La envidia. Un enfoque relacional

01/06/2013

envidia

Cuando sentimos envidia, esta va acompañada de muchas sensaciones y emociones diferentes. Pero la envidia es un sentimiento que sentimos en relación con otro y que nos mantiene vinculados a ese otro de una forma definida por ese sentimiento

LA ENVIDIA COMO SENTIMIENTO

La envidia es un sentimiento desagradable que siempre tiene tres elementos: nosotros, la persona envidiada y lo que envidiamos de esa persona: un objeto material, una cualidad, una situación, una relación, o cualquier otra cosa.

Cuando sentimos envidia de alguien estamos vinculados a esa persona y pendientes de ella y del objeto que envidiamos de ella. La envidia tiene que ver con la comparación que hacemos entre nosotros y la persona envidiada en relación a lo que envidiamos de ella.

Pensando en el objeto envidiado, la envidia nos informa de la carencia relativa que percibimos de algo de la otra persona que nos parece deseable o apetecido por nosotros. Envidiamos muchas cosas: ser o no ser, tener o no tener, hacer o dejar de hacer, pensar o dejar de pensar, sentir o dejar de sentir, pertenecer o no pertenecer, recibir u ofrecer, etc. Lo que sea que percibimos en la otra persona y en nosotros no.

LA ENVIDIA SANA Y LA ADMIRACIÓN

En este sentido la envidia es o puede ser un motor del deseo y puede ser la fuente de motivación para la superación, el progreso personal y social y la mejora de la calidad de vida, más allá de la necesidad. Es lo que solemos llamar la envidia sana. Pero la envidia de lo que otro tiene y deseamos puede ser también la base de la codicia, de la avaricia y de la acumulación, mucho más allá de la necesidad.

La admiración es otro sentimiento que tiene algo que ver con esta envidia sana. Admiramos cosas, obras, situaciones, acciones; pero también admiramos a personas que poseen cualidades, actitudes, habilidades  o que han realizado esas cosas, obras, o acciones que nos gustan, nos sorprenden o que nos gustaría poder realizar o haber realizado nosotros. A veces eso es posible y también este sentimiento puede ser una fuente de motivación para nosotros, para nuestro desarrollo y/o un modelo a imitar. En otras ocasiones esto no es posible por nuestras limitaciones o circunstancias personales. Y la admiración, a veces, corre el riesgo de convertirse en envidia no precisamente sana.

EL ASPECTO RELACIONAL DE LA ENVIDIA

Sin perder de vista el objeto envidiado, el aspecto relacional de la envidia es el más interesante para el psicólogo en general y para el analista transaccional en particular.

Los bebes nacen sintiendo necesidades y pronto empiezan a experimentar también deseos más o menos específicos. En su situación de dependencia, los bebés requieren del buen trato de las personas de quien dependen para satisfacerlos y eso es esencial para su supervivencia y para el desarrollo de su singularidad. Pero los bebés no parece que experimenten envidia. Deseos y necesidades sí, pero envidia no.

La carencia del objeto deseado puede suscitar, ansiedad o miedo en la situación de dependencia o puede suscitar rabia si lo necesitado o deseado se ve retardado o frustrado en el trato con los otros de quien dependemos. Si la ansiedad o la rabia no consiguen la respuesta o el trato (la caricia) pertinente del entorno, el bebé puede empezar a experimentar tristeza y apatía. Y desde muy temprano empieza el aprendizaje de cómo encajar, de la mejor manera posible para sobrevivir, en la relación con las personas de quien depende; y cómo manejar y manejarse con la ansiedad (miedo), rabia o tristeza.

Aprendemos a reaccionar corporalmente y emocionalmente de la forma que da los mejores resultados transaccionales, es decir la satisfacción de las necesidades y deseos propios y de los cuidadores para asegurarse el vínculo y así la supervivencia. Son lo que luego llamaremos reacciones fisiológicas de supervivencia. Son las primeras concesiones o autorrestricciones, más que decisiones, de guión. Renunciamos tempranamente a ser quienes somos o lo que queremos ser para adoptar las actitudes emocionales más adecuadas para sobrevivir (homeostasis psicológica) siendo lo que los otros quieren que seamos en su plan (su guión) de vida.

