El maravilloso viaje hacia la autonomía

01/04/2013

el maravilloso viaje hacia la autonomia

El paso de la dependencia a la autonomía es como un viaje que todos emprendemos. Algunos recorrieron el trayecto sin grandes altercados y de forma saludable, llegando finalmente a su destino o quedándose bastante cerca. Otros se bajaron demasiado pronto del tren y es necesario que, en algún momento de su vida, vuelvan a subirse y recorran el trayecto que les falta para alcanzar la madurez plena individual y social.

1. Evolución sana.

Siguiendo la categorización utilizada por D.W.Winnicott en su libro “El proceso de maduración en el niño” (1975) distinguiré las siguientes fases en el desarrollo evolutivo considerado sano o normal, en los primeros años de vida de una persona:

Dependencia absoluta

En las primeras fases del desarrollo evolutivo, el bebé depende por completo de la madre. Desde el mismo momento de la concepción, en el vientre de la madre, el bebé satisface a través de ésta sus necesidades de alimento, de atención y cuidados (la voz de la madre, caricias en la tripa que le llegan en forma de sensaciones placenteras, etc.). Una vez nacido, el bebé necesita a la madre y depende de ella para sobrevivir, ya que ésta (o la figura adulta que la sustituya) es la que satisface sus necesidades de alimento, contacto, higiene, protección frente a agresiones externas (frío, calor, etc.).

Durante estas primeras etapas, la madre se entrega a la tarea de cuidar del bebé que parece formar parte de ella. La madre se halla muy identificada con su hijo, hasta el punto de saber como se siente éste y lo que necesita (también aprovecha sus propias experiencias de cuando era bebé). Desde este punto de vista, podríamos decir que la madre también depende del bebé. Madre e hijo se encuentran en una situación de simbiosis sana o natural.

Según los Shiff (1971), “la simbiosis es un fenómeno normal del estado oral en el desarrollo de un niño. Está vivida a la vez por la madre y el niño como una puesta en común y una repartición de sus necesidades (…) resulta que la función de la simbiosis es asegurar la supervivencia del lactante durante un periodo de dependencia total”.

Esta etapa de dependencia absoluta dura únicamente un breve periodo de tiempo. Poco a poco, la madre empieza a reemprender su propia vida, independizándose relativamente de las necesidades de su hijo, lo que suele coincidir con el crecimiento del niño.

Dependencia / Independencia relativa

Esta es una fase de adaptación en la que la dependencia va disminuyendo progresivamente. La gran mayoría de las madres están capacitadas para aportar una desadaptación gradual que esté perfectamente acoplada a la rapidez con que el niño vaya haciendo progresos.

Estamos en el comienzo de la capacidad de comprensión intelectual del niño, donde va a ser especialmente importante el modo firme y estable de mostrarle el mundo, a través de una madre que se presente siempre como ella misma. El niño no necesita a una madre perfecta, sino el cuidado y atención de alguien que sigue siendo ella misma.

Así, el pequeño empieza a ser consciente de su dependencia. Cuando la madre permanece alejada durante un periodo de tiempo superior a la capacidad del hijo para creer que ésta sigue viva, la angustia hace acto de presencia y el niño empieza a comprender que necesita a su madre. Esta angustia va incrementándose gradualmente desde los seis meses, hasta que a los dos años se encuentra preparado para enfrentarse con la pérdida.

Un factor importante que ayuda al niño a mitigar esta angustia, es la aparición de la capacidad de identificarse con la madre, de “ponerse en su pellejo”. El pequeño es capaz de hacerse cargo de acontecimientos que escapan a su dominio y, gracias a que es capaz de identificarse con la madre, puede sobrellevar el odio que en él suscita todo cuanto representa una amenaza para su omnipotencia.

Al final de esta etapa, las tendencias integradoras del niño producen un estado en el que éste es una unidad, una persona completa, provista de un interior (yo) y un exterior (no yo). El crecimiento del niño conlleva un intercambio continuo entre la realidad interior y la exterior, cada una de las cuales es enriquecida por la otra.

Hacia la autonomía (interdependencia)

Una vez que todo lo anterior ha quedado instaurado, el niño se va viendo, poco a poco, capacitado para enfrentarse con el mundo y todas sus complejidades, ya que cada vez, ve más cosas de las que se hallan presentes en su propia personalidad. Mediante una serie de círculos, cada vez más amplios de la vida social, se identifica con la sociedad.

