Sobre el Niño Retraído: otro estado del yo apropiado, además del Niño Sumiso y el Niño Rebelde

01/08/2010

Resumen.

En este artículo su autor vuelve sobre una de sus primeras contribuciones: la descripción del aislamiento, al que ahora llama retraimiento, como una forma de adaptación positiva y negativa a las figuras parentales, además de la sumisión y la rebeldía, ya sea en la infancia o en la vida adulta. Con una mirada crítica, analiza posibles circunstancias que han podido repercutir para que el estado del yo Niño Aislado, al que ahora llama Niño Retraído, continúe siendo poco tomado en cuenta. También describe las subformas funcionales del Niño, su neurología y su dinámica emocional. Finalmente, describe la positiva utilidad funcional del Niño Retraído.

INTRODUCCIÓN

Mi primera investigación sobre el concepto de aislamiento, al que ahora llamo retraimiento1, fue dada a conocer en un artículo originalmente publicado en inglés en Transactional Analysis Journal (Oller Vallejo, 1986) de la ITAA y posteriormente, traducido al español, en TOT AT2de ACAT y en la Revista de Análisis Transaccional y Psicología Humanista de AESPAT. Se trata de una tercera forma, positiva y negativa, de adaptación a las figuras parentales, además de la sumisión y la rebeldía. Fue mi primera contribución al análisis funcional de los estados del yo, diferenciado en el Niño Adaptado, además del Niño Sumiso y el Niño Rebelde, el Niño Aislado, al que ahora llamo Niño Retraído (Oller Vallejo, 2001).

En base a mi posterior experiencia teórica y práctica, pienso que el término de retraimiento expresa mejor el sentido de lo que al principio llamé aislamiento. De hecho, éste puede considerarse como la manifestación negativa del retraimiento (tal como se da, por ejemplo, en el autismo y también en los procesos esquizoides), es decir que como forma funcional de los estados del yo, el Niño Aislado sería una manifestación siempre negativa del Niño Adaptado.

Pero es difícil que se piense en el Niño Aislado como una manifestación que también puede ser positiva -y más aún si nos situamos en una cultura como la angloamericana, que valora más participar que aislarse-, mientras que es más fácil entender que el Niño Retraído puede ser positivo o negativo. Sucede con el término aislamiento lo mismo que sucede con el término sumisión, que en español suele interpretarse como algo siempre negativo, lo que con frecuencia, por extensión, sucede con el llamado Niño Sumiso.

Por otra parte, hay en Análisis Transaccional (en lo sucesivo a veces también utilizaré las siglas AT) temas que se sobresimplifican reiteradamente y que implican descontar la realidad, en el sentido transaccional de no tomar en cuenta. Así, una y otra vez, el que llamo ahora Niño Retraído es casi siempre descontado en los cursos y textos de AT. O sea, que se repite reiteradamente considerar sólo el Niño Sumiso y el Niño Rebelde, y lo que es aún peor, asignándose Niño Sumiso las manifestaciones que corresponden al Niño Retraído. En cambio, por ejemplo, es frecuente que el llamado Pequeño Profesor aparezca como una subforma funcional del Niño Adaptado, lo cual es un error que también se repite, en algún caso incluso favorecido por parte de algún destacado teórico del AT (por ejemplo, Kahler, 1974). Y es que, desde mi punto de vista, el Pequeño Profesor es una contribución estructural del cerebro racional (el substrato neurológico de la neopsique), que está presente en todas las manifestaciones funcionales del estado del yo Niño (incluso, por ejemplo, en las a veces sutiles estrategias de sumisión del Niño Sumiso), pero que en sí mismo no es una forma funcional.

Y estas sobresimplificaciones y errores suceden en presentaciones del AT supuestamente según los cánones, pues luego están las presentaciones que claramente se alejan de estos, como la que excluye completamente al enfoque funcional de los estados del yo, me refiero en particular al llamado modelo del Adulto Integrado/Integrador (Erskine, 1988; Gobes, 1993; Trautman y Erskine, 1999).

No sé cómo ha podido influir en la aceptación del concepto de aislamiento y de Niño Aislado el haber elegido estos términos, pero es obvio que su realidad teórica y práctica sigue siendo, salvo excepciones, poco tomada en cuenta. Y el hecho es que desde que escribí el primer artículo sobre el tema hasta la actualidad han sucedido cosas en Análisis Transaccional, algunas de las cuales pienso que en nada han favorecido, ya no sólo tomar suficientemente en cuenta el Niño Retraído, sino incluso, que todavía es más grave, dar al modelo funcional de los estados del yo el lugar que le corresponde en la teoría y práctica del AT. Y estas son las cosas que me propongo analizar en la primera parte de este artículo por su posible repercusión, presentando además en la segunda parte una descripción de las subformas funcionales del Niño, así como de la utilidad positiva del Niño Retraído.

