El duelo en psicoterapia II (final)

01/04/2012

Parte I | Parte II

Cuando el proceso se complica

La mayoría de las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido viven su duelo con sufrimiento, pero con el tiempo son capaces de seguir con su vida y adaptarse a la nueva situación. Sin embargo, entre un 10 y un 20% de ellas acaba con complicaciones de salud y relacionales (Lathamn y Prigerson,2004; Bonanno, 2004; Prigerson y otros, 2008) ¿Por qué para esta minoría el duelo llega a complicarse provocando un nivel de deterioro importante en sus vidas?

La teoría psicobiológica aporta ciertas claves que explican cómo puede llegar a darse este fracaso que conduce a las patologías de duelo. Si la sobreestimulación producida por la experiencia de pérdida es excesiva en relación con los recursos de la propia persona los afrontamientos fracasan a la hora de responder de forma adecuada al exceso de alerta sintomátológica y se produce una experiencia de fragmentación interna. Las personas pierden la capacidad de experimentar el proceso emocional de forma integrada, lo que viven es una estimulación crónica a un solo nivel, produciéndose una fijación ya sea fisiológica (como somatizaciones), cognitiva (como rumiaciones obsesivas) o conductual (como hiperactividad, adicciones) Esta fijación en el tiempo se traduce en una rigidez en la forma de presentarse el afrontamiento, lo que indica que se ha convertido en improductivo, perdiendo así su función adaptativa y pasando de ser un proceso de elaboración y asimilación a convertirse en un resultado, (Payás, 2010) Las emociones que se producen como reacciones naturales ante el duelo y no son bien expresadas y acompañadas pueden convertirse en defensas que con el tiempo resultan incapacitantes y poco funcionales en la vida cotidiana.

Alba Payás describe en este cuadro los estados emocionales como mecanismos de defensa más comunes en el duelo.

Emociones naturales

Estados emocionales-emociones como defensas

Miedo

Disociación.Ansiedad.Pánico.Fobias.Parálisis.Adicciones. Evitaciones. Hiperactividad.

Enfado

Resentimiento,irritabilidad. Odio. Búsqueda obsesiva de culpables. No aceptación de la muerte. Rabia desplazada. Conductas evitativas. Adicciones de duelo. Actitud agresiva o pasiva-agresiva. Depresión.

Dolor,aflicción

Victimismo. Autocompasión. Culpa. Enfado distorsionado. Depresión. Claudicación, Abandono de uno mismo. Tristeza crónica.

Amor,alegría

Tristeza crónica. Depresión. Aislamiento. Incapacitación para las relaciones. No-sentido de lo sucedido. Amor dependiente. Ocuparse del dolor de los demás. Sobreprotección. Optimismo ilusorio.

Duelo y emociones como defensas. (Payás,2010)

Duelo y emociones como defensas. (Payás,2010)

Los desaparecidos.

“El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ingnorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.” (Galeano)

El desaparecido es retaceado.
El cuerpo es separado del nombre.
Se lo separa del trama familiar, de su humanidad.
Pierde el territorio.
Se lo desgaja de la historia.
Se crea un vacío imposible de llenar.
La ausencia se convierte en presencia.
Pasa a no ser.
Es robado a la vida y la muerte.
Es un desolado.
Alguien radicalmente expulsado de lo humano.
Lo podemos definir, por lo que no sabemos.
Es pasado, y presente.
No aparecen sus restos, el hilo de su historia,
No se accede al conocimiento de cómo murió, dónde está, quiénes los mataron y por qué.

“La figura del detenido-desaparecido es, en efecto, una verdadero quiebre del sentido”. (Gatti, 2008).

En el caso de los desaparecidos las probabilidades de que el proceso de duelo se complique aumentan en un gran porcentaje. La ausencia del cuerpo del desaparecido impide añadir ese factor de realidad necesario para la elaboración del duelo y también impide realizar los rituales culturales de despedida ligados a todas las culturas y muy útiles para la despedida.