Así es como, poco a poco, el individuo va desarrollando su propia autonomía, en la que él se halla en situación de vivir una existencia personal satisfactoria al mismo tiempo que se relaciona con la sociedad obteniendo de esta lo que necesita.

El proceso de crecimiento debe seguir en la edad adulta, hasta que habiendo encontrado su lugar en la sociedad a través del trabajo, teniendo pareja o estableciendo algún patrón de vida que represente un compromiso entre la emulación de los padres y el desafío a los mismos mediante la instauración de una identidad personal. podamos decir que la vida como adulto ha empezado.

2. De la dependencia a la autonomía en el proceso de terapia.

Como he expuesto anteriormente, todos los procesos de un ser humano desde que nace hasta que alcanza la autonomía constituyen una continuidad existencial. La madre que sabe entregarse durante un breve período de tiempo a esta misión natural, sabe igualmente proteger la continuidad existencial de su hijo. Todas las amenazas, conflictos o fallos de adaptación suscitan en el niño una reacción que trunca esta continuidad. Si estas reacciones llegan a marcar la pauta en la vida de una persona, se producirá una grave interferencia en la tendencia natural del individuo de convertirse en una unidad integrada, capacitada para conservar una personalidad dotada de pasado, presente y futuro.

Es en estos casos, en los que, al haberse producido interferencias en la continuidad existencial del niño, la persona necesita “reparar” esos fallos de adaptación para alcanzar su autonomía, acudiendo en ciertos casos a terapia para conseguirlo. De tal manera que el individuo necesita vivir lo que no vivió anteriormente de forma natural.

Hace poco escuché a un colega decir que nuestros pacientes son, salvando las distancias, como nuestros hijos. Y en este sentido que ahora estoy explicando, estoy totalmente de acuerdo. Como terapeutas acompañamos a nuestros pacientes para que puedan vivir un desarrollo evolutivo que en algún momento se quedó estancado no permitiéndoles alcanzar su autonomía.

Pues bien, desde el Análisis Transaccional se considera que en todo proceso normal de desarrollo evolutivo, y por tanto, en un proceso de terapia, para alcanzar la autonomía hay que pasar antes por varias fases:

Dependencia

Mientras que una persona está en este estado, depende de otro, le necesita para sobrevivir. Un niño es como le dicen que debe ser, de tal forma que no le queda otra salida para sobrevivir. Se adapta al medio.

Así, podríamos hablar de una dependencia auténtica, normal o sana, que es aquella que se produce como respuesta a una desigualdad real, como por ejemplo, la que se produce entre la madre y el bebé que se ha explicado anteriormente. En efecto, existe una desigualdad real entre ambos, ya que el bebé no cuenta con los recursos suficientes para sobrevivir y necesita a la madre para conseguirlo.

Por otro lado, nos encontramos con otro tipo de dependencia patológica, en la que no existe una situación de desigualdad real, pero las partes se comportan como si la hubiese. Se trata de las relaciones simbióticas.

Según Schiff, en una relación de este tipo, las personas involucradas no utilizarán la dotación entera de sus estados del yo, siendo lo más frecuente que uno de ellos excluya al Niño, empleando únicamente al Padre y al Adulto, y el otro asuma la postura contraria, permaneciendo en el Niño mientras abandona (descuenta) sus otros estados del yo. Así, entre ambos, formarían una persona completa, con los tres estados del yo.

Mientras que ambas partes se encuentran en simbiosis, se sienten cómodas, con la sensación de que se hallan en el papel en el que se supone que deben estar. De esta forma, sacrifican su autonomía ahorrándose así el dolor del autoconocimiento y los sufrimientos que conllevaría su crecimiento individual interior y su responsabilidad personal.

En efecto, el precio que ambas partes deben de pagar por su comodidad es la exclusión de sus otros estados del yo. Esta es, precisamente, la diferencia entre una simbiosis como esta, “insana”, y la simbiosis “sana” que se establece entre el bebé y su madre o en cualquier otra situación con una desigualdad real, ya que en esta última las partes no están descontando ninguno de sus estados del yo, simplemente alguno de ellos no está operativo en ese momento y es de ahí de donde parte la desigualdad entre ellos.

En esta fase la persona se situaría en una posición de Yo No OK – Tú OK, desde un rol de víctima necesitada de un salvador del que poder depender y así sobrevivir.

