El amor de un terapeuta

03/09/2018

RESUMEN

Mi propuesta se vertebra en torno a la hipótesis de que la terapia ocurre desde una relación interpersonal con componentes necesariamente emocionales y afectivos. Me interesa explicar cómo estos componentes entran en juego, cómo llega el terapeuta a desarrollarlos y propiciarlos y cuál es su papel terapéutico para el paciente.

Bajo el prisma que quiero traer a debate el elemento principal de una terapia no es una habilidad o actitud del terapeuta que pueda ser entrenada, medida, enseñada o reproducida, sino una característica personal, que desarrolla a través de su experiencia vital y su propio proceso personal: su capacidad de amar.

Palabras clave: terapia, amor, implicación afectiva, contacto, comprensión empática, aceptación incondicional positiva, autenticidad.

ABSTRACT

My proposal is to built around the hypothesis that therapy derives from an interpersonal relationship between therapiest and pacient, wich necessarily has emotional and affective components. I am interested in explaining how these components come into play, how the therapist comes to develop them and to propiciate them, and what is their therapeutic part for the patient.

Under the prism that I want to bring to debate, the principal element of a therapy is not a skill or attitude of the therapist that can be trained, measured, taught or reproduced, but a personal characteristic, that the therapist develops through his life experience and his own personal process: his capacity to love.

Key words: therapy, love, affective involvement, contact, empathic understanding, positive unconditional acceptance, authenticity.

 

INTRODUCCIÓN

“No man is an island.”

John Donne

Voy a hablar del amor dentro de la Psicoterapia Humanista Integrativa, pero no como un constructo aislado del ejercicio terapéutico, ni como una herramienta concreta que el terapeuta pueda o deba poner en marcha en momentos determinados. En este trabajo yo me planteo que el amor es el lugar desde el que hacer psicoterapia, y para que ese lugar exista el terapeuta debe estar conectado con su capacidad de amar.

Para intentar describir esta capacidad de amar que menciono atenderé como componentes esenciales la congruencia o autenticidad del terapeuta, su capacidad para la aceptación positiva incondicional y su capacidad de comprensión empática.

Dentro del despliegue de términos o posibles explicaciones que otorgaré al respecto, vengo a hablar de cómo las personas nos miramos en otras personas como esencia de nuestra existencia en el mundo, y cómo esa mirada condiciona y define lo que somos.

Para comenzar a describir cómo sucede este proceso a mis ojos, iré describiendo cómo observo el amor de un psicoterapeuta en “capas de profundidad”: cómo una persona concibe a otra como sujeto de amor, cómo entra en relación con ella para poder dar respuesta a ese amor y cómo en tanto a esto los psicoterapeutas concebimos a nuestros pacientes como sujetos de amor y entramos en relación con ellos en respuesta a ese amor.

Me interesa particularmente ir profundizando poco a poco en el tema en cuestión, y comenzar hablando del mismo fuera del contexto de la terapia y sin aludir necesariamente a la relación psicoterapeuta-paciente, para poder darle saliencia a la humanidad del terapeuta, que no se construye en terapia, y al hecho de que es esa humanidad la que le permite realizar su trabajo.

Antes de comenzar con esto, considero pertinente intentar explicar qué significa para mí “amar” o “el amor de un psicoterapeuta”.

Estudio música desde que tengo 3 años, edad a la que mi madre y mi maestro Jesús Moreno me pusieron un violín en brazos. Él me enseñó a tocarlo, pero sobre todo me enseñó a usarlo aún cuando no lo tuviera en mis manos.

Me enseñó, y yo aprendí, que la música no es lo que hacemos sino lo que somos. Y que somos mejores gracias a ella. Recuerdo bien que lo explicaba describiéndonos cómo mira un árbol un músico; cómo escucha sus sonidos, cómo atiende a los detalles, cómo se sobrecoge ante su naturaleza, cómo siente el viento en su cuerpo, cómo contempla la belleza en todas sus formas.

De la misma manera en que a mis ojos es el amor por la música y lo que provoca en las personas el que hace músico al músico y le permite ejercitarse como tal, es a mi ver el amor por las personas, y por los pacientes, y lo que provoca en ellas el que hace psicoterapeuta al psicoterapeuta y le permite ejercitarse como tal.

Con esto no quiero decir que las habilidades que el terapeuta entrene o los conocimientos que adquiera no sean necesarios e imprescindibles para el ejercicio de su profesión, sino que es ese amor del que hablo el que enciende su pasión por entrenarse y adquirirlos, y activa toda la maquinaria que se articula en torno a la terapia.

El otro. El paciente.

Hay una historia a la que recurro en numerosas ocasiones; relatada en uno de los cuentos de Borges de su libro El Aleph, y que de una forma poética ilustra cómo miramos a los otros y de cuántas y diferentes maneras nos encontramos en ellos. Se llama “Historia del guerrero y la cautiva” y narra en paralelo las historias de estos dos personajes.