PARTE I. LOS ESTADOS DEL YO SON REALES, NO METÁFORAS REIFICADAS

La primera vez que leí que los estados del yo no eran reales sino sólo metáforas (Gobes, 1990) y que además estaban siendo “reificadas” (Loria, 1990, 2003), no conocía aún este último término y temí que estaba pasando algo grave con los estados del yo, pensando incluso que tal vez yo estaba contribuyendo a ello pese a mi trabajo de clarificación sobre los mismos. Y mi preocupación fue a peor cuando además me enteré de que se estaba cayendo en “hipostatizar” los estados del yo, que después supe que es análogo a lo de reificar.

¿Y qué es reificar o hipostatizar? Estos términos -que yo fantaseo como de “dictamen inquisitorio” y que tienden a confundir más que a aclarar- se refieren al proceso y resultado por el que un concepto abstracto, hipotético o metafórico, pasa erróneamente a ser considerado teniendo una existencia real, ya sea como una cosa o como una entidad, antropomorfizada o no. Respecto a la primera posibilidad, viene a ser lo que se entiende por “cosificar”, en el sentido de “convertir a la condición de cosa aquello que no lo es”.

Pero quienes piensan que los estados del yo sólo son metáforas y que además, en el peor de los casos, son metáforas reificadas, están perjudicando al Análisis Transaccional, no sólo alejándolo totalmente del enfoque inicial y de lo que fue durante muchos años, sino “desustanciándolo”, es decir, privándolo de su singularidad y potencia como modelo teórico y práctico. Una buena síntesis del pensamiento original de Berne la encuentro en la replica de Lapworth (1991) a Loria:

Más que ser el AT ‘una teoría basada en metáforas y reificaciones’ (Loria, 1990, pág. 152), lo veo como una teoría basada en la realidad observable y vivencial (fenomenológica), descrita con diagramas y con términos metafóricos y coloquiales (pág. 116).

Además, el hecho de pensar que los estados del yo son sólo metáforas eficaces pero sin realidad, dado que implica un descuento de su significado, imposibilita el poder avanzar en su investigación para fundamentarlos no sólo de manera empírica y fenomenológica, sino basada en los hallazgos neurológicos de la neurociencia, cuyas contribuciones recientemente vengo relacionando con los estados del yo y sus funciones (Oller Vallejo, 2004a). Desde luego, los términos de Padre, Adulto y Niño son metafóricos y coloquiales, aludiendo a contenidos histórico-biográficos de la persona y siendo sólo términos que a Berne le interesó utilizar y resaltar a efectos de la terapia. Sin embargo, aún siendo muy importante, se trata sólo del modelo histórico-biográfico de los estados del yo, en el que el Padre es un Padre Introyectado o Yo Introyectado y el Niño un Niño Regresivo o Yo Regresivo.

Pero los términos de Padre, Adulto y Niño no implican todo lo que los estados del yo abarcan desde el punto de vista funcional, ya se trate de los de primer orden como los de segundo orden, en los cuales se distinguen funciones al servicio de sobrevivir y vivir, tal como he descrito en varios artículos (Oller Vallejo, 2001, 2002). Y las funciones tampoco son metáforas reificadas ni simples roles, sino que cuando están “vinculadas” al yo –que no siempre lo están- es cuando se les llama propiamente estados del yo. Así, en el modelo funcional de primer orden distingo los siguientes estados del yo: el Padre Cuidador, el Adulto Individuador y el Niño Cuidado, o simplemente, eliminando lo metafórico y las connotaciones históricas, el Yo Cuidador, el Yo Individuador y el Yo Cuidado (fig. 1), que son formas operativas reales y no reificaciones. Desde luego, “reales” como son reales las manifestaciones y contenidos psicológicos de la psique.

2010-08-1

Figura 1
Los tres estados del yo funcionales de primer orden

Desde otro punto de vista, si utilizamos la definición de Berne (1972/1974) de los estados del yo como: “sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento manifestados por los correspondientes patrones de conducta” (págs. 25-26), me estoy refiriendo a sistemas funcionales reales que tienen una fundamentación psicológica y neurológica (Oller Vallejo, 2001, 2004). Y la persona, con su yo, “utiliza” estos diferentes sistemas para “moverse” funcionalmente por las cambiantes circunstancias de su vivir, según sus necesidades.

EL ENFOQUE INTEGRATIVO Y SU REPERCUSIÓN

Actualmente abundan variedad de las denominadas psicoterapias integrativas, cada una con su propia “mezcla” en cuanto a los enfoques que integran, dependiendo del interés, orientación y propósito de sus creadores, que, de hecho, en principio son los que realmente actúan integradoramente. Y desde luego, sea cual sea la “mezcla”, sólo es “una” de entre las muchas “mezclas” posibles, perteneciendo todas ellas a la clase conceptual denominada “psicoterapia integrativa”, nombre que ninguna puede atribuirse en exclusiva.

La paradoja –me parece a mí- es que en tanto que una psicoterapia integrativa es una metodología a aplicar y en la que formarse, en cierta manera deja de ser integrativa, pues queda “limitada” a lo que integra, “cerrándose” en sí misma. Desde luego, eso no excluye su efectividad, pero pienso que aún sería mejor añadir no sólo formarse en aplicar una psicoterapia integrativa, sino también formarse en ejercer como psicoterapeuta integrativo (Botbol, 1995), posibilitando así el desarrollo de los propios recursos integrativos, de manera que también pudiera enriquecer individualmente el enfoque de que se trate.

