La felicidad es una vara muy alta

01/11/2016

Este mes os traemos una ponencia de TED.com (si todavía no conoces este lugar con mágnificas conferencias, te invito a pasearte por su página y te aseguro que descubrirás tremendas joyas). Aunque está dirigida a padres, el mensaje que nos deja puede aplicarse a cualquier persona que tenga expectativas muy altas relacionadas con la felicidad.

En la sociedad en la que vivimos existe toda una sección de librería para padres, que venden cientos de recetas para educar y criar a los hijos… tantas que puede resultar abrumador.

Jennifer Senior, escritora para el New York Magazine y autora del libro “All  Joy No Fun: The paradox of modern parenthood” (Traducido sería algo como: Mucha alegria y poca diversión, la paradoja de la vida con hijos), nos trae esta charla para intentar poner un poco de orden en medio de esa vorágine de letras.

Quizás no todos estemos de acuerdo en qué es lo mejor para los niños: si ver o no la tele, si dejarlo llorar o atender siempre a sus llantos, dejarlos dormir o no con los padres… una cosa es segura, todos queremos que nuestros hijos sean felices.

Aquí os dejo la transcripción de la última parte de la ponencia. Espero que os ayude, tanto si sois padres como no, a dejar atrás las altas expectativas.

(Spoilers)

En esta época de confusión intensa, hay solo una meta con la cual todos los padres concuerdan, y es que así se sea mamá tigre o hippie, helicóptero o drone, la felicidad de nuestros hijos es primordial. Eso es lo que significa educar a los hijos en una época en la que no tienen valor económico, pero son emocionalmente invaluables. Todos somos custodios de su autoestima. El único mantra que ningún padre cuestiona es: “Todo lo que quiero es que mis hijos sean felices”. Y no me entiendan mal: creo que la felicidad es una maravillosa meta para cualquier niño. Pero es una meta demasiado escurridiza. La felicidad y la autoconfianza, enseñarle eso a los niños no es como enseñarles a arar un campo. No es como enseñarles a andar en bici. No hay un currículo para eso. La felicidad y la autoconfianza pueden ser productos derivados de otras cosas, pero no pueden ser metas en sí mismas. Es muy injusto cargar sobre los hombros de los padres la felicidad de sus hijos. Y es todavía más injusto cargar la felicidad sobre los hombros de los niños.

“… Ese es mi hijo el día que nació. Yo volaba como cometa por la morfina. Me habían hecho una cesárea inesperada. Pero incluso en mi nube de opio, me las arreglé para tener una idea clara la primera vez que lo alcé. Se lo susurré al oído. Le dije: “Intentaré por todos los medios no herirte”. Fue un juramento hipocrático, y no sabía que lo era. Pero se me ocurre ahora que el juramento hipocrático es una meta mucho más realista que la felicidad. De hecho, como puede decírselos cualquier padre, es una meta dificilísima. Todos hemos hecho o dicho cosas hirientes de las que desearíamos con todo el alma poder retractarnos. Creo que en otra época, no hubiéramos esperado tanto de nosotros mismos y es importante que todos lo recordemos la próxima vez que estemos mirando con nuestro corazón agitado esas estanterías de libros. No sé exactamente cómo crear normas nuevas para este mundo, pero sí creo que en nuestro desesperado afán por hacer niños felices, podemos estar asumiendo cargas morales equivocadas. Me convence más, como una mejor meta, y una más virtuosa, me atrevo a decir, que nos concentremos en lograr niños productivos y niños morales, y que esperemos que sencillamente la felicidad les llegue en virtud del bien que hagan, de sus logros y del amor que reciban de nosotros. Eso, de alguna forma, es una respuesta al hecho de no tener un guion. Como no tenemos guiones nuevos, solo sigamos los más viejos del libro —decencia, trabajo ético, amor— y dejamos que para la felicidad y la autoestima se las arreglen por sí mismas. Creo que si todos hiciéramos eso, los chicos estarían muy bien, al igual que sus padres, y posiblemente en ambos casos, incluso mejor. Gracias”

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