Droctulft es un guerrero que abandona a los suyos en la batalla y muere peleando por Ravena, el pueblo enemigo: “en su sepultura graban palabras que él no hubiera entendido”.

La abuela inglesa de Borges acaba en la Pampa de Buenos Aires, donde encuentra a otra inglesa que tiempo atrás se había casado con un indio y había adoptado su vida y costumbres salvajes: “quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas.” Ella intenta salvarla de su modo de vida, pero la cautiva le responde que es feliz.

La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicas. Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar. (Borges, El Aleph, 1949)

¿Cuál es este ímpetu más hondo que la razón? ¿Qué nos orienta hacia los otros y les hace imprescindibles? ¿De qué depende de que los otros sean “amigos” o “enemigos” pero necesarios en cualquier caso?

Sería pretencioso buscar dar respuesta a todas estas preguntas en este trabajo, pero a modo introductorio considero interesante plantearlas para hablar de la importancia de las personas para una persona en concreto, y de su posible enfoque hacia ellas.

Podemos empezar hablando del apego, que además de ser nuestra primera experiencia del vínculo con los otros condiciona el estilo en el que les concebiremos y nos relacionaremos con ellos.

Como mi objetivo no es teorizar sobre este concepto, y en ese camino perderíamos el hilo de lo que nos ocupa, ofreceré una visión personal del enfoque hacia los otros que mi estilo de apego me brinda.

Yo presento un estilo de apego ansioso, y esto habla de cómo mis cuidadores se acercaron a mí y de cómo me acerco yo emocionalmente a las personas. Como es generalizable en las personas con este tipo de apego, en mis relaciones busco intimidad y proximidad con el otro, comprobando con minuciosidad e hipersensibilidad, como muestra de mi ambivalencia e inseguridad interna, muestras de su disponibilidad. El vínculo es, en origen, dependiente y al menor riesgo de su deterioro o destrucción mi reacción ansiosa y en ocasiones precipitada llega a provocar lo que más temo; el abandono.

Ahora que conocéis esto de mí, ¡seguid leyendo por favor!. A quien recoja este y otros guiños que dejaré por el camino no le será difícil encontrar la relación entre mi estilo de apego y la elección de este tema para el desarrollo de mi tesina.

Volviendo al tema, esta óptica vital descrita marca mi posición existencial, el modelo operativo de mis figuras de apego y de mi misma, y colorea mi manera de entender las relaciones y a los otros. Y dentro de esos “otros” se encuentran mis pacientes.

Esta forma en que he expuesto mi caso particular podría ser extrapolada al del resto de psicoterapeutas, cada uno con su estilo de apego, con sus posiciones existenciales hacia sí mismos y hacia los otros, entre esos otros sus pacientes. Todo este planteamiento salvando y asumiendo el trabajo terapéutico personal que el terapeuta debe realizar para ser genuino con sus pacientes.

Con todo esto lo que quiero poner en relieve es que “el otro” existe inevitablemente, pero nuestra vivencia de esto no es igual para todos. Y esta es, en mi exposición, la primera premisa esperable para acercarnos a nuestros pacientes, pero también para entender cómo ellos se acercan a nosotros.

El encuentro con el otro

Ahora que el otro existe, con matices para cada cual, veamos cómo nos encontramos con él; cómo contactamos con él.

Me gusta pensar en el contacto como constructo psicológico con la imagen de una obra artística observada o aprehendida por un observador o espectador. Imagino todas las formas en que puedo llegar a recibir una pintura, una canción, una obra de teatro…cómo me conmueve o me emociono, me ruborizo o me rebelo, cómo se despiertan sensaciones nuevas o apagadas en mi interior, cómo algo que antes no existía en mi de pronto aparece de forma bella e inminente. Lo imagino también al contrario, cada vez que me subo a un escenario, sobre todo a cantar. Yo conecto con todo mi ser, dibujando una historia propia y única que cambia en el momento en el que la comparto y pasa a ser de todas las personas que me escuchan y del lugar que acoge ese momento, permitiéndome conectar con él y con ellas.

Cantando me relaciono con quienes me escuchan; veo cómo llega mi discurso y algo casi mágico ocurre: ojos brillantes, nudo en el pecho, pelos de punta…nuestro cuerpo hace olas al son de lo que ocurre alrededor porque estamos en contacto; y eso significa que estamos en movimiento y el cambio es posible.

Para que el contacto exista debe existir la relación. Hemos supuesto que las personas vemos en los demás las posibles relaciones que tendríamos, o que no tendríamos, con ellos, por lo que cabe suponer que en ciertos casos se den estas relaciones. Dentro de ellas, hablamos del contacto como una necesidad psicológica del ser humano. Nuestra naturaleza nos hace dependientes de los otros; desde el principio más biológico que comienza con la simbiosis total en el vientre materno hasta nuestra construcción como seres sociales.

