocida en ese momento para adaptarnos a las exigencias de las personas de las que dependíamos y cuyo amor sentíamos que estaba en juego si no cumplíamos con lo que se esperaba de nosotros.
  • Asumir la responsabilidad: Ninguna técnica ni ningún fármaco por sí solo va a curarnos. Es necesario ser conscientes de que, en última instancia, somos nosotros quienes tenemos que decir adiós a estas partes que ya no nos sirven. Nadie puede recorrer este camino por nosotros.
  • Recibir un acompañamiento profesional y protector:Que sea necesario asumir la responsabilidad no implica que tengamos que hacerlo solos. Es fundamental poder contar con un acompañamiento profesional y protector, centrado en nuestras necesidades y adaptado a nuestro ritmo. No existen fórmulas mágicas.
  • Sentirnos aceptados tal y como somos:Necesitamos sentir que contamos con el apoyo de una persona que nos permita ser como somos, sin ninguna pretensión de cambiarnos, pues es precisamente esa exigencia la que nos llevó a cargarnos con cosas que no nos pertenecían.

Es nuestra responsabilidad como terapeutas resolver nuestros propios asuntos emocionales para no caer en la tendencia de querer que nuestro paciente cambie para sentir, por ejemplo, que somos buenos profesionales.

Lo que necesita la persona que quiere quitarse su losa personal de encima, es saber que puede expresar todo lo que necesite sin ser juzgada por ello.

  • Sentir que nuestro/a psicoterapeuta está a nuestro lado, pase lo que pase: Además de esta aceptación incondicional, es necesario que el/la psicoterapeuta esté completamente presente, empatizando, dispuesto/a a acompañar a los pacientes en su dolor, por muy intenso que éste sea.
  • Un trabajo emocional profundo: todos los ingredientes anteriores son necesarios para que podamos llevar a cabo un trabajo emocional profundo, que nos permita resolver de manera profunda y duradera nuestras heridas de la infancia. El trabajo a nivel emocional profundo es fundamental de cara a poder integrar aquello que nos faltó en la relación con nuestros cuidadores y despedirnos de aquello que tuvimos que asumir y que ya no nos sirve.

En definitiva, podríamos decir que para liberarnos de nuestras cargas necesitamos reconocerles su valor y contar con una relación suficientemente segura y protectora que nos permita integrar el permiso de ser quienes queremos ser, para poder tomar nuevas decisiones que nos sirvan para satisfacer nuestras necesidades actuales.

  Christian Payá Alonso

 

También te podría gustar...

2 Respuestas

  1. Alexandra dice:

    Me parece muy interesante tu artículo, reconocer la importancia de romper las lealtades destructivas para generar una retroalimentación positiva

    • Christian Payá Alonso dice:

      Muchas gracias Alexandra, me alegro de que te haya gustado.

      Así es, las lealtades familiares, las expectativas que proyectan en nosotros, los miedos y asuntos no resueltos que nos traspasan pueden limitar enormemente nuestro potencial para desarrollarnos. Además, como lo recibimos de nuestros seres más cercanos, a menudo resulta muy complicado distinguir qué es nuestro y qué no lo es y es imprescindible para poder liberarnos de estas cargas.

      Un abrazo 🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información ACEPTAR

Aviso de cookies