La culpa: una visión humanista integradora

01/08/2013

A través de este documento se realiza un análisis del sentimiento de culpa desde una perspectiva humanista integrada. En primer lugar se distingue entre culpa sana y culpa neurótica para a continuación explicar cómo se instala la culpa en la infancia y cuáles son los mecanismos que la mantienen vigente en la edad adulta.

Todo ello integrando desde el enfoque de las Teorías del Apego, la Psicopatología, el Análisis Transaccional, la Gestalt y la Teoría de los Cinco Niveles de Intervención. Por último, se diseña una intervención terapéutica integrativa que toma como marco de referencia el esquema de los Cinco Niveles de Intervención a la vez que desarrolla las técnicas que pueden utilizarse en cada nivel.

1. MOTIVOS PARA LA SELECCIÓN DEL TEMA

Lo primero que quiero contar son los motivos que me han llevado a elegir la culpa como tema de mi tesina:

a)Interés profesional: Es un tema que he comprobado que se repite con mucha frecuencia en la terapia y en la vida de las personas. Unas veces aparece de forma consciente “me siento culpable por…” y otras el paciente expresa algo que me hace plantear la existencia de culpa por debajo de su discurso.

b)Interés personal: La culpa también está bastante presente en mi vida. Es un sentimiento “familiar” en todos los sentidos del término. He visto a mis mayores sentirse culpable y llevar ese peso consigo así como yo misma he adoptado la culpa como sentimiento habitual.

Por estos dos motivos, el tema me parecía una oportunidad de crecimiento (tanto profesional como personal) a través de la comprensión.

2. ¿QUÉ ES LA CULPA?

Ante todo la culpa es un sentimiento. Digo sentimiento y no emoción porque tiene un componente subjetivo. Las emociones que hay en la base de la culpa se llevan a un nivel cognitivo en el que se le atribuye significado. La culpa se siente pero también se piensa. Quizás podríamos sustituir la expresión “me siento culpable” por “me pienso culpable”.

En cuanto al concepto, si buscamos su acepción en cualquier diccionario nos encontraremos algo así como que la culpa es toda omisión o acción que ocasiona un daño o transgrede una norma. Esto es la culpa vista desde lo penal o normativo. Sin embargo, hay una gran diferencia entre ser culpable y sentirse culpable. Podemos hablar así de la culpa sana y la culpa neurótica.

La culpa sana es aquella por la que el sujeto analiza su comportamiento, decide que ha obrado erróneamente y dedica sus recursos a reparar el daño causado. Según Echeburúa, Corral y Amor (2001, p.907) en este caso se trata de una emoción positiva, ya que posibilita la toma de conciencia del individuo (saber que ha hecho algo malo) y facilita los intentos de reparación. La culpa neurótica aparece cuando hay una distorsión de la conciencia de la situación y el sentimiento es vivido como algo destructivo. Este último sentido es el que me interesa describir en esta tesina.

El sentimiento de culpabilidad tiene, a mi juicio, una serie de características bien definibles:

  • Es un sentimiento aprendido: no nacemos sintiéndonos culpables sino que aprendemos cuándo y cómo experimentar la culpa.
  • Es un sentimiento social: tiene en cuenta a los demás y es de ellos de quienes la aprendemos.
  • Es una emoción de control: de hecho es la emoción de control por excelencia. A través de la culpa conseguimos regular la conducta de los demás y los demás condicionan nuestra propia manera de actuar.
  • Es inmovilizadora: la culpa nos ancla al pasado, a lo que ya ha ocurrido y sobre lo que no podemos intervenir.
  • Es un sentimiento complejo: está formado por diferentes emociones básicas y tiene un componente cognitivo importante.

En los siguientes puntos analizaré cada una de estas características más en profundidad, enlazándolos con las diferentes corrientes psicológicas anteriormente mencionadas.