Sin embargo, el principal problema es que, dado que los creadores de una psicoterapia integrativa han de “escoger” lo que quieren integrar de los diferentes enfoques, ello lleva inevitablemente, incluso siendo justificado, a un fuerte “recorte” de la teoría y la práctica de los enfoques originales, con el riesgo de desvirtuarlos, por lo menos ante quienes no los conocen. Y eso aún es peor si, como sucede con la Psicoterapia Integrativa originada por Erskine y Trautman (1996), existe una controversia importante en cuanto a algunos conceptos fundamentales del Análisis Transaccional, principalmente en el tema de los estados del yo, hasta el punto que ha provocado un cisma con dos modelos dentro del AT, lo que determina también bastante la manera de enfocar la terapia.

La Psicoterapia Integrativa se ha desarrollado a partir de la experiencia de Erskine y Trautman en el Análisis Transaccional, hasta el punto de que al principio, antes de que culminaran desmarcarse del AT, le llamaban Análisis Transaccional Integrativo (Erskine y Trautman, 1997). Dicho enfoque combina teorías y métodos de los siguientes modelos: el enfoque psicodinámico, el enfoque centrado en el cliente, el conductual, el cognitivo, la terapia familiar, la terapia gestalt, las psicoterapias corporales, la teoría de las relaciones objetales, la psicología psicoanalítica del yo y desde luego el Análisis Transaccional. Pero actualmente tiene realmente poco que ver con el AT (Steiner, 1998a, 1998b) y todavía menos con los avances post-bernianos que han hecho posible el desarrollo de muchas técnicas terapéuticas de probada efectividad (Oller Vallejo, 2005), como, por ejemplo, las relativas al trabajo de redecisión y al trabajo de parentamiento puntual (separándolo del actualmente seriamente en entredicho reparentamiento originado por Schiff [1970]), ambos integrando aspectos de la Terapia Gestalt.

Respecto a los estados del yo, la premisa fundamental de la Psicoterapia Integrativa es que sólo el Adulto es apropiado, siendo entonces siempre inapropiados el Padre y el Niño, los cuales han de integrarse en el Adulto mediante el trabajo terapéutico. Esto está en contradicción con la aportación berniana de que existen tres estados del yo: Padre, Adulto y Niño, cada uno con funciones diferenciadas y que pueden ser apropiados e inapropiados. Y este enfoque sobre la funcionalidad de los estados del yo iniciado por Berne ha permitido desarrollar los modelos funcionales de primero y segundo orden, que no tienen valor ni existen para la Psicoterapia Integrativa.

Sin embargo, puede considerarse que hay alguna excepción dentro del enfoque integrativo, como la de Little (2001), que en su artículo sobre los procesos esquizoides, se refiere al estado del yo Niño Aislado y al aislamiento –o sea, lo que ahora llamo Niño Retraído y retraimiento-, citando incluso mi definición del concepto:

Tratando sobre los tres estilos del Niño Adaptado –la sumisión, la rebeldía y el aislamiento- Oller Vallejo (en el original consta sólo Vallejo, 1986) describe el asilamiento como “la conducta adaptativa que acompaña al desespero y resignación después de una pérdida, privación, destrucción, abandono o fracaso de algo, ya sea una persona, cosa o situación (pág. 116).

La única salvedad, que es una característica del enfoque de la Psicoterapia Integrativa, es que en dicho modelo no se considera que el estado del yo Niño pueda tener funciones apropiadas al aquí y el ahora, sino que siempre es una manifestación inapropiada del pasado, aunque tuvo y tenga todavía su utilidad para la supervivencia. Es decir, que el estado del yo al que se refiere Little (2001) es al inapropiado Niño Aislado Regresivo, no contemplándose las función apropiada del aislamiento o, mejor dicho, retraimiento, que yo sí tomo en cuenta, como, por lo general, por lo menos aquí en Europa, se toman en cuenta los usos apropiados e inapropiados de todos los estados del yo funcionales, por parte de quienes suscribimos el modelo funcional. He aportado algunas propuestas integradoras (Oller Vallejo, 1997, 2003) para solventar la controversia, pero la situación y en consecuencia el cisma, sigue manteniéndose igual.

Afortunadamente, lo que todavía no se ha logrado solventar a nivel conceptual, hay quienes hacen por resolverlo a nivel práctico. Me refiero a Cuadra3 (2007) aquí en España, quien como Analista Transaccional Docente y Supervisor de la ITAA y EATA, y también Psicoterapeuta Integrativo Docente y Supervisor de la IIPA4, toma en cuenta en su programa formativo tanto el modelo del Análisis Transaccional tal como en general ha venido siendo conocido, como el modelo de la Psicoterapia Integrativa. Y los aúna recuperando nuevamente para su enfoque el término de Análisis Transaccional Integrativo.

