El proceso y el vínculo terapéutico

01/06/2013

El proceso terapéutico es un movimiento interno que se da en el cliente y que le conduce hacia un cambio de la personalidad liberador para él, siempre y cuando el vínculo que se haya creado en la relación terapéutica sea seguro y profundo

Para ello, es primordial el trabajo de crecimiento previo por parte del terapeuta de modo que, éste tenga la capacidad de brindar la mayor autenticidad, respeto, aceptación y empatía posible a su cliente.

  1. El proceso terapéutico

Proceso: “Camino por el que se produce un cambio en la personalidad”.

El proceso es un movimiento en el que los sentimientos son susceptibles de ser modificados en cada momento y pueden expresarse de manera adecuada.

El proceso implica una relajación de los esquemas cognoscitivos de su vivencia interpretada según moldes rígidos y comienza a combinar los significados de su experiencia de acuerdo con constructos modificables por cada nueva experiencia. Por lo tanto, el proceso terapéutico aleja a la persona de moldes rígidos de autoconcepto, aproximándose así a una concepción de sí mismo como persona valiosa, de dirección interna, capaz de crear sus propias normas y valores en base a su experiencia.

Una de las direcciones fundamentales que adopta el proceso es la libre experimentación de las reacciones viscerales y sensoriales del organismo, sin que el sujeto haga esfuerzos por relacionarlas con el sí mismo. El punto final de este proceso reside en que el cliente descubre que puede ser su experiencia, con toda su variedad y contradicciones superficiales (Permiso “sé tú mismo” /redecisión) y que puede sistematizarse a partir de ella, en lugar de intentar imponerle un sí mismo concebido según patrones externos y de negar el acceso a la conciencia de aquellos elementos que no se ajustan a tal modelo (AT: guión/mandatos).

Otro de los elementos fundamentales del proceso terapéutico es la medida en la que la propia relación terapéutica representa para el cliente un aprendizaje que le permite aceptar de manera plena, libre y sin temor los sentimientos positivos de otra persona, (Vínculo/ Apego seguro), de tal manera que la persona puede relajarse y permitir que la calidez del afecto que la otra persona siente por él reduzca las tensiones y temores con que encara la vida. Esto se da gracias a que, a medida que la psicoterapia avanza, el sentimiento de aceptación y respeto del  terapeuta hacia  su cliente aumenta al ver la lucha valerosa y profunda que el sujeto sostiene para llegar a ser él mismo. La interiorización positiva de la experiencia consiste en sí en la satisfacción que surge en el paciente por el hecho de haber vivido una relación que le ha concedido libertad plena de desarrollarse a su manera sin juicios de por medio.

A medida que la terapia avanza, el cliente descubre que se atreve a convertirse en sí mismo a pesar de las duras consecuencias que deberá sobrellevar cuando lo haga. Convertirse en uno mismo significa que disminuye el temor a las propias reacciones organísmicas irreflexivas y aumenta la confianza y el afecto que despierta la diversidad de sentimientos y tendencias en el nivel orgánico del individuo. En lugar de actuar como el guardián de un conjunto de impulsos peligrosos e impredecibles, la conciencia se convierte en un cómodo albergue de una rica variedad de impulsos, pensamientos y sentimientos, que demuestran ser capaces de autogobernarse cuando no existe una vigilancia temerosa y autoritaria (estado del yo adulto/ descontaminación del Padre y del Niño) .

Llegar a ser uno mismo, implica una profunda experiencia de elección personal. El individuo advierte que puede escoger entre seguir ocultándose bajo un disfraz o arriesgarse a ser él mismo. Sin embargo, el hecho de ser uno mismo no resuelve problemas, sino que inicia una manera de vivir donde los sentimientos se experimentan con mayor profundidad. El individuo se siente más original, y en consecuencia más solo, pero, gracias al realismo que ha adquirido, elimina el elemento artificial de sus relaciones y éstas se tornan más profundas y satisfactorias ya que logra incluir en ellas los aspectos más reales tanto suyos, como de la otra persona.

  1. Relación de ayuda

3.1. Definición

Una relación de ayuda es aquella en la que al menos uno de los participantes intenta hacer surgir, de una u ambas partes, una mejor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo y un uso más funcional de éstos.

3.2. Características o actitudes del terapeuta.

1.- Seeman: Actitud afectiva positiva concordante con la expresión del cliente: Creciente agrado y respeto mutuo que existe entre el cliente y el terapeuta.

2.- Experimento: Cuando la actitud del terapeuta varía hacia un grado menor de aceptación, el número de desviaciones del reflejo psicogalvánico (rpg; medida de la conductividad de la piel; reacciones de ansiedad, sentirse amenazado o estar en alerta) aumentaban significativamente.

