Hablando de bulimia en pasado

03/01/2018

Soy una persona que no piensa ni mucho ni poco en la comida. No siempre ha sido así. Tuve bulimia durante 6 años, me recuperé y a día de hoy, tengo una relación con la comida y con mi cuerpo bastante sana. Hace años, una psicoterapeuta me dijo que esto no era posible, que por haber sido bulímica tendría que pasarme la vida controlando qué comía, cuándo comía y cuánto comía. Yo me negué a creerlo, y a día de hoy me alegro enormemente de que no tuviera razón. Tener un trastorno mental no significa arrastrar cierto peso de por vida.

Desarrollé bulimia tras la muerte de mi hermano cuando tenía 16 años. En aquel entonces ya tenía una relación poco sana con la comida y una autoestima por los suelos y, de pronto, encontré un medio que me servía para expresar con una exactitud aterradora la masa de sentimientos descontrolados, contradictorios y desconcertantes que me arrancaban la piel e invadían mi cuerpo. Y es que, en aquélla época, vivía a través de mis verbos.

Comer era acallar y no pedir, llenar un vacío y darme cariño, tomar acción ante la impotencia y saltarme los límites. Llenarme era no aguantar más, pero soportarlo todo y tenerlo bajo control. Sentirme gorda era excluirme del mundo y despreciarme como persona y como mujer. Esconder y mentir eran maneras de estar sola en mi lucha. Y vomitar era puro rechazo: a mí misma, a mi cuerpo, a mis emociones, a mi situación, a todo lo que me había tragado, a mis deseos de control, a la idea de merecer cariño, a mi inadecuación, a mi género, a mi cualidad de persona. A mi vida.

Traté de recuperarme muchas veces. Sólo tuve éxitos temporales, seguidos de recaídas en una espiral cada vez más preocupante. ¿Mi método? La fuerza de voluntad. Recuperarme era en aquél entonces un pulso a la enfermedad, una pelea contra mis instintos. No entendía que no bastaba con pelear contra los síntomas; en lugar de eso, me reafirmaba en mi creencia de que estaba rota y no tenía remedio.

Seis meses antes de descubrir la que iba a ser mi puerta de vuelta a la vida tuve una de las peores recaídas que recuerdo. Me di por vencida, decidí dejar de luchar. Abracé la bulimia como parte de mi vida y resolví destrozarme hasta lograr estar delgada. Y tengo que decir que no fue una etapa de sufrimiento agonizante. Muy al contrario: estaba feliz, todo me iba bien, conseguía lo que quería y me sentía en éxtasis continuo. Sentía que había hackeado la vida, había encontrado el modo de tener toda la energía del mundo, adelgazar, comer lo que me diera la gana y todo ello sin deterioro alguno para mi estado de ánimo.

Pero la realidad acabó llamando a mi puerta, y lo hizo en la forma de un peso que para mí era muy significativo: era un peso que había tenido de adolescente, antes de empezar toda esta historia. Para mí simbolizaba la idea de haber dado una vuelta en círculo, y de pronto veía de nuevo bajo mis pies la casilla de salida.

“Y ahora, ¿qué hacemos?” –me preguntaba.

Esos días había un cóctel de voces en mi mente. Así me encontraba yo cuando mi pareja de aquél entonces me preguntó si estaba volviendo a vomitar. Mentí, como tenía por costumbre, pero luego me arrepentí. Le expresé mi desesperación y la futilidad con que veía el asunto. Ya lo había probado todo, y si nada había funcionado, cualquier intento iba a desembocar en el mismo resultado. Esa noche, mi pareja me dijo algo que me dejó pensando. “No sé cuál es la solución, Mique, ojalá lo supiera. Pero sé una cosa: no lo has probado todo. No lo has probado todo porque si lo hubieses probado todo, ya no tendrías este problema.”

Decidí aceptar su premisa: existían personas en el mundo que habían superado bulimia, y si yo no era una de ellas, era porque ellas habían hecho algo que yo no había intentado. Esto implicaba ignorar una idea que retumbaba en mi cabeza: que había algo esencialmente mal en mí que explicaba por qué yo no lo lograba y el resto sí.

