La lealtad familiar en función de las necesidades parentales no satisfechas

03/09/2018

Resumen

La lealtad familiar es un aspecto del ser humano importante a tener en cuenta en el ejercicio terapéutico a la hora de que nuestro paciente se deje sentir emociones, se permita necesidades o pueda llevar acabo decisiones. Este sentimiento de lealtad cobra sentido en nosotros a muchos niveles: biológico, social, cultural, adaptativa, emocional y vincular. Sin embargo, el modo en el que pueda expresarse es completamente personal y varía de una persona a otra. Cada familia posee su propio código, sus propias heridas que pasan de generación en generación y que influyen en el tipo de lealtad que los hijos pueden desarrollar, y que por tanto, podría estar relacionada con las necesidades no satisfechas que tengan los padres. De este modo, es importante que el terapeuta indague sobre los roles y el funcionamiento familiar, el tipo de lealtad que se ha desarrollado y que pueda estar limitando la vida de nuestro paciente.

LA LEALTAD FAMILIAR EN FUNCIÓN DE LAS NECESIDADES PARENTALES NO SATISFECHA

El concepto de lealtad familiar no nos es ajeno en el ejercicio terapéutico, es muy importante cuidar y tener en cuenta que la mayoría de las personas sentimos, de un modo directo o indirecto, que hay cosas que podemos y no podemos hacer, sentir o pensar. Quizás en otros sí podamos aceptarlo, en ellos lo podemos ver hasta normal, pero no en nosotros porque, ya sea a nivel consciente o inconsciente, sentimos que estaríamos traicionando a nuestras figuras de referencia, a quienes les debemos nuestra vida de algún modo, por lo que generalmente sentimos esta lealtad hacia nuestros padres, abuelos, hermanos… Familia. Sin embargo, estas figuras de referencia no tienen por qué ser familiares de sangre, pero sí figuras a las que sentimos que les debemos parte de lo que somos y, por ende, lealtad de algún tipo.

Este sentimiento de lealtad cobra sentido en nosotros a muchos niveles, ya en nuestro desarrollo biológico llevamos implícito la necesidad de la pertenencia al grupo para poder sobrevivir, por un lado porque no podemos ser independientes durante muchos de nuestros primeros años de vida y, literalmente, si no nos quieren o no nos aceptan no podríamos sobrevivir. Por otro lado, más allá de la supervivencia física durante los años en los que más dependientes somos, nos desarrollamos como seres sociales, nuestra evolución como especie ha ido ligada al hecho de que como grupo somos más fuertes, tenemos más posibilidades de supervivencia y adaptación, pensamos mejor cuando podemos nutrirnos y estimularnos con las ideas de otros y, hemos comprobado por tanto que, como grupo, nuestra probabilidad de supervivencia es mucho mayor que si estamos solos. Con esto vemos que biológicamente tanto por nuestro desarrollo evolutivo como por especie, tenemos ya una gran predisposición a necesitar sentir que pertenecemos al grupo y, si eso peligra, es fácil que conectemos con un miedo profundo directamente relacionado con: si no, mi vida peligra.

En este sentido de supervivencia, desde que nacemos necesitamos más que la simple satisfacción de las necesidades fisiológicas, como dijo Claude Steiner, necesitamos del vínculo, caricias, atención, necesitamos sentir amor, que somos importantes para el otro porque, si eso no es así, si no importo ¿por qué iba a cuidarme?, y una vez más conectaríamos con el miedo arcaico y la conclusión de que entonces, me muero. Esta necesidad de amor y caricias es tan grande e importante que incluso puede estar por encima de las fisiológicas.

Socialmente también encontramos aspectos que influyen en la importancia de la lealtad familiar, como por ejemplo lo es la religión. La religión ha sido una gran vía de conocimiento y educación a lo largo de la historia, son siglos y siglos de enseñanzas y aprendizaje social donde una de las características que podemos ver en común entre ellas es la importancia del respeto y la honra hacia los padres, abuelos, antepasados… y todo acto acaecido que pudiera ser contrario al honor de la familia, era considerado como un grave e imperdonable pecado. Hoy día en la cultura occidental donde la religión predominante es la cristiana, tenemos el ejemplo del mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre” como ejemplo de la importancia del honor familiar que también nos llega desde la religión.

Con esto vemos una pincelada de la gran herencia biológica, social, adaptativa y de supervivencia, emocional y vincular que tiene la lealtad en todos nosotros. Sin embargo, el aspecto y el modo en el que podemos sentir esta lealtad y el ámbito de nuestra vida en el que nos afecta pueden ser de muchos tipos, cada persona ha integrado ese concepto de lealtad y el cómo respetarla de un modo intrínsecamente único, que no es fácil reconocer a primera vista dado que no son decisiones que tomemos generalmente en un nivel consciente. Esto hace que sea fundamental en el terapeuta el respeto y la cautela en las intervenciones que pueda hacer en sesión, puesto que, si no reconocemos y cuidamos esa lealtad interna de nuestros pacientes, nuestra intervención puede ser vivida como irrespetuosa, como si no valoráramos lo que para ellos es importante, como si no valoráramos su origen y parte de su ser, o incluso podrían vivirlo como si quisiéramos ponerles en contra de dichas personas, generalmente su familia, a quienes por supuesto, aman.

