Procrastinación

01/06/2015

jose zurita

José Zurita

Procrastinación o postergación es algo que muchísimas personas hacemos. Unos más y otros menos. Muchas veces sin darnos cuenta, otras totalmente a conciencia. La mayoría no conoce el término o no lo pronuncian bien. ¡Qué cosas!

Todo tiene explicación. Éste es un término que viene de la cultura anglosajona, donde se utiliza con frecuencia, y por tanto se tiene más presente en la vida cotidiana. Yo no lo había oído nunca hasta que en un grupo de formación de psicoterapia con Richard Erskine, un profesor norteamericano con el que me formé durante 15 años, lo sacó mientras trabajaba con una compañera que, efectivamente, procrastinaba.

El diccionario de la RAE es claro y escueto cuando buscas la palabra procrastinar, dice: diferir, aplazar. El concepto incluido en el verbo procrastinar es “la acción de posponer acciones con cierta frecuencia”. Esto nos lleva a las personas que van dejando para más adelante lo que “tienen que hacer”.

Todos tenemos presentes el refrán “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, que todos los padres dijimos en algún momento. Buen intento educativo para intentar evitar que esto se convierta en un hábito para nuestros hijos. Mi madre atacaba con un amable “anda hijo, hazlo ahora ¿qué te cuesta?” y la verdad que hizo su efecto… parcialmente.

Claro que cuando estoy frente a un paciente que repite el aplazamiento y trae a sesión una y otra vez su problema con el tiempo, con las oportunidades perdidas, que se le escapan ocasiones de haber triunfado… Ahí tenemos que profundizar buscando las claves de lo que está pasando una y otra vez.

Lo hacemos, pero ¿por qué? Obviamente porque no queremos enfrentarnos en ese momento. Pero ¿por qué? La respuesta directa o indirectamente nos lleva al miedo. Ante hacer algo que nos da miedo preferimos hacer otra cosa y posponer lo que nos asusta para otro momento. No siempre está claro el miedo. Si le preguntas al procrastinador las razones por las que aplaza asiduamente ciertas acciones te lo negará, te dirá que no lo sabe o te pondrá excusas plausibles. Ya he dicho que muchas veces no es consciente…. Hasta que llega el “insight” o “darse cuenta” y la persona toma conciencia de que “eso” está pasando.

Buscamos entender lo que está pasando en nuestra vida y nos la explicamos de forma que para nosotros sea coherente y, por tanto, creíble. A veces nos contamos una película que a nosotros nos encaja. Así nos quedamos tranquilos, que es lo que todos queremos: que el miedo disminuya.

Cuando analizo un problema con un paciente exploramos el ¿por qué?, que es muy interesante, y sobre todo el ¿para qué?, que es lo que de verdad ayudará a cambiar.

Todo lo que hacemos tiene un ¿por qué? y un ¿para qué?. Este último será más personalizado y tendrá que ser explorado junto al paciente para poder llegar a la toma de conciencia de la decisión primaria, y así afrontar la decisión profunda de cambio. Utilizo preguntas que me ayuden a indagar lo que está detrás de la acción: ¿Qué consecuencias trae esto que estamos analizando?, ¿para qué te sirve?, ¿qué consigues con esto?… y cuando por dentro “se oye el click” y la expresión del paciente se transforma…. Ahí está el cambio. Esto pasa a veces, sólo a veces. En otras ocasiones tendremos que profundizar más, indagar por otros lados,  trabajar diferentes temas para llegar al cambio.

Ahora vamos al ¿por qué?, que es de lo que podemos hablar de forma más general. Las causas por las que alguien pospone una acción una y otra vez conducen al miedo. Es cierto que puede haber alguna causa real que nos impida llevar algo a cabo y no ponemos en duda esa realidad. Lo que aquí vamos a ver es cuando la postergación se repite una y otra vez.

Pereza, desasosiego, duda, desconfianza, incertidumbre, inseguridad, y un largo etcétera de sinónimos del miedo pueden estar entre los motivos que llevan a aplazar la puesta en marcha de alguna acción. A veces se utiliza una expresión “negadora” del tipo: “es que no me apetece” o “ahora he decidido hacer otra cosa”, pero es lo mismo. El miedo siempre está por debajo.

Es importante acompañar a nuestro paciente a afrontar su día a día con estrategias para dejar de procrastinar. La que más me gusta es la “lista del miedo”.

La “lista del miedo” es una herramienta que se me ocurrió hace ya muchos años para ayudar a un paciente que no tenía tiempo para nada. En cada sesión me traía su agobio con el tiempo, su “incapacidad” para hacer todo lo que tenía que hacer tanto en su trabajo como en su vida. Por más que explorábamos juntos no llegaba a descubrir por sí mismo que la causa era el miedo y le propuse que hiciera una lista con todas las cosas que tenia que hacer mañana. Entonces la hicimos a mano y en papel, ahora siempre propongo hacerla en Excel. Una vez hecha le pedí que a la izquierda de cada ítem pusiera un numero del 1 al 100 que reflejase el miedo que le daba enfrentarse a aquella acción. Una vez numerada la lista le pedí que la colocase en orden de mayor a menor. La volvió a escribir ya ordenada. Entonces le pedí que ese fuera el orden de realización. Lo primero lo que más miedo le daba, después lo segundo, tercero ….

Cuando apareció a la semana siguiente venía encantado pues había tenido tiempo parar todo. Me justificó de varias formas el “porqué” esta semana no había tenido atascos, asociando cada situación a casualidades y a explicaciones a veces cogidas por los pelos. Había cambiado su forma de actuar, pero él no sabía el ¿por qué?.

Le expliqué detenidamente que cuando algo nos da miedo lo ponemos de forma inconsciente al final de las tareas pendientes porque preferimos hacer antes las que menos miedo nos dan. Pero eso no es lo más importante, ya que como es un proceso fundamentalmente inconsciente lo que hacemos, sin darnos cuenta es alargar el tiempo dedicado a lo que no nos asusta con la esperanza de que se nos acabe el horario y podamos dejar lo que más miedo nos da para otro día. Así un día y otro, vamos atascando nuestro flujo de acción temporal para que nunca llegue la hora de enfrentarse a lo que tememos.

Según se lo explicaba su cara iba cambiando y reflejaba esa complicidad que se siente cuando todo encaja. Se fue feliz.

José Zurita

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