En la relación terapéutica, podríamos hablar de dependencia en el comienzo del proceso. En efecto, en la mayor parte de los casos, cuando el paciente acude a terapia está ocupando la posición de víctima en busca de un salvador, un profesional que le ayude a superar el momento difícil que está viviendo. Estaríamos hablando de una dependencia emocional, en la que el paciente depende del terapeuta como lo hizo de su madre cuando era un niño.

Así, en este momento será especialmente importante la construcción de un vínculo “parental” entre terapeuta y paciente, ya que esto permitirá al paciente hacer suyo lo que obtenga del terapeuta de forma que pueda crecer y evolucionar hacía la autonomía.

De esta forma, el terapeuta se presentará ante el paciente con empatía, coherencia, autenticidad, conciencia y responsabilidad para proporcionarle un espacio seguro, en el que éste pueda poner palabras a lo que le sucede. Al igual que le ocurre a un bebé, es esencial que en estos primeros momentos del proceso terapéutico, el paciente se sienta seguro.

Es por tanto, un momento en el que, como ocurrirá a lo largo de todo el proceso, el terapeuta hace ver al paciente que sus necesidades son normales y aceptables para él, lo que implica una total aceptación, protección y estima incondicional. Y como base y soporte de todo esto estará el amor, fluyendo en ambos sentidos, que permitirá al paciente sentirse lo suficientemente seguro para poder enfrentarse a sus miedos más profundos.

En definitiva, se trata de dar al paciente un refugio seguro desde el que pueda explorar el mundo.

Contradependencia

Una vez que el individuo es consciente de su dependencia, pasa a la contradependencia. Esta es una fase hostil y culpabilizadora donde la persona rechaza a aquel o aquellos de quienes depende. Es una revolución frente aquellos percibidos como opresores. La persona se rebela y empieza a decir “no”, mientras va definiéndose en oposición al otro.

Es una fase de ganar libertad desde la dependencia, rebelándose, y eligiendo caricias negativas de aquellas personas de su ambiente previo y encontrando un nuevo sistema de apoyo. Esta fase puede ser expresada como Yo estoy Ok – Tú No estás OK.

Suele darse en la adolescencia, momento en el que el individuo decide hacer lo que quiere, que, precisamente, es lo opuesto a lo que quieren sus padres. El adolescente, en contacto con la rabia, moviliza su energía para salirse del sistema familiar y poder crear su propio sistema.

En el proceso de terapia este momento se da cuando el paciente ha adquirido cierta seguridad en sí mismo y ciertas herramientas, y siendo consciente de su dependencia con el terapeuta decide buscar su propio lugar en el mundo, aunque de momento, este lugar sea el opuesto a lo que él conoce. Es su manera de diferenciarse, de empezar a decirle al mundo que él es un individuo distinto de aquel otro del que, durante un tiempo, ha estado dependiendo.

Durante esta fase será, igualmente o más, importante la actitud del terapeuta. En un momento en el que el paciente empieza a diferenciarse, será fundamental transmitirle que está bien, que entendemos su necesidad de hacerlo y que por eso le aceptamos y amamos aún más si cabe por ello. También será esencial que el paciente sepa que seguimos siendo un refugio seguro para él.

Independencia

Es una fase de exploración sana de las alternativas para valorar sistemas, estilos de vida, normas culturales, estructura organizada y sistemas de familia que fueron previamente juzgados y rechazados por inadecuados.

En este momento, el individuo empieza a asumir su propia vida, sus pensamientos, sentimientos y decisiones. Lo que hay fuera de él, el otro, sigue siendo un punto de confrontación para su libertad, por lo que se define separándose del otro. Se situaría en una posición de Yo Ok – Tú No Ok.

En la fase anterior, el sujeto ha experimentado sus límites, su libertad y todo esto le ha servido para que ahora pueda definirse y encontrar su verdadero lugar en el mundo, el suyo.

En el proceso terapéutico, al paciente ya no le bastará con que su lugar sea contrario al de aquella persona de la que ha dependido. Ahora necesitará que su lugar, su posición, sea la suya propia, la que elija de acuerdo con sus propios pensamientos y sentimientos, la que le haga diferente y especial respecto a los otros, un ser único e irrepetible.

Para encontrar ese lugar en el mundo la persona tendrá que explorar diferentes sitios, sentirlos, vivirlos, etc., hasta que encuentre aquel que encaja con su persona.

