Pacientes con dificultades para conectar con la emoción ¿Cómo trabajar con ellos?

01/07/2013

Este trabajo tiene el propósito de presentar herramientas terapéuticas y formas de cómo ayudar y apoyar a aquellos pacientes con dificultades para conectar con la emoción desde la perspectiva de la Psicoterapia Humanista Integrativa con la riqueza de aportaciones del Análisis Transaccional, la Gestalt, la Bioenergética y las técnicas de trabajo emocional.

INTRODUCCIÓN

Cada uno de nosotros es su propio clima, determina el color del cielo dentro del universo emocional en el que habita. Fulton J. Sheen

Tras estos dos últimos años de mi vida cursando el máster de Psicoterapia Humanista Integrativa, de todos los conocimientos, aprendizajes, vivencias y experiencias que he vivido, puedo afirmar sin miedo a equivocarme, que lo más presente en cada momento de esta irrepetible experiencia ha sido el trabajo con las emociones. Sin ellas no hubiera sido posible avanzar ni crecer como lo he hecho como psicoterapeuta, y más importante, como persona. A mi experiencia profesional se ha unido la vivencia personal de ser paciente, algo novedoso para mí cuando empecé hace dos años. Y, mi sorpresa ha sido sentir que puedo ser muy indicada para hablar sobre qué se podría hacer para trabajar con pacientes con dificultades para conectar con la emoción. Yo soy (era) una de ellos.

Mi intención a lo largo de las siguientes líneas será presentar dos miradas al trabajo con este tipo de pacientes: una desde la perspectiva de mi experiencia profesional, y la otra, desde mi propia vivencia inicial como paciente emocionalmente desconectada. Considero que tengo que hablar de lo que sé o de lo que supongo que sé, pero más importante aún, de lo que he aprendido a experienciar, sentir y compartir.

Perls(1966; 1999: 13) señaló que “nuestra meta como terapeutas es incrementar el potencial humano a través del proceso de integración” y, hacemos esto “apoyando los intereses, deseos y necesidades genuinas del individuo”. Para mí, una de las vías más potentes para facilitar y apoyar a la persona en su proceso terapéutico es, sin duda, la emoción y su natural y sana  expresión. Sin embargo, esto último, el trabajo emocional en terapia, no resulta tan fácil. Hay personas (en mi vida me encontrado demasiadas) a las que les da miedo tocar el tema de las emociones propias y ajenas. Creen que “sentir emociones les producirá dolor y que no serán capaces de soportarlo; (…) provocará que se sientan malos o diferentes a los demás o demasiado iguales a alguien que no les gusta; (…) les hará sentir culpables por sentir cosas que no deberían sentir (…)” (Pubill, 2010: 67) Sin embargo, es precisamente bloquear el sentir lo que crea el verdadero malestar. La situación se ha hecho crónica y el sufrimiento se hace intenso de forma continua y prolongada. Si utilizamos las emociones como “brújulas de nuestras necesidades y deseos, conseguiremos ser congruentes con nosotros mismos” (Pubill, 2010: 80).

La Gestalt, el Análisis Transaccional (AT), la Bioenergética, el Psicodrama, etc., nos aportan conceptos y técnicas que nos facilitarán el trabajar con las emociones, desbloquearlas y promover nuevas actuaciones acordes con nuestras necesidades.La mejor estrategia de afrontamiento, cuando surge una emoción, es tomar conciencia de lo que verdaderamente sentimos dentro, e intentar transmitirlo a los demás, con sinceridad y autenticidad, procurando respetar los derechos propios y ajenos.

La expresión adecuada de las emociones auténticas, es una vía que conduce directamente a gozar de estados de bienestar y equilibrio personal. De todo lo que la vida está poniendo en mi camino he elegido emocionarme conmigo y con los otros (pacientes, familia, amigos, compañeros,…) y, como parte de mi mundo, pues me estáis leyendo, me gustaría que me acompañaseis en esta aventura. Mi necesidad actual es compartir los descubrimientos que estoy haciendo y que me están cambiando, aunque el cambio, en ocasiones, me produzca desconcierto y no reconocerme a mí misma.

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE EMOCIONES?

El término emoción procede del latín y significa “el impulso que induce la acción”. La emoción es fundamentalmente adaptativa. Comparándola con la cognición, la emoción “es un sistema biológicamente más antiguo, de acción rápida y adaptativa, un sistema destinado a mejorar la supervivencia” (Greenberg y Paivio, 200: 32) Las personas, además de poseer emociones, necesitamos aprender a sentir y regular nuestras emociones. Las emociones constituyen una importante fuente de información y acción. Así, mediante las emociones, la persona sana puede tener un alto nivel de conocimiento del ambiente y de sí misma. Las emociones “regulan el funcionamiento mental, organizando tanto el pensamiento como la acción” (Greenberg y Paivio, 2000: 30) Esta energía en movimiento hace reaccionar al organismo. Si se procesa adecuadamente da lugar a la acción y si no se procesa así, bloquea al organismo. Las personas tenemos diferentes maneras de bloquear la expresión y el sentir las emociones. Los terapeutas debemos conocer este hecho para facilitar a nuestros pacientes la ayuda y el apoyo necesario “que les permita resolver con éxito” (Zurita y Chías, 2011: 9) Lo que genera patologías son las emociones excesivas o las crónicamente bloqueadas. En sesión, generalmente se contacta con emociones “que fueron bloqueadas o interferidas (…) y no fueron gestionadas adecuadamente, por lo que quedaron acumuladas en la persona” (Zurita y Chías, 2011: 10)

Para casi todos los autores que han definido el concepto emoción, éste involucra al pensamiento, al estado psicofisiológico, al afecto y a la acción-reacción expresiva, es decir, las tres dimensiones de la emoción: biológica, psicológica y social. Neurobiológicamente es la amígdala la responsable de las emociones. Cuando está afectada, la persona tiene problema para expresar sus emociones, para distinguir e interpretar las expresiones emocionales en otras personas. Pero la inexpresividad emocional no toda ella procede de un problema orgánico. Existen diferencias individuales muy marcadas en cuanto a la expresión de las emociones en las que las características temperamentales juegan un papel importante. Además, las diferentes culturas “exigen una mayor o menor expresividad emocional y son más o menos permisivas con las manifestaciones del mundo de los afectos, o de alguno de ellos” (Gimeno-Bayón y Rosal, 2001: 360) Todo ello no debería calificarse de “problema”. Será un problema para la persona cuando existe un mecanismo que bloquea el libre fluir emocional y, por lo tanto, como comentan Gimeno-Bayón y Rosal(2001: 360), desconecta a la persona de las posibilidades funcionales que el mundo afectivo aporta.