3. EL ORIGEN DE LA CULPA

Ya tenemos una primera aproximación a la culpabilidad. Ahora bien, ¿cómo surge ese sentimiento y se instala en el individuo? o mejor aún, ¿cómo se genera en la sociedad?.

Quizás debería comenzar por esta última parte, ya que me parece que los sentimientos complejos están estrechamente ligados a la conciencia social de la cultura del individuo. En términos de Análisis Transaccional estaríamos hablando del Marco de Referencia del sujeto.

Si tomamos como referencia nuestra propia cultura, la religión, nuestras raíces judeo-cristianas, podemos darnos cuenta que han jugado un papel fundamental en la instauración del sentimiento de culpa en la sociedad.

Hablábamos antes de la culpabilidad como emoción de control, pues bien, éste es el sentido que toma en la religión. Más allá de los códigos legales que limitan la conducta existe un código moral, propio de cada cultura y cada religión, que marca los comportamientos inaceptables y los “mandatos” (mandamientos) que deben cumplirse. Las transgresiones de dichos mandatos son los llamados pecados.

Una de mis pacientes, criada en una familia muy religiosa, carga con un importante sentimiento de culpa por haberse comportado en contra de dichos mandatos (quedarse embarazada antes del matrimonio, divorciarse, etc.). Esto me hace pensar que, en este caso, la religión, la aceptación de estas normas por parte de su familia, actúan como Padre Crítico Negativo, favoreciendo la introyección de mandatos.

Por otra parte, si pensamos en el plano individual, la culpa se instala de manera aprendida. Aquí juega un papel principal el estilo de crianza ofrecido por las figuras parentales.

Pongamos por ejemplo a uno de mis pacientes. Nació con desnutrición (lo que ya indica cierto maltrato por parte de su madre) y fue abandonado quedándose al cuidado de sus tíos (unas figuras muy exigentes), mientras que sus hermanos sí que fueron criados por su padre. Su madre emigró y reclamó la custodia del paciente desde el país de acogida. Una vez reunidos, el paciente sufrió malos tratos a mano de su madre (hablamos de 9-10 años de edad).

Este paciente suele preguntarse qué hay de malo en él para que sus padres no le quieran, para que prefieran a sus hermanos, etc. En este caso podríamos hablar de lo que en psicoanálisis se conoce como “culpa defensiva” (Paz, 2005). Para el paciente es demasiado doloroso identificar a sus padres como sádicos, por lo que se identifica como el objeto erróneo “yo soy el malo, no ellos los sádicos o los que no me quieren”. De esta forma crea una forma de controlar el ambiente y tener una falsa seguridad “si me porto bien, si me esfuerzo, etc., entonces ellos me querrán”.

Por otro lado, podemos hablar de figuras parentales “culpabilizadoras”. En este caso pongo mi propia experiencia como ejemplo. Mi madre tiene una discapacidad física que le dificulta moverse con facilidad. Recuerdo muchas ocasiones en las que yo estaba estudiando, viendo la tele o tenía que marcharme porque tenía un partido de baloncesto y, si ella necesitaba ayuda para cualquier cosa, se la tenía que proporcionar inmediatamente porque si no me hacía sentir muy culpable. Su forma de manipular era exigir la ayuda y si pedías que esperase un momento a que terminaras lo que estabas haciendo contestaba algo así como “no importa, ya lo hago yo sola aunque me cueste horrores”, “todas esas cosas son siempre más importantes que yo”, “ya sé que soy yo la que lo tiene que hacer todo por vosotros”, etc.

Además, otra figura de referencia para mí fue mi tía, una persona muy íntegra cuyos principios morales estaban basados en atender a los seres queridos más incapacitados, pero desde la intervención del Salvador patológico. De esta forma, el mandato que subyace a todo esto es “no tengas en cuenta tus necesidades”.