Autonomía (interdependencia)

Cuando el individuo llega a la autonomía, es consciente de sus limitaciones y sus diferencias con el entorno, y elige relacionarse con éste para obtener de él lo que necesita, así como aportarle lo que pueda necesitar de él.

Según Eric Berne, la persona autónoma es aquella que es consciente (tiene capacidad de distinguir la realidad de la fantasía interna proyectada sobre lo que le pasa a él), espontánea (tiene capacidad de optar por expresar los propios pensamientos, sentimientos y necesidades y de actuar en consecuencia, viviendo para sí), y se relaciona con intimidad (tiene capacidad para abrirse al otro, estar próximo, cercano y ser auténtico con el otro y consigo mismo).

Algunos analistas transaccionales, como Carlo Moiso, consideran que la persona autónoma es además ética, ya que tiene la capacidad de elegir actuar en cada contexto respetando los propios valores asumidos.

El autónomo se diferencia entonces del independiente, en la capacidad de interdependencia que el segundo aún no ha alcanzado, en el modo en que el “nosotros” está integrado como complementariedad, en si existe o no capacidad de intimidad en sus relaciones, de acoger y ser acogido sin fusionarse.

La persona actuaría en esta fase en la posición de Yo estoy Ok – Tú estás Ok.

3. Mi camino.

 

Soy una de esas personas que, pensando en que era la mejor opción que tenía en ese momento o tal vez la única, se bajó del tren antes de tiempo. Así es que no pude llegar a mi destino porque, en su momento, no recorrí el camino necesario. Lo que ahora voy a relatar es mi maravilloso viaje hacia la autonomía cuando decidí volver a subirme al tren.

Hace aproximadamente seis años que sentí que mi vida no andaba como debiera. Tomé una decisión muy importante para mi (romper una relación de pareja de diez años) porque me sentía como atrapada, enjaulada, sentía que no tenía aire propio que respirar, que no tenía vida propia que experimentar. Me había quedado anclada en una dependencia que no me dejaba continuar mi camino vital. Sentía, aunque todavía no era capaz de poner palabras a esos sentimientos, que había pasado de los brazos de mi madre a los de mi pareja, dependiendo primero de una y luego de la otra.

Afortunadamente, no sé si por la sabiduría interna del ser humano, o por estricta supervivencia, algo me llevó a la acción. Algo me movilizó para apostar por mí, para decidirme a vivir todo aquello que no me había permitido, o que tal vez no había aprendido a experimentar. Y fue entonces cuando decidí volverme a subir al tren de la vida y continuar el camino que en algún momento abandoné.

Me sentí desbordada por las emociones, demasiadas de golpe después de tanto tiempo sin sentir, y decidí pedir ayuda. Así comenzó mi proceso terapéutico que tanto ha marcado mi vida.

Mi terapeuta, gestáltica, se llamaba Susana. Con ella aprendí a “caminar mi vida”, la que yo había decidido vivir. Sobre todo, ella fue para mi un apoyo, un refugio al que poder volver cada semana después de la ardua tarea de explorar un mundo hasta entonces desconocido para mí. Recuerdo esos primeros momentos de dependencia “casi absoluta” en los que parecía que se me iba la vida si por lo que fuera una semana no podía verla, o simplemente se retrasaba uno o dos días nuestra cita semanal. Necesitaba volver allí cada semana, para escucharla decir que todo estaba bien, que lo que sentía era normal y que todo lo que yo estaba experimentando tan intensamente era bueno para mi.

Yo acostumbraba a decir que “me estaba quitando las primeras capas de la cebolla”, y puede que fuera cierto, que me estuviera quitando capas de una cebolla que ya no quería seguir siendo, para poder ir construyendo la persona que era.

Me recuerdo viviendo intensamente, como una niña pequeña que abría los ojos sorprendida de todas las experiencias que se presentaban ante ella. Fue un momento maravilloso, como no puede ser de otra manera cuando uno se abre al mundo. Fueron momentos de reir, de llorar (curiosamente los momentos acompañados de lagrimas los recuerdo con muchísimo cariño porque si lloraba es que ¡¡estaba viva!!), de probar, de aprender y sobre todo de encontrarme y conocerme a mi misma. Poco a poco fui identificando los primeros esbozos de la persona que era.

Y esa niña que empezaba a exprimir la vida, fue creciendo, adquiriendo experiencias, herramientas y sintió que ya era capaz de andar sin “sus muletas”, que ya no quería depender de ellas y que quería salir de ese refugio seguro en el que recibía protección, seguridad y confianza, para buscar su propio lugar en el mundo.