3.- La confianza es condición fundamental del éxito de la relación. La confianza se obtiene de soltarse, de involucrarse, de ser permeable a lo que está sucediendo, a los mensajes verbales y no verbales, conscientes y no conscientes que está enviando el paciente.

Lindsley demostró en un experimento que una persona con esquizofrenia puede entrar en una “relación de ayuda” con una máquina si existe confianza. En el momento en el que la máquina dejó de responder como dicha persona esperaba, sufrió un retroceso hasta volver a dejar de comunicarse por completo.

4.- Halkides: Elevado grado de sinceridad del terapeuta. Que sus palabras correspondan a su propio sentimiento interno. Rogers: En mi relación con las personas he aprendido que no me resulta beneficioso comportarme como si yo fuera distinto de lo que soy.

5.- Aceptar y respetar al cliente de tal modo que no interfiramos en su libertad de desarrollar una personalidad muy diferente de la nuestra.

6.-  Desarrollar y aceptar (como terapeuta) mis propios miedos y temores para poder brindar una aceptación plena y honesta de cada uno de los aspectos que la otra persona me presente.

7.- Escucha activa y empática. Transmitir al paciente que le ves tal y como él lo hace y que eres capaz de ponerte en su lugar y mirar desde sus propias gafas.

8.- Cuanto más libre de juicios y evaluaciones está una relación, tanto más fácil resultará a la otra persona alcanzar un punto en el que pueda comprender que el foco de la evaluación y el centro de la responsabilidad residen en sí mismo, que solo a él concierne, y no habrá juicio externo capaz de modificar esta convicción.

9.- Es importante, en tanto y cuanto ayuda al crecimiento y la autorrealización, hacer ver al cliente que quien fue en un momento dado no le limita ahora para reinventarse y experimentarse en otros deseos, pensamientos, sentimientos, actitudes y comportamientos. Para mí, MÁXIMA DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL.

10.- Presencia terapéutica: allá donde le técnica no puede hacer nada, sirve la presencia terapéutica; tranquilidad, confianza y seguridad, que irradia el terapeuta y recibe el paciente, depositadas en el camino que están recorriendo.

11.- Soltar los instrumentos, arriesgarse a soltar la técnica y apoyarse en sí mismo. La técnica no cura, quien cura es la persona y la propia relación terapéutica. El que no se autorreconoce no puede reconocer a nadie, lo cual repercute en el paciente.

12.- Respetar la integridad de la persona del paciente así como su paso en lo que es su proceso. Solo él sabe dónde se encuentra y si quiere trabajar. En ocasiones, queremos que el paciente salga de donde no quiere salir, nuestra incapacidad de ver eso y aceptarlo no es más que impotencia, señales de un ego muy demandante. Dar libertad, esperar que la última palabra sea la de él y no la nuestra, que sus miedos sean sus miedos y sean suyas sus fantasías y que la resolución de su conflicto le pertenezca solo se logra a través de la permisividad, del respeto a sus silencios, a su aburrimiento, a su egoísmo, a su narcisismo, a su vanidad. “Llevar a un paciente a una profundidad mayor de la que en ese momento busca, lo aborta”.

13.- Al paciente hay que saberle devolver la respuesta y esto no está más allá que en el hecho de devolverle su propia pregunta para la que de antemano tiene la respuesta. La pregunta anticipa lo que está pasando del inconsciente a la consciencia.

14.- Es importante que el terapeuta cuide de no dinamitar el inconsciente del paciente, que vaya poco a poco. El terapeuta debe estar abierto a invertir sin esperar nada a cambio, tiene que renunciar a ver resultados cuando él quiera verlos. Lo único que se puede hacer es trabajar el momento.

Todas estas características de la relación de ayuda o actitudes que debe tener el terapeuta implican una aceptación plena por parte del terapeuta hacia la persona completa de su paciente, de su actuar, creer y sentir diferente a mí, de su derecho y libertad de expresión tanto racional como emocional hacia mi persona.

Dicho proceso de la aceptación del otro no es fácil; sin embargo, cuando este fenómeno se da, aprendes a respetar realmente los complejos procesos de la vida y a desear menos “arreglar las cosas”.

3.3. Hipótesis.

General: Si puedo crear un cierto tipo de relación, la otra persona descubrirá en sí mismo su  capacidad de utilizarla para su propia maduración y de esa manera se producirá el cambio y el desarrollo individual.