Y es que toda persona puede superar una enfermedad mental, por integrada que la tenga, por años que lleve arrastrándola o por inimaginable que les resulte vivir de otra manera. Tenemos una enorme capacidad de lucha y de crecimiento. He visto casos “mejores” y “peores” que el mío, con gente que ha salido y que sigue ahí en ambas categorías.

Lo primero que hace falta es saber cuál es el problema. Mientras mi meta fue dejar de vomitar y de pegarme atracones, no fui a ninguna parte. Fue cuando empecé a abordar mi relación con la comida y con mi cuerpo que las cosas empezaron a cambiar.

Hace falta también una decisión firme y adulta de hacer de la recuperación una prioridad. La tomé, sin excusas: encontré una motivación y un medio, y me agarré a ellos como si la vida me fuese en ello, con la certeza de que prefería pasarme la vida luchando que volver a dejarme caer en ese pozo. Y si a día de hoy no lo hubiese superado, estoy segura de que lo seguiría intentando, porque así de importante era para mí no volver a abandonarme.

Motivarme fue importante porque me permitió desplegar todos mis recursos. Empecé queriendo cambiar mi relación con la comida para transmitir algo más sano a mis futuros hijos pero creo que cualquier motivación vale mientras uno no piense que va a caer del cielo. Fui dando fuerza a mi motivación inicial a medida que fui poniendo la recuperación como prioridad en mi vida, cuidándome física y emocionalmente, permitiéndome sentir la angustia, el dolor y la confusión que había estado evitando. Fui añadiendo ideas a mi motivación inicial: no quería volver a sentirme esclava de nada ni de nadie, quería liberar energía para alcanzar mis metas, ser una buena psicoterapeuta y ser la persona feliz e ilusionada que sabía que se hallaba debajo de mis heridas.

Cuanto más me motivaba, más capaz era de hacer lo que necesitaba para salir del pozo. Recuerdo ese año, en especial los primeros meses, como un tiempo de indescriptibles esfuerzos, donde algunos días tenía más ganas que otros de luchar contra mis instintos. Pero aprendí que se podía luchar contra la enfermedad de muchas otras maneras. A veces esforzarme podía ser darme un permiso, ser amable conmigo misma o darme cariño.

Encontré un medio mejor que la fuerza de voluntad. Buscando en internet, me topé con BRP (The Bulimia Recovery Program), un programa online creado por una persona que superó la bulimia para que otros tuviesen ayuda por el camino. Tenía para mí, en ese momento, tres virtudes: era barato, era privado y parecía útil. Pero lo que más me atraía era la premisa de la que partían: era posible recuperarse completamente de la bulimia y tener una relación normal con la comida.

El programa consistía de un manual en el que esta persona explicaba lo que le había servido para superar la bulimia y, lo más importante, de una comunidad privada online. La experiencia de compartir el camino con otras personas es la mejor arma frente a la soledad de la enfermedad mental. Gracias a la gente de BRP, desarrollé confianza en mis capacidades y en mi cuerpo, y aprendí a tener paciencia y a perdonándome a mí misma por mis tropiezos. Hablando y compartiendo mi experiencia, y escuchando otras historias diferentes y parecidas a la mía, aprendí a abrirme. Fui dejando caer mis muros, que me protegían y me aislaban al mismo tiempo. Supongo que aprendí a protegerme de otras maneras.

Por lo demás, el método partía de una visión realista del proceso de recuperación, una serie de herramientas que podían ayudar a manejar mejor la comida (maneras de estructurarse las comidas, de evitar o retrasar los atracones y las purgas, de combatir las voces internas…) e ideas hacia un cambio trascendente en torno a un concepto: la amabilidad hacia uno mismo.

Estas últimas eran las más etéreas, y sin embargo, las más importantes: implicaban cambiar la manera en que nos relacionábamos con nuestro cuerpo y con nosotros mismos, desarrollando un profundo amor propio, dándonos importancia, espacio y voz. Implicaban dejar que la realidad se presentara tal como la vivíamos y escucharnos de verdad: no acallando esas partes que sólo duelen, sino aprendiendo qué nos quieren decir, qué hay detrás de ese dolor, de esa angustia; qué necesitamos que no estamos obteniendo. Podría escribir un libro sobre cada una de estas ideas. Son las que más a fondo se han quedado grabadas en mí.

