PINTARSE LOS LABIOS DE ROJO

07/05/2018

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Nota introductoria:

Hace un tiempo leí en un periódico una entrevista a una mujer a la que llamaban super mamá. Era viuda y madre de tres hijos. Ella se había esforzado en sacar a sus hijos adelante. Eran trillizos y autistas los tres, y ella accedía a la entrevista por alzar un poco la voz. Durante la entrevista ella hablaba con orgullo y alegría de los tres, y hubo una frase que me llamó la atención: decía que cada mañana se pintaba los labios de rojo y ponía una sonrisa para que sus hijos salieran adelante. De esa frase nació esta pequeña historia pensando de qué manera muchos hombres y mujeres nos pintamos hoy en día los labios de rojo.

PINTARSE LOS LABIOS DE ROJO

La abuela Florencia se despertó después de haber descansado un rato, se incorporó lentamente y mirando a su nieta Alba a los ojos, le pidió que le diera el carmín que tenía en el bolso. En ese momento su hija, que contemplaba la escena desde el sofá de la habitación en el hospital, donde llevaban varios días, supo que pronto volverían a casa. Buscó en su bolso su propio pintalabios, lo agarró fuerte, y sonrió. Y es que a todas los miembros de la familia, en algún momento la abuela Florencia les había regalado un pintalabios rojo, luminoso.

Estaba en el hospital para hacerse unas pruebas por unos mareos y un desmayo un poco peligroso que había sufrido perdiendo la consciencia. Sus hijos preocupados, habían insistido en hacerle un chequeo completo. Acababan de volver de vacaciones y este pequeño susto les había pillado desprevenidos. Ella se dejó hacer, aunque sabía que nada iban a encontrar en su cuerpo. Mirasen lo que mirasen… el dolor esta vez era mucho más profundo. Todos en el hospital le trataban con muchísimo cariño. Era una mujer agradable y muy educada, y se hacía querer fácilmente. Incluso Fernando, el cardiólogo jefe, solía buscar el modo de entrar todos los días a hablar con ella un rato. A él le tenía más respeto Florencia, tal vez porque desde pequeña había escuchado en su casa que ni al cura ni al médico se les podía mentir. Por eso, cuando la tarde del quinto día Fernando entró en su habitación, supo que tendría que contarle toda la verdad. Él le pidió permiso y se acercó a su cama con una silla. Le dijo que todas las pruebas eran normales, que no había nada físico que justificase lo que le había pasado, pero que él, que tenía mucha experiencia sabía que algo había provocado aquellos mareos. Florencia se quedó pensativa, se incorporó en la cama, se colocó la almohada en la espalda para estar más cómoda, y dijo en un tono suave mirando al infinito: ¿Cuántos corazones rotos ha visto usted? ¿cuántas veces se le puede romper a una persona el corazón? Fernando asintió en silencio para no interrumpirle, y la abuela Florencia entonces empezó a narrar, y a contar, y a recordar…