La tendencia al crecimiento o impulso hacia la autorrealización constituye el móvil de la vida y representa el factor del que depende toda psicoterapia, tendencia a expresar y actualizar todas las capacidades del organismo o de sí mismo. Es así como el individuo experimentará y comprenderá aspectos de sí mismo antes reprimidos, logrará mayor integración personal y funcionará con mayor eficacia, se volverá más personal, original y expresivo, será más emprendedor, aceptará mejor a los demás y podrá enfrentar los problemas de la vida de una manera más fácil y adecuada.

1.- Ser auténtico implica la voluntad de ser y expresar a través de mis palabras y mi conducta los diversos sentimientos y actitudes que existen en mí. Solo así puedo lograr que la otra persona busque exitosamente su propia autenticidad. La Autenticidad es no cambiar lo que uno es y aceptar lo que uno tiene. Es la capacidad de manifestarse tal y como se es, sin ocultamientos. Lo auténtico es y tiene valor. No se trata solo de mostrarse (así a cualquier descarado se le diría que es auténtico), consiste en saber decir la verdad sin escandalizar.

Si yo, como terapeuta, no conozco un proceso, o no me siento capacitada en ese  momento para acompañar a mi paciente en él, estoy en el deber de decírselo abiertamente, si no estoy cometiendo un fraude contra el cliente. No avergonzarse de mostrarse es un indicador de haber dejado de funcionar como una máquina, de haberse dado cuenta de los introyectos que se tenían de mamá, papá o figuras de autoridad limitadores para ser uno mismo.

2.- Cuanto mayor sea la aceptación y el agrado que experimento hacia un individuo, más útil le resultará la relación que estamos creando. Es decir, la relación le será  más valiosa y sanadora cuanto más cálido sea el respeto hacia él como persona de mérito propio, independientemente de su condición, conducta o sentimientos.

3.- La capacidad necesaria por parte del terapeuta, mencionada anteriormente, de hacer ver al cliente que quien fue en un momento dado no le limita ahora para reinventarse y experimentarse en otros deseos, pensamientos, sentimientos, actitudes y comportamientos es uno de los aprendizajes más valiosos que puede experimentar el paciente para que se den lugar a cambios de la personalidad.

4.- La relación es significativa en la medida en la que siento un deseo constante de comprender cada uno de los sentimientos y expresiones del cliente tal y como se le aparecen en ese momento. No hay aceptación sin comprensión. Solo así el cliente sentirá libertad y seguridad para explorar sus rincones más ocultos.

3.4. Conclusión.

La lectura de las dos obras principales de mi trabajo: “El camino de convertirse en persona” de Carl Rogers y “La locura lo cura” de Guillermo Borja, así como mi escasa experiencia como terapeuta, me llevan a concluir que para poder crear una relación de ayuda óptima es necesario ser uno mismo; de otro modo, no es posible establecer una relación que  facilite el desarrollo de otros como personas autónomas.

  1. Dinámica del cambio

– A medida que la persona descubre que alguien puede escucharlo y entenderlo cuando expresa sus sentimientos, poco a poco se torna capaz de escucharse a sí mismo y reconocer la existencia de sentimientos que antes consideraba anormales o caóticos.

– A medida que el terapeuta manifiesta un respeto positivo e incondicional hacia su cliente y éste ha aprendido a escucharse, comienza la aceptación y, por tanto, emprende el proceso de llegar a ser.

– A medida que la persona capta con más precisión sus propios contenidos, se evalúa menos y se acepta más a sí mismo, va logrando mayor coherencia, puede moverse más allá de sus fachadas y puede abandonar sus conductas defensivas, lo que finalmente le lleva a poder modificarse y madurar en las direcciones inherentes al organismo humano.

  1. Distinción entre sufrimiento y dolor

El sufrimiento es un contenido enfermo, masoquista, aferrado a vivir mal, a repetir. El sufrimiento evita el contacto con el dolor. El sufrimiento desquicia, lleva a la incongruencia, a ser irracional, hiperkinético o a la parálisis. El sufrimiento es estruendoso, exhibicionista, eufórico (Rol de Víctima en el triángulo dramático).

Por su parte, el dolor es estar en contacto con lo que sentimos, con nuestras carencias y necesidades. El dolor es silencioso, quieto, interno, propio. El dolor es un estado de soledad. El dolor no tiene comprensión, solo aceptación, se acabaron los porqués.

Una crisis moviliza toda la personalidad y tiene fuerza e intensidad necesarias para profundizar, porque todo está a flor de piel. La postura que debe asumir el terapeuta es quedarse quieto, no esperando algo, sino dejando que quien se manifieste sea el ego del paciente y no el suyo propio.