En este trabajo estoy centrándome en los casos en los que hay una inhibición inconsciente para la persona resultado de seguir las pautas marcadas por su cultura, su grupo social y familiar o por una figura parental que según el AT transmite un mandato “No sientas”. En otros casos, una experiencia traumática lleva a la persona a decidir desconectar con sus emociones antes de repetir la experiencia tan dolorosa que vivió en el pasado. Para compensar la desconexión emocional, la persona desarrolla lo cognitivo o somatiza, siendo el cuerpo el que expresa lo reprimido emocionalmente.

¿QUÉ NOS DICE LA PSICOTERAPIA HUMANISTA INTEGRATIVA SOBRE CONECTAR Y EXPRESAR LAS EMOCIONES?

 

La Psicoterapia Humanista Integrativa no fomenta que el psicoterapeuta dirija con consejos, interpretaciones o pautas para modificar la conducta, “sino que apoya y acompaña psicoemocionalmente el proceso que está viviendo su paciente” (Zurita y Chías, 2011: 4). Con un vínculo profundo en la relación terapéutica como base de trabajo en sesión, “el terapeuta acompaña y pone su atención en aquellas emociones bloqueadas que son importantes para su paciente

Desde el AT más ortodoxo, las emociones no eran un tema a tener en cuenta, se ignoraban y se intentaba trabajar al margen de ellas. Steiner(2011; 1984: 225) lo denomina analfabetismo emocional. Cuenta que Berne, “campeón del pensamiento pragmático” decía: “Cuando dudes, piensa”. El creador del AT quería que sus seguidores pensaran intensamente y que no se dejasen atrapar por cuestiones emocionales. Sin embargo, Steiner le encuentra explicación a que Berne rechazase los problemas emocionales: “Eric no era un gran conocedor o gestor de las emociones” y, como consecuencia, tendía a ignorarlas. Las emociones pueden ser reprimidas por algún tiempo, pero no negadas:

“como seres humanos analfabetos emocionalmente, descontamos y negamos nuestras emociones que, cuando son reprimidas, encuentran la reexpresión en una variedad de síntomas disruptivos y perturbadores”(Steiner, 2011; 1984: 227)

Si en la comunicación intrapersonal e interpersonal las emociones son suprimidas y no reconocidas, las relaciones con una misma y con los otros se tornan frías y sin contenido, muy “adultas”, “controlando”, “civilizadas”. Personalmente conseguí dejar de ser “civilizada”, descontrolar algo y contactar con la rabia, cuando me planteé quién de mi familia descontrolaba cuando era pequeña. Enseguida supe qué me impedía sentir y contactar con la rabia. Lo visualicé y no me gustó lo que vi. Reprimir las emociones, su no expresión trae consecuencias físicas importantes: dolores de cabeza, de espalda, estómago, e incluso, enfermedades crónicas como úlceras, colitis ulcerosa (de esto sé algo), hipertensión, alergias, etc.

La Terapia Gestáltica no intenta que desaparezca un trastorno directamente. Como comentan Zurita y Chías(2011: 12) “la forma de salir de algo es llegar a estar en contacto con ese algo para llegar a uno mismo”. La Gestalt ofrece una gran variedad de técnicas que adquieren la forma de juegos y cuya finalidad es hacernos conscientes de nuestros sentimientos, emociones y conductas profundizando en la experiencia que se está viviendo. Puede que la máxima sea “hablar menos, experimentar más”. La persona sacará “sus resistencias a la luz”, tomando “mayor conciencia de lo que hace, piensa, dice o siente” (Martín, 2006:158) Hay muchas técnicas. Continuamente se crean otras nuevas, variaciones sobre las ya conocidas, adaptadas a cada paciente, a cada persona.

Aunque en la actualidad existe un interés creciente dentro de la psicoterapia en trabajar con las emociones para resolver los problemas que traen los pacientes a la sesión, lo cierto es que, en ocasiones y para algunas personas, las propias emociones y su expresión, son en sí mismas problemas. No saben qué hacer con ellas, qué son, cómo manejarlas cuando las ven en los otros, ni tampoco hablar de ellas.

Como señalaSáez (2006) “la emoción es una reacción circunstancial y transitoria, que desaparece cuando ha hecho su catarsis y ha cumplido su misión de avisar de lo que está ocurriendo o ha ocurrido a nuestro alrededor”. Ante un estímulo, un hecho o una idea dentro de nuestro organismo físico se desencadena una energía que puede percibirse o no y que tiene la función de alertar a nuestro sistema para que actúe tras haber comprendido y evaluado la situación vivida. Esta energía según el Análisis Transaccional (AT)  se corresponde con las cinco emociones auténticas: alegríaamormiedorabia y tristeza. Una de las funciones fundamentales de las emociones es su potencial para promover la capacidad de adaptación de las personas a las circunstancias del entorno y la comunicación con éste y con las demás personas.

La ALEGRÍA nos sirve de guía para reconocer las relaciones y conductas sanas; la TRISTEZA ayuda a vivir la separación y nos prepara para formar nuevos lazos; la RABIA, CÓLERA o IRA aporta la energía necesaria para intervenir y modificar las circunstancias desagradables; el MIEDO ayuda a la persona a identificar en el entorno aquello que puede perjudicarle y a protegerse de ello.