Ella había tenido una vida entretenida. Ni holgada ni apretada. ‘A cada día le sobra su afán’, solía decir muchas veces. Su marido había muerto hace muchos años, y ella se había volcado en sacar a su familia adelante. Primero a sus hijos, luego a Alba, su primera nieta, la mayor, que ya era toda una adolescente, y ahora seguía ayudando a sus nietos más pequeños. Se había volcado exclusivamente en sacarles a todos adelante sin otro descanso ni distracción y había perdido prácticamente el resto de sus intereses. Pero todo esto, por estos flashes que la vida nos regala de vez en cuando, había cambiado hace un par de años. Todo empezó una tarde de otoño al volver a casa de un paseo justo hace dos años. Florencia se encontró unos muebles en el descansillo de la vivienda, se mudaba un nuevo vecino al edificio, el señor Ricardo con su hija. O mejor dicho, el señor Don Ricardo. Porque desprendía una elegancia, buen gusto y saber estar que a Florencia no le pasó desapercibido. Él se mudaba con su hija a cada nuevo destino de trabajo que ella tenía; era la única familia que le quedaba y ese era el acuerdo al que habían llegado para no estar solos. Durante las primeras semanas o incluso los primeros meses el único contacto que tuvieron Florencia y don Ricardo era un buenos días por la mañana, cuando ella bajaba a la compra y él volvía de leer los diarios en la biblioteca. Pasados unos meses, se sumó un buenas tardes, cuando ella llegaba con sus nietos del colegio y él salía a dar un paseo casualmente siempre a esa hora, justo cuando los niños ya estaban dentro de la casa y Florencia se demoraba unos segundos limpiando sus suelas en el felpudo antes de entrar. Así se iban encontrando poco a poco. Las tardes que recogía a los niños en el colegio, luego se quedaban a merendar con ella, jugando y haciendo los deberes. Y una de esas tardes llegó el segundo flash de esos con los que nos sorprende la vida. Estaba jugando con los niños esperando a que los recogieran sus padres, y esta vez Florencia estaba contándoles algunas anécdotas del abuelo, y se le caían las lágrimas al hablar, aunque a ella no le gustaba llorar delante de los niños. En realidad se mezclaban las risas y las lágrimas, y el nieto más pequeño le dijo que no importaba que llorare, que lo importante era que estaban juntos mientras lo hacía. Y dijo además otra cosa que a Florencia le sorprendió muchísimo: le dijo que no le importaba que ya no se maquillase ni arreglase como en las fotos que él había visto que estaba con el abuelo, que para él seguía siendo la abuela más guapa del mundo. Las palabras hicieron click en Florencia, en su cabeza, y tras unos segundos se dirigió a su tocador y eligió el pintalabios que recordaba más brillante. Volvió al salón con los niños, y allí, con un suave gesto en el aire renovó su alianza con la vida una vez más. Se pintó ella los labios y también se los pintó a todos sus nietos. Vamos a pintarnos sonrisas, les dijo, porque la vida con vosotros siempre me da motivos para sonreír. Y desde ese día, Florencia, las tardes que iba a buscar a sus nietos al colegio, se pintaba los labios de rojo con ese mismo carmín. Y sus nietos le decían lo guapa que estaba.

Aquel detalle a Ricardo no le pasó desapercibido, así que pasados unos días se armó de valor, y una de esas tardes aprovechó para decirle coqueteando que ese carmín le hacía brillar. Que parecía que le daba más fuerza de la que tenía. Florencia, contestó con el habitual ‘buenas tardes’, pero esta vez, al entrar en casa, se tuvo que apoyar en la puerta para sentir todo el calor que el sonrojo le estaba haciendo subir por todo el cuerpo. Y desde aquel día, el buenos días matinal se fue alargando. Ella esperaba un poco antes de irse a la compra entretenida con cualquier excusa en el portal, y él hacía que buscaba algo en el buzón, aunque el cartero no hubiera pasado todavía. Y en esa escena teatral, comentaban cualquier cosa del barrio, del edificio, del día o de la vida. Cuando pasó el primer verano, él le propuso acompañarle algún día a hacer la compra, con la excusa de que seguro que si iba con ella, seguramente le daban mejor género en las tiendas. Otros días don Ricardo salía al ascensor al oírle volver para ayudarle con el peso o no peso de lo que hubiera comprado: le cogía la bolsa y se la acercaba sonriendo hasta su puerta, prolongaba un poco la conversación y luego se despedía para volver a la suya, justo enfrente, al otro lado del descansillo. Unas semanas después, Ricardo se atrevió a invitarle a tomar un café a medio camino entre el portal y el colegio de sus nietos. Y el café se convirtió en un largo paseo cuando no tenía que recoger a los pequeños, y Florencia esos días se arreglaba un poco más, y claro que sí, se pintaba los labios con un tono distinto de rojo. Y fueron pasando las semanas y la compañía se fue haciendo habitual y ambos estaban cada vez más a gusto. Llegó el invierno y el día del cumpleaños de Ricardo él preparó una tarta y le invitó a merendar en su casa. Y aquella tarde, qué maravilla, aquella tarde las horas pasaron para los dos de la manera más despacio posible; y efectivamente merendar merendaron, pero también brindaron, y rieron, y también bailaron. Y desde aquel momento, se sintieron tan a gusto que se buscaban por las tardes. Y así, Ricardo y Florencia empezaron a pasar varias tardes juntos, justo los días que Florencia no recogía a sus nietos. Y siguió pasando el tiempo y crecieron las conversaciones y las complicidades, e incluso comían juntos varios días.

