Los temores del terapeuta

01/09/2015

 Verónica Vázquez

Verónica Vázquez

Este trabajo trata del “Temor de los Terapeutas”, porque en los comienzos, y durante el desarrollo de esta profesión, existen miedos que van a ir cambiando a lo largo de las propias experiencias que uno va viviendo, algunos temores serán por falta de información, otros se basan en la realidad y otros formarán parte de nuestras fantasías, que pueden ser nuestros esfuerzos por ser amados, o por sentirnos bien con nosotros mismos.Esta tesina es totalmente subjetiva y cualitativa, desde mi experiencia como profesional y a nivel personal voy a reflejar los diferentes miedos que he vivido y sentido como psicoterapeuta con mis pacientes, y también como madre, guardando una estrecha relación entre ambos, porque han sido dos cambios importantes en mi vida, se han dado prácticamente a la vez en el tiempo, y porque son sentimientos muy parecidos, aunque con mi hijo es un sentimiento más profundo.

Quiero reflejarlos en este trabajo, para demostrar cómo he sentido mis miedos y que intentado hacer para ir paliándolos con el tiempo.

INTRODUCCIÓN

He elegido este tema de una forma intuitiva, porque en mi experiencia profesional me han ido surgiendo miedos, algunos de ellos ya resueltos, pero otros siguen hoy presentes y van apareciendo nuevos. Son miedos a los que me he tenido que enfrentar para que la relación terapéutica vaya fluyendo, sea lo más efectiva posible y, por tanto, ofrecer lo mejor de mí a cada uno de mis pacientes. Hay miedos que me han servido para sobrevivir, pero en terapia me han paralizado y han hecho que no sea tan efectiva la sesión.
No quiero plantear el miedo solamente como un problema, porque para los que empezamos en esta profesión es normal que sintamos miedo a no saber si estamos realmente preparados, si seremos capaces de ayudar a nuestros pacientes. Estos miedos irán desapareciendo con el tiempo, pero siempre vendrá un paciente a nuestra consulta que nos haga sentir miedo por nuestra historia personal.
Me gustaría dar una definición a la palabra Miedo, por eso he consultado la Real Academia de la Lengua, que lo define como:
1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Según Wikipedia (La Enciclopedia Libre):
El miedo o temor es una emoción caracterizada por una intensa sensación, habitualmente desagradable, provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, lo que incluye al ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror. Además el miedo está relacionado con la ansiedad.
Existe miedo real cuando la dimensión del miedo está en correspondencia con la dimensión de la amenaza. Existe miedo neurótico cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro. Ambos, miedo real y miedo neurótico, fueron términos definidos por Sigmund Freud en su teoría del miedo. En la actualidad existen dos conceptos diferentes sobre el miedo, que corresponden a las dos grandes teorías psicológicas que tenemos: el conductismo y la psicología profunda. Según el concepto conductista el miedo es algo aprendido. El modelo de la psicología profunda es completamente distinto. En este caso, el miedo existente corresponde a un conflicto básico inconsciente y no resuelto, al que hace referencia.
Me voy a centrar en la segunda definición de la Real Academia de la Lengua, “Recelo o aprensión que alguien tiene de que suceda algo contario a lo que desea”. Muchos miedos del terapeuta tienen relación con las expectativas que se tienen de la terapia y del paciente y, cuando no se cumplen, provocan frustración e incluso más miedo.
He elegido este tema porque en mi experiencia profesional me han ido surgiendo miedos, algunos de ellos ya resueltos, pero otros siguen hoy presentes y van apareciendo nuevos. Son miedos a los que me he tenido que enfrentar para que la relación terapéutica vaya fluyendo, sea lo más efectiva posible y, por tanto, ofrecer de mí lo mejor a mi paciente.