Documentándome para este trabajo me ha parecido interesante comentar una herramienta que nos puede ayudar tanto al paciente como a su terapeuta para hablar y expresar emociones y sentimientos con más precisión. Para mí, persona con cierta dificultad para conectar con algunas emociones, poder nombrar más sensaciones y emociones me facilita conectar con ellas. Si me es útil a mí como paciente, considero que puede serlo para mis pacientes. Estoy hablando de la Rueda de Sentimientos que creara Willcox (1982) y tradujera al español Sáez(1984) La rueda de sentimientos ayuda a  desarrollar “formas creativas de expresión de sentimientos y para mejorar la habilidad en la comunicación de los mismos” (Sáez, 1984 extraído de Willcox, 1982). Así, gracias a este instrumento podríamos determinar en qué posición del círculo se encuentra el paciente; ofreciéndole una copia impresa, la persona podría hacer sus propias anotaciones e, incluso, para familiarizarse con los términos y la forma de hablar sobre emociones y sentimientos, podríamos animar al paciente a que formase frases con aquellos términos que más se adecúen a su estado de ánimo actual, como un juego creativo.

Es interesante destacar que las emociones no se desarrollan ni se manifiestan puras. Normalmente sentimos una mezcla de varias emociones. Si las identificamos, no hay problema. Éste aparece cuando no discernimos cuáles son esas emociones y, como resalta Steiner(2011; 1984: 230), “se puede crear una experiencia tan turbia, que tiene como consecuencia el caos y la confusión”. Pone el ejemplo de los celos que frecuentemente es una amalgama de emociones: rabia, miedo, vergüenza y amor, siendo incomprensible y difícil de manejar. Las personas con dificultad para conectar con sus emociones suelen pasarse la vida sintiendo que no sienten nada. Sólo cuando la situación es extrema y la emoción o emociones derivadas de la misma son muy intensas, estas personas reconocen sentir, pero lo que sienten les desborda y desconcierta.  No se reconocen como individuos emocionales y no se permiten sentir. Detrás de esta conducta hay mucho miedo, casi siempre, a perder el control, a ser vulnerable, a “hacer el ridículo”, a “no estar a la altura de las circunstancias”.

De los mensajes con contenido dramático que se convierten en mandatos y que probablemente el Pequeño Profesor del niño decida aceptar para siempre y que implica básicamente el no experimentar sus emociones auténticas, está “No sientas”. Es posible que este mandato haga a la persona alejarse de los otros; o bien, que la persona no se permita mostrar sus sentimientos. Este mandato tiene su origen en la exposición del niño a la influencia de cuidadores que nunca muestran sus propias emociones, o que huyen o erigen barreras entre ellos y el niño cada vez que éste muestra alguna emoción. En el argumento de vida de este niño cuando sea adulto predominará el uso del Padre o del Adulto constantes. A menudo este mandato está asociado a “No disfrutes”, donde se anteponen las obligaciones al disfrute de la persona.

Sin embargo, en ocasiones, algo o alguien no permite que esas emociones se manifiesten en el momento que aparecen, “entonces se sustituyen las emociones no aceptadas o prohibidas por un racket (según Berne) o rebusque (según Kertész)” (Sáez, 2006) Para Kertész (2004: 97), el rebusque es “una emoción sustitutiva, inadecuada, fomentada por los padres o sustitutos de la infancia, que remplaza a la emoción auténtica, ignorada o prohibida por estos”. En su momento, buscando ser aceptados y queridos por nuestros padres y cuidadores, modificamos y remplazamos nuestra forma de mostrar las emociones espontáneas y auténticas, pero prohibidas o desvalorizadas,  ajustándolas a lo que ellos nos decían que estaba bien o mal, es decir, a las emociones permitidas. Mario Salvador(2001) habla de varias formas de instauración de los rackets: por modelado de los padres; por descalificación de la emoción auténtica (el niño llora y nadie acude a consolarle), o en la familia manifestar ciertas emociones no se contempla; por reforzamiento de otra manifestación sustitutoria; por prohibición expresa, por lo que la persona concluye que No puede sentir eso; por la interpretación que se hace de nuestra conducta (p.e., pensar que una cara seria se corresponde con tristeza y no es más que reflexión). En definitiva, suponen una autolimitación de la persona con el fin de sentir que pertenece a esa familia y siempre se dan en una relación.

Las emociones no son ni “buenas” ni “malas”, todas son útiles. Sin embargo, ya desde pequeños aprendemos que hay emociones “buenas” que son las que están permitidas expresar y otras que no está tan bien hacerlo porque hacerlo tendría consecuencias negativas. Es difícil imaginar una familia, unos padres, unos profesores, que no envíen mensajes al niño haciéndole saber qué tipo de emociones se consideran “buenas” y cuáles “malas”. Hasta hace unos años, lo común en nuestra sociedad era educar a las hijas para ser cariñosas y sumisas para las que no se admitía la expresión de la rabia, aunque sí era “femenino” expresar miedo, tristeza y fragilidad. Para los chicos los mensajes estaban destinados a hacer de ellos “hombres”, por lo que no podían expresar miedo, aunque la rabia tenía permiso para ser expresada. Aunque esto ha ido paulatinamente cambiando, las personas, una y otra vez, buscamos ser cómo se espera de nosotros para tener el reconocimiento de que estamos ahí para el otro significativo, buscamos y necesitamos caricias aunque esta caricia sea negativa. Como he aprendido en este periodo de mi vida, “las caricias positivas son mejores que las negativas, pero las negativas son mejores que nada” (Martorell, 2000: 36)) La sustitución de las emociones auténticas por rackets y su no expresión, nos deja a las personas en un estado de malestar con nosotros mismos, pues nos sentimos incapaces de satisfacer las necesidades básicas de expresión y autoafirmación, tanto para nosotros mismos como en relación con los otros. Como señala Sáez(1984: 19), “la capacidad de sentir y de expresar las emociones es un criterio para juzgar la salud de las personas y de los sistemas de comunicación en las familias, en las instituciones y en los grupos

EL CAMBIO A TRAVÉS DE LA CONEXIÓN CON LAS EMOCIONES

Las emociones y los sentimientos no son una lujuria, son la manera de comunicar nuestros estados mentales a las demás personas. Pero también son una guía para poder tomar decisiones. Antonio Damasio