El proceso es la negación o la represión de las necesidades y deseos propios, en especial las necesidades relacionales, y la configuración de las actitudes y creencias básicas compatibles con las emociones que dan los mejores resultados transaccionales en esa situación. Son los sentimientos y creencias, parásitas a partir de ahora, en las que se basa nuestro guión. Pero por ahora no parece evidente que el bebé o el niño experimente la envidia en si mismo.

LA APARICIÓN DE LA ENVIDIA

La envidia parece empezar más tarde, su origen es relacional y por tanto transaccional, cuando el niño empieza a percatarse de un tercero en la situación relacional (el padre, los hermanos, los primos, los otros…) junto a la persona de apego principal de quien depende la satisfacción de nuestras necesidades o deseos, en especial las necesidades relacionales.

La situación relacional que propicia y estimula la aparición de la envidia es la  situación de carencia, de insuficiencia, de desigualdad, de falta de equidad para nosotros en la relación tripartita. Si el trato (caricias) ofrecido a los otros es muy desigual respecto a nosotros (el bebé, el hermano, el nieto favorito), si se nos excluye, si se nos margina, si se nos trata con desconsideración de manera persistente entonces la situación es propicia para la aparición y enraizamiento de la envidia y de los celos.

REACCIONES EMOCIONALES

La primera reacción emocional será el temor, pero a esta edad no es posible la huida de esta amenaza por la necesidad de dependencia, el riesgo de desamparo o el terror al abandono de la fuente de satisfacción de las necesidades y los deseos. Entonces se escala a la rabia para conseguir un trato igual al otro, para ser incluido, para no ser marginado, para ser considerado y tenido en cuenta. Es la protesta motivada por el trato desigual percibido y por la vivencia de la envidia o los celos.

Cuando esa protesta y reivindicación no tiene el resultado deseado por la persistencia de la desigualdad en el trato por parte de la persona de quien se depende, se puede escalar la rabia contra la persona competidora que amenaza la satisfacción. Esa rabia alimentada por la envidia y por los celos puede llegar al deseo de destrucción del competidor, a veces muy vivido y nada figurado. Cuando el niño experimenta la envidia y los celos puede ser muy agresivo contra el competidor real o percibido o contra la persona de apego y dependencia.

Cuando a la envidia o los celos experimentados internamente y expresados hacia fuera en forma de protesta, de agresión o de amenaza, se une la censura, el avergonzamiento, o la descalificación transaccional por parte de los otros de quien se depende para la satisfacción de las necesidades relacionales, entonces la herida emocional (narcisista?) se une al sentimiento de envidia o de celos y se convierte en una situación traumática.

Para sobrevivir puede que pongamos en marcha varios mecanismos o estrategias de defensa con el fin de mantener la integridad y el equilibrio. Algunos de estos mecanismos pueden ser la vergüenza, la arrogancia, la escisión o disociación de esos sentimientos. También pueden ponerse en marcha mecanismos de distorsión de la percepción de si mismo o de los otros, el aislamiento, las fantasías agresivas y de destrucción de la persona envidiada o del objeto envidiado.

Parece que la conclusión sea “si yo no puedo tenerlo, tampoco tú podrás disfrutarlo” y la persona que siente la envidia parece experimentar alivio en la destrucción de lo que disfruta el competidor y ella no puede tener, ser o hacer, o al menos cree no poder. De esta manera se instaura una sensación de equilibrio en la frustración, una forma primitiva de autorregulación emocional.

LA ENVIDIA Y LOS CELOS

La envidia y los celos son sentimientos de la misma familia y con frecuencia van juntos. En los celos el objeto envidiado es el trato de afecto o el vinculo que recibe el competidor de la persona de apego y dependencia, pero el proceso psicológico y emocional es el mismo.

La envidia y los celos son sentimientos acompañados de sensaciones y emociones desagradables y socialmente reprobados, no solo en su expresión sino en el propio sentimiento. El avergonzamiento y la (des)calificación con adjetivos peyorativos es frecuente cuando uno experimenta estos sentimientos. El entorno nos etiqueta de envidiosos o celosos en un tono de reproche y eso añade la vergüenza y la culpa al dolor de la envidia y los celos. De este modo, aunque todos sentimos alguna vez envidia o celos de alguien o de algo, es muy raro que alguien reconozca esos sentimientos y menos en público.