Las leyes vigentes en España que regulan las desapariciones estipulan que un desaparecido podrá ser declarado como fallecido:
– Cuando hayan transcurrido 10 años desde que se tuvieran las últimas noticias del desaparecido o, a falta de éstas, desde que se produjera su desaparición.
– Cuando hayan transcurrido 5 años desde que se tuvieran noticias del ausente o, a falta de éstas, desde que se produjera su desaparición, si el desaparecido hubiese cumplido ya los 75 años de edad.
– Cuando hayan transcurrido 2 años desde su desaparición cuando ésta se haya producido en una situación de alto riesgo para la vida de la persona.
– Cuando hayan transcurrido 2 años desde la firma del tratado de paz o del fin de la guerra si la persona desaparecida pertenecía a un contingente armado en funciones de campaña.
– Cuando hayan trascurrido 3 años para los tripulantes o pasajeros de un barco, en los casos de naufragio.
– Cuando hayan transcurrido 2 años para los tripulantes, auxiliares y pasajeros de un avión desde que se produjese el accidente aéreo.
De este modo transcurrirán, en el mejor de los casos, 2 años hasta que podamos considerar que la persona ha fallecido a efectos legales.

Los psicoterapeutas argentinos Diana Kordon, Lucila Edelman, Darío Lagos, Daniel Kersner, Silvia Schejtman y Mariana Lagos en su trabajo “Memoria e identidad” describen las consecuencias traumáticas de las violaciones de los derechos humanos acontecidos en Argentina durante la última dictadura militar.

Su trabajo y conclusiones sobre las víctimas de secuestros, de terrorismo de estado, de asesinatos encubiertos y las consecuencias de los mismos en el entorno familiar y social de la víctima son aplicables a muchos países de latino-América y en general a muchas situaciones bélicas o de violencia en las que se cometen atrocidades de las que nadie habla y en las que las generaciones posteriores viven duelos no resueltos por sus antepasados.

Los duelos derivados de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes de elaboración para las generaciones sucesivas. En el caso de los desaparecidos se agrega como factor desestructurante la ausencia del cuerpo.

La desaparición provoca un alto grado de dolor psíquico y una profunda alteración en la cotidianidad de los grupos afectados, en las relaciones intrafamiliares como en las extrafamiliares. Es particularmente siniestro el efecto que produce en una persona presenciar el secuestro de un hijo, un amigo, un vecino y encontrar en el afuera una desmentida permanente, un no reconocimiento, una negación de la propia percepción. El percepticidio genera una situación psicotizante, que se agrava después por la ausencia de información.

En el caso de Argentina, que una persona fuera secuestrada y desaparecida aparecía como poco creíble para una sociedad que, si bien había conocido previamente diferentes formas de represión política, no había vivido fenómenos de semejante magnitud. Los familiares, cuando desaparecían sus hijos, desconocían la posibilidad de que la detención, por violenta que hubiera sido, se transformara en desaparición y/o asesinato. Durante los primeros años de la dictadura ni siquiera existía una palabra que diera cuenta del estatus de las personas que habían sido secuestradas.

En las familias directamente afectadas se producían diversos conflictos, que en muchos casos tuvieron consecuencias definitivas en cuanto a rupturas y modificaciones de la estructura familiar.

Estaban vinculados con el terror que condicionaba las conductas concretas, los diferentes grados de identificación con el discurso alienante de la dictadura y el desplazamiento de la agresión, que en vez de dirigirse al objeto adecuado se instalaba en el interior del grupo familiar.(Kordon, Edelman, Lagos, Kersner, Schejtman y Lagos, 2006) “El vacío está allí. Es irremediable la ausencia. Si alguien ha desaparecido, flota. Flota en una región transparente, en un espacio que no tiene ubicación en ninguna parte (no es un cementerio, no es una tumba, no es el aire, no es el mar.”(PeriRossi,1999)

El duelo en los niños

Existen evidencias que indican la existencia de una relación causal entre la pérdida de cuidados maternales en los primeros años de la vida y un desarrollo alterado de la personalidad (Bowlby, 1951)

El agente más preocupante es la pérdida de la figura materna durante el período comprendido entre aproximadamente los 6 meses y los 6 años de edad. Durante los primeros meses de vida, un lactante va aprendiendo a diferenciar una determinada figura, por lo general la de su madre, y va desarrollando una intensa tendencia a estar en su compañía. (Schaffer,1958)

A través de la segunda mitad de su primer año de vida y durante la totalidad de sus años segundo y tercero está estrechamente vinculado a su figura materna, lo cual equivale a que está contento en su compañía y disgustado en su ausencia. A partir aproximadamente de la edad de un año otras figuras pueden adquirir importancia, así, por ejemplo, el padre o la abuela, de modo que su apego no está limitado a una sola figura. No obstante habitualmente existe una preferencia bien marcada por alguna persona única. (Bowlby, 1958; Rollman-Branch, 1960; Harlow y Zimmermann, 1959)