Hace tiempo hemos dejado de entender la emoción como una “una perturbación superflua del estado de ánimo. “Esta perturbación empaña la serenidad que acompaña a la racionalidad, por lo que la emoción es entonces considerada como opuesta a la razón”“ (Ferrater Mora, 1994, p. 994, en Gimeno-Bayón y Rosal, 2003: 39)

Desde el punto de vista de la sesión terapéutica las emociones ocupan un lugar importante, especialmente, si son asequibles a través  de sus manifestaciones corporales (cambios posturales, llanto, rubor, encogimiento, etc.). A través de las mismas, paciente y terapeuta se hacen conscientes en el “aquí y ahora” de la sesión del mundo interno del primero. Están compartiendo una manera de moverse hacia el cambio terapéutico. Como señalan Greenberg y Safran (1987), una terapia que no se centre en la emoción, difícilmente producirá cambios. Por regla general, las personas, si estamos intensamente emocionadas (se trate de tristeza, rabia, miedo o alegría), solemos ponernos nerviosas, movernos, proponer hacer cualquier cosa, servirnos del humor, bromear, relativizar lo que nos pasa, con tal de distanciarnos de la situación cargada de emoción. Aparecen los mandatos de No SientasNo Seas TúNo ExpresesNo Pienses… aprendidos e integrados en nuestra infancia y que nos han servido para dar sentido al mundo y sobrevivir en él (hasta ahora). Los rackets son sucedáneos, con carácter manipulador y que tratan de esconder nuestras emociones auténticas y naturales. Vivimos en un entorno familiar, cultural y social que nos ha marcado desde nuestro nacimiento (incluso antes) qué es lo permitido expresar y qué es lo que no es correcto expresar y cómo lo hacemos. Los mandatos aprendidos en nuestra infancia se refugian en el Padre impidiendo por el control parental que ejerce,  que el Niño Libre se exprese (ver cuadro anexo)  Aprendemos hacia quién demostrar nuestro amor. Aprendemos de qué o de quién sentir miedo. Aprendemos de qué o hacia quién sentir rabia. Aprendemos cuándo hay que sentir tristeza. Si en algún momento hemos osado a saltarnos las normas, nos sentimos juzgados (qué carácter tiene esta niña; las niñas no dicen eso; sentir miedo es de nenazas (para los chicos), etc.), apartados y minusvalorados. Somos diferentes y no queremos sentirnos así. Para evitarlo, reprimimos la expresión de nuestras emociones, acumulamos la energía en nuestro interior y como un globo que se va inflando paulatinamente, terminamos reventando, nuestro cuerpo nos habla, aparecen síntomas físicos  (alergias, migrañas, dolores de espalda,…), saltamos llenos de ira en el momento más inoportuno y por cualquier nimiedad. Como señalaSáez (2006: 9) mencionando a English (1976),

“el rebusco sobrevive cuando nos prohibimos la expresión de una determinada expresión y la sustituimos por un “sucedáneo” que nos parece “más aceptable en sociedad” (…) es una conducta emotiva inadecuada, patológica, modelada en la infancia (…) no es adecuada al aquí y ahora (…) es un timo emocional pues confunde al que la vive y a los que le rodean

Si tuviéramos permiso para vivirlas, experimentarlas, sentirlas, mostrarlas, nuestra conducta sería coherente y nos sentiríamos así, coherentes con lo que ocurre en nuestro interior y lo que ocurre en el exterior. Formaríamos una gestalt completa, sin fisuras, sana. Empleando la expresión de Steiner(2011; 1984: 228), si estuviéramos alfabetizados emocionalmente seríamos capaces de darnos cuenta de que estamos experimentando una variedad de emociones. Sabríamos para qué sentimos lo que sentimos y qué hacer con esa información. Sabríamos expresar cómo nos sentimos y comunicárselo a los otros. Como persona en proceso de alfabetización emocional, mi trabajo como psicoterapeuta se ha enriquecido pues me ha facilitado trabajar con personas que no están expresando las emociones libremente. Necesitamos aprender a prestar atención para poder experienciar y expresar los sentimientos, en vez de evitarlos.

¿Qué ocurre cuando esas emociones no se manifiestan, cuándo no somos conscientes de que están ahí? ¿Qué significa para la persona (el paciente) estar, eventualmente, incapacitado para conectar con la emoción y poner nombre a lo que siente? ¿Podemos hacer algo los psicoterapeutas para facilitar la expresión emocional autobloqueada del paciente? ¿Qué herramientas personales y profesionales podemos poner en juego para ello?

APRENDIENDO A CONECTAR CON NUESTRAS EMOCIONES

Las personas aquejadas de dificultades emocionales son, con todo y ante todo, seres humanos completos e inteligentes (Ares, 1984: 24) Lo importante es que se trate a los pacientes de igual a igual, desde la posición existencial “Yo estoy bien – Tú estás bien”, pues siguiendo a Porter(2011: 39) entiendo que “todo ser humano, sin excepción, es valioso, importante, y debe ser tomado en cuenta en su totalidad”.

Ahora sé que no había aprendido cómo expresar mis emociones. De esa manera evitaba el malestar que preveía pudiera sentir si las expresaba libremente. Era una analfabeta emocional acogiéndome al término empleado por Steiner(2011) Para mí existían dos únicas vías para expresar lo que sentía: o lo decía directamente tal y como lo sentía, en muchas ocasiones, a destiempo, o lo más normal era que me lo “tragara” y no decirlo. Así, día tras día, me iba convirtiendo en una mujer autobloqueada en la expresión de mis emociones. Tampoco aprendí a llamar las cosas por su nombre, ni a permitirme sentir rabia y miedo. Parecía que la tristeza era una emoción más aceptada, al igual que el llanto que en ocasiones la acompañaba. Ahora bien, mucha tristeza y mucho llanto tampoco eran bienvenidos. Parecía que había que ser feliz todo el tiempo. Había que crear una máscara de felicidad para no ser relegada y calificada como la “sensible”, la “llorona”, la “enrabietada”, etc.  Frases como “ya cariño, ya pasó”, “no llores, las niñas fuertes no lloran”, “aquí no ha pasado nada”, etc., me decían que si seguía por esa línea los otros se aburrirían de estar a mi lado y acompañarme en mi tristeza. Como alguien que tuvo dificultades para conectar con sus emociones puedo decir que lo más complicado era identificarlas y acto seguido, permitirme expresarlas.