Mi experiencia personal también me sirve para afirmar que estas figuras culpabilizadoras a su vez han sido culpabilizadas y que tienden a experimentar este sentimiento con asiduidad, de forma que sus hijos también aprenden a sentirse culpables aunque sea sólo a través de la identificación con la madre. En el caso de mi madre, introyectó tanto que era un estorbo y tenía que esforzarse por no serlo, como que los demás debían satisfacer sus necesidades.

4. VULNERABILIDAD A LA CULPA

¿Podemos hablar entonces de la existencia de modelos de parentamiento o adaptaciones de personalidad propensas a experimentar sentimientos de culpa? Desde mi experiencia quizás sea posible hablar de una cierta vulnerabilidad a la culpa. Voy a exponerlo analizando las diferentes adaptaciones de personalidad identificadas en la Psicología Humanista Integrativa:

  • Adaptación Emocional-Histérica: a mi entender puede ser una de las adaptaciones susceptibles a experimentar culpa. Han tenido un parentamiento centrado en el ser, se les ha reforzado el ser agradables para los demás y a través del impulsor “complace” parecen intentar que los demás les aprecien. Sin embargo, quizás puedan volverse muy susceptibles a la crítica y sentirse culpables por no cubrir las expectativas del otro.

Una paciente, a la que identifico con esta personalidad, se siente culpable por no estar siempre disponible para su hija, quien la manipula claramente.

  • Adaptación Pensador-Obsesiva: también podría ser otra adaptación vulnerable a la culpa, que puede aparecer si sienten que se han saltado un límite, una norma o que no han cumplido con lo que se esperaba de ellos.

Otra paciente de tipo pensador tiende a sentirse culpable cuando cree que no se ha comportado de la manera adecuada. La diferencia sin embargo, es que tiende a negar la culpa y se coloca en el rol de perseguidor, mientras que la anterior paciente asume el rol de víctima.

En mi caso, me identifico con la adaptación pensador como personalidad de base y la emocional como fase, por lo tanto he comprobado personalmente cómo la culpa aparece como consecuencia de sus principales impulsores. Cuando entro en un segundo o tercer nivel de estrés, conecto con el “sé perfecto” y la culpa aparece cuando no logro alguna meta. Si conecto con el “complace” me siento culpable cuando pongo por delante mis necesidades en vez de atender la de los demás (rechazo ayudar a un amigo porque me apetece quedarme en casa).

  • Adaptación Lúdico o Pasivo-Agresiva: en este caso podría ser que dentro de su pasividad y agresividad no asumida sitúen la responsabilidad, y por tanto la culpa, en el otro. Quizás no asumen ninguna responsabilidad para no sentir culpa.
  • Adaptación Emprendedor o Psicópata: hasta ahora hemos visto la presencia de culpa neurótica como algo incapacitante, sin embargo, la ausencia de culpa es incluso más patológica. Es lo que ocurre en el extremo psicópata del continuo de esta adaptación. No tienen en cuenta el mundo emocional (ni el suyo ni el de los demás) y viven en un eterno presente, por lo que no tienen en cuenta las consecuencias de sus actos.
  • Adaptación Íntegro-Paranoide: en este caso veo necesario hacer una distinción entre los dos tipos del continuo. En el caso del íntegro, la culpa podría aparecer si considerase que ha fallado a alguno de sus principios morales. En el caso del Paranoide, la culpa podría ser depositada en el otro ya que tiende a sentirse víctima a nivel psicológico “el culpable es el otro, que me hace sentir así”.
  • Adaptación Reflexivo-Esquizoide: en este caso el tipo de culpa que entiendo como probable es la “culpa defensiva” de la que ya he hablado anteriormente.

Probablemente la frecuencia e intensidad con la que la culpa aparezca dependerá del punto en el continuo de personalidad en el que se encuentre el individuo y del nivel de estrés que le provoque la situación en cuestión.

