“Estar plenamente despierto y completamente vivo” .Objetivo terapéutico de la técnica de FROMM.

03/01/2013

Cuando el Centro de Estudios y Aplicación del Psicoanálisis me invitó a participar en ésta Mesa Redonda, cosa que aprovecho para agradecerles profundamente, lo primero que pensé es en el título de mi intervención. Me acordé de que en el Simposio Internacional sobre la obra de Erich Fromm, celebrado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander en 1982, del que tuve el honor de ser secretario, la sueca Margit Norelltituló su intervención “estar plenamente despierto y completamente vivo”, y decidí adoptarlo añadiendo en el título que ese era el objetivo terapéutico de la técnica de Fromm.

Considero que en las palabras de Fromm “estar completamente despierto y lleno de vida”,  se contiene el mensaje esencial de lo que, tanto sobre su persona, como sobre su vida, se puede extraer. Si se trata de técnica psicoanalítica, como es el caso de ésta Mesa Redonda, esas mismas palabras creo que sirven para expresar, con bastante justicia, lo que para Fromm significó la meta última del  psicoanálisis, lo que él entendió como su objetivo terapéutico de más largo alcance.

Aunque el grueso de mi orientación teórica estaría incluido dentro de ese ámbito que acostumbramos a llamar la teoría de las relaciones de objeto, que arranca de la escuela inglesa con Fairbairn, Winnicott, Bion, Balint, etc., otros autores han enriquecido considerablemente mi formación teórica; entre ellos Fromm – por varias razones – ocupa un muy destacado lugar.

Otro de esos lugares es ocupado por Margareth Mahler, quien con su fundamental concepto de una existencia psicobiológica gradualmente separada de la madre, que se inicia a partir de la matriz de una unión simbiótica entre madre e hijo, se emparenta estrechamente con Fromm en sus conceptos acerca de la importancia de los lazos simbióticos y de la ruptura de los mismos.

Para Fromm la simbiosis en el sentido psicológico del término, se refiere a: “la unión del yo individual con otro (o con un poder exterior), unión capaz de hacer perder a cada uno la integridad de su personalidad, haciéndolos recíprocamente dependientes”.

El psicoanálisis estaba concebido por él como un medio para liberar de la simbiosis, la fijación y la angustia, así como un método que permitiese la libertad para el logro de la independencia, la verdad y las posibilidades de amar.

Desde ese punto de vista Fromm comparte, e incluso en algunas cuestiones precede, una posición de la teoría de las relaciones de objeto al escribir ( El corazón del hombre, 1964) : “Esta adhesión preedípica de los niños y las niñas a sus madres, que es cualitativamente diferente a la adhesión edípica de los niños a la madre,- según mi experiencia-, es con mucho el fenómeno más importante”, añadiendo más adelante : “El hombre sólo nace plenamente y es, en consecuencia, libre para avanzar y ser él mismo, en el grado en que se libera de todas las formas de fijación incestuosa”. Ese es el camino de la separación-individuación y así ve Fromm el problema entre niño y madre, inmerso en términos de relaciones interpersonales, con lo que se sitúa de lleno en el campo de la teoría de las relaciones objetales.

Pese a ser un autor prolífico que publicó 22 libros y cerca de 100 artículos, Fromm escribió muy poco acerca de la técnica psicoanalítica, razón por la cual, además de a sus escritos, voy a acudir a testimonios de sus discípulos directos, los cuales desarrollaron los principios de la práctica psicoanalítica de Fromm, que él mismo no publicó.

Sabemos que Fromm consideraba el psicoanálisis como un proceso interpersonal, que se establece con el específico propósito de descubrir los conflictos y la realidad inconsciente del analizado, creando para ello una relación que es diferente de cualquier otra relación.

Edward S. Tauber señala como lo esencial del psicoanálisis en Fromm: “penetrar con toda la rapidez y con toda la profundidad posibles dentro del núcleo de la vida del paciente; localizar sus soluciones de separatividad, irreales e inconscientes, a las que se aferra tenazmente; no perder tiempo con las consecuencias y los ajustes del problema, sino obligarlo a encarar sin cuartel sus resistencias. Las anteriores características servirían para definir el concepto de “relación productiva”, que Fromm consideraba básico para vencer la represión y las distorsiones que de ella surgen.