CONTENIDO

Un cuento sobre el Miedo

Viajaba un peregrino hacia Bagdad,
cuando debajo de una palmera vio a una mujer,
extraordinariamente pálida y esquelética,
en cuyo platillo de agua y comida nadie echaba nada,
por miedo a acercarse…
El peregrino, sentándose a su lado,
compartió con ella su agua y sus dátiles,
preguntándole dónde iba.
– “Soy la Peste, y tengo la misión de ir a Bagdad a llevarme a 10.000 seres…”
El peregrino horrorizado le contestó:
-“Pero eso es una enorme crueldad,
dejarás muchísimas familias mutiladas,
y mucha tristeza tras de ti.
¿Hay algo que yo pueda hacer para impedirlo?»
La Peste contestó:
-“Eres un hombre distinto a los demás…
si cuando llegues al zigurat de Assur,
oras toda la noche sin descanso,
te prometo que te preservaré la vida,
y tan solo me llevaré a los 5.000 seres más desvalidos y enfermos,
que no tengan familia alguna.”
El peregrino aceptó el trato cumpliendo lo requerido,
mas cuando llegó a Bagdad quedo sobrecogido,
al ver la ciudad devastada,
informándose de que habían muerto 100.000 personas.
Al regresar a su ciudad,
encontró bajo la misma palmera, a la Peste,
a la que inquirió duramente su incumplimiento del trato.
-“¡Recé toda la noche sin descanso,
y sin embargo has matado a 100.000 personas!!»
La Peste le contestó:
– “No es cierto, yo solo maté a 5.000 enfermos solitarios,
los otros murieron de MIEDO…!».
Kumara.

A veces el miedo puede ser altamente paralizante, angustioso, frustrante, al que tenemos que enfrentarnos día a día, e incluso generando cada vez más miedo, y muchas otras no dejándonos ver más allá. Este cuento plasma el gran poder que tiene el miedo, el que a veces nos puede anular en nuestro trabajo, en nuestra vida personal, por eso hay que buscar recursos para que el miedo vaya disminuyendo.
Existen dos miedos existenciales:
Miedo a la invasión. El niño acepta ser invadido para no ser abandonado.
Miedo al abandono. Es el miedo más profundo. Un bebé necesita a sus padres para sobrevivir, cuando siente que la relación amorosa con sus padres puede estar en peligro, conecta con el miedo, pudiendo caer en un vacío existencial.
El amor siempre nos va a proteger del miedo, y cuando no hay amor lo que sentimos es miedo. Por tanto, es importante que en la relación terapéutica el paciente sienta el amor incondicional de su terapeuta, sobre la que se podrá construir la confianza entre ambos y desaparecer muchos miedos.
En Psicoterapia Humanista Integrativa, el terapeuta tiene que crear un espacio seguro, de confianza, donde el paciente se sienta protegido, apoyado y recibiendo todos los permisos en la relación terapéutica para que pueda ser él mismo. Cuando el terapeuta crea este espacio también se está protegiendo él mismo, y podrá superar más fácilmente todos los miedos que le vayan surgiendo.