La envidia y los celos propician la competencia para conseguir los objetos deseados (no siempre necesitados) en la situación de escasez, enfrentando a las personas en competencia o aprendiendo a manipular para conseguir el objeto deseado ganando ventaja sobre el competidor. Estos sentimientos pues están en la base de los juegos de poder. Se oponen a la cooperación y la colaboración entre las personas y desactivan la generosidad, la compasión y la cooperación.

La envidia y los celos son más propicios en sociedades, grupos y organizaciones rígidas, con gran escasez de buen trato relacional (economía de caricias), desigualdades escandalosas e inequidad.

Hasta aquí hemos considerado la experiencia de la envidia desde la persona que la siente. El otro aspecto de la envidia tiene que ver con la experiencia relacional de recibir, cabe decir sufrir, la envidia de los otros.

SUFRIR LA ENVIDIA DEL OTRO

La envidia recibida o el trato de otros motivado por la envidia o los celos tiene efectos devastadores para la autoestima, la alegría, la autorrealización personal, la cooperación, la solidaridad y la cohesión social.

La envidia, al ser percibida y recibida en el trato, mata la alegría, el entusiasmo, la ilusión compartida, el orgullo por la realización y la competencia adquirida y el disfrute del placer descubierto o la admiración recibida de otros.

La envidia se evidencia cuando el niño o cualquier persona comparte su alegría, entusiasmo, orgullo o ilusión y recibe una respuesta de frialdad, de distanciamiento, de indiferencia, de mofa, de censura, de reproche o de amenaza por su expresión. Casi todos hemos experimentado en mayor o menor grado una situación relacional como estas.

Cuando esto sucede, la alegría, el orgullo, el entusiasmo o la ilusión se apaga. La primera reacción puede que sea la confusión y frustración por no encontrar la respuesta esperada. Posteriormente, si la actitud persiste o se repite, puede que empecemos a sentir tristeza por la ruptura del contacto al no tener la respuesta relacional necesitada de validación de nuestra experiencia y emoción.

A partir de aquí puede que aprendamos a ocultar la alegría para no propiciar nuevas situaciones de ruptura del contacto, en especial si esta respuesta de envidia procede de personas que nos interesan. Incluso puede que lleguemos a sentir vergüenza y culpabilidad de tener éxito, de disfrutar y de sentirnos contentos, satisfechos y orgullosos de nosotros mismos. El clima relacional se vuelve precavido y denso en las relaciones o en el peor de los casos se vuelve receloso y conflictivo de una manera latente o patente.

La envidia y los celos de los hermanos es corriente en las situaciones tripartitas familiares y normalmente la gestión de estas situaciones por parte de los padres es fundamental para llegar a aprender a superar esas experiencias. Una gestión en la que se garantice la suficiencia de recursos según las distintas necesidades y en todo caso la equidad en el trato y el reconocimiento. Una gestión en la que se facilite la cooperación, se estimule la compasión y se suministre la estructura adecuada, en forma de límites y criterios. Una gestión que permita el aprendizaje del autocontrol de la rabia y el conflicto sin negar la expresión adecuada de esta y las demás emociones y sentimientos, incluida la propia envidia y los celos.

LA ENVIDIA DE QUIEN TIENE LA FUNCIÓN DE CUIDAR Y PROTEGER

Pero la más devastadora de estas experiencias de sufrir la envidia de otros, se vive cuando la persona que nos envidia es nuestra persona de apego principal, de dependencia o encargada de facilitar la regulación de las emociones y sentimientos. La envidia de los padres, de los abuelos, de los maestros, de los mayores, de los líderes, tiene las peores consecuencias para el desarrollo personal de los niños, adolescentes e incluso de los adultos.

Este tipo de situaciones de envidia, deterioran seriamente la autoestima, fomentan la ansiedad, propician el resentimiento, limitan el desarrollo y la autorrealización.