Tras dos años de terapia sentí que para seguir creciendo debía salir yo sola al mundo. Quería saber, porque nunca lo había vivido, lo que era eso de ser autónoma, porque en ese momento, pensaba que estaba preparada para ello.

Me sentía capaz de hacerlo y decidí separarme de mi terapeuta de la que tanto había dependido. Recuerdo que me dieron tranquilidad sus palabras: “estaré aquí si me necesitas, la puerta no queda cerrada”. Sabiendo que ella estaría allí si me caía en el camino y me lastimaba, di el salto y comencé a caminar sin muletas.

Y así continué mi andadura, reafirmándome en lo aprendido y levantándome cuando alguna vez me tropecé en mis primeros pasos sin muletas. Pero a los poco meses me volví a encontrar perdida. No bastaba con haberme separado de quien había dependido para encontrar mi lugar. Volví a sentir que mi vida no iba como debiera, aunque ahora si respirara mi propio aire y estuviera viviendo una vida elegida por mi. De nuevo no tenía palabras para expresar lo que se me estaba moviendo internamente, pero sabía que algo estaba ocurriendo y decidí retomar mi terapia.

Las circunstancias y mi decisión de no volver al lado de quien me había separado meses atrás (quería buscar mi propio lugar) me llevaron a una nueva terapeuta, Marisol, esta vez humanista integrativa.

Con Marisol empecé a explorar una parte más profunda de mí que hasta entonces no había transitado y que me era desconocida. Y eso me hizo contactar con emociones como la rabia (hasta entonces prohibida para mi), y miedo, mucho miedo. Y ese miedo me hizo tener que dar algún pasito para atrás. De nuevo necesitaba volver a depender de alguien. De nuevo volvía a necesitar refugiarme en alguien que me dijera que todo estaba bien, que entendía lo que yo estaba viviendo, y que allí estaría a salvo.

En ella encontré a una persona que me acompañaba allí donde fuera que yo transitase, que me protegía, que me daba permiso para expresar mis emociones, incluso las prohibidas hasta entonces, que respetaba mis límites y mis ritmos, que se emocionaba con mis emociones, y unos ojos, esos ojos azules, que cuando los miraba me sentía como una niña que jugando a policías y ladrones, tocaba aquello que es su casa y los policías ya no podían detenerla, fuera lo que fuera que hubiese hecho.

No tengo ninguna duda de que ese vínculo que se estableció entre nosotras fue lo que me permitió explorar el mundo para encontrar mi sitio. No fue un tramo del camino fácil. Accedí a las capas más profundas de la cebolla y eso me hizo, en ocasiones, sentir dolor, rabia, vulnerabilidad, fragilidad, tristeza, miedo, vacío y ganas de huir y salir corriendo. Para mi fue muy importante, indispensable, saber que mi terapeuta estaba a mi lado para aferrarme a ella si lo necesitaba, para ser mi muleta si volvía a “quedarme cojita” y para poder compartir con ella todo aquello que iba viviendo.

Pero a pesar de esos pequeños o grandes pasitos atrás para coger fuerzas, el camino que había decidido emprender era un camino sin retorno. Cada cosa que vivía, por dolorosa que fuera, me hacía crecer, avanzar, me permitía conocerme y comprenderme mejor, y sobre todo, quererme más.

Esa exploración profunda me permitió tomar la decisión de abrir una nueva puerta en mi vida: estudiar el master en counselling. Esto ha supuesto para mi un gran paso en mi proceso personal. No solamente porque me ha permitido profundizar en mi persona de forma mucho más activa, sino porque me ha permito relacionarme con iguales con autenticidad e intimidad, lo que antes no me había resultado nada fácil.

De forma paralela, comencé también, de la mano de Marisol, mi andadura en un grupo de terapia.

Estos últimos pasos me han posibilitado aceptarme diferente a los otros, al haberme mostrado con mis diferencias y habérseme respetado, reconocido y querido a pesar, e incluso especialmente, por ellas.

Si hecho la vista atrás, observo el camino recorrido con cariño hacía todos los que transitaron a mi lado, ternura hacía la niña que, aunque ha crecido, de vez en cuando asoma, admiración por la valentía demostrada por esa niña, gratitud por la compañía y el apoyo recibido, y perdón a los que no supieron verme como yo necesitaba.