PRESERVAR EL MODELO FUNCIONAL DE LOS ESTADOS DEL YO

Una circunstancia nefasta para el modelo funcional es la promovida por Stewart (2002), quien ha llamado a la acción para la eliminación completa del mismo dentro del Análisis Transaccional, no sólo del programa del curso 101 (en donde figura como “descripciones conductuales” de los estados del yo), sino incluso de los libros de texto de AT, de manera que ya no sea más enseñado como parte de la formación. No me consta sí Stewart está adscrito al enfoque de la Psicoterapia Integrativa, pero sí que suscribe análogos criterios conceptuales sobre los estados del yo.

Me resulta sorprendente la actitud contradictoria de Stewart en tanto que ha co-escrito y publicado un libro (Stewart y Joines, 1987) que incluye todo un capítulo sobre el enfoque funcional. Por cierto, un libro que ha sido traducido y publicado en 2007 en España, y que se presenta como exponente del AT de “hoy en día”, que está visto que no es todo lo actual que dice ser. Sin embargo, salvando la contradicción citada y el que no se distingue en el Niño Adaptado los estados del yo funcionales de segundo orden, ni se considera ninguna de mis aportaciones sobre el tema, en general es un texto completo de Análisis Transaccional según los “cánones”.

Posiblemente no es su intención, pero en mi fantasía es como si para Stewart si algo presenta contradicciones y es difícil de sustentar claramente, lo más sencillo es eliminarlo, no mereciendo la pena trabajar en buscar aclararlo. Aunque no sea lo que estuviese en la mente de Stewart, esta manera de proceder me recuerda la aplicación negativa del principio de Ockham, llevado hasta sus últimas consecuencias.

DEL PRINCIPIO DE OCKHAM NO SIEMPRE RESULTA LA VERDAD

Berne recomendaba razonar y explicar las cosas aplicando el llamado principio de Ockham, recomendación que ha quedado establecida más o menos como norma dentro del Análisis Transaccional. Se le llama también principio de economía o de parsimonia, que dice que “no ha de suponerse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias”, lo que a nivel concreto, ya se trate de una solución, opción o explicación, puede formularse como “en igualdad de condiciones la más sencilla es probablemente suficiente” y también “la pluralidad no debe postularse sin necesidad”. Por ejemplo, si uno se encuentra en una ciudad española y escucha galopar en la calle, podría llegar a considerar si trata de caballos o de cebras, pero la explicación más probable y sencilla es que se trata de caballos.

Sin embargo, el que la solución, opción o explicación más sencilla sea probablemente suficiente, no implica necesariamente que sea verdadera, pudiendo no serlo o serlo sólo en parte. Por ejemplo, supongamos que en un día de viento ha caído de un piso una maceta a la calle, de manera que buscando explicación, de acuerdo con el principio de Ockham, lo más sencillo y probablemente suficiente, es considerar que ha caído por la acción de viento, pero ¿no podría también haber caído por la acción accidental o voluntaria de alguien? Desde luego, la policía no adelantaría demasiado en sus investigaciones si se ciñera estrictamente al principio de Ockham. Ni tampoco habría adelantado demasiado la investigación científica, si siempre se hubiese ceñido estrictamente a dicho principio, que habría limitado en muchos casos la búsqueda de la verdad en aras a mantener la sencillez en el saber y lo sabido como suficiente.

A mi modo de ver, lo que sucede en Análisis Transaccional con considerar que las dos únicas formas de reaccionar ante la autoridad parental corresponden al Niño Sumiso y al Niño Rebelde, es, sin ser a propósito, una elegante y tradicional aplicación del principio de Ockham (en cierta manera “dos mejor que tres”), pero que deja fuera una tercera forma que es la del Niño Retraído. Desde luego, es más sencillo pensar en sólo las dos maneras tradicionales de reacción ante la autoridad: la sumisión y la rebeldía, y desde luego puede que esto sea suficiente para describir o explicar una parte de los tipos de reacción, pero ello no permite explicar de manera completa toda la gama de fenómenos que se dan en la realidad, posibilitando por tanto que algunos de dichos fenómenos queden sin posibilidad de ser identificados y analizados.

En definitiva, un mal uso del principio de Ockham en aras a la sencillez de lo tradicionalmente establecido, puede abocar a descontar una parte de la realidad, y en el tema que nos ocupa esta parte es el Niño Retraído, una de las subformas funcionales del Niño Adaptado.

LA INERCIA A MANTENER EL SABER ESTABLECIDO

Cuando publiqué mi primer libro Vivir es autorrealizarse: Reflexiones y creaciones en Análisis Transaccional (Oller Vallejo, 1988), mi propósito quedó reflejado en la Introducción que en su mayor parte transcribo a continuación, ya que veinte años después lo que dije entonces sigue siendo plenamente vigente:

Cuando queremos aprender sobre un tema, por lo general, el primer paso es conocer y memorizar lo que está establecido, lo cual nos es enseñado por figuras con autoridad (profesores, libros, etc.). Nos “sometemos” a lo enseñado, aprendiendo a razonar dentro de ello, según las “premisas” del saber establecido.