Lo que aprendemos en el pasado de nuestros  padres y personas significativas a partir de su comportamiento, de lo que dicen y de lo que expresan o no expresan, son modos directos o sutiles de decirnos cómo se debe sentir y expresar lo que se siente. Me contaba una paciente que a su madre le importaba mucho “el qué pensarán y dirán” de los vecinos de la casa donde vivía su familia. No quería que “los trapos sucios de la familia” salieran fuera de la puerta de casa. Mi paciente se describía como una niña feliz y extravertida, a la que no le importaba contar a sus amiguitas cosas que pasaban en casa, o si estaba triste o alegre y porqué. Cuando su madre se enteró se enfado tanto con ella que estuvo una temporada larga sin hablarle. Ella no entendía nada, pero lo que aprendió fue a no sentir (pues lo que sentía no debía ser bueno), a no ser ella misma (pues siendo ella misma su mamá la quería menos). Era la única manera que encontró para que su madre volviera a hablar con ella y a quererla.

Otro paciente, tras el fallecimiento de su madre y de haberse ocupado del sepelio y los asuntos de la casa familiar, cuando hablamos del tema en sesión, dijo “no sentir nada. Estoy bien”. En su casa la expresión de las emociones no estaba bien vista y él reconocía que conectar con sus sentimientos suponía un esfuerzo y un problema. Pensaba que “era una tontería, una pérdida de tiempo”. No consideró que le hiciera falta realizar un duelo por su pérdida. Era un auténtico experto en controlar la experiencia afectiva. Me decía que en su casa no se llevaba “eso” de hacer un duelo. Cuando sus abuelos habían muerto, a sus padres y tíos no les había visto soltar una lágrima. Este hombre no se permitía sentir y esto le estaba pasando factura en su salud. Su tensión estaba por las nubes, a pesar de seguir las instrucciones de los médicos con respecto a la alimentación. Tuvieron que pasar muchas sesiones, intelectualizadas todas ellas para que este hombre comenzara relacionar emociones no expresadas con sus problemas de salud.

Aunque no siempre sea así, es frecuente que se nos enseñe que las emociones de los demás son siempre más importantes que las nuestras; que hay que tener cuidado en no causar malestar o desacuerdo en los otros, cuando en realidad ese malestar y ese desacuerdo sean por interpretaciones de ellos sobre lo que hemos dicho o hecho; nos enseñan que expresar enfado no es sano (“qué carácter tiene esta niña”, “así nadie querrá estar cerca de ti”); nos enseñan a ignorar nuestras emociones, aparcarlas, guardarlas para uno mismo o a no sentirlas, cuando en realidad son sus propias emociones las que no han aprendido a sentir y expresar; nos enseñan a que las emociones no son fiables y que debe prevalecer la lógica para la solución de situaciones cotidianas. Ahora bien, creo que sería muy interesante que se nos enseñase a mostrar nuestras emociones a pesar de, es decir, que aunque la expresión de nuestras emociones tenga efectos en los otros (pues no hay duda que los tienen), podemos aprender a que sean recibidas cuando la persona está preparada para ello. Me parece muy interesante la propuesta de Steiner(2011: 233) para favorecer la alfabetización emocional. Comenta que una premisa importante es pedir permiso para decir algo acerca de nuestras emociones cuando estemos planeando hacerlo, ya sea positivo o negativo. Preparamos a la persona que recibirá lo que vamos a decir y le damos la opción de si quieren escucharlo o no. Este autor dice que funcionando así tendremos ocasión de “generar respuestas productivas, y evitaremos tanto como podamos, la culpa, el ser defensivos, la ansiedad y el enfado en la otra persona

EN TERAPIA, ¿QUÉ PODEMOS HACER?

Como psicoterapeutas somos una “herramienta”, un “instrumento” (“el terapeuta es el instrumento de la terapia” (Peñarrubia)) fundamental, y como tal, es aconsejable que esté bien “calibrada”, “ajustada”, como uno de esos destornilladores multifunción que se adaptan a todos los modelos de tornillos. La vía es mi propia terapia personal y la seguridad de tener un/a supervisor/a cerca que me dé apoyo ante cualquier dificultad. Con mi actitud empática, coherente, auténtica, consciente y responsable, proporcionaré un espacio seguro y protector que facilitará que el paciente se sienta protegido y seguro ante su proceso. Zurita y Chías(2011: 3) señalan que ésta es “la base para que el encuentro interpersonal se convierta en una relación terapéutica humanista”. La terapia es el resultado de la relación entre paciente y terapeuta. La potencia curativa y transformadora de esta relación depende, como señala Peñarrubia, “de la actitud del terapeuta”, de su presencia y el contacto que establece; de su presencia no sólo física sino mental, con su totalidad, sin tratar de seguir el rol del “perfecto” terapeuta; de contactar, no con un caso, con un problema o un conflicto, echando mano de sus conocimientos y de sus aprendizajes prácticos, sino contactar con la persona, con sus necesidades, sus ritmos, sus miedos, sus dudas, sus expectativas,… reconociendo lo que le es propio y lo que pertenece al otro, no infravalorando la contratransferencia, sin desconectarse emocionalmente por miedo a perder la “neutralidad”.

