La intuición es la sabiduría del organismo

01/08/2015

jose zurita

José Zurita

Estoy convencido de que nuestro ser capta todo lo que vive a través de todos los sentidos, de receptores, sensores y demás mecanismos conocidos hasta ahora y los que habrá todavía por descubrir. Todos estos registros quedan archivados y nuestro organismo los conoce, aunque nosotros conscientemente no los tengamos en cuenta.

No sabemos dónde están las teclas de acceso, no podemos “recordar”, puesto que no fuimos conscientes nada más que de una ínfima parte y de esta porción la mayoría caerá en el olvido.

La civilización occidental de la que formamos parte en la actualidad da un paso en su evolución con Descartes, que escribe su “Discurso del método” en 1637 y su famosa frase: “Cogito ergo sum” (“pienso, luego existo”), que redujo a lo cognitivo la esencia de lo humano. Somos mucho más que pensamientos y conducta. Por supuesto que nadie en su sano juicio puede negar la existencia de las emociones, pero se tienen muy poco en cuenta a la hora de acompañar terapéuticamente a una persona, más o menos como si no existieran o no formaran parte esencial de nuestro yo.

Tras la salida del exitoso libro de Daniel Goleman “La Inteligencia emocional”, el mundo científico ha aceptado el término y ya se valora a las personas por poseer esa capacidad de inteligencia emocional, tanto en el trabajo como en las relaciones sociales. Aún así, las emociones y lo que protagonizan en cada uno de nosotros sigue en un segundo o tercer plano. Fuera de foco.

Ya hay estudios científicos serios que demuestran la existencia del “cerebro intestinal” o “cerebro entérico”, es decir, la red neuronal alojada en el aparato digestivo que nos permite “decidir con las tripas”. Algunas personas con una mayor sensibilidad y autoconfianza pueden acertar en sus decisiones porque se fían de lo que le dicen “sus tripas”. Leyendo a la Dra. Irina Matveikova sobre su libro “La Inteligencia Digestiva”, dice: “En 1999, el profesor Michael Gershon de la Universidad de Columbia, de Nueva York, publicó un ensayo tras haber estudiado durante 30 años el sistema nervioso entérico. Descubrió que tenemos cien millones de neuronas entre dos capas musculares del tubo digestivo que son totalmente idénticas a las del sistema nervioso central (el cerebro superior). Estas neuronas tienen el mismo lenguaje neuronal que las del cerebro y producen los mismos neurotransmisores (sustancias químicas destinadas a producir algún efecto). Lo más interesante de esto ha sido descubrir que el 90% de la serotonina (la famosa hormona de la felicidad y el bienestar) se produce y se almacena en el sistema nervioso entérico, o cerebro digestivo. También tenemos ahí sustancias parecidas a las benzodiacepinas, lo que quiere decir que tenemos poder ansiolítico (tranquilizante) en la tripa. Este segundo cerebro tiene un vínculo profundo con nuestras emociones y nuestro bienestar.”

Comienzan a aparecer también estudios neurocientíficos que demuestran la importancia que tiene la red neuronal del corazón. Como dice Annie Marquieren en su magnífico libro “El Maestro del Corazón”, citando diversos estudios, el corazón es el único órgano del cuerpo que envía vías nerviosas aferentes al cerebro. El corazón, por tanto, sería el órgano que puede dar ordenes al cerebro. Si tenemos en cuenta estos descubrimientos, empezarían a tener sentido tantos siglos en los que se hablado de lo que sabe o dice el corazón.

Leyendo a Bruce Lipton en sus memorables libros “La biología de la creencia” y “La biología de la transformación”, comenzamos a comprender que la célula no es realmente como la habíamos estudiado. Dice Lipton que “el cerebro” de la célula es la membrana y no el núcleo, como se creía hasta ahora. El núcleo celular sería entonces “el disco duro” trasmitiendo la carga genética y el aprendizaje. Habla también de la sabiduría celular. Cada célula aprende de su experiencia y desarrolla un conocimiento que transmite a sus descendientes. Se organizan y especializan entre ellas para facilitar el funcionamiento del ser pluricelular que somos.

En esa persona formada por miles de millones de células, según dice Lipton, la piel tendría un papel primordial en el funcionamiento relacional con el medio, tal y como lo tiene la membrana en la célula. Sabemos muchas cosas “por la piel”, el contacto nos proporciona un conocimiento difícil de expresar en palabras. Desde que nacemos recibimos el amor de mamá a través de la sensopercepción. Con el contacto la madre establece el apego necesario para el sano desarrollo del bebé. La piel juega un papel fundamental en ese intercambio emocional durante los dos primeros años de vida, y estoy convencido de que también durante el resto de nuestra vida. La sociedad occidental, sin embargo, nos ha “educado” para no tocar ni ser tocados, reduciendo el contacto físico al mínimo imprescindible.

Cuando conversamos sobre relaciones de pareja, ligues y compatibilidades entre personas escuchamos los términos de “hay o no hay química”, “tiene buenas o malas vibraciones” y otros conceptos similares que nos parecen normales. Sabemos a qué se refieren pero que no son tomados en cuenta cuando hablamos de lo que sabemos.

Estamos acostumbrados a hablar de sabiduría como si fuera territorio exclusivo del pensamiento consciente, y aquí he querido mostrar el amplio abanico de conocimientos de distintas procedencias con los que contamos. Sabemos que esas vías de conocimiento son reales y aceptables, pero la sociedad en la que vivimos nos lleva a desconfiar de ellas.

Hace tiempo encontré una frase de Albert Einstein que describe algo de lo que quiero transmitir: “Mis descubrimientos nunca han sido el resultado de un razonamiento racional”, con lo que alude a diferentes vías de razonamiento no racional.

¿Por qué sabiendo que nuestra recepción de datos y la elaboración de los mismos viene de diferentes estructuras, la ciencia sólo tiene en cuenta al cerebro y lo racional? ¿Qué interés puede tener la ciencia en ocultar, descalificar o excluir estructuras tan importantes para el “ser “ humano?

Nos queda mucho camino por recorrer….

“El organismo lo sabe todo. Nosotros sabemos muy poco.

La intuición es la inteligencia del organismo”. (Fritz Perls)

José Zurita

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