Esto está bien, pero después, si queremos seguir desarrollándonos en el aprendizaje del tema, hemos de llegar a reflexionar sobre lo enseñado y a crear nuevas ideas útiles. Si no, repetiremos una y otra vez lo aprendido, lo cual, después, si actuamos como figuras con autoridad, enseñaremos a otros, generalmente inmodificado.

Se han publicando bastantes libros de Análisis Transaccional que suelen repetir, más o menos, las mismas ideas. Algunas fueron útiles en su momento, pero, aunque siguen repitiéndose, ya están superadas. Otras siguen siéndo útiles ahora y está bien seguir repitiéndolas, en tanto no haya algo mejor.

En cambio, hay ideas nuevas que, con frecuencia, no se divulgan todo lo que sería necesario y que conviene dar a conocer, pues hacen el modelo del Análisis Transaccional más descriptivo de la realidad. Puede que algunas de estas ideas necesiten aun mayor validación, pero por el momento aportan ya probada utilidad (págs 11-12 de la 1ª edición y págs. 19-20 de la 2ª edición renovada).

Ya en esta primera edición describí el Niño Aislado, término que después en la 2ª edición (Oller Vallejo, 2001) cambié por el de Niño Retraído, renovando además todo el contenido. Y en la introducción refiriéndome al libro también añadí:

Por otra parte, es también una invitación a seguir reflexionando y creando en Análisis Transaccional como contrapartida al aprendizaje, también necesario, con el que primero hemos de “someternos” a lo establecido (pág. 20 de la 2ª edición renovada).

Sin embargo, la inercia a la que me refiero a seguir repitiendo en Análisis Transaccional lo establecido, sigue actualmente en gran medida y, por ejemplo, no conozco ningún texto español que tome en cuenta5 el concepto ni de Niño Aislado ni como Niño Retraído, lo que desde luego no es una buena manera de “cuidar” al Niño Cuidado.

PARTE II. LAS FORMAS FUNCIONALES DEL NIÑO

El Niño Adaptado y el Niño Libre

El primer estado del yo funcional que manifiesta el recién nacido es el Niño Cuidado o también Yo Cuidado (Oller Vallejo, 2001a, 2001b) (fig. 2), una denominación que cada vez uso más cuando quiero evitar connotaciones respecto a la edad de la persona, dado que es un estado del yo funcional que continúa activo durante toda la vida, manifestándose ya sea positiva o negativamente. Cuando la manifestación es negativa también puedo llamarle Niño Regresivo o también Yo Regresivo. (A lo largo de este artículo, la idea de “manifestación negativa” y análogas, ha de entenderse en un sentido relativo, pues de hecho representa “lo mejor” que ha sabido hacer la persona para sobrevivir).

2010-08-2

Figura 2
Las formas funcionales del estado del yo Niño

Obviamente, buscar y recibir cuidados es una necesidad humana básica (Spitz, 1945) que perdura durante toda la vida. Por “cuidados”, en un sentido amplio y positivo del término (pues los cuidados, al igual que las caricias, también pueden ser positivos y negativos), no sólo me estoy refiriendo a la protección, que Bowlby (1969) considera como la principal finalidad de la conducta de apego), sino a todas esas conductas, mensajes, enseñanzas e incluso cosas, que son posibles dar o recibir para poder satisfacer necesidades apropiadas para vivir y desarrollarse saludablemente.Como es natural, el niño –y después la persona adulta- ha de adaptarse a los cuidados que necesita y recibe de las figuras cuidadoras que pueden dárselos. Pero también dichas figuras, en alguna manera, promueven y refuerzan la adaptación a dichos cuidados. Esta doble adaptación y las posibles reacciones a ella, caracterizan la función del Niño Adaptado o Yo Adaptado, que puede ser positiva o negativa según sean positivos o negativos los cuidados a los que la persona se adapta o a los que es adaptada, reaccionando a ellos. En dicha adaptación están implicados procesos de apego (Bowlby, 1969), claramente evidentes en la infancia, pero que continúan también en la vida adulta (Parker, Stevenson-Hinde y Marris, 1991), de manera que también continúa, por tanto, la actividad funcional del Niño Adaptado, ya sea positiva o negativa.

Pero el niño –y después la persona adulta- también necesita manifestarse por y para sí mismo, sin los adaptadores cuidados de figuras cuidadoras, que irán disminuyendo conforme se vaya haciendo mayor y que aún disminuirán más una vez en la vida adulta, aunque siga necesitándolos circunstancialmente, mayormente –aunque no únicamente- en la forma de figuras cuidadoras sociales. Estas manifestaciones para ser sí mismo están constituidas principalmente por reacciones emocionales, lo que caracteriza la función del Niño Libre o Yo Libre, al que Berne llamaba Niño Natural, y la cual pueden ser positiva o negativa dependiendo de si incluye cumplir o no con unos mínimos límites protectores, para poder desenvolverse e irse individuando con seguridad. Pero es sólo un tipo de individuación, más caracterizada por lo emocional y en la que es importante el juego lúdico, siendo fundamental para la autoestima (por ejemplo: “¡Guaaay!, me gusto un montón”). Sin embargo, es diferente del tipo de individuación que es propio del funcionar del estado del yo Adulto, más caracterizada por lo racional, pero que “convive” con la posibilitada por el Niño Libre, pudiendo incluso “colaborar” ambos.