5. EL MECANISMO DE LA CULPA

Hasta ahora hemos visto qué entendemos por culpa neurótica, cómo se instala en la infancia y qué tipo de personalidades pueden ser más vulnerables a la misma pero, ¿cómo funciona la culpa una vez que hemos aprendido a sentirnos así?, ¿cuál es su mecanismo en la vida adulta? Esta aproximación la realizaré desde diferentes enfoques teóricos que, desde mi punto de vista, son complementarios y no excluyentes.

5.1.1 Culpa y Análisis Transaccional

“La culpa es la consecuencia de la internalización de las figuras externas de autoridad” (Kertész, 2008).Este planteamiento coincide con la forma en la que veo este sentimiento desde el AT.

Anteriormente hemos visto cómo asumimos los mandatos de nuestros padres o de la sociedad como algo propio. Sentir que no hemos cumplido esas normas puede producir culpa. En términos de AT podemos decir que el Padre persigue al Niño.

Esta persecución puede darse en un diálogo externo o interno. La instauración de la culpa en la infancia proviene de un diálogo externo en el que el estado Niño de las figuras parentales lanza un mensaje (generalmente inconsciente) que es recogido por el estado Niño del hijo. En mi caso, los mensajes de mi madre y la forma de actuar de mi tía (dejando de lado su vida para ayudar a mi madre) se transformaron en el mandato “no tengas en cuenta tus necesidades”.
presecusion A partir de ahí puede verse la persecución en el diálogo externo. Por ejemplo, si no ayudo a mi madre y decido irme a mi partido de baloncesto, pueden recriminarme que “soy una mala hija que no cuida de su madre”. El estado Padre de mi madre se dirige a mi estado Niño. Funcionalmente se trata de un Padre Crítico Negativo que busca la respuesta de un Niño Adaptado Sumiso.

En realidad lo que acabo de describir se trata de una de las formas de manipulación más comunes en nuestra cultura. Además, “la culpa es una reacción emocional aprendida que sólo puede ser usada si la víctima le muestra al explotador que es vulnerable a ella” (Dyer, 2010) o, como suele decir mi terapeuta, “sin víctima no hay perseguidor”.

En diálogo interno, funciona de forma similar. En esa infancia tomamos una decisión concreta para cumplir con ese mandato, ya que de otra forma intuimos que podríamos perder el amor de nuestros padres y, junto con otros componentes, creamos un guión de vida dedicado a complacer a los demás para que nos quieran.

Una vez que ese modo de responder está instaurado tendemos a su repetición, llegando a la etapa adulta con un modelo de conducta muy sólido. De esta forma, cuando sentimos que hemos transgredido alguno de esos mandatos es fácil que caigamos en la culpabilidad, aunque los mandatos son desactualizados o irracionales.

Surge así una persecución entre nuestro propio Padre y nuestro Niño. Por ejemplo, mi amiga me llama por teléfono y me pide quedar por la tarde porque se siente triste. A mí no me apetece, me hacía ilusión dedicar esa tarde a ver una película en mi casa. Le digo que no y mi amiga se enfada conmigo “si fueses mi amiga vendrías”, “para una vez que te pido algo”.

culpaSi no he logrado superar ese tipo de situaciones, puedo entrar en guión y sentirme culpable por atender mis necesidades en vez de las de mi amiga. A partir de un diálogo externo aparece un diálogo interno “tendría que haber quedado con ella”, “soy una mala amiga”.

Es fácil entrar en el triángulo dramático si tenemos cierta tendencia a la culpabilidad. Quizás da igual el origen del sentimiento, al final el dueño de la culpa siempre parece ser el Niño.

Por último, creo importante señalar algo. Las transacciones (externas e internas) dirigidas a generar culpa ponen su énfasis en el individuo, no en la conducta. Van contra la autoestima en lugar de intentar mejorar el comportamiento mediante la crítica constructiva (“eres/soy una mala hija”, “no merezco este puesto”…). Esto es vital ya que más adelante veremos la diferencia entre situar el argumento en la conducta o en la persona.