Cuando la relación se da en terapia este contacto tiene ciertas connotaciones, ya que el terapeuta es el responsable de matizar el ritmo de contacto-retirada para que suponga una oportunidad para el paciente para relacionarse de forma nutricia con el mundo, con él y consigo mismo, y para entender cómo se abre y cierra la experiencia.

El contacto es, para la Gestalt y en palabras de Perls, el lugar del cambio; posibilitante gracias a un espacio caracterizado por el “aquí y ahora”. Tal y como yo entiendo esto; ese espacio es el del crecimiento, y es el que recoge y moldea el amor del terapeuta.

En mi postura el amor de un terapeuta encuentra en el contacto con su paciente una posibilidad para que éste experimente su unión con el otro en paralelo a la libertad para pronunciarse como un mismo diferenciado del otro.

Frente a este contacto, y en parte por los modelos de apegos que podemos encontrar en nuestro pacientes, además de sus guiones de vida, sus estructuras de personalidad, sus experiencias recientes, sus creencias…puede existir un rechazo, un miedo; una resistencia. La labor del terapeuta es, a través de las caricias y la implicación afectiva, proporcionar a su paciente la protección y el cariño necesario para recibir los cambios e incorporar ese amor terapéutico en la construcción de su autonomía.

La implicación afectiva en terapia.

En esta última capa de profundidad; habiendo aludido a la existencia del otro y nuestro acceso a él, con su respectivo contacto fuera y dentro de terapia, hablaremos de la energía afectiva.

Piaget define la afectividad como energía; “en la medida en que el sentimiento dirige la conducta atribuyendo un valor a sus fines, hay que limitarse a decir que proporciona las energías necesarias a la acción” (Piaget, 1079).

También puntualiza “la afectividad no puede crear estructuras por sí misma, aunque influye en la selección del contenido de realidad sobre el que las estructuras operan”. Desde este prisma, que postula inherentemente que la conducta ha de estar impulsada o motivada, hablamos de la energía con la que la regulamos y por lo tanto de la manera concreta en que dirigimos ésta en terapia hacia nuestro paciente.

La palabra “implicación” responde bien, para mí, a esta “motivación” que imprime el terapeuta, y la palabra “afectiva” expresa la “dirección concreta” de la misma hacia el paciente.

Para Erskine esta implicación se entiende mejor a través de la percepción del cliente de una sensación de que el terapeuta está plenamente en contacto y se implica de verdad en el bienestar del cliente. (Mod. VI, Implicación). En su acercamiento a este concepto él habla del ambiente y la relación de seguridad y certidumbre que debe propiciar la presencia del terapeuta, y para ilustrarla de manera personal haré alusión a ella con mi experiencia como paciente con mi terapeuta Sonia Wilt del Villar.

Normalizar, validar, acariciar…parecen a veces accesorios de la terapia, píldoras con las que endulzar el proceso, y cada vez me doy más cuenta de que en absoluto lo son. Cuando yo empecé mi terapia con Sonia venía de realizar un proceso previo con otra psicoterapeuta, que si bien me ayudó mucho tenía una presencia mucho más fría y distante.

Durante mis primeras sesiones con Sonia, que es muy cálida y cercana, cada vez que ella hacía por validar mis experiencias o sensaciones, o por normalizar mis intensas vivencias interiores, o por reforzar decisiones positivas que yo iba tomando…yo lo recibía con cierta percepción de condescendencia en ella, y lo rechazaba. Pensaba: “no hace falta”, mientras contradictoriamente sentía que me hacía bien. Entiendo que confundía reconocimiento, que pensaba que no necesitaba, con afecto; y que sus respuestas estaban sintonizadas con mi discurso y mis sentimientos, incluso aunque yo estuviera negando una parte de éstos.

Esto me permitió redefinir o reafirmarme en mi experiencia más íntima, así como valorar mis esfuerzos comportamentales para lidiar con mis situaciones diarias o problemáticas. El impacto que yo veía que tenían mis emociones en Sonia, que en un principio me causaba cierto recelo, es el que me permitió inferir su receptividad y su disponibilidad; su sensibilidad hacia mi sin dejarse llevar por mis emociones.

Entendí que ella estaba en equilibrio entre “descentrarse” de sus propias necesidades y sentimientos para atender a los míos y “centrarse” en su proceso interno y sus reacciones hacia mí. Desde entonces en cada sesión redescubro y compruebo que la conexión interpersonal entre nosotras es segura. En otras palabras más propias, en cada sesión siento que mi terapeuta me quiere.