La posición del terapeuta ha de ser la de responsabilizar a su paciente, ya sea en el paso dado como en el no dado. Si no, el paciente no se hará cargo de su propio proceso y responsabilizará a su terapeuta.

  1. Realidad y verdad

Considero importante marcar la distinción entre la realidad, que es externa, y la verdad, que es interna de cada persona, para poder acompañar a nuestro paciente hacia lo realmente relevante. Desde mi visión, lo que importa es ir hacia la interioridad, que es la verdad personal. Esta verdad no siempre va a estar acorde con la realidad, porque ésta atenta contra la libertad del individuo. En ocasiones, hay que saber estar en desacuerdo con la realidad y tener una causa para ello, no estar en la oposición simplemente, ya que esto es irracional. Hay que reconocer la autoridad interna, que proviene de autor, autor de sí mismo.

  1. Posición existencial, guión y juegos terapéuticos

Berne dice que cuando somos niños creamos un plan de vida que es reforzado por los padres, justificado por eventos subsecuentes y culminando en una alternativa elegida; a esto, se le denomina guión de vida.  Dicho plan se establece como una obra de teatro, con un claro comienzo, un desarrollo y un final. Cuando el niño escribe la obra de su vida, escribe la escena final como parte integral de la propia obra, esta escena final se denomina desenlace del guión.

El guión se decide antes de que el niño tenga palabras, por lo que no hay una deliberación asociada a la toma de decisiones del adulto, sino que está basada en sentimientos y en el chequeo de la realidad del niño. Dichas decisiones son inconscientes y representan las mejores estrategias del niño para sobrevivir en un mundo visto a veces como hostil e, incluso, como una amenaza para su vida.

Existen diferentes guiones (Guión Hasta, Guión Después, Guión Nunca, Guión Siempre, Guión Casi y Guión de Final Abierto) relacionados con los diferentes mandatos o impulsores y las cuatro posiciones existenciales (“Yo estoy bien, tú estás bien”; “Yo estoy bien, tú no estás bien”; “Yo no estoy bien, tú estás bien”; “Yo no estoy bien, tú no estás bien”) que el niño puede adoptar.

Según la situación, nos movemos en un cuadrante o en otro. Sin embargo, todos tenemos un cuadrante favorito.

“Estoy bien, tú estás bien” es la posición saludable, basada en la realidad, que te ayuda a ocuparte de la vida y a solucionar los problemas que te surjan actuando de tal manera que obtengas los resultados ganadores que quieres.

Si la posición de la infancia adoptada es “Yo estoy bien, tú no estás bien”, significará que vives tu guión, en mayor parte, desde una posición defensiva de intentar estar por encima de los demás. En un guión perdedor de tercer grado, la escena final podría llevar a la persona a herir o matar a otros (Trastorno paranoide de la personalidad).

Si la posición de la infancia adoptada es “Yo no estoy bien, tú estás bien”,  es probable que la persona represente su guión desde una posición depresiva de sentirse por debajo de los demás. En un guión, la escena final podría llevar a la persona a lastimarse a sí misma e incluso al suicidio (Depresivo).

Si la posición de la infancia adoptada es “Yo no estoy bien, tú no estás bien”, el guión se representará desde una postura de futilidad.  En un guión banal, el resultado es no llegar a nada con las cosas que hago, si es trágico, el posible desenlace es “volverse loco” (Psicótico).

El argumento del guión de cada persona puede representarse en miniatura muchas veces mediante los juegos psicológicos y el respectivo rol del triángulo dramático que se adopta. Un juego psicológico no tiene un resultado divertido; sin embargo, era el medio que empleábamos cuando éramos niños para conseguir lo que queríamos. Es por ello que, en la vida adulta, se emplean de manera inconsciente para concluir con nuestras decisiones tempranas sin darnos cuenta de que tenemos otros medios de lograr lo que queremos.

En resumen, cuando de adultos actuamos nuestro guión, estamos aún siguiendo la motivación infantil. Esta es la razón por la que a menudo indicamos que nos sentimos “más cómodos” continuando comportándonos de maneras que reconocemos como autoperjudiciales o dañinas. Sin darnos cuenta, está actuando la siguiente creencia: “El modo del cual me estoy comportando es doloroso, pero no es ni por asomo tan malo como el desastre que sucedería si cambiara mi conducta”.

Es por todo lo explicado a lo largo de este punto, por lo que es tan importante la comprensión del guión en el proceso de cambio personal. Para salir del guión, hay que identificar las necesidades que no cubrí de niño y buscar maneras de cubrirlas en la actualidad, utilizando mis recursos de adulto. Dentro del proceso terapéutico es necesario liberarse de los patrones limitadores sin tener que enfrentarse al desastre que tanto nos aterrorizó en la infancia.