5.1.2 Culpa y Gestalt

Según la Gestalt, detrás de una persona que dice sentirse culpable hay tres ingredientes:

  • Autoexigencia: suele tratarse de personas con un PC- elevado que sienten la necesidad de comportarse adecuadamente.
  • Omnipotencia: en el sentido de que creen que pueden influir en los sentimientos de los demás (hacerles sentir mal o bien).
  • Enfado: se trata de un enfado no manifestado y en muchas ocasiones incluso no reconocido.

A esta última característica voy a dedicarle algo más de tiempo ya que tiene que ver con muchas de las cosas que hemos visto en los puntos anteriores.

Al principio del artículo comentaba que la culpa es un sentimiento complejo, resultado de la combinación de varias emociones básicas y de un componente cognitivo. A mi entender, esas emociones básicas son tristeza y rabia. Para mí, esta última afirmación ha sido mi gran descubrimiento en la elaboración de la tesina.

Al principio fui reticente en cuanto a aceptar el componente de rabia en la culpa. Sin embargo, analizando mi experiencia personal y la de una de mis pacientes, me di cuenta de cómo encaja esa emoción y de su importancia.

Dicha paciente acude a consulta por problemas con su hija. Entre otras cosas, ésta la acusa de no estar presente en su vida cuando en realidad es ella quien impide que se vean o se comuniquen. La paciente vive esta situación con mucha culpa pues piensa que no ha sabido educar bien a su hija, que es una mala madre o que su hija está trastornada por algo que ella no hizo bien. Sin embargo, de vez en cuando muestra pequeños arrebatos de rabia en los que expresa que ella hace todo lo posible por comunicarse con ella pero que su hija sólo la contesta cuando la necesita para pedirla un favor. Se trata de un enfado que nunca le ha manifestado a su hija. En el fondo hay rabia y resentimiento, además de tristeza por no sentirse respetada y bien tratada.

En mi caso personal podríamos volver al ejemplo de la amiga que se enfada por no quedar con ella. En el fondo también hay rabia por mi parte porque no está respetando mis decisiones ni se está poniendo en mi lugar.

Quizás en este sentido podamos añadir las dificultades de reconocimiento y expresión de la rabia en las personas que tienden a sentirse culpables.

Por otro lado, anteriormente también había comentado que la culpa es un sentimiento inmovilizador. La atención se centra en el “allí y entonces” en lugar de en el “aquí y el ahora” como pretende la Gestalt. Esto hace que la persona se paralice porque es imposible actuar para cambiar el pasado. Además, se gasta una importante cantidad de energía en rumiaciones respecto a lo sucedido.

Desde este punto de vista, la culpa parece una emoción muy inútil, pero ya sabemos que todo lo que se mantiene cumple una función o facilita la obtención de un beneficio, aunque sea negativo. Algunos beneficios de la culpa son:

  • Evitar el miedo al presente: podría considerarse un mecanismo de defensa. Me da tanto miedo enfrentarme a lo que es mi vida presente, que me refugio en el pasado. Se trata de la falsa seguridad, de un tipo de comportamiento pasivo.
  • La comodidad: es más fácil sentirte mal por el pasado que poner tu energía en cambiar el presente.
  • Aceptación social: hay ciertos mandatos sociales ante los cuales parece una patología no sentir culpa (p.ej.: no atender a tus padres).
  • Lograr el perdón: existe la creencia social de que si te sientes lo suficientemente culpable quedarás exonerado de tu mal comportamiento. Está en la base de las penitencias (religiosas e incluso carcelarias).
  • Conseguir la compasión de los demás: puede que para personas con baja autoestima sea una salida habitual.

Por otro lado, la aparición de la culpa también dificulta el desarrollo del ciclo de la experiencia ya que en ella están implicados varios mecanismos de defensa.