Diferentes Miedos como terapeuta

Existen muchos miedos como terapeuta, algunos por inexpertos, otros por nuestra historia personal y otros por falta de confianza en nosotros mismos. En este trabajo voy a reflejar de forma cualitativa los miedos que he ido sintiendo antes, durante y después de hacer terapia.
El primer miedo que sentí como terapeuta fue antes del encuentro con el paciente: te haces muchas preguntas “¿cómo empezar la sesión?, ¿qué decir?, ¿cómo comportarte?, ¿qué esperará de ti tu paciente?, ¿le gustarás?, ¿se creará vínculo?”… la espera se hace interminable. Hasta que llega la hora, te sudan las manos, sientes calor en el cuerpo y te sientes perdido, sin saber qué hacer. La incertidumbre de no saber qué va a pasar genera miedo, pero supongo que con los años este miedo va desapareciendo y se convierte en nerviosismo, porque antes de conocer a un paciente, independientemente de los años que lleves en esta profesión, tienes que sentir nervios por cómo será esta relación terapéutica.
En una primera sesión con el paciente surgen muchos miedos, sigue ese miedo a no gustarle, a que confíe en ti, poder ayudarle, saber utilizar tus habilidades y recursos. Con todos mis pacientes he empezado por las 5 áreas (la familiar, personal, profesional, la de ocio y pareja) para establecer el diálogo y obtener información sobre su vida e ir poco a poco creando el vínculo, que tanto miedo me ha generado.
El siguiente paso es hacer un encuadre para proteger al paciente y a nosotros mismos, para que no haya ningún malentendido y nos aporte seguridad. Una estructura se realiza a través de un contrato terapéutico, que es un marco de referencia para cada cambio que se produzca en terapia. La honestidad y las cuatro reglas de obligado cumplimiento son imprescindibles. Estas reglas son:
1ª “No Violencia”. Consiste que, durante la terapia, no haya un daño consciente hacia ti mismo, hacia nadie, ni hacia nada. No auto agredirse, no romper nada que no haya sido preparado para ser roto, no agredir a personas de forma intencionada. Esta regla es importante para la protección del paciente.
2ª “No Sexualización”. No sexualizar mientras dure la terapia, ni mantener relaciones sexuales con nadie que conozcas dentro de la relación terapéutica.
3ª “La confidencialidad”. No contar nada de lo que pasa en el contexto terapéutico a nadie. El paciente puede compartir cómo se siente, pero no debe revelar datos de sus compañeros o de su terapeuta, ni de las técnicas que se empleen en terapia. El Terapeuta tiene que cumplir con el secreto profesional y no revelar datos de sus pacientes, a excepción de su supervisor o el equipo terapéutico.
4ª “Acabar la sesión”. Consiste en que las sesiones individuales tienen un tiempo de duración y un cierre, y el paciente se compromete a no irse antes de tiempo para cerrar el trabajo que se ha realizado durante la sesión.
Las reglas de obligado cumplimiento ayudan y protegen el establecimiento del vínculo, y permiten saber al paciente lo que sí se puede hacer, con lo que será libre y autónomo para crecer. También son muy importantes para el terapeuta, porque al protegerse y cuidarse será muy efectivo para la relación terapéutica, desapareciendo algunos miedos.
Siempre termino la sesión explicando a mis pacientes que hay cuatro sesiones de prueba para ver si ambas partes nos sentimos a gusto, se vaya generando confianza y me vea capaz de seguir con el caso. Es muy importante esta premisa porque un gran miedo que surge es “¿Podré con el caso?”. Con las sesiones de prueba te proteges como terapeuta, derivas a otro psicólogo si no tienes las herramientas suficientes para seguir con el caso, y eres honesto con el paciente y contigo mismo.
También surge el miedo a saber hacer un buen cierre para que la persona se vaya lo mejor posible aunque lo haga removida, pero una vez que estás haciéndolo todo va surgiendo, no hace falta planificar nada, porque lo más importante para mí es ofrecer a los pacientes mi autenticidad. Por eso es tan importante la cuarta regla de acabar la sesión, porque proteges al paciente.
Cuando termina la primera sesión, te haces preguntas como: “¿sí no vuelve, habrá sido por mi culpa?, ¿no habré hecho bien las cosas?”, pero en estos dos años he descubierto que ese miedo va desapareciendo cuando haces un buen encuadre y marco de referencia. Aunque si se diera el caso, lo primero que pensaría es que ha sido un fracaso mío, pero este miedo a sentir que ha sido un fracaso tengo que trabajarlo en mi proceso personal. Porque un proceso de terapia no depende solamente del terapeuta.