Cada familia carga con una serie de heridas, carencias y problemas que son fáciles de transmitir y perpetuar de generación en generación si no se hacen conscientes y la persona lo trabaja, lo que llamaríamos pasar “la patata caliente” de padres a hijos, ya sea porque lo transmiten de un modo directo a los hijos como parte de la educación que les brindan o porque se transmita y se perciba de modos más indirectos y sutiles.

Pero independientemente de cómo se transmita, la lealtad que cada persona tiene hacia su familia es diferente y, en mi experiencia tiende a estar vinculada con el tipo de carencias, heridas y necesidades no satisfechas que tengan los padres.

Por ejemplo, una madre que por posibles diversas causas (sentir que cuenta y es importante, que no está sola, rellenar vacío relacional o de realización, etc.) educa a sus hijos de un modo en el cual ellos se sienten obligados a cubrir sus necesidades incluso aunque no sea algo acorde con sus roles de hijos y les duela, pero internamente, sienten que es mejor hacerlo que “traicionar” a mamá o a papá. Porque ¿qué pasaría si los traiciono? Ahí posiblemente se despertaría:

  • Por un lado, culpa con la que preferimos no lidiar, por sentir que era nuestra responsabilidad (que es lo que hemos interiorizado).
  • Y miedo, miedo a perderlos, tanto por un posible rechazo por dicha traición, como miedo a perderlos porque les pueda pasar algo malo “por nuestra culpa” e incluso porque sintamos que puedan “morir” por no haber cubierto dichas necesidades como y cuando las pedían. Y aquí sale de nuevo ese miedo arcaico y existencial.

De este modo, la lealtad hacia lo que debemos hacer por la familia puede ir desde el que la persona se sienta obligada a posicionarse con uno de los dos progenitores, a tener que ser un mediador entre los problemas que surjan en la familia, o ser el confidente que siempre debe estar, consolar y calmar (intercambiando roles por tanto), a tener que ser un tipo específico de persona porque es lo que “significa” pertenecer a esa familia y es lo que valoran, ya sea manteniendo sus valores, pensamientos, cierto tipo de actos o comportamientos, tipo de trabajo, etc. Pero también existen modos más sutiles de lealtad, como por ejemplo sería el percibir que no puede tener éxito porque eso significaría traicionar a su familia, o incluso el disfrutar y el ser feliz si esa es una prohibición interna y ulterior de la familia. Salir de eso y permitirse disfrutar, ser feliz y tener éxito también podrían vivirse internamente como traiciones familiares y, por tanto, como algo prohibido para uno. Lo mismo ocurriría, por ejemplo, con el hijo que siente que no puede establecer su propia vida con una mujer porque internamente sentiría que está traicionando y dañando a su madre.

Con esto, quiero hacer un acercamiento a la hipótesis de que más allá de la lealtad general hacia la familia (traducida en no hacer nada que les perjudique o que se salga de la identidad familiar), la expresión y la forma de la lealtad estará ligada a lo que en esa familia significaría ir en contra de ellos, lo que en esa familia significa la identidad y la traición y, que dicha percepción estará ligada a las carencias y heridas que los padres intenten suplir y poner en los hijos. Así, habrá personas cuya lealtad estará ligada al trabajo, a no poder disfrutar y sólo esforzarse, otros la tendrán ligada a tener que mostrar éxito y otros a nunca tenerlo. Habrá personas que sentirán que no pueden mostrar que son felices o ni siquiera se lo permitirán, otros se sentirán obligados a tener que ser salvadores, otros a no poder continuar con sus vidas de forma separada al núcleo familiar, etc.

Por tanto, la lealtad familiar no sólo es diferente en cada familia, si no que dentro de la misma los hermanos pueden tener tipos de lealtades distintas en función del tipo de necesidad que cubran dentro del núcleo familiar.

Es de vital importancia que el terapeuta indague con respeto y cuidado en el conocimiento de cómo funciona cada familia, de lo que es importante en ellas, de los roles que lleva a cabo cada integrante, qué aporta cada uno y si hay algún tipo de lealtad a ellos que esté impidiendo a nuestro paciente avanzar en algún aspecto de su vida y su persona, porque si no se hace consciente y se reconoce, es muy difícil que deje de marcar su camino.

Sara Poyatos Joyanes

Psicóloga y Psicoterapeuta Humanista

Artículo original de la edición especial en papel de Bonding Aniversario de 15 años.

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