Hasta ahora habíamos hablado de cómo el niño incorpora los mandatos a su forma de relacionarse con el mundo. Desde el punto de vista de la Gestalt hablaríamos de un mecanismo de introyección por el cual no analizamos las normas y creencias que nos transmiten, dándolas por buenas sin más. Así el ciclo se interrumpe entre la conciencia y la energetización. En el ejemplo con mi madre, tomaría conciencia de que lo que me apetece es irme al partido y entonces entraría en juego la introyección “debes atender a tu madre” y mi energetización se redirigiría a ayudar a mi madre.

Otro mecanismo habitual es la retroflexión. Puede verse cuando analizamos el componente de rabia del sentimiento de culpa. Nos culpamos a nosotros mismos en vez de mostrar nuestro enfado al otro y demandar lo que necesitamos. A menudo esta conducta acaba en somatizaciones. Por ejemplo, en mi caso es habitual el dolor de cabeza cuando no expreso la rabia mientras que mi paciente suele sufrir subidas de tensión.

5.1.3 La Culpa y los Cinco Niveles de Intervención

Una de las aportaciones más importantes que he tenido para mi manera de intervenir ha sido la Teoría de los Cinco Niveles de Intervención.

Una de las razones por las que decidí formarme en una corriente humanista es porque siempre he pensado que la intervención debía llegar a niveles profundos. Estaba cansada de ver como intervenciones superficiales daban como resultado cambios poco duraderos.

Por esa misma razón creo que es importante analizar la culpa desde esos cinco niveles, de forma que más adelante podamos plantear una intervención en ese sentido. Es curioso porque, a pesar de ser un sentimiento, creo que se puede ver cómo interviene en cada nivel, teniendo en cuenta que se trata de una hipótesis de trabajo:

Conducta:

A nivel de conducta la culpa se caracteriza por la pasividad. Como hemos visto anteriormente, la persona que se siente culpable está anclada al pasado y no pone en marcha ninguna conducta eficaz para salir de ahí.

Pensamiento Social:

Aquí es donde se puede ver más claramente a la culpa, ya que se caracteriza por la presencia de rumiaciones sobre lo que sucedió en el pasado. Quien se siente culpable suele pensar mucho sobre lo que hizo o no hizo y sobre lo que debería haber o no haber hecho. Además, realiza atribuciones sobre sí mismo a partir de ese hecho “soy una mala madre”. Este componente cognitivo es el que le da el carácter complejo al sentimiento y de ahí que la personalidad obsesiva pueda ser más propensa a experimentarlo.

Pensamiento Profundo:

En un nivel cognitivo más profundo podemos suponer que detrás de la culpa hay un gran PC- y un NAS- como hemos visto en el apartado de Análisis Transaccional. El mecanismo que mantiene ese sentimiento se apoya en una serie de mandatos bien instaurados en la infancia. Algunos de los mandatos que más he identificado en mi experiencia son “no seas tú” y “no tengas en cuenta tus necesidades”. Seguramente también podrían estar presente otros mandatos del tipo “no lo logres”, por ejemplo en alguien que se siente culpable por destacar en algo.

Habría que analizar también los impulsores y, parece lógico, que consideremos a “sé perfecto” y “complace” como los candidatos ideales a despertar culpa en la persona. Algo interesante es que estos impulsores tienen en cuenta a los demás. Se trata de ser perfecto para los demás y de complacer a otro. De nuevo el carácter social de la culpabilidad.

Emoción básica:

Detrás de la culpa podrían estar la tristeza y la rabia. Generalmente una rabia que no ha sido reconocida ni expresada. Quizás podríamos hablar de la culpa como un sentimiento parásito que protege a la persona de otras emociones que vive como peligrosas.

Emoción profunda:

Como en casi todas las patologías, en el fondo podría estar el miedo existencial y en este caso el miedo al abandono. Algo importante es que la culpa puede ser un intento de gestionar ese miedo, que a la persona le resulta demasiado intenso, a través de un nivel de pensamiento social.