No es justo para el paciente que acude a una primera sesión que, porque al terapeuta le invada el miedo, se olvide de preparar la primera cita o deje de escucharlo por las interferencias de sus emociones, ya que él necesita sentir que al menos uno de los dos cree que la terapia funciona, que el terapeuta ocupa el lugar del profesional.
Puede asustarnos que el paciente sea honesto y nos diga que no cree en esto, o que tiene sus reservas. Lo importante es que le hagamos saber que somos nosotros quienes tenemos que confiar en él y que, poco a poco, conforme pasa el tiempo, el irá confiando en el trabajo terapéutico. Esta confianza será necesaria para una buena alianza terapéutica.
Existen miedos en otros momentos de la terapia, cuando el paciente está muy frágil, o muy deprimido, o con una pérdida reciente que no tenga ganas de seguir viviendo. En estos casos uno tiene que confiar en sus recursos y en los del paciente. Entregándote en cuerpo y alma, desde el corazón, prestándole toda la energía que él necesita, ofrecer el apoyo para que sienta que no está solo, precisar ayuda médica si se cree conveniente… todo esto ayudará al paciente, y aquí no son necesarias tantas teorías, sólo es necesaria nuestra presencia.
Un miedo que invade al terapeuta inexperto es: “¿Podré ayudar a mi paciente?”, pues en algunas ocasiones sí se podrá y en otras no. Por mi contratransferencia tendré áreas más débiles en las que tendré dificultades para tratar con mis pacientes, y una solución es el proceso de terapia personal, así como una buena supervisión, pero lo más importante es escuchar activamente a la persona, que el paciente sienta que te importa lo que le sucede, que sientes empatía y, sobre todo, que nunca le vas a juzgar, haga lo que haga. También hay que ser consciente como terapeuta que habrá pacientes en los que uno no esté capacitado para ayudar, y en este caso habrá que derivarlo a otro psicólogo. He aprendido a lo largo de estos dos años que los pacientes necesitan una escucha y un amor incondicional sin prejuicios.
Mi miedo a no tener suficientes herramientas por falta de conocimientos y que mi paciente no me vea válida como terapeuta me puede llevar a caer en juegos psicológicos, manipulaciones, trampas que me vayan poniendo los pacientes según su estructura de personalidad, reduciendo la efectividad de la terapia. Por ello tengo que intentar reducir mis expectativas de ayuda, de mi capacidad de curar al paciente, siendo más tolerante con los errores que pueda cometer y con resultados deficientes. Cuando ha habido momentos que no he sabido qué decir o hacer, me he dejado llevar por mi intuición, y hasta ahora me ha ido bien. La pregunta en estos casos es “¿Tienes seguridad en lo que haces?” más que dar importancia a si las técnicas que utilizo son efectivas o no.
Ser cálido, asertivo y no culpabilizador es algo que tengo que tratar de hacer con todos mis pacientes para que los temores vayan despareciendo, porque detrás de todos los miedos está el amor, y eso sí es curativo.
Otro miedo es que el paciente que viene justo en el límite se psicotice, entre en un proceso delirante y se desconecte de la realidad. Puede ser totalmente paralizante para el terapeuta, pero lo último que necesita el paciente es que nos invada nuestro miedo, por eso hay que intentar transmitirle tranquilidad y contención a sus miedos y angustias, y sobre todo que no sienta nuestro miedo a su desborde y la descompensación. Estaremos junto a él, peleando una y otra vez, intentando tratar de calmar su angustia, de acoger lo que nos traiga, de sus monstruos, de sus demonios, que seremos capaces de vencerlos, o por lo menos empequeñecerlos. Tenemos que ser conscientes que no son nuestros miedos, son los suyos y son diferentes, por eso tenemos que ser capaces de estar ahí.
He preguntado a algunos compañeros del máster sobre los miedos que han tenido cuando han hecho terapia y me ha sorprendido que casi todos hayan coincidido en sus miedos, que tenían relación con los míos. Uno de ellos era no poder ayudar al paciente, y otros no sentirse validados como terapeutas.
El miedo del terapeuta es normal, pero es solucionable, mediante supervisión, una buena preparación y, sobre todo, desde el amor. Los miedos se reducirán hasta el punto que será fácil concentrarse en lo verdaderamente importante de las sesiones, en la escucha desde todo el ser y hacer.