Desde mi forma de creer y hacer como terapeuta para guiar y acompañar a mi paciente en su propio proceso de crecimiento personal, considero necesario detectar elásticos que relacionan escenas del aquí y ahora de la vida adulta del paciente con escenas dolorosas de la infancia, de tal modo que, al desconectar dicho elástico, la persona se pueda permitir a sí misma afrontar las frustraciones del presente con todos los recursos de persona adulta que tiene a su disposición. Para ello, con mis pacientes, mediante la pregunta, observaciones de lo que habla o expresa de manera no verbal o mediante técnicas emocionales, intento acompañarle a ir abriendo pequeñas ventanas de toma de conciencia hasta que él mismo pueda elaborar qué es lo que hace, para qué lo hace, a qué le recuerda y de qué se beneficia al hacerlo al igual que de qué pierde. Desde esta forma de acompañamiento, me parece que se respeta tanto a la persona como sus tiempos ya que, si no está preparado para enfrentarlo todavía, será él quien marque el fin y yo en este caso, como su terapeuta, deberé respetarlo y aceptarlo.  Recuerdo una frase, que para mí fue de gran relevancia, que Martorell dijo en una de las ponencias: “Hacer ver a un paciente de manera forzada sus propios juegos puede desembocar en un brote psicótico”. Cierto es que no considero que un proceso terapéutico sea un campo de margaritas y que se pueda renacer sin volver a pasar por el parto, sin embargo, sí creo  fielmente que es el paciente el que tiene que elegir cuándo, cómo y dónde atravesar el miedo y dolor que esto supone.

  1. Relación entre transferencia / contratransferencia y las diferentes estructuras de personalidad

Tanto la transferencia como la contratransferencia son ejes del proceso terapéutico. Es importante no solo escuchar lo que dice el paciente, sino también escucharse a uno mismo. Es sencillo dar cabida a la expresión de una transferencia o una contratransferencia positiva, sin embargo, no lo es tanto cuando ésta es negativa.

Por parte del terapeuta es importante estar trabajado para saber qué de lo que siente es suyo y no colocárselo a su paciente, y a la vez poder recibir dicha transferencia negativa sin que esto repercuta en los pantanos inconscientes del terapeuta y pueda abordar y trabajar en profundidad en pro del cliente.

En mi práctica como psicoterapeuta tuve el gran privilegio de poder trabajar con Jesús Cuadra y, posteriormente, con mi terapeuta individual, una evidente contratransferencia. Le llamo privilegio porque pude experienciar qué es realmente una contratransferencia, cómo detectarla y cómo abordarla. Vi que mis sentimientos ante los comportamientos de mi paciente eran desbordantes y que, en cierta medida, ocupaban espacio en mi vida personal hasta que lo compartí, lo trabajé  y me liberé de dicha presión.

Quiero poner un mayor énfasis en la importancia de la autoescucha por parte del terapeuta ya que, esto también te da una gran información acerca de tu paciente, su posible estructura de personalidad y, en consecuencia, de tu manera de intervenir con él para conseguir contactar, sintonizar, crear un buen vínculo y poder caminar a su lado en sus terrenos pantanosos.

Siguiendo la clasificación de George Escribano y apoyándome en la documentación aportada por Ana Gimeno-Bayón, matizaré que no es lo mismo trabajar con una persona con una estructura de personalidad neurótica que con una persona con una estructura límite de la personalidad o con otra persona de estructura psicótica.

8.1. Estructura neurótica de la personalidad.

  1. a) Histérica, cuya contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser la sensación de ser invadido y con la que, para crear un buen vínculo, es necesario por parte del terapeuta un Padre Nutricio.
  2. b) Obsesiva, cuya contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser un sentimiento de malestar, de aburrimiento y de que no se hacen bien las cosas, y que lo que necesita para crear un buen vínculo son transacciones desde el estado del yo Adulto del terapeuta al estado del yo Adulto del paciente.
  3. c) Pasivo agresivo con la que la contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser de rabia o culpa y de diversión cuando le ves como un adolescente, y con la que es necesaria una comunicación desde el estado del yo Niño libre del terapeuta al estado del yo Niño libre del paciente para crear dicho vínculo.