6. LA CULPA Y OTROS SENTIMIENTOS ASOCIADOS

6.1.1 Culpa y responsabilidad

Es difícil hablar de culpa sin nombrar a otros sentimientos vinculados a ella. En primer lugar me gustaría hablar de la responsabilidad como la alternativa sana a la culpa neurótica.

Quizás la culpa sea tan incapacitante porque se centra en el pasado y porque juzga al individuo. Sentirse culpable significa que nos sentimos mal respecto a algo sobre lo que ya no podemos intervenir y respecto a nosotros mismos como personas.

Ser responsable, por el contrario, consiste en analizar la situación y, si decido que he obrado mal, intentar reparar el daño. La responsabilidad se centra en el aquí y ahora (qué puedo hacer ahora para solucionarlo) y juzga a la conducta, no a la persona (me he equivocado, esto no ha estado bien vs. soy un desastre, soy una mala amiga).

La culpa la vive el Niño Adaptado, la responsabilidad reside en el Adulto. Por tanto, la intervención terapéutica deberá encaminarse a transformar la culpa en responsabilidad, a traspasar el poder del Niño al Adulto.

6.1.2 Culpa y preocupación

Culpa y preocupación son dos extremos de la misma cuerda. La culpa se centra en el “allí y entonces” mientras que la preocupación está enfocada en el “allí y luego” (Dyer, 2010). Es igual de inmovilizadora que la culpa porque una vez más la persona no está utilizando sus recursos para resolver nada.

En este sentido, la responsabilidad parece el punto intermedio entre esos dos extremos. Es el que se centra en el “aquí y ahora” y que realmente puede ayudarnos a solucionar la situación.

Por otro lado, los beneficios de la preocupación son los mismos que los de la culpa y en terapia he visto que quien suele sentirse culpable también suele sentirse preocupado.

6.1.3 Culpa y vergüenza

Estos dos sentimientos muchas veces aparecen de la mano. En ambos hay un Padre Crítico Negativo que ejerce un juicio, sin embargo, hay una diferencia entre ambos.

En la culpa la preocupación está puesta en el otro, al que se identifica como dañado, mientras que en la vergüenza la preocupación está puesta en uno mismo (en cómo me percibe el otro).

7. UNA PROPUESTA DE INTERVENCIÓN TERAPÉUTICA

Según investigaba para redactar esta tesina me iban viniendo a la mente posibles formas de intervenir con un paciente que refiera sentirse culpable. Eran actuaciones aisladas para tratar sólo ciertos aspectos y me di cuenta de que lo que necesitaba era una intervención coherente que me permitiese tratar la culpa en profundidad.

Para ello voy a utilizar el esquema de los Cinco Niveles de Intervención como marco de referencia para la intervención y, a partir de ahí, utilizaré distintas técnicas para cada nivel, tomando como ejemplo la intervención que proponen Ana Gimeno-Bayón y Ramón Rosal.

INTERVENCIÓN TERAPÉUTICA CON LA CULPA

NIVEL

ANÁLISIS

INTERVENCIÓN

ConductaPasividadDecidir cómo actuar (reparación del daño)
Pensamiento SocialCulpa, rumiaciones, atribucionesAnálisis de la culpa, descontaminación del adulto
Pensamiento ProfundoDiálogo PC- NAS-, mandatos “no tengas en cuenta tus necesidades”, impulsores “sé perfecto” “complace”SPEC, silla vacía
Emoción BásicaTristeza y RabiaTrabajo emocional: creativo, corporal, simbólico
Emoción ProfundaMiedo existencial al abandonoAmor parental en la relación terapéutica

En el caso de la culpa una buena puerta de entrada puede ser el pensamiento, ya que tiene un componente cognitivo importante, especialmente en el caso de que el paciente tenga una personalidad de tipo obsesiva. No obstante, con pacientes emocionales puede utilizarse la emoción básica como puerta de entrada. Tomaré como ejemplo el primer caso.

