Cómo veo la psicoterapia en el siglo XXI: un recorrido personal

01/03/2013

En este artículo narro cómo he llagado a concebir el enfoque de psicoterapia Trans-Modal, en el que las distintas modalidades en psicoterapia actúan como modelos inspiracionales y enriquecedores de una práctica creativa que se articula, de distinta manera,  en la especifidad de cada relación terapéutica.

Me propongo en este artículo compartir con vosotros cómo yo pienso y siento la Psicoterapia en el Siglo XXI. Para ello, voy a traer aquí, en primer lugar,  lo que ha sido mi recorrido de Formación Múltiple en Psicoterapia y cómo he llegado a lo que hoy denomino el Enfoque Trans-Modal en Psicoterapia. A continuación, explicitaré cuáles creo que son los motores del Cambio terapéutico, y por último cuáles los retos para una Psicoterapia de Actualidad.

Soy Filósofa de origen. Kant, Wittgenstein, la Hermenéutica y la Teoría del Conocimiento han sido hitos importantes en la construcción de mi pensamiento, para  entender que somos intersubjetivos y que abordamos el vivir desde modos de vida que construimos en relación, y que al mismo tiempo que convivimos creamos realidades y mundos de posibilidad; que el respeto a la dignidad del ser humano se educa como vocación y se recrea en el día a día; que nos agarramos a nuestras convicciones y nos cuesta mucho asomarnos a otras maneras de significar la experiencia y, por eso, nos cuesta dialogar y co-crear con otros que son diferentes a lo que conocemos bien por costumbre; que tendemos a la confirmación de nuestras creencias y a ignorar lo extraño.

Desde Wittgenstein entronco con el Construccionismo Social y el entendimiento de que ser dialogales implica ser capaces de dejarnos colonizar por los modos de vivir de otros y de interiorizar distintas voces y distintos roles, y que la madurez en plena época contemporánea pasa por ser capaces de convivir con una cierta contradicción interna, con disonancias, con conflictos internos sostenidos y aún con todo, ser capaces de vivir con atención plena y vitalidad. Identidad compleja la del ser contemporáneo y construccionista, que para mí remite a la idea de personalidad como conjunto de roles o pautas de acción, ya propuesta por Moreno. En su ideal de salud, el psicodrama plantea entrenar a las personas en ampliar su repertorio de roles para ser capaces de interactuar con el otro desde distintos códigos. Enriquecimiento de la personalidad que tiene que ver con la complejidad.

Dice Adela Cortina en su libro “Ética de la razón Cordial”, que respetar la dignidad del ser humano implica desarrollar la capacidad de sentir con el otro dolor por su sufrimiento, alegría por su alegría y el compromiso de contribuir en lo posible al desarrollo de sus proyectos de “buena vida”, siempre que no vayan en perjuicio de otros. Esto implica el compromiso con el desarrollo de las fortalezas y virtudes de cada ser humano, para procurar su empoderamiento, su potencia para desarrollar sus proyectos. Creo que para comprender en profundidad los proyectos de vida de otros hace falta poder comprender sus distintos mundos de significados, y para eso hay que, o haber vivido algo semejante con anterioridad, o dejarse guiar por el otro en una inmersión en su manera de sentir y experienciar. El tener agradecimiento a las tradiciones en las que me he formado y apertura curiosa a otros modos de hacer y de vivir, me parecen valores fundamentales para sobrevivir con holgura en el mundo cambiante del siglo XXI. Reconocimiento de la belleza y del mérito artesanal de las propias tradiciones de significado, y espíritu de aventura para explorar nuevas maneras de construir la realidad. Educar en la capacidad de sostener diálogos múltiples, me parece tarea crucial en nuestra actualidad.

Y quiero añadir que la identidad múltiple y compleja, sin Atención Plena, quizás no nos deje un momento de tregua. Tan importante como la complejidad me parece la capacidad de estar aquí y ahora, de ser en el presente. Los recientes estudios en neurociencias legitiman con palabra de científico lo que ha sido parte del saber místico en todas las tradiciones culturales. Parece que la práctica repetida de concentración en nuestra respiración, la meditación, hace algo en nuestro sistema nervioso que nos lleva a poder estar más atentos a lo que vivimos en cada presente, a ser más capaces de concentrar nuestra atención en lo que queremos hacer, y a ser menos víctimas de los raptos desasosegantes de nuestras preocupaciones obsesivas o de nuestros hábitos no deseados. El trabajo con la Atención Plena o Mindfulness nos da la posibilidad de vivir con actitud contemplativa y de caer en la cuenta de nuestros patrones de acción, así como de irnos desapegando de los modos automatizados de comportamiento, para ganar entonces en grados de libertad.