Las tres subformas funcionales del Niño Adaptado

La manifestaciones funcionales del Niño Adaptado son siempre una respuesta en reacción a la adaptación ante figuras cuidadoras, ya sea externas o interiorizadas, sometiéndose, rebelándose o retrayéndose ante ellas, positiva o negativamente. Distingo, por tanto, tres subformas funcionales, que son las del Niño Sumiso, el Niño Rebelde y el Niño Retraído, a las que llamo también, respectivamente, del Yo Sumiso, el Yo Rebelde y el Yo Retraído (fig. 2). Estas tres subformas intervienen en procesos psíquicos específicos relacionados, respectivamente, con el apego, el contra-apego y el desapego, respecto a las figuras cuidadoras.

Respecto al concepto de Niño Sumiso, ha de tenerse en cuenta que, pese a la connotación con frecuencia peyorativa que el término sumiso tiene en nuestro idioma, de hecho, este estado del yo funcional tiene una utilidad indispensable al servicio tanto de buscar como de recibir y aceptar cuidados la persona, “sometiéndose” saludablemente a ellos. Pero desde luego también se manifiesta como claramente negativo, coincidiendo entonces más con la connotación del término en español, como cuando la persona se manifiesta “sometiéndose” a los mandatos inhibidores que rigen su guión, como, por ejemplo, sucede en la dinámica del miniguión, cuando está en los llamados mandatos frenadores. Y también, desde luego, se manifiesta como negativo, aunque no lo parezca, cuando la persona lo utiliza manifestando los impulsores en el miniguión negativo, “sometiéndose” a los mandatos de contra-guión.

Cuando la función del Niño Sumiso es positiva, con ella la persona busca un apego más o menos estable para poder recibir cuidados (por ejemplo: “Ayúdame en ese tipo de cosas, por favor”), mientras que la del Niño Rebelde (por ejemplo: “Déjame, no estés diciéndome lo que he de hacer”) y la del Niño Retraído (por ejemplo: “No sé…, me apena, pero siento que necesito estar a solas conmigo”) están al servicio del contra-apego y el desapego, respectivamente. Y estas dos últimas funciones, aún siendo positivas, deberían manifestarse como estados del yo funcionales más o menos transitorios, sirviendo entonces para la necesaria separación que facilita pasar a la función del Niño Libre, para avanzar en logros individuadores.

Pero cuando la función del Niño Rebelde y del Niño Retraído son negativas, no se culmina el proceso de separación y transición, quedando la persona estancada y manifestando entonces un falso individuarse, el cual, sin embargo, también puede ser una opción útil para sobrevivir, a falta de otra mejor. Por ejemplo, Drye (1974), en su trabajo sobre el Niño Rebelde, describe a una cliente mujer que se refiere a su padre de la siguiente manera: “Mi necesidad de ser exactamente lo opuesto de lo que él quería, era mi única manera de sentirme como una persona separada, diferente, superior.” También, desde luego, un individuarse negativo puede ser manifestado por una persona funcionando con el Niño Retraído, como, por ejemplo, cuando no existiendo ya las circunstancias que inicialmente la han inducido a ello, sigue retrayéndose creyendo que lo mejor es estar sola y en sus cosas.

Respecto a la manifestación negativa del Niño Retraído, cabe mencionar también, relacionándola con el miniguión negativo, que es aquella que la persona acaba vivenciando si completa todo el proceso que tiene lugar a partir de entrar en un impulsor, sintiéndose totalmente desesperada y desesperanzada. La persona vive entonces en la posición vital “yo estoy mal – tú estás mal”, que erróneamente suele atribuirse al Niño Sumiso, cuando realmente corresponde al Niño Retraído negativo.

Neurología de las subformas funcionales del Niño Cuidado

Cada subforma funcional del Niño Cuidado cuenta con la contribución del cerebro imitativo, el cerebro racional y el cerebro instintivo-emocional, pero este último es el que aporta el substrato subcortical fundamental sobre el que se desarrolla evolutivamente cada función. El neurocientífico Panksepp (1998) ha descrito diferentes sistemas operantes subcorticales, detallando los circuitos neuroanatómicos y los neuromoduladores químicos que intervienen en cada uno de ellos. He escrito ya anteriormente sobre la relación de estos sistemas con los estados del yo funcionales de primer orden (Oller Vallejo, 2004a), así que aquí me interesa resaltar su relación en concreto con las subformas funcionales del Niño Cuidado.

Los sistemas subcorticales que intervienen en la dinámica funcional del Niño Sumiso son el sistema del miedo y además el que llamo el sistema del apego filial, es decir, el sistema que está al servicio de la persona que necesita “someterse” a recibir cuidados. A su vez, en este último co- participan antagónicamente, por una parte, el sistema de separación-distrés, cuya función es facilitar los sentimientos de ansiedad y/o depresión que se viven en las situaciones de indefensión y de pérdida, llevando a querer mantener o recuperar el “someterse” al apego (Bowlby, 1969). Y por otra parte, a éste le complementa el sistema del confort afectivo, cuya función es facilitar los sentimientos de seguridad y tranquilidad que se viven cuando se tiene la protección y cuidados que da el apego.