 

CONTEXTO

“Con los ojos abiertos, la existencia se evapora. Los hombres los cierran para conservarla.”

E.M. Cioran, El breviario de los vencidos

En relación al último punto al que hemos llegado en las bases que en la introducción hemos asentado para describir el amor de un terapeuta, cabe hacer alusión al contexto terapéutico en que esto ocurre, dentro del marco de la PHI: el vínculo terapéutico.

Éste es, por naturaleza, el propio del tema que nos ocupa, además del contexto social y profesional de la misma terapia que enmarca ese vínculo, al que luego hago referencia.

Hay una frase que dice Mario Salvador en su libro “Más allá del yo”  que creo que explica y resume por qué hablamos de vinculo terapéutico: “nos curamos en relaciones seguras”. Él explica, desde la neurobiología interpersonal, cómo la madre y sus interacciones con el bebé actúan de neocórtex para su estructura cerebral, impactando directamente sobre ella como lo hace un terapeuta con su paciente.

En palabras de Allan Schore (1994), la regulación emocional comienza siendo interpersonal, necesitando de la interacción externa, en nuestra analogía la de la madre o la del terapeuta. A esto lo llama “regulación biológicamente interactiva”, que a través de los cuidados y actuaciones de la madre o terapeuta, pasará a ser una “autorregulación biológica autónoma”.

Esta reflexión explica y contextualiza la forma en que la Psicoterapia Humanista Integrativa entiende el vínculo y la terapia, que “busca que los pacientes logren dos objetivos: la curación de los conflictos a nivel emocional profundo y la autonomía personal.” (Mod VI. La importancia del Amor en Psicoterapia, José Zurita y Macarena Chías)

Para que esto ocurra, a todos los niveles de intervención, el terreno donde vayan a germinar las habilidades técnicas y los conocimientos del terapeuta ha ser fértil, lo que se consigue en la PHI a través del amor y la relación emocional profunda e íntima entre terapeuta y paciente.

Vínculo y estructuras de la personalidad.

En el artículo antes mencionado, “La importancia del Amor en Psicoterapia”, Chías y Zurita (2010), contestan a la pregunta de cuándo es importante el amor en psicoterapia con un “desde el principio hasta el final”.

De la misma manera puedo yo preguntarme qué adaptaciones de la personalidad se beneficiarían del amor en psicoterapia y cómo. Mi respuesta es todas. En mi opinión, y tal y como vengo a defender con este trabajo, el amor responde a una necesidad relacional universal, así como he explicado que ocurre a todas las personas con su estilo de apego y su forma única pero compartida de acercarse a los otros. Otra cosa es que la relación afectiva se contamine con otros elementos, supuesto en que pasaría a no ser beneficiosa o deseable.

Son las formas de implicación afectiva las que sí pueden cambiar y moldearse dependiendo de la estructura de la personalidad de nuestro paciente; la vía de reconocimiento, la cuantía y encuadre de las caricias, el contacto físico, el juego mismo, el humor…Cada adaptación de personalidad, en cada momento y situación concreta, tendrá una necesidad también concreta de estas formas de implicación, ante lo que el psicoterapeuta tiene que ser sensible, flexible y saber reaccionar en relación a esa necesidad de su paciente.

Finalmente, y para cerrar este apartado en relación a mi proceso, quiero explicar que esta universalidad e importancia del vínculo en la PHI es la razón por la que yo elegí esta forma de terapia, este máster y este tema para mi tesina.

Sin caer en vagas comparaciones, observo una imperancia actual de otras escuelas y formas de acercamiento psicológico, no sólo en el mundo de la psicología; sino también en el de la publicidad, el arte, la educación…en las que no existe amor ni implicación emocional por parte del terapeuta o figura de autoridad o sanitaria, lo que finalmente lleva a un imaginario colectivo y una creencia social de lo que es un psicólogo o una terapia, las relaciones, o incluso de lo que es salud.

Al margen de que existan, y sin entrar a hacer juicios profesionales o de valor al respecto, yo no las elijo. Elijo, por muchas razones descritas y otras tantas que vengan, estar en contacto, implicarme y amar.

DESARROLLO

“La comprensión profunda es el regalo más

precioso que una persona puede otorgar a otra“

Carl Rogers

Estado de receptividad y disposición terapéutica necesario para amar

En primer lugar hago una aclaración previa extraída de la Terapia Centrada en la Persona de Rogers, la cual supone que tanto paciente como terapeuta son dignos de confianza, en tanto esa confianza corresponde a un movimiento interno y natural que dirige hacia una realización constructiva de la potencia inherente, a la que él llama “tendencia formativa” (Rogers, 1980).