Los datos de una investigación realizada por Bowlby y otros en la que niños de 2 y 3 años eran expuestos a una estancia de duración limitada en una guardería o servicio hospitalario revelan que, en los mencionados centros, un niño de 1,3 a 2,6 años de edad en una relación materna razonablemente segura y que no haya sido previamente apartado de ella, mostrará por lo general una secuencia predecible de comportamientos. Las definieron como fases de protesta, en el que el niño al principio llora y solicita furioso que vuelva su madre. Más adelante se tranquiliza, pero se halla tan preocupado como antes y sigue anhelando que vuelva, pero sus esperanzas se han marchitado y se halla en la fase de desesperación. Finalmente, se produce un cambio importante, el niño parece olvidar a su madre, de modo que cuando vuelve a buscarle se muestra curiosamente desinteresado por ella e incluso puede aparentar que no la reconoce. Es la fase de desapego. En cada una de estas fases, el niño incurre fácilmente en rabietas y episodios de comportamiento destructivo, que con frecuencia son de una inquietante violencia.

Cuando cede por fin dicho estado, se pone de manifiesto la intensa ambivalencia de sus sentimientos hacia su madre. El niño expresa exaltadamente su estado efectivo, no quiere separarse de ella ni un momento y si esto sucede, muestra una intensa ansiedad y rabia. Si la madre ha permanecido apartada de su hijo durante un período de más de 6 meses o cuando las separaciones han sido repetidas, de modo que el niño haya llegado a un avanzado estadio de desapego, existe el riesgo de que siga apartado afectivamente de sus padres de un modo continuado y no recupere ya jamás el cariño por ellos. (Bowlby, 1961)

En el caso de los niños que viven procesos de separación o divorcio de los padres es muy común que los hijos absorban mensajes de los padres del tipo “¿Y ahora qué hacemos con los niños?” y hacen que ellos se sientan el motivo de infelicidad de la pareja. Heli Carvalho y María Couto Machado exponen que los niños son los que más sufren con la separación de los padres, pues son generalmente expuestos a situaciones de conflicto y tensión antes de que la separación y el divorcio se consoliden. Temen perder el amor de los padres y ser abandonados por estos; en mucos casos, reciben informaciones distorsionadas acerca de la separación o el divorcio de los padres, o incluso, nos informados apencas cuando éstos ya se separaron. Además los niños pierden los modelos de unidad y de identificación sexual y se sienten responsables por la separación.

De acuerdo con Eduardo Giusti (1987), el niño puede utilizar inconscientemente mecanismos de defensa en la tentativa de aplacar el dolor, manifestando regresiones infantiles de comportamiento como medio de pedir ayuda y mayor atención.

Acompañando el duelo: Métodos para una psicoterapia integrativa-relacional

El duelo es un proceso de transformación profunda que incluye una serie de tareas que el terapeuta debe identificar y facilitar. Aunque consideramos que el duelo es un proceso natural de respuesta ante la pérdida de un ser querido, incluye mucho más que el dolor de la aflicción. A pesar de que se sugiere a las personas en duelo que simplemente hablen de ello y expresen sus emociones, ésta es una parte necesaria para la recuperación tras la muerte de un ser querido, pero no la única. Resolver el duelo no es simplemente expresar el dolor emocional. El duelo duele porque no solamente hemos perdido a nuestro ser querido y lo echamos de menos sino que debemos sobrevivir al trauma de las circunstancias de la muerte, debemos tolerar el sufrimiento que genera el sistema defensivo psicológico que construimos 8en el pasado o en el presente) para poder evitar o aliviar nuestro dolor; duele porque necesitamos explorar el significado profundo de la relación perdida y porque debemos soportar la pérdida añadida de no tener apoyo continuado de nuestros allegados a lo largo del tiempo y sufrir quizá la constante desautorización que el entorno hace de nuestro dolor. (Payás, 2010)