Por esa razón, hay que entrenarse bien en una serie de aprendizajes para estar por y para el paciente, para que éste sepa que nos importa y que le acogemos incondicionalmente: crear un entorno de escucha activa, preguntando para llegar a hablar el mismo lenguaje que el paciente, aprender a convivir con las actitudes que pueden bloquear la relación terapéutica –pasividad, descuentos, sobredetallamientos, racionalizaciones, falta de compromiso, etc.; prestar mucha atención a qué nos dice y también, a qué no nos dice; aprender a mostrar al paciente a través de nuestra voz, nuestra postura corporal, nuestra expresión, etc., que lo que nos cuenta nos llega; aprender cuál ha sido la vía de entrada de la agresión de la persona que tenemos delante; averiguar cómo trata la información; etc. (Instituto Galene, 2011: 13-14) Como señalan Zurita y Chías(2000) en psicoterapia es fundamental, para que los pacientes resuelvan sus conflictos, “el acompañarlos a que se permitan llegar al nivel emocional profundo para que contacten, se enfrenten y expresen las emociones que están bloqueando la solución de su problema”. Y, para que el acompañamiento sea efectivo y afectivo, los terapeutas hemos de integrar los anteriores aprendizajes en la manera de hacer terapia. Buscamos que nuestro paciente se sienta aceptado, se permita sentir y “sentirse validado, confirmado e importante, dentro de la relación” (Instituto Galene, 2011: 29)

Asimismo, considero interesante y muy útil para entender(nos) a nuestros pacientes y a nosotros mismos, cómo llegamos a ser como somos y a funcionar como lo hacemos, “examinar los tipos de personalidad básicos en el contexto del marco de Análisis Transaccional (AT)” (Ware, 2011; 1983: 148) Ya he comentado que los mandatos transmitidos por los padres y cuidadores en las etapas de desarrollo de la persona le dicen qué no hacer, cómo comportarse, cómo pensar y cómo sentirse. Como señala Ware (2011: 150), “el mandato es un concepto extremadamente útil para entender cómo la gente llega a ser como es y cómo su crecimiento emocional es impedido y obstaculizado”.

Por ejemplo, si quisiéramos llegar a una personalidad obsesivo-compulsiva, siempre conforme con las reglas, críticos consigo mismos y que encuentran difícil relajarse, nos acercaríamos a su Niño Libre al que hace mucho tiempo le impidieron jugar. Estas personas recibieron muy pronto los mandatos de Sé perfectoSé fuerteNo seas niñoNo sientas, y los aceptaron suprimiendo sus emociones, tensándose y dejando de jugar y disfrutar. La puerta abierta será el pensamiento y su puerta objetivo lo emocional. Si como terapeutas invitamos a estos pacientes a pensar en profundidad, los sentimientos empezarán a emerger. El trabajo con estos pacientes “se suele mover del contrato, a la clarificación del impasse, al trabajo de redecisión que libera emociones” (Joines, 2011: 1986).  Ware(2011: 153) señala que en terapia con esta personalidad habría que “moverse del pensamiento al sentimiento y, finalmente, a los sentimientos placenteros de diversión” como meta global.

Para trabajar con los “brillantes escépticos o Paranoides” (Joines, 2011; 1986: 324) tendremos que tener en cuenta que aunque la puerta de entrada, la objetivo y la trampa son las mismas que con los “responsables adictos al trabajo o los Obsesivos-Compulsivos”, los primeros tienen menos de Estado del Yo Niño disponible. Además de enseñarles a Ser Perfectos, se les enseño a Ser Fuertes y a actuar como si no tuvieran ningún sentimiento de vulnerabilidad. Para alcanzar la puerta objetivo, los sentimientos, hay que poner en funcionamiento el Padre Nutritivo. Estos pacientes no se sienten cómodos con los juegos que pone en marcha el Niño Libre/Natural del terapeuta. Utilizar esta vía al principio de la terapia no es aconsejable pues lo verán como una tontería. El Padre Crítico les provocará ganas de luchar o competir con el terapeuta. Nos debemos mostrar consistentes y confiables, crear un vínculo fuerte, acariciar positivamente y dar apoyo al Niño, descontaminar al Adulto y reprogramar al Padre para dar seguridad al Niño. Para que dejen su excesivo control sobre los sentimientos y emociones que temen, que les hace “vulnerables”, el apoyo ha de ser consistente y coherente. Los descuentos a tener en cuenta son los “debería”, “tengo la obligación de”, “es necesario” del Padre y el “ser capaz” del Niño.

Trabajar con los “críticos juguetones o Pasivo-Agresivos” (Joines, 2011; 1986: 325) es para mí lo más complicado hasta el momento. Siento que están todo el tiempo tratando de restar importancia a lo que hacemos y los cambios que se van produciendo. Los sentimientos son la puerta objetivo para el tratamiento y la puerta trampa lo cognitivo, lo sé teóricamente, pero en la práctica es ahí donde suelo entramparme como terapeuta. Cuando me doy cuenta, recurro a mi Niña Libre/Natural y propongo jugar. Me olvido de mi potente Padre para que no se enganche conmigo. Así es como, con esfuerzo, trabajé con una paciente que una y otra vez trataba de organizar conmigo batallas por ostentar el poder en la sesión. Agotador. Recurro a mi Padre Nutritivo para establecer vínculo con su Niño Libre y llegar al área objetivo que son los sentimientos. Joines(2011; 1986: 326) sugiere que más que hacer contratos que comprometan al paciente con lo cognitivo, paradójicamente, “suele ser más productivo darle caricias al Niño Rebelde y aconsejarle juguetonamente o bromeando en contra del cambio”. Con la paciente que comentaba actúe así. Consiguió contactar con sus emociones más potentes y sentimientos más dolorosos.

Con los “manipuladores con encanto o Antisociales” la puerta abierta al contacto es la conducta. “Para crecer, necesitan integrar los sentimientos, que son la puerta objetivo” (Joines, 2011; 1986: 326) El terapeuta utilizará al Padre Nutritivo para poder entrar en el área objetivo de los sentimientos “preguntando qué era lo que ellos realmente querían y esperaban no poder conseguir directamente, lo que les conducía a intentar algo escabroso”. Cuando consiguen tomar contacto con sus sentimientos y se permiten ser auténticos, sin fingir, el cambio se observará en el pensamiento. El Adulto empezará a sopesar las consecuencias a largo plazo y resolverá problemas para cubrir sus necesidades abandonando la conducta de manipulación y cooperando con los otros.