Esto apoya el mensaje de la PHI de que “todo lo que se hizo es todo lo que se pudo hacer”, lo que puede suponernos en estas explicaciones una “guía de confianza para la conducta”, incluso cuando esta parece no estar enfocada al crecimiento. Uno de los objetivos del terapeuta es estimular en el paciente la percepción de libertad de forma paralela al sentido de la responsabilidad de las propias acciones. Esto puede suponer para él la oportunidad de experienciarse como un ser libre, activo y creativo, dueño de su propio proceso y todo lo que él encierre.

¿Cómo podemos crear una relación con nuestro paciente que él pueda utilizar para su desarrollo? ¿Qué condiciones deben darse? ¿Cuáles dependen de mi persona y mi proceso, con mis virtudes y defectos como profesional?

En respuesta a estas preguntas hay varias conceptos que desde la PHI asociamos al proceso y al vínculo terapéutico, tales como el contacto, la ansiedad menor del terapeuta con respecto a la del paciente, la comprensión del marco de referencia, la estructura general de la terapia…algunos de los cuales ya he contextualizado previamente para poder dar paso a estas explicaciones. Los términos a los que ahora quiero atender para responder a esas cuestiones tienen que ver con los componentes emocionales y afectivos necesarios para el establecimiento de una relación interpersonal entre paciente y terapeuta. Tienen que ver con lo que llamamos “querer a nuestro paciente” y hablo principalmente de tres:

  • Congruencia o autenticidad

Se habla de la congruencia como una configuración organizada de las percepciones del self admisible a la conciencia. Para que esta congruencia lleve de una actitud entera e íntegra por parte del terapeuta a una relación interpersonal auténtica, la experiencia inmediata y sentimientos de éste han de estar representados en su conciencia, de modo que se encuentren disponibles, y haya una disposición a comunicarlos.

Para poner el término en relieve y despuntarlo de lo que en sociedad llamaríamos “sinceridad” pongo un ejemplo de mi experiencia en terapia con pacientes en prácticas.

Durante el proceso que G. y yo llevamos a cabo durante semanas hubo un momento de “parón” en el que parecía que G. no quería tratar nada ni nada de lo que trabajábamos le servía realmente; todo le era indiferente o le parecía mal. G. presenta una personalidad de tipo pasivo-agresiva y tiene una forma de comunicarse en ocasiones con tintes bélicos o amenazantes, como si el terapeuta, en este caso yo, estuviera pasando algún tipo de prueba.

Hubo un punto en que yo ya no sabía diferenciar si esto descrito realmente estaba pasando o era mi sensación. En otras palabras; me planteaba si yo lo estaba haciendo mal. Hasta que no acepté los sentimientos, a veces de desconcierto por ejemplo, que tenía de verdad durante esas sesiones en lugar de los que creía tener porque eran los que se “suponía” que debía tener, mi posición fue incongruente y la relación no se vio favorecida. Fue el momento en el que supe expresarle lo que estaba sintiendo cuando empezamos a avanzar de nuevo a través de su propia sensación de que a todo el mundo con quien se relacionaba le ocurría esto que yo estaba compartiendo con él y no entendía por qué.

El trabajo que yo realicé pasó en primer lugar por darme cuenta de que mis sensaciones, con independencia de su naturaleza positiva, estaban interfiriendo en la relación. Al observar esto acudí con ello a mi terapia personal, en la cual se me invitó a ser sensible para ser sincera y finalmente directa y ‘auténtica’. Al intervenir en la siguiente sesión dándole a G. una explicación de lo que yo había sentido pudimos ambos asistir a los efectos terapéuticos casi inmediatos de ese acto de apertura y trasparencia mutua.

  • Aceptación positiva incondicional

Para mí, a título personal, la esencia más primaria de esta actitud es el respeto total y profundo. Tras reflexionar mucho sobre el tema he llegado a pensar que es posible cuando el terapeuta ha realizado un trabajo personal de aceptación e integración del derecho individual de todas las personas, y de sí mismo, a la autodeterminación.

La parte del interés positivo por nuestro paciente es a mis ojos más intuitiva y natural, pero ahora viene la pregunta lógica de la continuación racional de esta línea de pensamiento: ¿cómo que incondicional?. Incondicional porque estamos hablando de aceptación y no de aprobación, ni siquiera de comprensión necesariamente; lo que inherentemente nos llevaría al juicio o la valoración y a una actitud directiva.

Se pueden dar situaciones en que actitudes del paciente entran en conflicto con nuestros valores como terapeuta; incluso con los propios ideales del paciente. Desde la perspectiva en la que la aceptación es psicológica y no moral podemos llegar a entender que las defensas o amenazas del paciente pueden estar por encima de su propia naturaleza o conciencia.

Brindo otro ejemplo de mis sesiones en prácticas con pacientes del máster para ilustrar el tema que estamos tratando.

