Temperamento Infantil: ¿Tratamos a los hijos cómo son o cómo queremos que sean?

02/04/2018

Quienes estamos en contacto con niños, ya sea como padres/madres o como profesionales, si queremos llegar mejor a ellos es primordial conocer su manera de manejarse en el mundo.

Un importante aporte a la psicología infantil que pasa desapercibida, incluso entre los profesionales es la realizada por la Doctora Stella Chess, profesora de psiquiatría infantil en el centro médico de la Universidad de Nueva York, y su esposo Alexander Thomas, en 1986. Ambos estudiaron el “temperamento biológico natural” infantil.

¿Qué es el temperamento?

Coloquialmente se suelen usar como sinónimos temperamento, personalidad o carácter, sin embargo no lo son.

El temperamento es la parte de la personalidad que muestra la tendencia “primaria”, es decir la manera espontánea y natural a reaccionar; es la dimensión biológica e instintiva de la personalidad, es bastante estable desde el nacimiento y a lo largo de todo el ciclo vital. El carácter, al ser una tendencia “secundaria” es adquirido e influido por el ambiente y la educación. Es la dimensión aprendida de la personalidad. Esto significa que el carácter puede adquirirse, modificarse o perderse; está sujeto a la educación recibida, los sesgos y prejuicios culturales, de género… En el desarrollo de la personalidad intervienen tanto el sustrato biológico que es el temperamento, como las influencias socioculturales y educativas, que marcan el carácter.

Entre las aportaciones más importantes de Chess y Thomas, encontramos la idea del niño como persona activa. Diferenciándose así de modelos que tradicionalmente habían considerado al niño como receptor pasivo de influencias externas, o de modelos causales de tipo unilineal y unidireccional, es decir, si el niño se comporta de una manera ante ciertos estímulos, si se cambian esos estímulos o se refuerza otra conducta el comportamiento del niño cambiará. Este cambio de perspectiva es crucial, ya que como la propia Doctora Chess dijo, “Si no se toma en cuenta el temperamento del niño, el maestro, el psicólogo y hasta los padres, pueden cometer equivocaciones en su crianza”. Con esto lo que se pone de manifiesto es que el niño o niña no es una tabla rasa sobre la que podemos escribir lo que queramos y como queramos. Este modelo lo que viene a decir es que lo que vale para un niño puede no valer para otro, habrá que tratarles de forma distinta en función de sus predisposiciones temperamentales. Por eso, si queremos criar bien a nuestros menores el primer paso será conocer su forma de ser y tenerla en cuenta, intentado dejar en segundo plano nuestras proyecciones e idealizaciones para él o ella.

Dimensiones temperamentales.

La revelación principal de sus investigaciones puso de manifiesto que las características temperamentales que categorizaron representan los rasgos heredados y por lo tanto, son el núcleo de la personalidad jugando un papel sustancial en el desarrollo futuro. En ningún caso hay que confundir estos rasgos distintivos del bebé con los sesgos y prejuicios con los que los adultos les investimos; forzando a los pequeños a ser algo que no es, no saben o no están preparados.

Desde el nacimiento, los bebés empiezan a mostrar rasgos y conductas únicas y estables que finalmente conducen a su desarrollo como individuos distintos y especiales. Si somos capaces de respetar y acompañar a cada niño y niña en su proceso evitaremos muchos problemas y conflictos. Si esas tendencias naturales se reprimen demasiado, el resultado será mucha tensión en el niño que a la larga generará síntoma y conflictos. Es importante buscar espacios y momentos para darles salida, e incorporar rutinas en su vida cotidiana que las favorezcan. Y simultáneamente, ir estableciendo el modelado de las inclinaciones contrarias para que vayan incorporándolas y así tener una mayor variabilidad y versatilidad conforme vayan creciendo.

Los 9 rasgos o dimensiones primarias que encontraron en los niños y niñas fueron:

1.- Nivel de actividad.

Tiene que ver con el componente corporal y dinámico presente en el funcionamiento del niño, así como la proporción de períodos de actividad e inactividad.

Niños hiperactivos: tienen necesidad de liberar la tensión de manera motriz. Hay que fomentar actividades de movimiento. Es bueno, por ejemplo darles un tiempo de actividad antes de los deberes o ante situaciones que requieran más quietud, de manera que vaya incorporando también la tolerancia a la calma.

Niños hipoactivos: tienen necesidad de momentos de calma y tranquilidad para energizarse. Es bueno proporcionarles momentos de relajación, respiración, meditación… antes y después de actividades más motrices.

2.- Regularidad (ritmicidad).

Tienen que ver con la necesidad de una estructura temporal y unos horarios estables.

Niños rítmicos: requieren de unas rutinas bien establecidas para encontrar el equilibrio. Van tolerando los cambios si son avisados con antelación.

Niños arrítmicos: precisan de un margen de movimiento, de flexibilidad en su rutina. Demasiada rigidez les agobia. Permitir rupturas de la rutina de vez en cuando para que no sentirse atosigados.

3.- Acercamiento o retraimiento.

Tienen que ver con la necesidad de contacto. Con aceptar personas y situaciones nuevas.

Niños de contacto próximo: Sienten e interaccionan a través del contacto. Pueden resultar invasivos. Hay que intentar darles la proximidad afectiva en casa, para que no la busquen en exceso fuera. Crear momentos de contacto en familia, cosquillas, masajes… es positivo.

Niños de contacto lejano: se sienten más cómodos a cierta distancia. Tardan en hacer amigos y coger confianza. Conviene prepararlos y darles su tiempo. Es bueno proporcionarles confianza para hablar de sus miedos.