En la dinámica funcional del Niño Rebelde subcorticalmente interviene el sistema de la rabia (Panksepp le llama así, pero, desde luego, la rabia es sólo la manifestación extrema de este sistema, pues también puede manifestarse simplemente enfado). Otro investigador (Adams, 1979) ha propuesto los que llama sistema defensivo, sistema ofensivo y sistema de la sumisión, pero Panksepp (citado por Adams, 1979) piensa que estos pueden llegar a explicarse por los sistemas de la rabia y del miedo que él propone. Desde luego, siguiendo a Adams, los sistemas defensivo y ofensivo intervendrían en la dinámica funcional de contra-apego del Niño Rebelde, mientras que obviamente el sistema de la sumisión lo haría en la dinámica de apego del Niño Sumiso.

En cuanto al Niño Retraído, en su dinámica funcional subcorticalmente interviene el sistema de separación-distrés, facilitando los sentimientos depresivos y las conductas de desánimo, laxitud, apatía, etc., que se viven en las situaciones de indefensión y de pérdida más o menos transitorias o permanentes. Anteriormente he descrito este sistema formando parte del sistema del apego filial, junto con el sistema del confort afectivo, el cual –este último- en la función del Niño Retraído está inhibida, de manera que neurológicamente todo funciona para “retraerse” del apego y del contra-apego, no encontrando “ventajas” en ellos y favoreciendo desapegarse.

Finalmente, en la dinámica funcional del Niño Libre intervienen, por una parte, el sistema del juego lúdico y, por otra parte, los primeros desarrollos del sistema buscador-explorador, facilitando un autodescubrimiento individuador movido por lo emocional y relativamente libre del apego, pero sólo relativamente. De hecho, la función del Niño Libre necesita aún de una base segura (Bowlby, 1988) a partir de la cual poder ejercerla la persona con seguridad.

Las subformas del Niño cuidado y su componente emocional

Desde un punto de vista emocional, en cada subforma funcional del Niño Cuidado subyace o se evidencia alguna emoción primaria que domina en ella. Así, la alegría, la tristeza y el enfado, dominan respectivamente en el Niño Libre, el Niño Aislado y el Niño Rebelde, mientras que en el Niño Sumiso dominan el afecto y el miedo. Estas emociones primarias están reguladas principalmente por el sistema límbico, manifestándose a un nivel más complejo, regulado principalmente por el neocórtex, respectivamente como lo que puede denominarse felicidad, depresión, agresividad, amor -un tipo primitivo de amor- y ansiedad.

Pero desde luego, aunque alguna emoción en particular domina en cada forma funcional, las otras emociones coexisten funcionalmente dentro de ella (Gormly y Gormly, 1984). Así, por ejemplo, la función del Niño Sumiso lleva a la persona a buscar apegarse con afecto para evitar el miedo y la ansiedad de separación (Bowlby, 1980), recibiendo así cuidados para sobrevivir. Si su propósito es frustrado, vivirá enfado y protesta de separación (Bowlby, 1980). Y si finalmente hay privación del apego y de los cuidados que necesita, la persona se sentira triste y vivirá un proceso de duelo. Pero si recibe lo que necesita, se sentirá alegre. Y por tanto, el posible afecto, miedo, enfado, tristeza o alegría, tienen lugar dentro de la propia función del Niño Sumiso.

Sin embargo, por ejemplo, el enfado que acompaña la protesta de separación que una persona puede expresar con su Niño Sumiso contra una figura cuidadora que frustra el apego a ella, tiene una funcionalidad diferente de la del enfado que domina en el Niño Rebelde. De hecho, el primero es un enfado que está al servicio de preservar el apego, mientras que el enfado del segundo está al servicio del contra-apego, buscando la persona con su Niño Rebelde separarse de una figura negativamente cuidadora que le mantiene en un apego insaludable que le impide la individuación.

EL NIÑO RETRAÍDO Y SU UTILIDAD FUNCIONAL

Junto a todo lo descrito en mi primer trabajo sobre el aislamiento (Oller Vallejo, 1986), una manera de comprender la utilidad funcional y por tanto apropiada del Niño Retraído es, como ya he mencionado anteriormente, relacionarla con los procesos de separación-individuación. Y en concreto con los dos subprocesos de separación que son el contra-apego y el desapego, los cuales son facilitados respectivamente por la función del Niño Rebelde y la del Niño Retraído. Cada función a su manera, implícita o explícitamente y a veces interactuando ambas dialécticamente, se manifiesta no sólo en las vicisitudes y crisis que vive la persona, sino en los numerosos y diversos momentos cotidianos en los que ésta avanza poco a poco en su desarrollo. Y así como con la función del Niño Rebelde la separación es facilitada mediante la oposición al otro, o sea, como si inicialmente se expresase: “Yo soy yo, oponiéndome a ti”, con frecuencia, para que el contra-apego culmine en logros de individuación, ha de seguirle la función del Niño Retraído facilitando el desapego, o sea, como si finalmente además se expresase: “Yo soy yo, retrayéndome de ti”. Y entonces, una vez consumada la separación y desapegada la persona, posibilitará que ésta tome contacto con la función del Niño Libre, a favor de su individuación. Si no, la persona puede quedar estancada en una rebeldía o en un retraimiento infructuosos, y con ello, en el peor de los casos, en una pseudo-individuación.