M es madre primeriza de mellizos, con un embarazo de alto riesgo vivido con una salud muy delicada de ella y los bebés, su marido es transexual y entre ellos y en casa la situación es bastante crítica y desorganizada. M presenta una personalidad de tipo histérica, y en un momento de explosión de emociones muy drástico durante una sesión, describiendo una gran bronca que había sucedido en casa, enuncia que se quiere suicidar y que les verbalizó esto a sus bebés, que estarían mejor sin ella.

Considero que este ejemplo es pertinente además de porque explica cómo pudiera funcionar la aceptación incondicional del terapeuta hacia el paciente porque explica cómo llega el terapeuta hasta ella. Y es que antes de relatar cuál fue mi reacción ante esta situación he de relatar el hecho de que yo misma, siendo niña (no tan pequeña como los mellizos de M), recibí este mismo mensaje de mi madre.

Comparto esto no sin reparos, pues es un mensaje muy potente que ha marcado gran parte de mi desarrollo emocional y mis vivencias de guion. Lo que vengo a contar con este relato es que para que se pudiera dar la reacción que durante la sesión de terapia se dio entre M y yo, ha tenido que darse previamente por mi parte, en mi terapia personal, un trabajo muy fuerte y profundo de respeto y aceptación tanto de lo que llevó a mi madre a enunciar esas palabras como de lo que yo sentí al escucharlas y vivirlas.

Sin este trabajo yo no podría haber contenido las emociones que a M le estaban desbordando; dándole a entender que cualquiera en su situación podría sentir eso; pero así mismo haciéndole ver que sus hijos la necesitaban y que podíamos y debíamos redecidir juntas desde ahí.

Hay barreras, líneas rojas que no pueden cruzarse en situaciones tan críticas como esta, en la que había menores implicados, y el terapeuta debe saber dónde hay peligro y riesgo real para la salud e integridad del paciente y de terceros, en este caso menores desprotegidos, y tomar las medidas pertinentes. Estimé, consideré entonces y ahora a posteriori que correctamente, que éste no era el caso, y realicé una intervención que de alguna forma capacitó a M para sentirse aceptada no “a pesar” de lo que había hecho y sentido sino “con” ello, y para abordar el problema de un modo que ella misma consideraba más adecuado y positivo.

  • Comprensión empática

Aquí la piedra angular del groso de este trabajo, que despierta constantemente mi curiosidad y me motivó a definir el tema del mismo.

Rogers define la comprensión empática como la noción de la relación terapéutica; dando a entender que no es simplemente un método de conocimiento; sino de interacción. Podemos intentar definirla como la capacidad de percibir el mundo del paciente como él lo hace; de sentir y experimentar sus sentimientos, pero no como míos, en cuyo caso hablaríamos de identificación.

Para poder entender mejor este concepto, sus límites e implicaciones, voy a hablar de otros dos cuyos significados a veces se solapan o confunden, y que también forman parte del vínculo terapeuta-paciente.

Hablamos de simpatía como una forma de adhesión a la posición del otro a través del reconocimiento de una semejanza, de una proximidad. Hay algo familiar en el otro que se experimenta con “afecto simpático concomitante”. Hume habla de esto como un proceso relacional, una “tendencia a la comunicabilidad de los deseos y sentimientos”, base por la cual podemos transformar las experiencias ajenas en propias (Hume 1988, p.470).

La naturaleza inquisitiva del hombre le lleva a preguntarse quién es, a quién se parece, de quién se diferencia o por qué. Preguntas que lejos de tener el propósito de ser respondidas, le conducen en la construcción de su identidad, moldeando su historia y proyecto de vida. Estas preguntas responden a una necesidad vital para las personas, y el camino para la afirmación y negación de sus réplicas define su existencia.

En términos propuestos por Erich Fromm, la identidad es una necesidad afectiva, cognitiva y activa, desde la cual el ser humano es dueño de sus sentimientos, consciente de sí mismo y de los demás, y poseedor de libertad y voluntad.

Deducido de la constante modificación de la identidad y a través de la atención dedicada a este constructo, encontramos que el ser humano aspira a sentirse parte del contexto en el que habita y de las personas que le rodean, ocurriendo esto mediante los procesos de identificación, “sentirse parte de”, lo que no ocurre únicamente a través de la afirmación de las semejanzas, sino también de las diferencias con los otros.

De esta manera hablamos de identificación como la colocación inconsciente en el lugar del otro; la fusión con él en tanto hemos ocupado su lugar.

Freud habla de esto en Psicología de las masas y análisis del yo, sugiriendo que “no nos identificamos con una persona porque nos resulte simpática; nos resulta simpática porque nos identificamos con ella.

Llegó el turno de la empatía, en relación a estos conceptos anteriores. Hilando con la analogía que realizaba a modo ilustrativo al principio del trabajo, el término empatía encuentra sus orígenes en un contexto estético, con el término alemán Einfühlung; modo en que la belleza es aprehendida por el ser humano. Theodor Lipps (1851-1914) habla de la comprensión de la obra de arte a través de la participación afectiva.