 4. Conclusiones.

Caminar hacía la autonomía es algo maravilloso y único. Claudio Naranjo dice que “las personas somos como plantas destinadas a crecer y a dar fruto”. Cada uno tenemos el nuestro, que es único e irrepetible, y sólo si recorremos el viaje hacía la autonomía podremos encontrarlo. Sólo así conseguiremos florecer.

Es cierto, que si a uno no le compraron el billete directo al destino desde el principio, probablemente tenga que hacer después distintas paradas, algunas de ellas dolorosas, pero bajo mi punto de vista, todas ellas preciosas y muy valiosas, en cuanto que son necesarias para llegar al destino.

La auténtica autonomía viene precedida por la experiencia de la dependencia, y solo la vivencia, a veces dolorosa, y la aceptación de la propia verdad, nos libera de ataduras inútiles y nos permite alcanzarla.

Para realizar todas esas paradas es imprescindible el amor. Ya sea de la madre, si el viaje hacía la autonomía se hizo directo, o del terapeuta, si la persona lo retomó con posterioridad acudiendo a éste.

Richard Erskine dice que el amor es el verdadero antídoto del miedo y que solo a través de él las personas pueden enfrentarse a sus miedos en lugar de seguir huyendo toda su vida.

Como terapeutas, cuando un paciente acude a nosotros para que le acompañemos en su trepidante viaje hacía la autonomía, es muy importante, imprescindible, que en la relación terapéutica que se establezca haya un referente de amor incondicional. El paciente debe sentirse amado, aceptado, validado, respetado y confirmado por ser como es.

Por eso nuestros pacientes se parecen a nuestros hijos, porque lo que les ofrecemos es algo parecido a lo que debiera existir entre padres e hijos, si pudiéramos hacer que los primeros, a su vez, no hubieran estado influenciados por sus figuras parentales que les han hecho relacionarse con el mundo como lo hacen.

Ofrecemos a nuestros pacientes un reducto del mundo en el que se les ama por el simple hecho de existir, en el que se les respeta con sus características tal y como se manifiestan y en el que no se les juzga por sus actos o pensamientos, sino que simplemente se les entiende y se comparte con ellos las experiencias y emociones que viven. Esos brazos a los que pase lo que pase, siempre pueden volver porque nunca se van a retirar.

La relación terapéutica ofrece a los pacientes un espacio en el que pueden sentirse seguros, y a partir de esa relación o espacio de referencia pueden enfrentarse a sus conflictos, a sus miedos y a sus fantasmas y una vez resueltos salir a volar y abrirse al mundo, con la seguridad de saberse amado, respetado y valorado siendo como es.

Solo a través de ese tipo de relación, en la que va implícito, necesariamente, el amor, los pacientes podrán alcanzar su autonomía y tomar las riendas de su propia vida. Solo así podrán dejar a un lado las decisiones que otros tomaron por ellos, o que ellos adoptaron “obligados” por las necesidades que tenían que cubrir en ese momento.

Si llegan a su destino autónomo habrán dejado a un lado sus miedos, y se habrán enfrentado a aquellos que no hayan podido dejar en la cuneta. Habrán dejado de intentar conseguir lo que otros esperan de ellos y dejarán que sus propias metas e ilusiones se instalen en su interior.

Alcanzarán la autonomía y comenzarán a ser quien verdaderamente son y no quien los otros quieren que sean.

Referencias

  • WINNICOTT, D. W. (1975). El proceso de maduración en el niño: Estudios para una teoría del desarrollo emocional. Barcelona: Laia.
  • SCHIFF, A, SCHIFF, I. (1971). Passivlry, Transactional Analysis Journal.
  • SEYMOAR, N. K. (1977). El ciclo de la dependencia: Implicaciones para Teoría, Terapia y Acción social. Artículos seleccionados de Análisis Transaccional. Madrid: CCS.
  • STEWART, I. y JOINES, V. (2007). AT Hoy: Una nueva introducción al Análisis Transaccional. Madrid: CCS.
  • WILD, R. (1999). Educar para ser: vivencias de una escuela activa. Barcelona: Herder.
  • MILLER, A (1985).  El drama del niño dotado y la búsqueda del verdadero yo. Barcelona: Superínfimos.
  • RAMIREZ, F y CASTILLA, A (2008). La madre suficientemente buena. Madrid: Revista aperturas psicoanalíticas nº 29.

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