Temores según la Estructura de la Personalidad

En mi trayectoria profesional no he tenido muchos pacientes para decir qué es lo que me da miedo de las diferentes estructuras de personalidad, pero por mi contratransferencia puedo hacerme una idea de qué miedos me surgirían.
Todas las estructuras tienen algo en común relacionado con mi miedo, y es obtener el vínculo. Éste se va creando poco a poco a lo largo de las sesiones, y constituye un medio para que la relación terapéutica sea un espacio seguro, donde fluya el amor, y la terapia sea efectiva, y el paciente vaya camino de la autonomía. El vínculo es importante para el terapeuta, porque puede ir reduciendo los miedos que tenía sobre sus pacientes y sobre la terapia, y le da más seguridad en la relación terapéutica. Por eso es importante saber la puerta de entrada en cada estructura de personalidad, encontrando diferentes dificultades para cada una de ellas, a alguna estructura puede invadir el miedo y habrá que buscar herramientas para paliarlo, depende en gran medida de la historia personal del terapeuta y la formación que tenga.
En un paciente histérico, su puerta de entrada es el sentimiento, y mi contratransferencia es ayudarle, saldrá mi padre nutritivo, ya que éste se encontrará en niño adaptado sumiso. Mi miedo con los histéricos será no poder ayudarles, ya que pueden jugar a “Usted no puede hacer nada por mí”, y me terminaría irritando. Sería muy importante coger un buen vínculo con el histérico para que la relación terapéutica sea fuerte y consolidada.
Para el obsesivo compulsivo, su puerta de entrada es el pensamiento, para mí sería fácil a través de preguntas y de pedir información para ir creando el vínculo y responder a sus preguntas con esquemas, clasificaciones y conceptos claros. El miedo que tendría sería que todo el día me estuviera poniendo a prueba, me dijera que no lo hago suficientemente bien, y me sentiría invadida y con rabia hacia el paciente, y por tanto no sería eficaz la terapia, hasta el punto que podría tener miedo al rechazo. La puerta objetivo es el sentimiento, y hay que intentar unir el pensamiento con la emoción.
En el pasivo-agresivo tendría muchas dificultades como terapeuta, y con ello muchos miedos, porque hay que ser creativo y sorprender al paciente a través del juego o las bromas, y por mi personalidad me sería muy difícil. Serían las sesiones muy agotadoras, ya que estaría en una continua lucha interna y entrando en juegos psicológicos. El miedo que surgiría es el no poder contactar con su niño libre para ir generando confianza y de ahí conseguir entrar en la puerta objetivo, que es el sentimiento.
El Boderline se caracteriza por estar poniendo a prueba la relación terapéutica y eso puede frustrar en ocasiones al psicoterapeuta, pero mi gran miedo sería no ser consciente de que me está manipulando y que me chantajearía con que se va a suicidar, ya que es una estructura de personalidad, capaz de llegar al suicidio, por eso sería muy conveniente para la protección tanto del paciente como del psicoterapeuta hacer un contrato de no suicidio, si se diera la situación.
A un narcisista en un principio no se le puede confrontar porque lo vivirá como una amenaza, y eso puede hacer romper la alianza terapéutica. Hay que demostrarle una aceptación incondicional, haciéndole caricias positivas realistas, y por ahí se creará el vínculo terapéutico. Con un narcisista saldría ese miedo a que me manipulará o sentiría un gran miedo a que me invadiera. En esta estructura entraría mi contratransferencia, según mi experiencia personal no me gusta que me mientan, y es algo que no sé a día de hoy manejar sin que me entre mucho enfado y rabia. Con un narcisista que es experto en mentir, habría mucha rabia y enfado con el paciente si fuera consciente que me está mintiendo, y mi miedo sería no saber manejar esa situación. En este caso, sería muy importante mi proceso personal y la supervisión. También me irritaría ese “Sé perfecto”.
Con la estructura paranoide tendría un gran miedo a no saber si puedo seguir con el caso y tener que derivarlo a un psiquiatra, y también miedo a que me pudiera hacer algo, por la rabia que pueden transmitir sus palabras y comportamientos. Empezaría buscando información a través de preguntas, reconociendo sus valores y respetándoselos. Intentaría evitar la interpretación, aunque me resultaría difícil.
En el esquizoide mi objetivo es la contención ante la angustia de desmembramiento, necesita estructura. La puerta de entrada es la confrontación de sus comportamientos, y de ahí dirigirlos a los pensamientos. A través de la confrontación se puede ir creando el vínculo terapéutico, por tanto hay que ser directivos, aquí estaría mi miedo, a no saber ser directivo en sesión ya que, a día de hoy, no lo he sido con mis pacientes. En mí despertaría un salvador o, si veo mucha pasividad, sería perseguidora y tendría miedo a entrar en algún rol dentro del triángulo dramático.