Por su parte, las técnicas gestálticas nos aportan medios para lograr la toma de conciencia o “darse cuenta” como una manera de enfocar la atención de la persona entre el ambiente y ella misma. Vamos a pasar de “hablar acerca de las experiencias” a  “tener experiencias” (Zurita y Chías, 2011: 3) En los pacientes con dificultades para conectar con las emociones, el intercambio entre el ambiente y la persona tiene bloqueos. La Gestalt dice que “algo anda mal cuando no se toma conciencia de la dificultad de esta interacción” (Instituto Galene, 2011: 16) Utilizando unas preguntas claves podemos acompañar a nuestro paciente a darse cuenta: ¿qué estás sintiendo?, ¿dónde lo estás sintiendo?, ¿cómo lo estás sintiendo? No estamos acostumbrados a autopreguntarnos de esta manera. De hecho, las primeras veces que fui preguntada no supe que responde. El otro día, una paciente respondía “no sé, nada”. Necesitaba tiempo para conectar con ella misma. Por regla general, vamos buscando respuesta a los porqué me pasa lo que me pasa y no nos preguntamos cómo, dónde y qué nos está pasando. Los mecanismos para no darse cuenta son las resistencias que bloquean y obstaculizan tomar conciencia de uno mismo (acontecimientos, sensaciones, sentimientos y emociones), de su interacción con el ambiente y de lo que acontece en éste.

Para que la relación dinámica existente entre la persona y un objeto, una persona, un sentimiento,… (Gestalt), promovida por una necesidad y que tiende a satisfacerla, termine, la necesidad tiene que satisfacerse. La persona se moverá en el sentido de satisfacer dicha necesidad utilizando lo que el ambiente ponga a su disposición. Si no se satisfacen necesidades importantes surgen las perturbaciones e, incluso, la enfermedad. La satisfacción de las necesidades pasa por el contacto en el presente, en el aquí y ahora.

La Rueda Gestáltica o Ciclo de la Experiencia (Instituto Galene, 2011: 12) me puede facilitar comprender dónde está mi paciente y qué puede estar bloqueando el contacto con sus emociones, con sus necesidades. En las dos primeras fases toma conciencia de una sensación lo que provoca que se pongan en marcha elementos volitivos y afectivos que energetizan a la persona, moviéndola hacia aquello que le permita satisfacer su necesidad. Las emociones tienen un papel importante en esta energía que se pone en marcha. En la fase de acción la persona se mueve expresando emociones, satisfaciendo la necesidad, buscando la información que necesita, etc. La perturbación (la neurosis) aparece cuando la persona está “continuamente interrumpiendo el proceso de formación y de eliminación de gestalts. Tiene dificultad para percibir con claridad cuáles y cómo son sus necesidades y sus emociones, o trata de ignorarlas reprimiéndolas o negándolas” (Instituto Galene, 2011: 16) Sirva de ejemplo de lo que estoy comentando una situación que vivimos una paciente y yo un día que salimos a realizar nuestra sesión al bosque cercano a mi consulta. Esta paciente llevaba algunas sesiones dándole vueltas y más vueltas a un tema que le angustiaba, inmersa en una espiral de dimes y diretes, rackets, necesidades no satisfechas con respecto a su relación de pareja, con su familia de origen,… Sentí que tomar contacto con la naturaleza podría desbloquear esta situación. Se lo propuse y aceptó realizar la sesión caminando por el bosque. Durante los quince primeros minutos ella seguía con su discurso recurrente, su malestar, su No puedo hacer nada al respecto, desensibilizada. Caminaba encogida, mirando al suelo, con pasos enérgicos, respiración superficial y gesticulando. Yo la escuchaba, atenta, viendo que su desconexión con el presente, nuestro aquí y ahora, era prácticamente absoluta. Me di el permiso de sugerirle que paráramos y dejáramos de andar, que dedicara el tiempo que necesitase para impregnarse de lo que nos rodeaba, que observara las copas de los árboles mecidas por el viento, que escuchase a los pájaros trinar, que les viese planear sobre nuestras cabezas,… Lo hizo. Cambió su postura, su respiración, dejó de hablar, y conectó. Respetuosamente acompañé a mi paciente a su ritmo. Un tiempo después me miró y rompió a llorar. Se permitió contactar con la tristeza profunda que la embargaba, el miedo a la soledad que suponía romper con vínculos que la estaban haciendo sufrir. Me permití contactar con su emoción y saborear juntas el placer que supuso para ella (para mí también) haber desbloqueado lo que la impedía conectar con sus emociones auténticas. Siguiendo lo que Perls denominó los cinco estratos de la personalidad neurótica, esta paciente se había pasado mucha vida en el estrato de los roles sociales y los juegos, funcionando “como si” aceptase ser otra que no era, más complaciente con los otros, más pendiente de satisfacer las necesidades de los otros que las suyas propias, rechazándose y evitando ser como ella es realmente. Cuando tomó conciencia de esto se sintió paralizada y evitó expresar (impasse o estrato neurótico) Con una incapacidad para emocionarse evidente, el intercambio con el ambiente estaba casi totalmente cortado (estrato implosivo o de la muerte) Darse cuenta de lo hermoso que era lo que se estaba perdiendo en el aquí y ahora de la sesión le hizo tomar contacto con la parte más auténtica de sí misma, se sintió libre para reaccionar, para llorar, para sentir (estrato explosivo o de la vida) con gran fuerza e intensidad. Relacionándolo con el AT, puedo decir que las resistencias a completar un ciclo de experiencia están vinculadas con las prohibiciones del Padre: el “no sientas” con la desensibilización; el “no pienses” con la conciencia; el “no expreses” con la acción.  Está claro que quedaba mucho por experimentar, de defensas patógenas que eliminar, pero en esa ocasión, para esta paciente, se produjo un cambio significativo.

Entre los postulados de Wiheirn Reich (Garmendia, 2001: 99) está el que dice que “existe una relación directa entre tensiones corporales y bloqueos emocionales”. Por esta razón, aprovechándonos de las técnicas de la Bioenergética podemos complementar el trabajo emocional realizado con AT y Gestalt. Como señala Garmendia(2001: 100), “la Bioenergética se centra en el trabajo corporal como forma de abrir los canales para que afloren los sentimientos reprimidos y su expresión”. Ser conscientes de la existencia de los mecanismos de defensa no es suficiente para diluir las tensiones musculares y liberar al paciente de los sentimientos reprimidos. Puede que esto llevara a la racionalización. El proceso terapéutico, para ser completo, debería incluir un trabajo con las tensiones musculares, ser conscientes de los mecanismos de defensa y hacer aflorar los sentimientos reprimidos. Para Lowen, (Garmendia, 20: 102), “la ventaja de actuar desde la estructura muscular, donde se ubican las tensiones, es que permite pasar más fácilmente al nivel emocional y mental”.