Establecer ese tipo de relación comprometida entre paciente y psicoanalista, es el primer paso para el abordaje psicoanalítico, y la responsabilidad del analista consistiría en “prestar lo mejor de su conocimiento y de su esfuerzo en darse a su paciente, en la búsqueda del fin para cuya realización lo ha buscado el paciente”.

En coherencia con la posición anterior, iniciaba la primera sesión recogiendo información acerca de la sintomatología motivo de consulta, a la que añadía un breve relato de la historia del paciente y de su familia, remontándose hasta los abuelos.

A continuación, según refiere Bernard Landis, podría decir más o menos algo así: “Hábleme acerca de usted, pero hágalo con la intención de ir más allá del nivel de una conversación común; hay muchas ficciones en la vida y necesitamos hablar de la realidad subyacente. Exprese lo que usted sienta, y yo lo interrumpiré cuando perciba algo”.

Su oposición a la técnica de la asociación libre, se refleja en el siguiente comentario, que también tomo de una comunicación personal de Landis: “El analista no debe decir de manera simple “dígame todo lo que  le venga a la mente”, porque en ese caso, no podrá decir con legitimidad a un paciente que no habla en serio “Déjese de tonterías”. Lo importante es que el paciente sea enteramente franco y no omita pensamiento serio alguno”.

En diferentes contextos resalta Fromm la importancia que concede al hecho de que el analista disponga, “siempre y lo más tempranamente posible, de un plan estratégico global para la terapia, y de que ese plan sea fruto de la reflexión. Dicho plan terapéutico  se podría llevar a cabo y desarrollar desde el momento en que el analista logre visualizar la vida del paciente como una especie de drama que se representa en un escenario.

En dicha estrategia terapéutica se necesitarían distinguir con claridad los objetivos primarios de los secundarios, y dedicar el máximo esfuerzo de concentración a los primarios, con el fin de no se oscurezca el enfoque, pero también sin perder de vista en ningún momento que se pretende promover cambios en toda la personalidad, y que una evaluación de la estructura dinámica del carácter, es absolutamente necesaria.

Una vez efectuadas las anteriores operaciones, que podemos llamar diagnósticas, recomienda Fromm que las acciones del analista no vayan dirigidas a apaciguar al paciente, tampoco a amonestarlo, ni   –por supuesto- a abrumarlo con la angustia del propio analista; pero tampoco admite que el analista debe de permitir componendas, y sí tratar de que la verdad surja lo más clara y lo más francamente que sea posible, pues “lo único que en verdad sirve es exhibir la verdad con toda claridad.

Para Fromm la neurosis es la consecuencia de una serie de mentiras que se montan sobre otras mentiras, siendo el autoengaño, la decepción y la mentira factores psicopatogenéticos de primer orden; en coherencia con lo anterior, sólo queda una única vía para llevar adelante la ayuda terapéutica: es a través de una relación que él considera extremadamente humana, en la cual se posibilite hablar de los problemas fundamentales que tiene esa persona, sin que se produzca la negación ni el engaño.

Para llevar a cabo ese desarrollo, considera Fromm que el analista necesita mantener durante el mismo una actitud de valentía, y piensa que dicha actitud se puede aprender y practicar, pero que eso es algo que no ha tenido muy en cuenta el análisis tradicional, habiendo pasado por alto tan importante cuestión. Junto a la valentía, insiste también en la actividad como otra característica relevante del analista: “debe ser siempre activo, no permitir la trivialidad, ni la repetición, ni el silencio, de forma que cada hora analítica revele algo significativo para el paciente”.

Un apasionado interés por la comprensión, que estaría asociado a una falta de temor a la intimidad – tanto del otro como de uno mismo – y unido lo anterior a una firmeza en el hablar, amabilidad, y palabra penetrante, serían las características fundamentales sobre las que asentaría la capacidad del analista para abordar las resistencias, y sólo sobre esas bases se podría conseguir transformar la actitud resistencial del paciente en una actitud de movimiento, de diálogo.