Y esta primavera, justo hace unos meses, como podía parecer normal, Ricardo llegó un día con un folleto de propaganda de un viaje de cinco días a París. Lo había encontrado en la biblioteca, y le propuso a Florencia que ambos podían ir juntos, aunque por su puesto, dormirían en habitaciones separadas… o tal vez no. Ella se puso algo nerviosa con la idea del viaje y le dijo educadamente que se lo pensaría. Pero los días siguientes tanto insistió Ricardo, y tanto, tanto hablaba del supuesto viaje, que de tanto hablar, llegó el día en el que Florencia le dijo a Ricardo que sí, que quería conocer París con él. Aquella tarde él le regaló una orquídea azul, que ella colocó en un jarrón en la mesa camilla junto a la ventana del salón. Y desde aquel momento empezaron a planificar el apasionante viaje a París, con mucha ilusión. Ninguno conocía la ciudad, así que Ricardo compró un libro que hablaba de todos los lugares que visitar; él lo leía por las mañanas y luego se lo contaba a Florencia las tardes que pasaban juntos. Acordaron qué visitar y estudiaron cómo llegar a los lugares que en esa guía marcaban como “imprescindibles” para conocer el auténtico corazón de la ciudad. Qué ganas tenían los dos de hacer aquel viaje. Pero llegó el verano y su nieta Alba, la mayor, subía a pasar todas las tardes con ella. Alba había tenido una caída tonta que le había dejado sin su verano planificado, y su madre pensó que pasar las tardes con la abuela les vendría bien a las dos. Y la verdad es que sí, que estuvieron muy bien las dos. Retomaron las conversaciones, las complicidades de otras veces y su nieta notó que la abuela se cuidaba más, y estaba más alegre y risueña. Y también de vez en cuando le escuchaba alguna palabra que sonaba raro. Y aunque la abuela le decía que era francés, las dos se reían a carcajadas con su pronunciación porque a francés francés… no sonaba mucho. Con tanta visita Ricardo y Florencia acabaron aplazando el viaje porque no había manera de avanzar.

Como Alba estaba tan triste, Florencia decidió que era un buen momento para regalarle uno de sus pintalabios, el pintalabios de la familia, como ella lo llamaba. Así que una tarde sacó todo el set de maquillaje y le explicó que ella usaba esos pintalabios de muchas maneras. Algunas veces, lo hacía solo por hacer felices a los otros, porque sabía que el que le esperaba le gustaba verle así, como cuando recogía a los pequeños en el colegio. Otras veces, porque se sentía estupenda y tenía ganas de comerse el mundo y usaba otro rojo mucho más pasional, como cuando salía a pasear con Ricardo. Otros días, también se los pintaba con otro tono de rojo cuando estaba un poco rara y quería ganar un poco de tiempo y que la tristeza se perdiera con el brillo y nadie le preguntase nada. Y las más importantes, cuando estaba realmente triste, usaba su pintalabios dentro de un pequeño ritual: ese día se perfilaba los labios, se los hidrataba, se aplicaba dos veces el color quitándose el exceso de color entre una y otra aplicación… y mientras lo hacía, pensaba en los motivos que le estaban haciendo sentir triste, buscando otra perspectiva sobre los mismos, y casi siempre, acababa encontrando un motivo para sonreir. Y entonces notaba como el rojo de los labios se convertía en una gran fuerza que se propagaba por todo el cuerpo. Alba guardó el regalo como algo muy especial, si bien no entendía del todo lo que su abuela le había contado.