8.2. Estructura límite de la personalidad.

  1. a) Borderline, cuya contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser de miedo, rabia o compasión por la persona y que lo que necesita para crear un buen vínculo son transacciones desde el estado del yo Adulto del terapeuta con actitud de Padre Nutricio.
  2. b) Narcisista, cuya contratransferencia inicial, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser el sentirnos seducidos y posteriormente molestos, rabiosos y con miedo e inseguridad por no corresponder al espejo que esperan de nosotros, y lo que necesita para crear un buen vínculo son transacciones desde el estado del yo Adulto del terapeuta y, avanzada la terapia, le son necesarias transacciones desde el estado del yo Padre crítico del terapeuta.
  3. c) Psicópata, cuya contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser el sentirnos seducidos y enternecidos, o bien, sentir miedo y arrinconamiento. En este caso, el terapeuta debe saber ir ajustándose a los diferentes roles que vaya mostrando la persona y emplear el estado del yo pertinente para cada uno de ellos para que se dé una buena comunicación y entendimiento y que el paciente se sienta acogido y comprendido y, por tanto, se cree un vínculo fuerte y seguro sobre el que apoyarse para abordar la terapia.

8.3. Estructura psicótica de la personalidad.

  1. a) Paranoide, cuya contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser incomodidad, miedo, inseguridad, rabia y en ciertas ocasiones admiración, y lo que necesita para crear un buen vínculo son transacciones desde el estado del yo Adulto funcional y, más avanzada la terapia, transacciones desde el estado del yo Padre Crítico del terapeuta.
  2. b) Esquizoide, cuya contratransferencia, cuando estás trabajando con una persona que tiene dicha estructura, suele ser sensación de agobio, de “querer convertirlo a la humanidad” o bien de pasividad, cerrándote a esa visión del mundo tan fría. En cuanto a la creación de un buen vínculo, es importante que el terapeuta realice transacciones desde su estado del yo Padre Nutricio principalmente.

8.4. Otras estructuras.

Al margen de dichas estructuras, podemos trabajar con personas con:

  1. a) Esquizofrenia, cuya contratransferencia puede ir desde la inseguridad, miedo o desconfianza hasta la máxima ternura. En estos casos, el terapeuta debe intervenir principalmente desde su estado del yo Padre, tanto nutricio como crítico.
  2. b) Psicosis maníaco depresiva, la cual puede darse en cualquier estructura de personalidad.
  3. c) Neurosis de carácter, también puede darse en cualquier estructura con fondo narcisista.
  4. d) Neurosis de angustia, cuya base suele ser una estructura de personalidad histérica u obsesiva.
  5. Reflexiones y conclusiones

En primer lugar quiero matizar que, a lo largo de mi trabajo, no hay una sola cita textual que emplee de Rogers o de Guillermo Borja que no haya sido exquisitamente escogida por plasmar con las palabras perfectas aquellas profundidades de mis propias creencias o procesos a las que yo no sabía darles forma de una manera más acertada para mí que la que ellos mismos ya habían elaborado.

En segundo lugar, quiero explicar el sentido más banal que cobran para mí las frases escogidas en la portada para, posteriormente, pasar a analizar el nivel más profundo, ya no de las dos citas en exclusiva, sino de las dos obras fundamentales en las que me he basado a lo largo de prácticamente todo mi escrito: “El proceso de convertirse en persona” de Carl R. Rogers y “La locura lo cura” de Guillermo Borja.

Como se puede observar en las dos primeras frases que recojo: “En mi relación con las personas he aprendido que no me resulta beneficioso comportarme como si yo fuera distinto de lo que soy” de Rogers y “Para mí, terapeuta es igual a persona” de Guillermo Borja, la relación es clara y directa y conecta la idea básica de cada libro y, por tanto, el denominador común que comparten. Sin embargo, es en la tercera cita en la que quiero centrar mi explicación para que dicha relación termine por ponerse de manifiesto por completo: “Para convertirse en persona hay que transformarse en monstruo”, de Rogers. Sin embargo, es el propio Guillermo Borja quien la recoge en sus escritos para clarificar una de las ideas básicas de las que parte: “Hay que entrar en crisis para renacer. La función del terapeuta no es suavizar dicha crisis, sino acompañar al cliente de manera respetuosa en su profundización en la misma”.

Desde mi punto de vista, he de decir que coincido fielmente con la última afirmación que he mencionado de Guillermo Borja. La enfermedad no es sus síntomas, quien se entretiene con ellos neurotiza la enfermedad. Es cierto que lo que más atemoriza al ser humano es caer en una crisis, porque pone de manifiesto todo lo que está irresuelto; la dependencia, la necesidad, la carencia… Sin embargo, no por esto considero que se puede resolver nada profundo si no es a través de una crisis, pues ella misma posee los elementos de la curación. Durante el proceso del paciente, la función del terapeuta es guiarle para que se dé cuenta de que hay cosas que no podemos cambiar y que el bienestar o malestar propio depende de la actitud que se tiene ante ellas. Esto es aceptación, y solo con la aceptación se acabarán los porqués. El cómo es lo que se le facilita al paciente

Cierto es también que considero que, si los pacientes solo tienen sufrimiento y no les damos la posibilidad de ahondar en el placer y analizamos con ellos los recursos de supervivencia adaptativa que tienen en el presente, estamos repitiendo el guión de nuestros pacientes, reforzando lo que posiblemente aprendió un día con sus padres o figuras  de referencia: El placer del niño es negativo y por tanto ha de ser reprimido.