4.- Adaptabilidad

Tiene que ver con la facilidad o rapidez con que se adaptan a los cambios y a lo nuevo.

Niños hipoadaptables: les cuestan los cambios. Pueden llegar a mantener situaciones negativas o que les perjudican por miedo a los cambios. Incorporar de vez en cuando novedades para que se vaya flexibilizando.

Niños hiperadaptables: se sienten cómodos fuera de la rutina. Se adaptan sin quejarse. Que vaya aprendiendo a pedir, se adaptan tanto que todo les viene bien, aún a riesgo de llegar un momento de no saber ni que quieren ellos.

5.- Sensibilidad sensorial.

Tiene que ver con la cantidad de estimulación necesaria para provocar una reacción o respuesta por su parte.

Niños hipoestimulables: necesitan poco estímulo para reaccionar, son muy sensibles y reaccionan con fuerza a las modificaciones del entorno. Detectan cualquier variación o cambio. Para ellos lo bueno es muy bueno y lo malo es muy malo.

Niños hiperestimulables: necesitan mucha estimulación para movilizarlos, son más abstraídos. Conviene sacarles de la inactividad y su ensimismamiento poco a poco.

6.- Intensidad de respuesta.

Tiene que ver con el nivel de energía de la respuesta sin distinción de la cualidad.

Niños de respuesta notoria: muestran una gran energía y son muy exagerados en sus respuestas. No pasan desapercibidas sus respuestas.

Niños de respuesta NO notoria: hay que saber apreciar los matices sutiles de sus respuestas. Si no arman jaleo y no protestan, puede que no reciban la atención que merecen y sus necesidades no sean satisfechas.

7.- La Calidad del Humor.

Tiene que ver con la predominancia de la alegría, la seriedad y el enfado en su día a día.

Niños alegres: se muestran generalmente risueños. Conviene estar alerta para ver cuándo tras sus sonrisas hay alguna frustración o malestar, ya que no lo expresan tan fácilmente como los malhumorados.

Niños mal humorados: con tendencia al enfado con facilidad, hay que tener cuidado para no culparles ni culparnos en exceso ya que su humor puede generar rechazo (salvo que ese mal humor responda a alguna causa ambiental que esté afectando a su vida).

Niños serios: con semblante circunspecto, hay que hacerles sentir que los queremos y valoramos como son, que nos parecen encantadores sin que necesiten hacer monerías todo el rato.

8.- Distractibilidad.

Tiene que ver con la efectividad de los estímulos ambientales extraños a la hora de interferir o alterar la dirección de una conducta en curso o en desarrollo. Lo típico de distraerse con una mosca o capacidad de concentrarse en la tarea.

Niños distraídos: la capacidad de despistarse de muchos niños lleva a pensar que es hiperactivo. Conviene mantener a su alrededor un ambiente tranquilo y bajo en estímulos cuando requiera concentrarse.

Niños focalizados: pueden mostrarse más testarudos y oposicionistas a la hora de realizar las tareas frente a las interrupciones, por contra, son más autónomos.

9.- La atención y persistencia.

Tiene que ver con la cantidad de tiempo que el niño dedica a una actividad y el efecto de la distracción sobre esa actividad.

Niños inestables: necesitan que les acompañemos en sus juegos, les hablemos sobre ellos y les animemos a persistir. Qué estemos muy presentes.

Niños persistentes: tienen más autonomía para pasar ratos entreteniéndose solos.

La combinación de estas nueve características da lugar a los siguientes tipos de niños:

– Bebés fáciles (40%) tienen una disposición positiva. Sus funciones corporales operan de manera regular y son adaptables. Por lo general son positivos, muestran curiosidad acerca de nuevas situaciones, y sus emociones son de intensidad moderada o baja.

– Bebés difíciles (10%) tienen estados de ánimo más negativos y son lentos para adaptarse a las nuevas situaciones. Cuando enfrentan una nueva situación tienden a retraerse.

– Bebés lentos de animar (15%) son inactivos, mostrando reacciones relativamente calmadas a su ambiente. Sus estados de ánimos por lo general son negativos y se alejan de las nuevas situaciones, adaptándose lentamente.

El 35% restante son niños que no encajan con estos tres tipos, la mayoría suelen ser una mezcla de los diversos grados en que se manifiestan las dimensiones anteriores.

La tipología de base del niño o niña afectará a su relación con los demás. El menor y sus características, determina bastante la relación socio-afectiva que promoverá con los de su entorno. Aunque lo más habitual es que sea el resultado de la interacción entre el niño y sus padres, de tal forma que uno se adapte a los otros y al revés.

Si conocemos sus tendencias evitaremos muchos conflictos al no forzar a los niños, sobre todo de más pequeños, a ir contra su predisposición natural.

Podemos generar problemas de conducta si no conocemos la propensión de nuestros niños; si no sabemos respetar sus tiempos, compensar sus déficits; si no somos capaces de sincronizar e interaccionar nuestra conducta y las exigencias del entorno con ellos; si nos dejamos llevar por nuestros sesgos y prejuicios, estaremos generando el caldo de cultivo a futuros conflictos y problemas de convivencia.

Ante peleas y disputas repetitivas con los hijos o alumnos cabría preguntarse si conocemos sus tendencias y si estamos en sintonía con ellas, de no ser así, plantearnos el cómo podemos mejorar.

Mamen Bueno

 

Mamen Bueno
Colaboradora de Bonding.
Psicóloga Psicoterapeuta. Psicología familiar. Mindfulness.
Blog: Reflexiones mamá psicóloga

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