EL HUMOR EN TERAPIA

Como paciente veo a mi terapeuta como una persona importante en mi vida. Vivo y siento que la relación se basa en la confianza, el afecto, el interés y el sentido de pertenencia, de que a mi terapeuta le importo de verdad y está ahí para mí en el presente de la sesión. Como paciente necesito sentir que estoy en conexión con mi terapeuta. Me siento cómoda cuando mi terapeuta utiliza el humor en terapia. Alivia y reduce mi tensión, aumenta mi motivación y, sin lugar a dudas, facilita la liberación y expresión de mis genuinas y auténticas emociones, dejo los rackets aparcados. La risa es terapéutica. Lo he comprobado cuando ha surgido en mi terapia y en las sesiones con mis pacientes. Libera tensiones y tras la inicial descarga de la excitación, se produce una placentera relajación muscular. La risa nos “moviliza, (nos con-mueve), nos activa, nos energetiza, nos hace sentirnos vivos” (De la Mata, 1984: 26) Idígoras(2002: 33) señala que cuando el humor aparece en la sesión, desconcierta, derrumbando “construcciones mentales rígidas y las cambia por otras de naturaleza lúdica y disparatada” (Idígoras, 2002: 33). Es magia, o como dice el humorista Máximo, “humor es prestidigitación sin truco”. Joan Garrigaen la ponencia que presentó en 1998 en Barcelona en el Congreso de Gestalt, lo explica muy bien:

“En general constato también que a menudo el humor es una vía ‘light’, pero justamente su ligereza y desprovisión de amenaza, genera una atmósfera en la que el paciente necesita defenderse menos y puede integrar más lo que previamente le parecía tan absolutamente trágico”

El humor, en muchas ocasiones, puede servir para establecer la relación terapéutica de manera adecuada, para orientar el diagnóstico, para facilitar la expresión de las emociones y el trabajo emocional, y para ayudar al paciente a observarse (Zurita y Chías, 2011: 3). Puede ayudar a establecer la comunicación entre ambos, el sentido del humor puede permitir al paciente observarse de una manera más objetiva y distanciada sin sentirse amenazado, ayudándole a superar su drama y verlo desde el punto de vista cómico. Una paciente me comentó: “Ay, Sonia, todo el mundo piensa que estoy haciendo el tonto siguiendo con esta pareja”. Espontáneamente respondí: “es cierto, el otro día el guardia de seguridad del aeropuerto me comentó lo tonta que eras siguiendo con tu chico”. Funcionó. Ambas soltamos una carcajada auténtica y ella constató que probablemente no había tanta gente pendiente de ella y de qué hacía con su vida.

Con el humor transmitimos mensajes de alegría y tranquilidad. Una relación terapéutica que incluya el humor evoluciona “a ser una experiencia emocionalmente correctiva en beneficio del paciente” (Idígoras, 2002: 127) Entre los mitos más extendidos de lo que significa hacer terapia está en que ésta es un proceso doloroso, serio, confuso y complicado, y que los terapeutas se muestran distantes e impersonales. Un terapeuta que emplee el humor en las sesiones como herramienta psicoterapéutica, sin miedo a acortar distancia entre la humanidad del paciente y de sí misma, tiene mucho camino recorrido hacia el cambio y hacia la salud.

El terapeuta debe asegurarse de que el paciente no se sienta herido, por una mala interpretación de la intervención divertida, que podría entenderse como una burla, ridiculización, o descalificación. Aunque también como terapeutas tenemos que tener cuidado, ya que el humor puede emplearse para evitar la comunicación de sentimientos dolorosos, inhibiendo o estancando el progreso terapéutico. Entre los riesgos del humor que señala Idígoras(2002: 145) se encuentran:

En relación con el terapeuta: como defensa por ser incapaz de gestionar su propia ansiedad; como agresión velada empleando la sátira para aplacar la sensación de frustración o ira; jactarse para ser querido por los pacientes; confundir al paciente al emplear el humor dando a entender que la terapia no es importante.

En relación con el pacientehacer el payaso dentro del grupo de terapia para ganarse el afecto de éste; cumplir la función de chivo expiatorio para los sentimientos agresivos del grupo terapéutico; o, autoridiculizarse con el fin de reducir la importancia de sus intervenciones.

En relación con el grupo de terapiafrivolizar para soportar la intensidad emocional que se produce en el trabajo en grupo.

Sería interesante ayudar y apoyar al paciente a que aprenda, de una manera sana y no autoagresiva, a darse permisos para reírse de sí mismo. No tomarse demasiado en serio a una misma hace que la persona se relaje, se dé cuenta de que no es el centro del Universo. La risa en ocasiones es un sustituto de la agresión y equivale a una reacción de ataque. Somos una cultura, la española, muy proclive a utilizar el humor negro para ridiculizar y reírnos de aquello que nos produce miedo y angustia. De las situaciones más morbosas somos capaces de hacer un chiste. Este humor es una válvula de escape, y como señala De la Mata(1984:27), “en este caso, la energía que nos moviliza no se consume (…) Este tipo de risa no expresa alegría auténtica, es lo que se llama en AT “rebusques” o emociones sustitutivas (…) a través de una falsa alegría (risa histérica) se expresa una emoción muy distinta, como puede ser el miedo o la ira que nos ha sido prohibida”. Berne decía que el equilibrio pasa por la puerta de la risa. La expresión adecuada de las emociones auténticas, es una vía que conduce directamente a gozar de estados de bienestar y equilibrio personal. El humor es una herramienta que bien empleada canaliza la expresión emocional hacia ese equilibrio personal. Y, en definitiva, todos aspiramos a algo parecido al equilibrio para sentirnos plenos y auténticos.

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1 respuesta

  1. Genial, claro didáctico, entretenido, fluido e inteligente.
    Muchas gracias.

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