Relación de mi experiencia como terapeuta y mi experiencia como madre

En este apartado voy a explicar los miedos que me han ido surgiendo en mi experiencia como madre, que muchos de ellos han coincidido con miedos en mis comienzos como psicoterapeuta. Existen dos factores muy importantes en ambas relaciones, que hacen posible que los miedos vayan desapareciendo y son: a) El vínculo y b) La confianza.
El vínculo, según la Real Academia de la lengua, es la “Unión o atadura de una persona o cosa con otra”. Para mí significa la unión afectiva con mi hijo, que empezó en el momento que supe que estaba embarazada. Pero el vínculo con Lucas es igual que en la relación terapéutica, se va creando poco a poco y se necesita tiempo para ir obteniendo la confianza entre ambos.
Antes de que naciera Lucas sólo pensaba en cómo sería nuestro primer encuentro y todo lo que ello conllevaba. Tuve sentimientos confrontados, por una parte me invadía una felicidad intensa de abrazar a mi hijo y sentir su piel, pero por otra tenía miedo de cogerle y hacerle daño, de que llorará nada más verme y no saber calmarle, era tan pequeño y tan frágil… Pero todos esos miedos desaparecieron cuando vi a Lucas tranquilo, y sentí que él también tenía ganas de estar conmigo y me necesitaba tanto como yo a él. Es un recuerdo que nunca olvidaré. El encuentro con mi primera paciente tampoco lo olvidaré porque estaba mucho más nerviosa que ella seguro, me sudaban las manos, sentía mucho calor en el cuerpo y me duró toda la hora, aunque con menor intensidad que al principio.
Cuando nació Lucas sentí miedo a no ser “Buena Madre”, no ser lo suficiente para él, es uno de los momentos en los que me invadió un gran miedo, pero con los días fui descubriendo que se es buena madre dando mucho amor y cariño a tu hijo. A Lucas le he dado mucho amor, a parte de sus cuidados básicos (alimentarle, vestirle, bañarle, limpiarle…), y para él sé que está siendo suficiente, porque siento que es un niño feliz, tranquilo, seguro de estar en este mundo. Al igual que en la relación terapéutica, a un hijo cuando nace no se le quiere lo suficiente, ya que también es necesario coger el vínculo, y eso se consigue con el tiempo: te vas dado cuenta que ambos estamos cada vez más a gusto, que confiamos más el uno en el otro, y que vas haciendo cada día un mejor equipo.
La confianza es el otro aspecto tan importante en la relación con un hijo, y básica en una relación terapéutica, sigue la siguiente secuencia:
1. La madre confía en sí misma: En sus capacidades, sus conocimientos, sus recursos, y va obteniendo más herramientas que hacen que la relación madre-hijo sea cada vez más segura.
2. El terapeuta confía en sí mismo: En la relación terapéutica puede ayudar mucho hacer terapia personal, ya que puede servir para un mayor crecimiento personal, y va generando más confianza en nosotros mismos, viéndonos más capacitados y consiguiendo una mejor conexión con el paciente al transmitirle que estamos seguros de lo que hacemos.
Éste es el punto donde surgen más miedos como madre y como terapeuta, porque al principio existe esa falta de confianza en uno mismo y la invasión por un miedo muy profundo, el rechazo. Pero cuando vas confiando más en tus capacidades y habilidades, ese miedo al rechazo va empequeñeciendo y es importante la terapia personal para ir superándolo.
Un error que he cometido en mi terapia, y ha sido fruto del miedo, es que he querido resultados pronto, cuando a día de hoy he aprendido que un resultado no es tan importante, y me pregunto “¿Para qué quiero un resultado?”. Y mi respuesta es: “para ver que soy un buen terapeuta y que el paciente ha conseguido su objetivo, y se han cumplido sus expectativas sobre la terapia y ha sido con mi ayuda”. Pero estaba equivocada, porque lo importante no es ser un buen terapeuta, sino que mi paciente perciba todo mi amor y mi entrega en este proceso terapéutico. Aquí aparece también el miedo a ser rechazado por no haber cumplido sus expectativas y las mías. El reducir mis expectativas conlleva ser más tolerante con mis errores y con resultados deficientes y cuestionables que puedo supervisar.