Bajo la presión de estos sentimientos y para mantener el vínculo y la relación con los demás, el niño tomará algunas de las decisiones de guión, homeostáticas pero autolimitadoras, relacionadas con no sentir alegría, no disfrutar, no crecer, no triunfar, no acercarse, no confiar en los otros, no compartir, no ser uno mismo, no realizarse como el ser singular que uno es. El niño aprenderá a encubrir el dolor relacional profundo y a adoptar las máscaras de guión del tipo de aguantarse o ser fuerte, disimular o camuflar la expresión de su entusiasmo, sus cualidades, sus habilidades, sus competencias e ilusiones.

En algunos casos adoptará la vergüenza como defensa de su integridad, y los sueños y fantasías como formas de realización imaginaria de sus ilusiones. En otros adoptara como defensa la actitud de arrogancia competitiva y/o deslumbrante en forma de vanidad, que es distinta de la genuina alegría y orgullo de si mismo no exento de compasión y colaboración con los demás. Esto le permitirá no arriesgarse a volver a sentir la humillación que acompaña a las actitudes de envidia de los otros y especialmente de aquellos a los que se percibe como competidores y en posición de superioridad en el plano al que la persona sea sensible.

En otros puede llegar a culpabilizarse de sus logros, cualidades, obras o realizaciones dignas de ser admiradas, como defensa del riesgo de ser excluido o marginado por los otros y perder así el vínculo con ellos.

LOS MITOS Y LA ENVIDIA

Toda la mitología y la teogonía griega y latina está repleta de ejemplos en los que los dioses padres, devoran, destierran, o persiguen a sus hijos dioses. Casi siempre los sentimientos que están detrás son la envidia, con los miedos y la rabia que suscita, por la competencia que suponen los dioses hijos para los dioses padres.

También los cuentos están llenos de lobos, madrastras, padres aparentemente desalmados, etc. cuyo sentimiento de base es la envidia de sus victimas a las que ven como competidoras por algún bien, sea la belleza, la destreza, la admiración, el poder o cualquier otro.

También los mitos bíblicos como el de Caín y Abel o el del Hijo Pródigo versan sobre la envidia, pero en ambos casos la figura del Padre juega un papel fundamental propiciando situaciones de desigualdad o inequidad o manejando estas situaciones de inequidad de maneras que propician la envidia.

EL ABORDAJE TERAPÉUTICO DE LA ENVIDIA

Lo que llamamos la envidia sana, es la envidia del Adulto y no representa un problema que se presente en la terapia y que necesite tratamiento. La envidia sana es pasajera y motivadora del cambio de las condiciones de vida de manera consciente y elegida.

La codicia, la avaricia y la acumulación parecen sintónicas con nuestra cultura occidental y rara vez son percibidas como problema que merezca atención terapéutica. Eso no quiere decir que no tengan un efecto destructivo en la cohesión social y en las relaciones sociales que pueden afectar al sistema familiar, o al sistema social y propiciar situaciones de inequidad que a su vez fomentan la envidia y la rivalidad destructiva. Estas actitudes y comportamientos suelen llevar implícito una contaminación del Adulto por el Padre o el Niño que merece la pena diagnosticar e indagar si para el paciente supone motivo suficiente de malestar personal o daño para terceros significativos.

El motivo de consulta rara vez son la envidia y los celos propios salvo cuando estos sentimientos y las actitudes y comportamientos que le acompañan deterioran o amenazan las relaciones estables de la persona con su pareja o con su entorno. Sin embargo suelen ser frecuentes en la consulta de psicología infantil por el malestar que suscitan estos sentimientos en las relaciones familiares y las dificultades de los padres o los maestros para manejarlos. En estos y en todos los demás casos el abordaje más apropiado es el abordaje sistémico y relacional. El motivo es porque la envidia es un sentimiento cuyo origen y expresión es siempre relacional.

Cuando experimentamos envidia, más allá de lo que hemos dado en llamar envidia sana, generalmente solemos estar en un estado regresivo y por tanto el estado del yo ejecutivo es arqueopsíquico, es decir el estado del yo Niño. Pero en algunas ocasiones el estado del yo con envidia puede ser un estado del yo exteropsíquico o estado del yo Padre.