La importancia de la técnica radica para Frommde una manera especial en el propio analista, en el hecho de que posea las condiciones de elasticidad, flexibilidad, capacidad para revisar las cosas, cambiarlas y, sobre todo, el estar siempre despierto, y dispuesto a ver algo nuevo.  De todo el proceso de la técnica psicoanalítica lo mejor que Fromm puede decir es que dicho proceso “debe caracterizarse por ser muy vivo, que no muera, por que toda enfermedad mental es una falta o ausencia de la vivencia de la vida.

La palabra técnica evoca en Fromm un método técnico, mecánico, que no sirve para producir vida, razón por la que de forma casi sistemática elude hablar de técnica psicoanalítica, prefiriendo referirse al proceso analítico como un método vivo. En cualquier caso, está claro el énfasis que pone en considerar como foco central, al margen de la técnica que se use, la calidad de lo vital en contraste con la calidad de lo mecánico.

Considera Fromm que forma parte de la responsabilidad del analista el que la hora analítica tenga ese carácter de viveza, intensidad e interés, así como su participación para que esa hora resulte muy estimulante; la vía que aconseja utilizar para el logro de eso, pasa ineludiblemente por la verdad, de tal manera que conseguir hablar  sin circunloquios, directamente y sin tecnicismos, es algo que, sin duda ninguna ayudaría muchísimo en esa relación. El sentido de la vida en el analista, así como el hecho de que viva el interés, la capacidad de ánimo y la esperanza, producen un efecto multiplicador y se transmiten al paciente por la vía del contagio.

Para Fromm la realidad adquiere un valor fundamental, la dota de un alto valor como agente de cambio terapéutico, y piensa que se debe de transmitir sin necesidad de suavizarla, pero tampoco acompañarla de tonos de acusación, reproches o juicios valorativos, sino con la mayor naturalidad posible. La vía de elección para que el analista transmita esa realidad al paciente es lo que llama la explicación funcional, que no responde exactamente a la interpretación histórica, ni genética, pero que sí es sistemática y abarca varios niveles del consciente y el inconsciente de la personalidad, debiendo incluir dicha explicación funcional todos los términos de la estructura interna del paciente, todos los procesos que ocurren dentro de él.

La táctica que se emplee siempre debe estar subordinada a un plan estratégico terapéutico global, que debe surgir tras el conocimiento de cuál es el argumento secreto del paciente, de cuáles son sus tramas, sus nudos, y también sus racionalizaciones. Si se logra alcanzar un cuadro comprensivo que  abarque todo lo esencial, una composición de lugar que integre un cuadro completo, será más fácil no perderse en interpretaciones aisladas y que la atención no se desvíe hacia pedazos separados del grueso del conjunto.

Podemos concluir que, aunque ciertamente echemos en falta y lamentemos el hecho de que Fromm presente algunas lagunas teóricas y técnicas, por ejemplo que no escribiese casi nada acerca de los fenómenos esquizoides, o que no publicase una psicopatología organizada, o que tampoco saliese de sus manos un libro sobre técnica psicoanalítica; no por eso podemos dejar de reconocer que nos dejó como su mejor legado lo que venimos conociendo bajo el nombre de “psicoanálisis humanista”.

Dentro de ese psicoanálisis humanista nos presenta y desarrolla una serie de conceptos de los que, en éste momento, se me ocurren destacar algunos,  como son: la patología de lo “normal”, el miedo a la soledad y la libertad, la fijación incestuosa pregenital a la madre, su planteamiento del narcisismo, y su forma de encarar la comprensión de los sueños que, entre otros muchos, son conceptos que han enriquecido notablemente nuestro conocimiento acerca de los mecanismos psicodinámicos.

También creo de justicia reconocer que el conjunto de las aportaciones de Fromm desde el punto de vista técnico, ha ejercido gran influencia en el cambio de actitud del analista que, de una actitud de “espejo que refleja”, pasa a ser configurado como alguien que participa activa y productivamente en el diálogo analítico, alguien que manifiesta valentía y responsabilidad para penetrar en los núcleos conflictivos, y alguien que, por medio de un plan estratégico global en la terapia, estimula la aparición de nuevas perspectivas y alternativas ante la vida.

José Luis Lledó Sandoval. Centro Psicoanalítico de Madrid.

Mesa Redonda sobre Técnica Psicoanalítica en Erich FROMM.
Instituto Alemán. Madrid 2 de Diciembre de 2000.
Publicado en: Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid

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