Los otros también existen

01/06/2016

jose zurita

José Zurita

No estás solo en este mundo. Es más, necesitas a los otros y sus referencias para vivir tu vida. El intercambio. El reconocimiento de las personas que te rodean, sus caricias. Las relaciones que estableces con cualquiera que no seas tu, te enriquecen. Le dan sentido a tu vida.

Escucha a los demás. Si prestas atención al otro, tu vida mejorará, sin duda. Te hablo de una escucha activa, dedicada, consciente, abierta. Con la concentración suficiente para que lo que te llegue adquiera importancia dentro de ti. Los psicoterapeutas aprendemos a realizar una escucha activa, para poder realizar nuestro trabajo. Sé que no es fácil. Aún así te sugiero que hagas un esfuerzo en aumentar tu receptividad hacia el otro.

Si marcamos el acento en la escucha, no hablamos de oír sino de escuchar. De prestar atención al otro. A lo que comunica, a lo que es. Sus emociones serán importantes. No habrá juicios, ni calificación. Esa escucha debería ir unida de empatía. Que exista un lazo emocional que una a los dos polos de la relación.

En los primeros años de vida nos educan para relacionarnos con las otras personas. Dependiendo de cómo sean las relaciones en nuestro entorno familiar, escolar y social, es decir de nuestros modelos de aprendizaje, así iremos incorporando las habilidades para escuchar, tener en cuenta a los demás, respetarlos, comunicarnos con ellos, y todo lo necesario para establecer relaciones con los otros.

Según sea la escuela, así serán los resultados. Si tus modelos te muestran el camino del respeto a los demás, respetarás. Si tu modelo es alguien que solo piensa en sí mismo, sin importarle quien está cerca, el resultado claramente será que incorporarás esa forma de relación no respetuosa. Si miras a tu alrededor encontrarán innumerables ejemplos de esto que te digo.

De pequeños nos enseñan las reglas de convivencia y educación y muchas veces esas normas confunden al niño que las recibe. Sirva como ejemplo “la lucha contra el egoísmo”. Ante el peligro de que caiga en semejante pecado, los padres ponen mucha energía en que sus hijos aprendan que no deben ser egoístas. Para esto les inculcan que los demás van primero (cuando decía por ejemplo: “queremos ir yo y mi amigo…” a mi me decían de pequeño “el burro delante para que no se espante”), que está mal autovalorarse, que si piensas en ti, algo va mal. Un error que lleva  a incorporar que “las necesidades de los demás son antes que las mías” (que desde el Análisis transaccional será un “impasse de 2º grado”), una patología muy frecuente que lleva a descontarte ante los demás y ante ti mismo. A veces hasta límites insospechados.

Para mi egoísmo no tiene nada que ver con pensar antes en ti, sino en no pensar en los demás. En pisotear al otro para conseguir lo tuyo. En la desconexión afectiva con los demás. A veces por un error de concepto en la enseñanza, no aprendemos correctamente algo que es necesario para vivir sanamente nuestra vida y actuamos desde la defensa interna, en el  caso del egoísmo, separándonos de los otros.

Acércate más a las personas que conviven contigo y a las que se crucen en tu camino. Aprenderás de los demás y de ti mismo. Esa experiencia de contacto te enriquecerá. Te estimulará. Activará tu mundo emocional. Abrirá canales en ti que antes no existían. Piensa en lo que cambia una experiencia cualquiera que hayas vivido, un viaje por ejemplo, según con quien vayas o con quien te relaciones. Estarás de acuerdo conmigo en que el contacto humano en esa experiencia es fundamental.

Aprende a descubrir lo que hay de mágico en los demás. Cuando conectas con alguien, al principio la relación es superficial y está plagada de proyecciones que hacemos cada uno en el otro. Según profundizas y ves más de la persona que tienes delante, podrás descubrir su núcleo sano, su Yo Esencial. Una parte pura de cada persona que habitualmente se encuentra protegida de los demás e incluso de uno mismo, por miedo a ser dañada. Cuando la relación es de confianza y esa parte se muestra, descubrirás la magia que hay en cada persona, en cada relación.

Deja que el otro sea él mismo. Respétale. Tu piensas de una manera, pero no es la única. Escucha a quien tienes enfrente y deja que su razonamiento te llegue. Es muy posible que lo que estás escuchando te ofrezca algo nuevo que te dé más matices. A lo mejor cambias de parecer, y eso ¿es malo?. A veces nos da miedo pues nuestros pensamientos nos dan seguridad y si algo amenaza con cambiarlos, hace que se tambaleen algunos pilares de sujeción. No te preocupes por eso. Rectificar es de sabios. Cualquier aprendizaje nuevo trae consigo mayor riqueza y mayores posibilidades de crecimiento.

Si todo esto es tan bueno, ¿por qué no lo hacemos? O ¿por qué no lo practicamos tanto como sería lógico? La respuesta está en el MIEDO. Como casi siempre. Nos defendemos de nuestros miedos internos casi continuamente. De los peligros reales está muy bien que nos defendamos, pero la mayor parte de las veces nos estamos defendiendo de peligros inexistentes, de fantasmas irreales. A veces son miedos transmitidos transgeneracionalmente para protegerse de peligros que existieron en un pasado remoto. A veces ni siquiera existió peligro alguno. El caso es que a día de hoy muchos miedos que habitan en cada uno, protegen de algo que no existe.

Hoy, en tu vida real, ¿qué peligro hay en que te relaciones con los otros?, ¿qué hace que te retraigas y no te relaciones con ellos o que lo hagas superficialmente? Ante las respuestas que te surjan de estas preguntas, piensa si merece la pena perder tantas oportunidades de sentir, de tener experiencias, de enriquecerte con la relación con los otros. Verás que los beneficios que puedes obtener son tan grandes que compensan cualquier sustito que puedan darte tus fantasmas internos.

José Zurita

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