En cuanto al análisis más profundo, debido al tema que me correspondía abordar en mi tesina, no quiero cerrarla sin explicar previamente la importancia que ha tenido para mí la lectura de los dos libros principales que he utilizado. Dichas obras no fueron escogidas a consecuencia del trabajo, sino que “cayeron en mis manos de forma azarosa” (me las recomendó mi terapeuta meses antes) y las he hecho protagonistas del mismo por el acierto, relevancia y papel fundamental que han formado en mi despegue interno a nivel profesional y, en definitiva, a nivel personal.

Durante las lecturas de las mismas, me di cuenta de que mi incomodidad cuando me inicié como psicoterapeuta provenía de querer ajustarme a lo que mi estado del Yo Padre, no filtrado por mi estado del yo Adulto, me indicaba acerca de cómo tenía que comportarme en la sesión de terapia con mi paciente. Como dijo Rogers en su obra, he redecidido algo que, a pesar de haber oído muchas veces, no lo había interiorizado realmente: “mis formadores, como personas, se merecen mi máximo respeto, ahora, eso no quiere decir que todo lo que digan tenga sentido para mí ni que tenga por qué elegir todo de ellos para seguirlo a pies juntillas”. Parece algo evidente, sin embargo, desde la prácticamente total ignorancia que me acompaña como principiante, debo recordármelo y confiar en mí antes que en los demás para poder desarrollar(me) mis propias creaciones y así también poder brindar, tanto a mis pacientes como a mis allegados, un ser único. Esta redecisión la realicé a medida que fui analizando de dónde provenían mis faltas de ganas de comenzar a ejercer como terapeuta, de darme cuenta de que el problema es que me sentía rígida, en otras palabras, presa de una  armadura. Cuando comencé a romper el molde, empecé a encontrar la comodidad en mi propio estar, en mi propio ser. Ha sido gracias a mi terapia individual como paciente y a la forma tan especial de llegarme al corazón ambas obras, como pude otorgarme el gran permiso que necesitaba: “sé tú misma”. Como indican ambos autores, cuanto más se es uno mismo más se invita al otro a serlo y más cambios se suscitan en los pacientes y en el resto de las personas con las que mantenemos relación. Como dice Max Weber, “al ejercer mi propio y humilde esfuerzo creativo, pongo mi confianza en lo que aún ignoro y en lo que aún no he hecho”.

Del párrafo anterior se puede deducir mi plena creencia en que los terapeutas necesitamos ser primero, y en ocasiones paralelamente, pacientes. Como dice Guillermo, el terapeuta se la sabe, conoce el camino, es confiable y puede adentrarse al vacío sin miedo a lo que vaya saliendo durante el proceso del paciente.

En resumidas cuentas, es a medida que han avanzado mis sesiones de terapia como paciente, las sesiones con mis pacientes como psicoterapeuta y he interiorizado los enormes permisos que para mí contenían los dos libros, cuando he perdido gran parte del miedo al descontrol dentro de terapia, a profundizar y a perderme con el paciente por la senda que quiera marcar. Es así cómo yo misma he visto que estoy convirtiendo mis aprendizajes y experiencias en una forma de vivir y no en una mera profesión. Recuerdo, y en ocasiones me sigue pasando, que me saltaba/o los procesos, quería los resultados inmediatos. Ahora he tomado conciencia de que la vida no es más que proceso en sí misma y que no hay nada más allá que lo que se elige hacer en cada momento, con la alegría, pena, rabia, miedo o dolor que suponga. Como dice Borja Guillermo, la transparencia no se puede esconder y no se puede exhibir, se es. La norma de la vida es ser anormal.

Mi proceso actual, por tanto, consiste en dejarme llevar cada vez de manera más relajada, confiada, espontánea y completa hacia objetivos que apenas puedo discernir de manera más anticipada al momento mismo. Tengo una sensación de flotar en la compleja y continua corriente del aprendizaje y la experiencia; en ocasiones siento miedo e inseguridad, al mismo tiempo que curiosidad, lo que me abre una gran puerta al complejo camino de la aceptación completa de la otra persona sin más expectativa que la espera de lo que vaya surgiendo y cada vez con mayor confianza en mi estar, conocimiento de mí misma, lo que me acerca a la aceptación plena de los demás, y capacidad de profundización respetuosa tanto en mis relaciones personales como laborales.