Pero por lo general, las manifestaciones funcionales de desapego y por tanto la función del Niño Retraído, son apenas resaltadas por los investigadores de los procesos de separación- individuación, pese a su evidencia. Sin embargo, son manifestaciones que ha de vivirse para que puedan cumplir con su utilidad, ya que si no, la persona queda frenada en su evolución.

La función del Niño Retraído viene emocionalmente acompañada de tristeza e incluso de depresión funcional, cuya manifestación conductual suele ser dejadez, pereza, apatía y otras por el estilo. Es el tipo de conductas que, por ejemplo, abundan en la adolescencia, en la que se está dejando la infancia y que generalmente los padres las confunden con manifestaciones del Niño

Rebelde, lo que ayuda poco a nadie. Y se trata ni más ni menos que su hijo está viviendo el duelo por la “pérdida” de la infancia.

Pero la depresión funcional del Niño Retraído también abunda en la vida adulta, tanto en circunstancias críticas (catástrofes, separaciones y pérdidas) como en las menos graves circunstancias cotidianas del día a día, en las que la persona ha de desapegarse de cosas para su propio desarrollo, incluido ideas y sentimientos que ya no sirven. Se trata de manifestaciones que, más o menos inconscientemente, van acompañadas de una reflexión reestructuradora, pues en el fondo se trata de auténticos procesos de duelo que han de vivirse y completarse (Oller Vallejo, 2004b), ya que si no, se coarta la reestructuración, quedando la persona fijada en aquello que debería dejar.

Por tanto, ha de aceptarse y respetarse en la persona –los demás y ella misma- la función positiva del Niño Retraído, tanto en la vida cotidiana como en terapia, en la que hasta puede ser útil fomentarla y reforzarla, obviamente dentro del marco de una sólida protección terapéutica.

CONCLUSIÓN

No obstante las circunstancias que puedan tener repercusión en que la función del Niño Retraído no sea tomada más en cuenta en Análisis Transaccional, éste es evidentemente un estado del yo funcional de suma importancia en los procesos de apego-separación, además de la función del Niño Rebelde, cara a alcanzar logros de individuación. Tomarla en cuenta en todas sus manifestaciones positivas y negativas, completa las subformas funcionales del Niño Adaptado, contribuyendo a dar consistencia al modelo funcional de los estados del yo, enfoque que es en su origen una contribución fundamental de Berne, más fundamental incluso, si cabe, que la del modelo histórico-biográfico. Y por otra parte, la función del estado del yo Niño Retraído, al igual que la de las demás subformas adaptativas del Niño y como la de todos los estados del yo funcionales, tiene una existencia real que se fundamenta psicológica y neurológicamente.

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1 El por qué de este cambio es consecuencia de que cuando escribía el artículo en español y pensando en su traducción al inglés, dadas mis limitaciones en dicho idioma sólo supe encontrar el término withdrawal como el más aproximado al concepto que quería identificar. Withdrawal generalmente se traduce por “aislamiento”, de manera que adopté ambos términos, cuando hubiese sido mejor traducirlo por “retraimiento”. Por suerte, en la traducción al francés de mi artículo, publicado en Actualities en Analyse Transactionnelle, muy acertadamente el concepto se tradujo por “le retrait”, es decir, por “el retraimiento”, lo que agradezco al traductor por su intuición y buen entendimiento del tema.

2 TOTATera el boletín informativo y técnico que publicaba l’Associació Catalana d’Anàlisi Transaccional – ACAT y del que me hice cargo como Editor durante los años en que fui su Presidente Fundador, cuando ACAT estaba vinculada a EATA.

3 Quien, por estar entre las excepciones, aprovecho para citar que además toma en cuenta mi contribución sobre el retraimiento.

4 International Integrative Psychotherapy Association – IIPA.

5 Por formar también parte de las excepciones en referirse al Niño Aislado y tratarse de un colega español, pues el comentario apareció en inglés en TransactionalAnalysisJournal, quiero mencionar y agradecer aquí una vez más el que Martorell (1994) en su trabajo sobre el desarrollo del AT en España y los libros publicados en español, ha escrito: “Tal vez el ejemplo más relevante sea el de Viviresautorrealizarse (Oller, 1988), un texto que no sólo presenta el modelo del AT, sino que comparte contribuciones originales del autor, incluyendo su concepto del Niño Aislado (Oller, 1986). Este concepto es una de los pocas contribuciones, si no es la única, que ha tenido una difusión internacional” (pág. 299).

Jordi Oller

Jordi Oller

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