Permiso concedido

01/06/2013

rocio-algar

Recuerdo la primera vez que oí hablar del Máster en Psicoterapia Humanista Integrativa de Galene. Una gran amiga me enseñó el programa del Máster de Counselling pidiéndome consejo como psicóloga. Recuerdo que le dije: “¿Sabes qué? Tiene tan buena pinta que yo me voy a apuntar al de Psicoterapia”. Ahora dejadme que os cuente por qué me entusiasmó tanto la idea.

Hacía años que había terminado mis estudios de Psicología y estaba bastante decepcionada con la carrera. En cinco años no había visto ningún paciente. Todo eran experimentos, hipótesis, animales, estadísticas, pero ni rastro de seres humanos.

Eso se parecía muy poco a lo que me quería dedicar, así que con la intención de descubrir a esos seres humanos que me faltaban comencé como voluntaria en asociaciones de personas con enfermedad mental. Poco a poco los responsables de las entidades por las que pasé comprobaron que tenía habilidades para la gestión y acabé desarrollando mi carrera profesional metida en un despacho rodeada de papeles. Algo que me resultaba cómodo pero no me hacía sentirme realizada.

El caso es que no me había dado ni cuenta del rumbó que tomé. Me subí en un coche y me limité a conducir siguiendo los carteles, pero nunca me planteé qué dirección era la que quería tomar. Pensaba que era mejor así, pensaba que era bueno tener un trabajo estable, pensaba que no me veía preparada para ser terapeuta, pensaba, pensaba, pensaba…cuando en realidad lo que pasaba es que sentía un miedo enorme a dedicarme a lo que realmente me gustaba. Porque ¿y si no servía para ello?, ¿y si no era buena psicoterapeuta?.

No fue hasta varios años después de comenzar mi terapia personal cuando me planteé la posibilidad de ejercer como psicoterapeuta. Me apasionaba el trabajo que hacíamos en las sesiones, lo profundo de los análisis a los que llegábamos, todas las emociones que se movían en esa sala. Recuerdo estar con mi terapeuta y pensar “de mayor quiero ser como ella”. Es curioso, porque la primera vez que vi a Pepe me preguntó qué quería ser de mayor (y claro, yo ya tenía la respuesta preparada).

Un día le comenté a mi terapeuta la decisión que estaba empezando a tomar y me animó a ello. Fue mi primer permiso.

Sin embargo, aún me quedaban varios permisos por obtener. El siguiente vino de la mano de mis profesores y compañeros. Gracias a su confianza, a sus enseñanzas, a su respeto y a su cariño pude aprender lo que significa acompañar a las personas en su camino. Necesitaría mucho espacio para explicar todo lo que viví durante el Máster, así que como dicen los maestros de meditación “No te creas nada de lo que yo digo. Experiméntalo”.

El último permiso fue el mío propio. Las prácticas, tener mis propios pacientes, trabajar con otros compañeros y el feedback tan positivo que recibí de todo ello fue todo lo que necesité para creerme de verdad que puedo ser una buena psicoterapeuta.

Ahora, varios meses después de terminar esa formación, sigo notando su huella en mí. No pasa ni un solo día en el que no me alegre de todo lo que aprendí entre los muros de Galene, ni en el que el recuerdo de mis compañeros no me ensanche el corazón.

Rocío Algar
Psicoterapeuta (ahora sí!) Humanista Integrativa

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