De esta manera, y trasladando al contexto relacional y terapéutico, hablaríamos de la comprensión empática como la participación afectiva del terapeuta en una realidad ajena a él mismo, la de su paciente.

Me gusta la forma en que Edith Stein (2005) se refiere a este proceso como la aprehensión de un sentimiento originario del otro en una vivencia no originaria, que a su vez provoca un sentimiento originario diferenciable del primero.

Tanto en la simpatía como en la empatía atendemos a un factor importante de “posición respecto al lugar del otro”, de colocación y de intencionalidad. Desde la visión planteada entre el artista y el observador podemos explicar bien los matices entre estos dos términos. La percepción estética necesita de una conexión sensible o experiencial. La cuestión es que los mundos sensibles de artista y observador no son, por lo general, iguales. Si la estimulación emocional de ambos coincidiera, hablaríamos de simpatía, en tanto la experiencia o sensibilidad estaría compartida en los mismos términos.

Encontramos entonces la empatía en la percepción de la experiencia del otro desde una sensibilidad diferenciada. Dándole la vuelta: mis experiencias sensibles son reflejo de, y estimuladas por, la expresión experiencial sensible diferente de la mía.

Para terminar de hablar de la comprensión empática hago alusión al valor terapéutico que desde la PHI se le asigna. Nuestro objetivo es dar una respuesta empática a las necesidades relacionales del paciente, que nos lleve a “confirmar” la persona que es en ese momento. Martin Buber (1958) habla de la “confirmación de la persona del otro” refiriéndose a hacer sentir al paciente que sus sentimientos le pertenecen y son dignos de comprensión, respeto y aceptación.

Brindo otro ejemplo de mis sesiones con pacientes de lo que para mí fue un momento precioso en sesión de comprensión y conexión empática entre mi paciente y yo.

Durante mis primeras sesiones con T, no recuerdo si quizás incluso la primera, ella me relató una historia de maltratos que había vivido con su marido. Tanto hablando de esto como de las autolesiones que su hija adolescente por aquel tiempo se infligía, desprendía una tristeza y desazón inmensas. Todo su cuerpo hablaba el lenguaje de la pena; sus ojeras, sus ojos sin brillo, su piel apagada, sus hombros encogidos hacia delante y su pequeño y quebradizo hilo de voz.

Recuerdo empatizar, emocionarme con ella, sentir su pena y de alguna forma “vivir su dolor”. Casi no había vínculo terapéutico porque apenas nos conocíamos pero recuerdo como si fuera ayer acercarme a ella y escucharla con todo mi cuerpo y transmitirle, no sé si verbalmente, “siento cuánto dolor sientes, lo veo, me está llegando”. Sé que aquello fue terapéutico, las dos nos dimos cuenta, casi por sorpresa, de que en ese momento ella comenzó a confiar en mí porque vio que yo le comprendí y me emocioné con ella: no estaba sola. Sin haber vivido nada similar, sin verme reflejada y sin si quiera compartir los términos o códigos en que esa vivencia tenía forma y sentido para ella.

Me conmociona revivir aquel momento, y observo que aprendí, como se aprenden las cosas que no se olvidan, que sentir que los demás nos ven, nos aceptan, nos comprenden y quieren estar con nosotros, incluso simbólicamente hablando, es algo tan primario como brillante y necesario.

Amor en mi terapia

A modo de reflexión personal sobre el amor de un terapeuta, y sobre cómo lo recibe el paciente y los efectos que tiene en él, éste se aparece ante mí como las canciones que cantan las madres o abuelas a los bebés. Hablo de mujeres porque son quienes me las cantaron a mí. Mi madre Mª Luisa y mi abuela Orlinda son personas especiales, con una energía muy fuerte, a veces hasta intrusiva o agresiva, pero suaves y tiernas a la vez.  Ellas cantan con todo su ser para decirnos que nos aman. Cantan enfadadas, cantan tristes, cantan alegres…lo que tienen lo ofrecen al otro en su ímpetu por estar en el mundo y que el mundo esté en ellas.

Así como los bebes entienden, con esas canciones, que son bienvenidos aquí y que este es un lugar seguro para ellos, lo entienden los pacientes cuando están en consulta.

Melodías normalmente sencillas, construidas con la armonía y forma de la cultura de nacimiento, en el idioma materno, con sonidos afables y suaves, pero audibles y presentes conforman un mensaje de amor y confiabilidad, de cuidado y respeto, que lejos de ser ajeno a quien lo enuncia o a que decida enunciarlo, sale de lo más profundo y auténtico de su persona.

DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES

“Hay que bajar al cuerpo, muy adentro,

tocar el centro ardiente, abrirlo y propagar

el gozo de la lava.”

Chantal Maillard

¿Podemos amar lo que no conocemos?

Podemos conocer lo que estamos dispuestos a amar. Esa disposición, esa voluntad, ese ímpetu, orientación, pasión…nos lleva a contactar, conocer y amar. Podemos generar una vivencia propia sin contenido estrictamente propio, y en relación a ella “conocer” la vivencia ajena y acercarnos a ella con respeto y generosidad.

¿Ese amor expone al terapeuta o le protege? ¿Y al paciente?

Algo bueno, sanador, nutricio o terapéutico, como postulamos que es este amor, necesita de una estructura y articulación concretas para que real y finalmente lo sea. Quien tiene sed o hambre no necesita sólo beber o comer, aunque ese sea el centro de su necesidad; sino hacerlo de la forma y en la medida correctas.

Cabe preguntarse, como parte de los “peligros posibles” para el paciente, si este amor que planteo genera una dependencia en él. En terapia el paciente aprende a satisfacer sus necesidades relacionales tanto con el terapeuta, que es quien se lo mostrará a través del vínculo, como con el resto de personas de su vida. Estamos ayudándole a experienciar que bebiendo agua se cura su sed, y cómo se consigue ese agua.

En cuanto a los “posibles peligros” para el terapeuta creo que sobre todo se piensa en lo vulnerable que se vuelve si se expone, si se implica. Considero que la creencia de que la fortaleza o seguridad se construye con dureza y no con sensibilidad es en parte social y cultural. El contacto y la afectividad con nuestro paciente y con nosotros mismos protegen de la indiferencia, de la desconexión, del aislamiento; y la implicación y la dulzura invitan a dejar que las cosas nos afecten, pero no como parte de una exposición desmedida o descontrolada o como muestra de debilidad, sino como señal de vida.

La terapia del terapeuta

Como he mencionado en varios momentos durante algunos planteamientos de este trabajo, considero esencial que el terapeuta se encuentre en un proceso terapéutico o al menos haya pasado por él.

A través de su terapia personal el terapeuta puede trabajar con su propio estilo de apego adulto, con sus mandatos y decisiones de guión, con sus transferencias y contratransferencias con pacientes…y lograr presentarse ante ellos sin interferencias; prestándose al cuidado, a la sintonía y al compromiso con el paciente y el ejercicio terapéutico.

Agua de vida

Piedad Valverde escribe un poema que comienza así: “Aquí en el desierto hay agua. Agua blanca, agua dulce, agua mansa./ Para beber esta agua hay que ser poeta./ Y para ser poeta hay que beber esta agua.” El amor para mi es ese agua; invisible, terrenal, nutricia, que brota del centro de la tierra y de nuestros cuerpos. Que nos sana y nos repara sin sombras ni deudas; sin dudas ni reverencias.

Todos necesitamos de ella, y la buscamos con nuestra pasión, con nuestro miedo, nuestras inseguridades, nuestras oraciones, nuestras canciones de cuna, nuestros pasos y nuestras caídas.

Las relaciones humanas, y en concreto las que se dan dentro de una terapia humanista integrativa entre un terapeuta y su paciente, son fuentes de ese amor. En ellas los terapeutas son poetas; beben de ese agua del amor para serlo, y porque lo son la beben. Y tienen, tenemos, la increíble y preciosa labor de propiciar que ese amor fluya limpio y sane. Y así concluye este poema: “Tú vente al desierto, con tu sed salvaje e intacta. / Que en este desierto, para ti, hay agua.”

Para concluir esta tesina quiero las gracias a todas las personas de mi vida cuyo amor enciende mi mundo.

Termino compartiendo estas palabras que escribió mi padre el día que nació mi hermano, teniendo yo 3 años en ese momento, extraídas de una carta a nombre de mis padres dedicada a sus hijos:

“El conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades nos mueve a actuar sin artificios ni ostentación, de forma natural. La fuerza y la grandeza personal están en el desarrollo de nuestras facultades físicas e intelectuales, pero también en nuestra capacidad de amar.

Guardad en vuestro interior lo que creáis bueno, recoged también el dolor, hacedlo vuestro y compartidlo, ese gozo intenso y fugaz del compartir es la felicidad.

El sufrimiento pasa, la felicidad también; todo son momentos, disfrutad de cada uno de ellos.”

 

BIBLIOGRAFÍA

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1 respuesta

  1. Maria Antonia dice:

    Sensible y argumentado. Inspirador.
    Pena que en la bibliografía, lo que más me ha tocado no aparece, retazos del poema de Piedad Valverde. Por qué será? Lo que más alimenta el alma humana con esa agua del desierto blanca dulce y mansa , sigue siendo difícil de llegar a ella???
    Gracias

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