NECESIDADES RELACIONALES FUNDAMENTALES DE LAS PERSONAS EN DUELO

• Ser escuchados y creídos en toda su historia de pérdida

El terapeuta debe proveer un modelo donde hay alguien que cree en ti, en lo que dices, que no lo pone en duda ni lo cuestiona. El paciente deberá sentir que los sentimientos son humanos y naturales y que podemos mostrarnos vulnerables y ser, a pesar de ello, aceptados. La respuesta a esa necesidad incluye transacciones respetuosas y no vergonzantes con el paciente, que muestren respeto físico y afectivo, de modo que su fragilidad, expresada incluso en sus fantasías más extrañas sea respetada y preservada. (Erskine y otros, 1999)

• Ser protegidos y tener permiso para expresar emociones

Nuestras dificultades para conectar con sentimientos difíciles tienen que ver con no haber experimentado la vivencia de ser protegidos por una figura de apoyo estable y fuerte. Si en nuestra infancia se nos dejó solos en momentos de confusión y dolor, seguramente ahora el miedo a perder el control inhiba la expresión de nuestros sentimientos dolorosos más profundos. (Payás, 2010)

• Ser validados en l forma de afrontar el duelo

El terapeuta va acompañando y validando estos sentimientos como algo natural y legítimo de ser expresado.

• Estar en una relación de apoyo desde la reciprocidad

El terapeuta muestra su reciprocidad en la relación al confirmar la experiencia del paciente, con sus gestos y miradas y con sus propias emociones. No es necesario que el terapeuta haya pasado por la misma experiencia pero sí que el paciente sienta que está frente a alguien que comprende con subjetividad el dolor que siente.

• Definirse en la manera individual y única de vivir el duelo

La necesidad de autodefinirse en una relación es la necesidad de experimentar y expresar que somos seres humanos únicos y diferentes de los otros y que esta diferencia es respetada por los demás dentro de la relación (Erskine y otros, 1999)

• Sentir que la experiencia de duelo impacta en el otro

La necesidad de impactar en los otros refleja la importancia que tiene en las relaciones sentir que uno posee la capacidad de hacer que el otro cambie algo: sean pensamientos, actos o respuestas emocionales provocadas en ellos. (Erskine y otros, 1999)

• Estar en una relación donde el otro tome la iniciativa

Las personas que han perdido a un ser querido suelen estar muy inactivas y poco disponibles para el contacto terapéutico, sobre todo los primeros momentos del duelo, pero esta pasividad en principio no es transferencial, sino que se puede atribuir a su estado de choque o aturdimiento; por tanto, el terapeuta no puede esperar que el doliente se haga cargo de todo su proceso terapéutico.

Richard Erskine, Janet Moursund y Rebeca Trautmann, en su lista de necesidades relacionales, incluyen como premisa de la psicoterapia integrativa la necesidad del paciente de que en algunas circunstancias sea el terapeuta quien inicie el contacto (Erskine y otros, 1999)

• Poder expresar amor y vulnerabilidad A medida que las personas en duelo van haciendo su trabajo y avanzando en su proceso, emerge progresivamente en ellas la necesidad de expresar el afecto por el amor recibido y perdido, pero también el amor no recibido y que ya nunca más podrán tener, al menos en esa relación. (Payás, 2010)

REFERENCIAS

Bowlby,J. (1986). Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y pérdida. Madrid: Ediciones Morata.

Couto Machado, M. ¿Qué va a ser de mi?. Quito: Gráficas Iberia.

Carvalho, E.R. (2006). Cuando se rompe el vínculo: Separación, divorcio y nuevo casamiento. Buenos Aires: Cairos.

Erskine, R. G. y Trautmann, R.L. (1997). Methods of an integrative psichotherapy, en Erskine, R.G. (1997). Theories and methods of an integrative transactional analysis. A volume of selected articles. San Francisco: TA Press.

Erskine, R.; Moursund, J. y Trautmann, R. L. (1999). Beyond empathy: A therapy of contact in realationship. Philadelphia: Bruner Mazel.

Kordon, D; Edelman, L.; Lagos, D.; Nicoletti, E.; Bozzolo, R. et al. (1986). Efectos psicológicos de la represión política. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta.

Kordon, D.; Edelman, L.; Lagos, D. (1997). La memoria histórica: los hijos de los desaparecidos. En: Memoria colectiva y políticas de olvido. Buenos Aires y Montevideo: Beatriz Viterbo Editores.

Payás, A. (2010). Las tareas del duelo. Madrid: Paidós.

Zurita, J. y Chías, M. (2009). El duelo terapéutico. Madrid: Ediciones Galene.

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