Y para rematar aquel verano de encuentros con su nieta y no con Ricardo, los hijos de Florencia le sorprendieron con un viaje todos juntos. Y en realidad en el último momento Ricardo también tuvo que hacer una escapada con su hija, que a él no le apetecía nada por lo que podía significar. Fueron tres, casi cuatro semanas las que Florencia estuvo fuera. Durante ese tiempo no había pensado casi en el viaje a París. Al principio porque era la primera vez que estaba con toda su familia junta, y luego, porque recibió una llamada de Ricardo. Se confirmaban sus peores temores y nuevamente debía mudarse con su hija con premura. Florencia acabó muy triste las vacaciones y cuando volvió a su casa, ya no quiso salir al descansillo, ni bajar a la calle ni hacer la compra. Ya no hubo ‘buenos días’ ni tampoco ‘buenas tardes’. Ricardo se había mudado antes de volver ella sin darles tiempo a despedirse. Florencia aparentaba normalidad, pero su nieta Alba supo que algo pasaba cuando vio que la abuela ya no se pintaba los labios, ni siquiera en un tono suave. Llevaba unos días sintiéndose rara y el médico había pasado por casa. Fue Alba la que estaba con ella cuando tuvo el desmayo junto a la mesa camilla; la orquídea azul cayó al suelo y el jarrón se rompió. Vino una ambulancia y tardaron unos segundo muy intensos en reanimarla. Los hijos habían acudido rápidamente tras la llamada de Alba y la misma ambulancia le llevó al hospital para hacerle unas pruebas por la insistencia de todos.

Florencia estiró un poco la espalda, colocó la almohada porque ya estaba cansada de la posición en la que llevaba toda la tarde, le pidió un poco de agua a Fernando , y le dijo que el resto de la historia ya la conocía porque eran los días que había estado con las pruebas en el hospital. Que en realidad ella solo necesitaba unos días para situarse de nuevo en la vida, y esa mañana al despertarse supo que ya podía volver a casa. Que volvería a encontrar un motivo para pintarse los labios de rojo y recobrar el latido de su corazón. Fernando respiró profundamente sin decir nada. La historia de Florencia le había atrapado, y justo iba a empezar a hablar, cuando unos golpes sonaron en la puerta. Entraron Alba y su madre. Fernando les explicó que iba a darle el alta a Florencia con alguna pauta, porque ninguna prueba  había arrojado nada preocupante y que tendrían que volver a revisión. Y aunque no lo dijo en alto, pensó que en realidad todo iba a pasar. Su hija abrazó a su madre, y comenzó a recoger las pocas cosas que habían acumulado esos días en el hospital. Alba se acercó y comentó a su abuela que habían llegado varias cartas, pero que solo le había traído una que tenía la dirección escrita a mano y no tenía remitente. Florencia la cogió extrañada. Buscó algo con lo que rasgar delicadamente el filo, sin dañar el sobre y extrajo un folio perfectamente doblado apenas escrito. Un encabezado: querida Florencia, una dirección en el centro y debajo una frase en mayúsculas que cruzaba todo el papel: “yo te espero aquí y voy preparando París”. Alba observó que su abuela se sonrojaba pero no le dijo nada. Cuando todo estuvo recogido dejaron la habitación y se despidieron del personal de planta. Se alejaban por el pasillo cuando Fernando les llamó. Florencia, se acercó hasta él y después de la tarde que habían compartido contándole ella su historia, le abrazó con cariño, y él le devolvió el abrazo con fuerza. Florencia le enseñó la carta y sonriendo le dijo: ves?, ya llegó mi motivo para sonreir. Y sacando su carmín del bolsillo, con un suave gesto, pintó sus labios de rojo una vez más.

Olga Balenzategui Manzanares
Psicoterapia y Counsellor Humanista Integrativo

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