Así que construcción de identidades dialogales y cultivo de la atención plena son, por ahora, los dos valores que destaco en mi ideal de madurez como persona y psicoterapeuta.

Con ambas metas tiene que ver la psicología humanista, cuando enuncia perseguir como objetivo el posibilitar a las personas vivir con más autenticidad y plenitud. Autenticidad que, desde un modo antiguo y objetivista, tenía que ver con encontrar el auténtico self, como si sólo fuera uno y enterrado, y que desde los nuevos códigos construccionistas podemos entender cómo la capacidad de no suprimir voces y de ir significando toda la experiencia sentiente, a modo del Focusing y como ya nos decía Carl Rogers, cuando entendía que para llegar a la autorrealización la vía regia era la conciencia plena de nuestra experiencia, el cultivo del darnos cuenta.

Éste es el objetivo de todas las Técnicas Activas, en las que los psicólogos humanistas son sin duda pioneros y expertos. Las técnicas favorecedoras del Continuo de la Atención de la Gestalt, de activación de la memoria corporal y de acción en psicodrama y Bioenergética, en definitiva el tan amplio repertorio de intervenciones destinadas  a traer la atención al momento presente, en la creencia de que sólo en el momento vivido con conciencia plena podemos arraigar aprendizajes realmente significativos que transformen nuestros significados implícitos.

Saltamos así al muy importante tema de los distintos tipos de memoria, conocimiento y aprendizaje. Desde Tulving parece que las ciencias Cognitivas han consensuado pensar la memoria humana como un conjunto de subsistemas interrelacionados, donde está por un lado la memoria explícita o simbólica, la memoria semántica y autobiográfica o narrativa, es decir, la memoria construida con lenguaje, y por otro la memoria implícita, procedimental, de acción, emoción y corporal, la que hace que personas con demencia sepan hacer lo que ya no saben que saben hacer, y la que convoca nuestros estados traumáticos, que parece que no descansan y nos asaltan, hasta que terminemos el proceso reconstructivo, de dar significado y sentido a lo vivido, por eso alivia tanto el poder compartir las memorias de dolor, porque damos forma a lo sin nombre, y así lo podemos situar en el espacio-tiempo, saber que ya acabó y que ahora estamos en otro momento. Parece que el ser humano necesita dar sentido a la experiencia para vivir, necesitamos simbolizar lo vivido, darle alguna forma, con el lenguaje en relatos, o a través de los distintos recursos expresivos de los distintos campos simbólicos.

El trabajo con las técnicas activas nos permite reconectar o convocar a las memorias implícitas inacabadas, y darles la oportunidad de acabar el proceso de simbolización, dentro del marco contenedor de la relación psicoterapéutica.

Reconstruir el pasado para poder imaginar el futuro, nos dice Daniel Sachter, gran estudioso de la memoria contemporánea, y creo que podemos decirlo también al revés, trabajar en la recreación de nuestros proyectos vitales, para desde ahí, haciendo ancla en el entusiasmo y la esperanza, poder adentrarnos en áreas de dolor, no con el objetivo de la catarsis por la catarsis, sino de aligerar nuestro equipaje, para potenciar nuestro proyecto de creación.

Estoy hablando ya de Creatividad. Si me preguntan que cuáles creo que son los motores del cambio terapéutico, contesto que la reconstrucción de nuestras narrativas vitales, el cambio en la manera de contarnos la vida, y el cambio en nuestros modos de relacionarnos. Es decir, el trabajo con el significado y el trabajo en la relación y en la acción o, lo que es lo mismo, en las memorias explícitas o lingüísticas, por un lado, y procedimentales e implícitas, por otro. Y también el trabajo en la dimensión del sentido, como bien decían los existencialistas, y en el proyecto de vida. Curiosamente, con tono más marketiniano, retoma el trabajo con el proyecto de vida o la satisfacción vital la Psicología Positiva, que nos dice que para llegar a la auténtica felicidad hace falta tener metas intrínsecas. Parece que la genética, o la acostumbrada recreación de nuestra neuroquímica, en los climas relacionales que más hemos frecuentado, han creado una suerte de línea base de entusiasmo vital, que es difícil de cambiar, pero que más allá de este tono emocional propio de los temperamentos, hay una satisfacción más honda que tiene que ver con sentir que la propia vida merece la pena, y esto parece que correlaciona con la capacidad de involucrarnos en los que hacemos con pasión, y esto con la realización de nuestras virtudes y fortalezas.