Otra frase de Borja Guillermo que ha tenido gran sonoridad en mí y, en consecuencia, en las reflexiones que estoy aportando, es que la no-referencia sea la referencia misma. Al fin y al cabo, la vida no me parece otra cosa que un proceso de búsqueda y encuentro con uno mismo que te ayuda a poder tener relaciones reales con un otro distinguido de ti. Considero que cuando venimos al mundo tenemos una serie de elementos sin formas determinadas ni encaje entre sí y que es mediante el contacto con los otros, con el mundo y con la explicación que nos van dando y nos vamos haciendo del mismo, como vamos dando/nos forma y encajando/nos dichos elementos. Sin embargo, llega un momento en el que nos damos cuenta que lo que nos sirvió para subsistir un día, hoy ya no nos sirve, y es ahí cuando considero necesario desmontar/nos (guión/traumas) para volver a montar/nos (momento de crisis / redecisión / reparentamiento).

Coincido con la creencia de Borja Guillermo cuando dice que agraciada o desgraciadamente cada quien enfrenta  pruebas acordes a su tamaño, uno va teniendo las pruebas exactas que necesita y uno tiene que estar preparado para reconocerlo. Mi máxima es que nos colocamos, consciente o inconscientemente, donde necesitamos estar para enfrentar y disfrutar aquello para lo que estamos preparados y que nos puede llevar a la cura de las  limitaciones que se nos convierten en figura en ese momento. Es por esto mismo por lo que creo que si uno está en disposición y quiere, puede llevarse algo para sí mismo, ya sea dentro de la permanencia en una relación o del acto de ausentarse de la misma. Como dice Guillermo Borja: “existe un terapeuta para cada paciente y cada momento”. Si no se encaja, es que no tenía que ser, no se estaba en el momento propicio de ambos para recorrer juntos el camino que le ocupa en ese momento al paciente. Además, sí que considero importante el hecho de que en nuestro proceso terapéutico debemos tener presente la futura ruptura con el terapeuta para que no se repita el ciclo no resuelto nuclear que nos lleva, desde mi punto de vista, a terapia; el conflicto con el padre o/y la madre, y aparte, no se pierda el objetivo final de toda terapia, la autonomía. Aquí, no quiero dejar de mencionar que con esto no dejo de lado la no anticipación de la toma de conciencia de este hecho, necesario para poder crear un buen vínculo y como dijo uno de mis maestros: “pasar por la dependencia es necesario para crear una base sólida y alcanzar la independencia posterior”.

Por último, basándome en mi escasa experiencia como terapeuta y en mi propio proceso como paciente, como persona, quiero concluir mi trabajo diciendo que me parece que la capacidad de entrega es fundamental no solo en una terapia, sino en nuestra vida privada. Si uno no se entrega, no se modifica nada. Sin embargo, llegar a esto no es un trabajo fácil, es más, para mí es el mayor compromiso con el que contamos, el compromiso con nosotros mismos. Necesitamos años de trabajo para conseguir ir venciendo los mecanismos de defensa que un día aprendimos a usar, para poder ver lo que tapan, los puntos ciegos con los que vivimos y bloquean nuestra capacidad de conocernos, de sabernos, de aceptarnos y, por tanto, de llegar a ser espontáneos y auténticos. En otras palabras, necesitamos ser nuestros propios aliados para llegar a ser seres libres, autónomos. Es por  esto por lo que, en mi iniciación en la que espero que de ahora en adelante sea mi profesión, pienso que una de mis mejores formas de aprender consiste en abandonar mis propias actitudes de defensa, al menos temporalmente, y tratar de comprender lo que la experiencia de la otra persona significa para ella.

Bibliografía

  • ROGERS, C. El proceso de convertirse en persona. Editorial Paidós, 2000.
  • BORJA, G.  La locura lo cura. Manifiesto psicoterapéutico. Editorial La Llave, 1995.
  • STEWART, I. & JOINES, V. AT Hoy. Una nueva introducción al análisis transaccional. Editorial CCS, 2007.
  • ESCRIBANO, G. Clasificación de las estructuras de personalidad. Ponencia en el Instituto Galene, 2009-2011.
  • GIMENO-BAYÓN, A. Transferencia y contratransferencia. Ponencia en el Instituto Galene, 2009-2011.

 

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