La intervención consistirá en realizar un análisis de la culpa desde el Adulto (descontaminación del Adulto). Lo primero será que el paciente exprese por qué es culpable para, a continuación, ver si realmente es responsable. Para ello podemos utilizar un cuestionario o hacerle preguntas del tipo:

  • La norma que has violado, ¿es justa?, ¿por qué lo es?, ¿estás de acuerdo con ella?, ¿exigirías a los demás que la cumplieran?
  • ¿Tiene que ver con algo que podías controlar?
  • ¿Tenías claras las consecuencias de tu actuación?
  • ¿Podías elegir actuar de otro modo?

De esta forma, analizaremos los componentes de responsabilidad, lucidez y libertad, necesarios para ser realmente responsable del daño.

A continuación, tanto si el paciente decide que no es culpable como si lo es, entraremos en el nivel de pensamiento profundo. Ahí trataremos de transformar su diálogo interno PC- vs. NAS- y sustituir los mandatos por permisos. Para ello podemos utilizar:

  • SPEC: de forma que el paciente haga consciente en qué situaciones tiende a sentirse culpable
  • Silla vacía: para identificar quién es el PC que hay detrás de esa culpa y enfrentarse a él.

Si el paciente no es culpable podrá ver qué y quién hay detrás de ese sentimiento. Si realmente es culpable, puede identificar tendencias de comportamiento o comprobar si la acusación es proporcional al daño infligido.

En este último caso, será importante que el diálogo sirva para transformar la culpa en responsabilidad. El paciente deberá arrepentirse y decidir qué conductas va a poner en marcha para reparar el daño.

A nivel emocional parece que lo que subyace a la culpa es la tristeza y la rabia. Para intervenir en este nivel podemos utilizar técnicas de trabajo emocional. Por ejemplo:

  • Trabajo creativo: Dibujar la culpa o modelarla para luego rayar el dibujo o destruirla soltando rabia.
  • Trabajo corporal: sentir la culpa en una zona del cuerpo (se puede hacer presión) y sacarla poco a poco con respiraciones o liberándose de la presión.
  • Trabajo simbólico: Reunir en una mochila piedras que representen a los acusadores o a los componentes de la culpa (pueden ser frases que le hayan dicho, etc.). Ir soltando esas piedras durante el camino a medida que sienta que ya no le pertenecen.

También se puede utilizar la silla vacía para trabajar la rabia si lo que percibimos es que hay un enfado no expresado e incluso las técnicas de pushing o bate.

Otra opción es trabajar la culpa como un duelo clásico. En ese caso, llegados a este punto, se trataría de agradecer a la culpa el crecimiento que ha posibilitado y, como nuevos apegos, el paciente decidiría por qué sentimiento (responsabilidad) decide sustituir la culpa.

En el caso de la emoción profunda, se trata de proporcionar amor parental durante toda la terapia a través de la relación terapéutica.

Sobre el nivel de conducta apenas se interviene más allá de acompañar al paciente a decidir cómo quiere comportarse (reparar el daño, analizar su responsabilidad a partir de ahora, etc.). Entenderemos que su conducta cambiará si los cambios se han producido en profundidad.


8. BIBLIOGRAFÍA

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  • GIMENO-BAYÓN, A. y ROSAL, R. Psicoterapia Integradora Humanista (Volumen II). Manual para el tratamiento de 69 problemas que aparecen en distintos trastornos de personalidad. Barcelona: Instituto Erich Fromm. ISBN 94-933389-0-2.
  • GREENBERG LESLIE S. y PAIVIO SANDRA C. Trabajar con las emociones en Psicoterapia. Barcelona: Paidós Ibérica, 1999.
  • KERTÉSZ, A. «Las cuatro leyes de la culpa». Revista de Análisis Transaccional y Psicología Humanista, 2008, 58, 122-128.
  • STEWART, I. y JOINES, V. AT HOY. Una nueva introducción al Análisis Transaccional. Madrid: Editorial CCS, 2007.

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