Volviendo al cambio terapéutico, creo entonces que el trabajo en la reconstrucción de la biografía y de la identidad corre paralelo a la co-creación de nuevos modos relacionales y de acción en el presente y a la creación de proyectos vitales con sentido, que supongan la realización de las fortalezas y potencialidades del ser humano, en continuidad con lo que en su momento propuso el movimiento de desarrollo del potencial humano, ya por los años 50 (muy interesante en esta línea de trabajo con lo positivo es la metodología de la Indagación Apreciativa, que desde suelo construccionista propone también maneras de potenciar el desarrollo personal y organizacional a través del enfoque en las fortalezas).

Volvemos pues al tema del empoderamiento que ya nos propuso Adela Cortina en su definición de respeto a la dignidad del ser humano.

Educar en la capacidad de diálogo e intersubjetividad, Atención plena, integración de las memorias implícitas y capacidad creativa son los objetivos que propongo para la psicoterapia del siglo XXI. Trabajar con la reconstrucción del pasado y la identidad y con la creación de nuevos modos relacionales y de proyectos vitales con sentido. Integrar el trabajo con la Creatividad, la memoria y el proyecto.

Reconozco en la formación de mi pensamiento psicoterapéutico, en primer lugar a la Psicología Humanista, Rogers, Gestalt, Focusing y Bioenergética; al pensamiento Social y Sistémico del Psicodrama; al enfoque Modular-Transformacional en Psicoanálisis, y a las Prácticas Dialógicas Construccionistas, por citar mis principales influencias.

Entiendo la psicoterapia como una práctica que se nutre de distintas tradiciones de quehacer psicoterapéutico. Respeto a quien tiene una vocación monista y está satisfecho trabajando sólo dentro de una modalidad. No es mi caso. Yo, tremendamente curiosa, he necesitado siempre conocer qué es lo que se está haciendo aquí y allá, y una vez que pasas un tiempo con los del otro pueblo, ya has importado a tu mundo interno algo de su modo de hacer. Si bien en algún momento esto pudo preocupar como dispersión, ahora lo veo mas bien como un cultivo del pensamiento divergente, que necesita relacionar ideas diferentes. Dicen que en los cruces de tradiciones hay más creatividad. Me gusta hablar de Psicoterapia Trans-Modal porque he habitado en distintas familias y a todas ellas las llevo conmigo y de ninguna reniego, y todas ellas forman parte indisoluble de lo que soy. Trabajo con distintos modelos de referencia internos que actúan como motores potenciales del cambio terapéutico, y que se ponen en marcha, de una u otra manera, en la especifidad de cada relación terapéutica. Me gusta hablar de Psicoterapia Trans-Modal porque mi empeño, más que en llegar a un único modelo final en el que se integren todos los saberes, va más por fomentar que se mantengan vivas las distintas tradiciones en su riqueza de cultivo específica, y que nos puedan servir los distintos modelos de psicoterapia, como distintas fuentes inspiracionales, en  nuestra tarea de ayudar a las personas a realizar sus proyectos vitales con sus distintos modelos de madurez y buen vivir.

María Muñoz-Grandes es Licenciada en Filosofía y en Psicología. Ha realizado una amplia formación de Postgrado, en los terrenos de la Psicoterapia y la Educación. Es Master en Orientación Psicopedagógica y Especialista Universitario en Psicoterapia, con diplomas en varias modalidades: Psicoanálisis, Rogers, Gestalt, Psicodrama, Bioenergética, Psicología Positiva, Constructivismo y Construccionismo Social.

Sus actuales focos de interés están en la creación de Proyectos Vitales con sentido, el Desarrollo de la Creatividad, la Indagación Apreciativa y los Diálogos Generativos para la mediación en conflictos y la investigación teórico-experiencial acerca de nuevos modos de relacionarnos, posibilitadores de la construcción de una cultura de paz, desde las relaciones cercanas a las internacionales.

Ha sido profesora de Filosofía en el Colegio Americano de Madrid y de Psicología en las Universidades de Comillas y UNED. Actualmente es Profesora Asociada de Psicología en IE University y de Recursos Humanos en IE Business School. Dirige grupos de Desarrollo Personal y de la Creatividad para niños y adultos en la Escuela Taller Dearte y en el Instituto de Interacción. Es psicoterapeuta desde hace 20 años en consulta privada y atiende a individuos, parejas y familias.

maria-munozmmunozgrandes@gmail.com

676536698
C/ Anita Vindel, 9A.
28023 Madrid.

 

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