No quiero dar la impresión de que fue fácil o intuitivo. Todo esto ocurría en una frustrante nebulosa en la que aparentemente no avanzaba y de la que no salía, y ni siquiera tenía una guía intuitiva que me indicase qué cosas me acercaban a la recuperación y cuáles me alejaban en el delgado equilibrio entre respetar mis ritmos y cambiar mis conductas. Fue inmensamente importante saber que los tropiezos son parte del proceso de recuperación y que recuperarse no es resistir, sino atreverse a arriesgar todos los días un poquito a pesar de experimentar el fracaso una y otra vez y descubrir por nosotros mismos qué nos funciona, qué es cuidarse y qué no.

Los primeros meses fueron una mezcla de atracones, purgas, agotamiento y desesperación. Echaba de menos mi etapa de “bulímica feliz” y me preguntaba si lo que hacía tenía algún sentido o si estaba perdiendo el tiempo, engordando y angustiándome por un resultado incierto cuando podía optar por el camino fácil. Lo cierto es que no lo sabía. No sabía si me iba a recuperar o iba a ser un esfuerzo vano. Pero la posibilidad de recuperarme sólo estaba presente en este camino.

A pesar de todo, en esta angustia, de vez en cuando, me miraba hacia adentro, percibía mi agotamiento y sonreía: porque estaba destrozada, no podía más, la vida me superaba… pero todos esos pensamientos y emociones eran auténticos. Era mi angustia, mi dolor, mi agotamiento. No eran sentimientos de plástico como los que tenía cuando había sido bulímica y “feliz”. A día de hoy, hay algo que me sigue emocionando en la idea de acoger y cuidar las propias heridas. Mi recuperación fue un espacio para encontrarme a mí misma, la gestación y el parto de mi autenticidad.

Poco a poco, las lecciones fueron calando. Un día entré en la cocina y me paré en seco porque ocurría algo diferente. Me eché a llorar al darme cuenta de lo que era: el silencio. De pronto, no había voces, no había discusiones mentales sobre qué comer o dejar de comer. Nada. Silencio. Y podía hacer lo que quisiera sin interferencias.

Por supuesto, esto duró un día, y hubo otros en los que las cosas parecían tan mal como siempre. Pero la tendencia general era de cambio. Había días que costaban menos que otros, días en los que todo esto no parecía tener nada que ver conmigo, semanas enteras en las que no me pesaba ni me sometía a escrutinio ante el espejo. Y durante todo ese tiempo seguí regando mis plantas: escribir en el foro de BRP, pensar en las cosas por las que estaba agradecida, descubrir todo lo que me vinculaban a la vida, darme la enhorabuena por mis pequeños logros y abrazarme en mis tropiezos.

No hay una fecha en la que todo esto terminase. El cambio fue gradual. Y hoy me quiero muchísimo, me cuido, me priorizo y estoy sintonizada con mi cuerpo. Me atrevo a tomar riesgos, tomo las riendas sobre mi vida y me acompaña una nueva templanza derivada de la seguridad de que aunque las cosas a veces estén mal, al final, estarán bien porque puedo contar conmigo misma. Tengo mucha más energía y soy capaz de hacer más y darme a los demás mejor. He aprendido que el egoísmo sano es la puerta a la generosidad. He cambiado: no me gusta comer cosas que me sientan mal, no me gusta hacer cosas que me sientan mal y no me gusta hacerme daño, en ningún sentido. Y cuando lo hago –porque, por supuesto, no soy perfecta-, mi reacción automática es nutritiva: pienso en qué necesito y cómo cuidarme. Para mí, esto último es la definición de salud mental.

 

Micaele Domecq Ballarin
Asesoramiento Juridico.
Alumna del Máster de Psicoterapia y Counseling Humanista Integrativo.

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