Este miedo tan profundo también lo he sentido con mi hijo, he tenido miedo a que me rechazara, a que no estuviera a gusto conmigo, pero me he permitido cometer errores y reducir la expectativa que tenía como madre, que era ser perfecta. No soy la madre perfecta, ni la mejor madre, pero soy una madre que ama a su hijo por encima de todo, y es un amor incondicional que nunca antes había sentido.
3. La madre confía en el bebé. Una madre tiene que confiar que su bebé la va a llamar a ella o a un cuidador cada vez que necesite algo. Lo hará a través del llanto y, a medida que se hace más mayor, gritando o balbuceando. Una madre tiene que estar presente para cuidar, proteger, alimentar y dar cariño al bebé y confiar en él.
4. El terapeuta confía en el paciente. Podemos hacer de Salvadores con algunos de nuestros pacientes y puede ser por nuestra contratransferencia, porque hay algo de ellos que conecta con nuestro sufrimiento y nos metemos en víctima, como yo me siento mal y para salir de víctima voy a perseguir a mi paciente. Pero no es lo más adecuado para que la relación terapéutica sea más efectiva, tenemos que intentar hablar y escuchar al paciente desde nuestro adulto, confiando en que él tiene los suficientes recursos para poder salir de esa situación estresante que le ha llevado a terapia. Nosotros tenemos que limitarnos a estar presentes, darles todo nuestro apoyo y confiar que son capaces.
5. El bebé confía en su mamá. En esta relación se va creando el lazo emocional del bebé hacia los padres, es lo que llamamos apego, y le proporcionará una seguridad emocional para el desarrollo de sus habilidades en un futuro. Cuando el bebé va adquiriendo la seguridad, el confort, va confiando en su madre porque ésta ha estado siempre que la ha necesitado, y aunque haya habido una separación, el bebé se siente seguro, es lo que denominamos el apego seguro, en el que el bebé confía en el cuidador, en este caso en mamá.
6. El paciente confía en el terapeuta. Hay que validarlo, estar ahí siempre pase lo que pase, las características de un terapeuta son ser honesto, auténtico, empático, y siendo así nuestros pacientes confiarán en nosotros. Les llevará su tiempo coger el vínculo, pero potenciando su poder, dándoles apoyo y haciéndoles sentir que con nosotros pueden compartir tanto sus éxitos como fracasos, llegarán a confiar en nosotros.
7. El bebé confía en sí mismo. Este proceso se dará con el tiempo, y en un bebé tardará muchos años, pero se tienen que dar las tres anteriores para que el niño confíe en él mismo sin problemas.
8. El paciente confía en sí mismo. Cuando a tu paciente le demuestras que confías en él de manera incondicional, empieza a confiar en la terapia y en su terapeuta, conseguirá poder confiar en sí mismo, pero se tienen que dar las condiciones anteriores.
El vínculo y la confianza generada en estos meses me han hecho ser una mujer más segura en todas las áreas de mi vida, superando los miedos que tenía por ser madre y los que fueron surgiendo cuando nació Lucas. Considero que ambos aspectos son fundamentales también en la relación terapéutica para sentirnos los terapeutas más seguros y que nuestros pacientes estén en un espacio más seguro.
Por último, decir que como madre he experimentado ese amor incondicional hacia un hijo, sin prejuicios, sin juzgarle, queriéndole tal y como es él, al compararlo con la relación terapéutica, considero que nuestros pacientes también necesitan sentir ese amor incondicional para que la terapia sea más efectiva.