Cuando la envidia, que siempre es un sentimiento desagradable, es un problema personal para el paciente, normalmente hay una herida o un dolor arcaico que se redespierta o estimula en determinadas situaciones relacionales de comparación con los demás, y hay también un despliegue de estrategias de supervivencia para distraerse del dolor original. Entonces el trabajo terapéutico ha de ser con el estado del yo Niño usando la empatía, la sintonía, la indagación respetuosa de la vivencia fenomenológica del paciente, de las emociones y reacciones corporales que acompañan a la envidia o los celos, de las creencias asociadas, de las fantasías y de los recuerdos que refuerzan esas creencias y justifican su despliegue específico de estrategias emocionales y relacionales. Este abordaje junto con la implicación terapéutica facilita el poder llegar a la regresión terapéutica y la redecisión.

En los casos en que el estado del yo con envidia sea el Padre, el trabajo inicial es el de la diferenciación del paciente respecto de los Padres introyectados o interiorizados y posteriormente puede que sea necesario el trabajo con los introyectos y los estados del yo Padre para su tratamiento oportuno.

Lo mismo cabe decir de las personas que han sufrido la envidia por parte de otros y en especial por los padres y las personas cuya función era cuidarlas y protegerlas. En este caso el origen arcaico de su malestar es si cabe más inconsciente y lo que se manifiestan son las secuelas del sufrimiento relacionado con esa envidia recibida. Lo que la persona sufre es lo que le motiva a buscar la ayuda terapéutica.

El efecto en estos casos es, si cabe, más devastador y la persona se encuentra con mayores dificultades para entablar relaciones autenticas con los otros. La persona presenta problemas de confusión, disociación, depresión, baja autoestima, trastornos psicosomáticos, de alimentación o relacionales como aislamiento, codependencia, humillación y vergüenza y culpabilidad en algunos casos y en otros arrogancia, prepotencia, abuso, vanagloria, vanidad y aprovechamiento o abuso sobre otros en situación de dependencia.

A partir de la aclaración de los comportamientos, transacciones y fantasías específicas que le acompañan, la estrategia terapéutica se orienta a indagar la función psicológica de esos comportamientos para el Niño de la persona en términos relacionales y a normalizar las estrategias adoptadas dadas las circunstancias en las que se originaron.

El objeto es validar las experiencias de la persona y acceder por medio del proceso de la indagación terapéutica a la conciencia del dolor original subyacente. Esto permite la integración de ese dolor, la elaboración del duelo por las oportunidades de satisfacción perdidas o no tenidas en ese proceso. De esta manera se aumenta la tolerancia a la frustración, la renuncia a los aspectos gratificantes de la envidia y los celos por una parte y de la vergüenza y la culpabilidad o la arrogancia por otra, como sentimientos parásitos y sus comportamientos relacionales asociados en forma de juegos y malos rollos (rackets) y la disolución de las defensas.  De la misma manera esto propicia evolucionar para convertir la envidia parásita en motivación para el crecimiento y el desarrollo Adulto y la redecisión de los aspectos autolimitadores decididos en el pasado en relación con las carencias, las negligencias y el mal trato recibido.

RECONOCIMIENTOS

En la preparación de este artículo sobre la envidia he recopilado y integrado alguna de mis propias experiencias personales experimentadas en mi desarrollo como persona y elaboradas en mi proceso terapéutico; la recopilación de mis observaciones clínicas en el trabajo con algunos clientes; mis aprendizajes en los talleres de formación y terapia con Richard Erskine organizados por la ATA durante los últimos 12 años, donde hemos compartido vivencias personales y clínicas sobre la envidia y otros sentimientos y aprendido como manejarlos en situaciones clínicas; mi integración de los trabajos de Eric Berne, Bob y Mary Goulding, Fanita English, Taibi Kahler, Carlo Moiso y el propio Richard Erskine a través de algunos de sus libros y artículos que enumero en la bibliografía

Jesús Cuadra

Jesús Cuadra

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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  • Steiner, C. (1992) Guiones que vivimos . Editorial Kairos, Barcelona.

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