CONCLUSIONES

A la conclusión que he llegado en este trabajo es que el miedo es normal, cuando no se convierte en algo patológico. ¿Quién no ha tenido miedo con su primer paciente?, ¿a que no volvieran a terapia?, ¿a qué le rechazarán como psicoterapeuta?, ¿a qué se enfadarán?… Pero el miedo va desapareciendo con el paso de los años, desde la experiencia como terapeuta, creyendo en la terapia, en lo que hacemos, en el paciente y en su cura, en tu propia terapia personal, mediante la supervisión, con una buena preparación y siguiendo tu formación, pero sobre todo y lo más importante desde el amor que ofreces al que viene, tu contacto hacia él, en ese ubicarte desde el corazón hacia sus miedos y dudas. Todos estos recursos me están ayudando cada día a tener menos miedo, y verifico que es posible porque lo verdaderamente esencial en la psicoterapia es la escucha desde todo nuestro ser y hacer.
A lo largo de estos dos años he cometido errores y algunos se los he hecho ver a mis pacientes, y a la conclusión que llego es que saben perdonar los errores de su terapeuta, pero lo que no perdonarán será la mentira, la falta de honestidad y hacer cosas cuando no creemos en ellas. Por eso es muy importante creer en la Psicoterapia Humanista Integrativa y todo lo que ello conlleva, como las técnicas que empleamos de diferentes corrientes dentro de la psicología: a) la Gestalt, b) Análisis Transaccional, c) El duelo, d) Psicoanálisis, e) Los cinco niveles de intervención, f) Técnicas emocionales. El saber estar presente siempre con tu paciente, saber acompañar y el buen trato son básicos también en la relación terapéutica.
Es imprescindible una buena supervisión para que los miedos que van surgiendo como terapeuta se vayan paliando, es importante sobre todo en aquellos casos que se nos bloqueen y no sepamos cómo seguir. Un supervisor da apoyo, te sugiere cómo puedes mejorar tus habilidades terapéuticas, tiene cierta sensibilidad y entiende muy bien los miedos del terapeuta inexperto, respeta tu estilo terapéutico, y tiene una buena disposición a ayudar a confrontar tus defectos. Es de una gran ayuda, y he aprendido que una supervisión es muy importante siempre a lo largo de la trayectoria profesional.
Tan importante o más es el proceso personal del terapeuta, porque cuantos más miedos, problemas, traumas tenga resueltos, mejor podrá involucrarse con su paciente de una manera respetable, sin prejuicios, con un amor incondicional.
Por último, algo que tengo muy presente y me hace superar casi todos mis miedos es el quitarme responsabilidad como terapeuta, es decir, no creerme tan importante y tan imprescindible para mi paciente, porque todo proceso tiene un principio y un final, y nosotros seremos para nuestro paciente una persona más que le ha ayudado a curar sus heridas, que le ha acompañado, que le ha dado permisos en una etapa en su vida. El proceso es del paciente y su cambio hacia la autonomía lo ha conseguido él con sus decisiones, sus frustraciones, sus alegrías, sus cambios, él es el protagonista de la relación terapéutica y nosotros tenemos la suerte de acompañar, y presenciar ese cambio.
Quería terminar este trabajo con una frase que aprendí en este Máster por nuestro amigable y maestro Pepe, es una frase que me ha ayudado a superar mis miedos y a la que digo siempre a mis pacientes. A mí, como persona y como psicoterapeuta me ha servido mucho. Gracias Pepe.
“HAZ CON MIEDO LO QUE ANTES NO TE ATREVÍAS A HACER POR MIEDO”.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Chías, M. y Zurita J. (2009). Emocionarte con los niños. El Arte de acompañar a los niños en su emoción. Bilbao: Descleé De Brouwer.
Cornejo, L. (Ed.). (2010). Cartas a Pedro. Guía para un psicoterapeuta que empieza. Bilbao: Descleé De Brouwer.
Pipes, R.B. y Davenport, D.S. (2004). Introducción a la Psicoterapia. El saber clínico compartido. Bilbao: Descleé De Brouwer.
Zurita, J. y Chías, M. (2009). El Duelo Terapéutico. Madrid: Ediciones Galene.
Instituto Galene. Apuntes del Máster en Psicoterapia Humanista Integrativa/ Counselling 2012/14.
Blog Asharm Arunachala: Un cuento sobre el miedo

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2 Respuestas

  1. Ana dice:

    Hola Verónica.
    Me ha gustado mucho el artículo. Me ha gustado saber cómo funciona este tipo de relación porque aunque uno sabe qué no es, el caso es que no se sabe qué es y qué se puede esperar de ella, al menos yo.
    Llevo en terapia 2 años. He visto cosas positivas en mi psicólogo; he notado un pequeño cambio en mí pero siento que tengo que cambiar tanto que me asusta; también he tenido momentos en los que me he sentido acogida por él.
    Ahora siento que yo le desbordo y he empezado a pensar que quizá no pueda ayudarme y sin embargo no me deriva a otro psicólogo. He intentado hablar de esto con él; necesito confiar en él y sin embargo siento que me está mintiendo. Qué haces cuando a pesar de que una persona te dice que no pasa nada tú sientes que sí pasa? Ahora, cada vez que lo miro no sé si su sonrisa es auténtica.
    Me gustaría saber tu punto de vista. Muchas gracias.

    Un cordial saludo.

  2. Verónica dice:

    Hola Ana,
    Muchas gracias por tu comentario.
    Es importante el vínculo entre terapeuta- paciente, por lo que podría ser bueno para ti que hables de este tema con tu terapeuta y no se pierda esa confianza que habéis construido en dos años.
    Si aún así, no te sientes a gusto, dejate llevar por tu intuición, escucha a tu corazón, para que un trabajo avance es muy importante la confianza, la sinceridad, el no juicio y el respeto.

    Un saludo.
    Verónica.

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