¿Cuidarse o no cuidarse? Esta es la cuestión. Decisiones sanas para nuestra vida

01/07/2012

jose zurita

José Zurita

En unos días cumplo 55 años, por lo que soy de una generación que viene de unos padres que vivieron y sufrieron la guerra civil y la postguerra. Que vivieron la escasez y el hambre. Que aprendieron de su experiencia marcada por esas vivencias. 

Y que cuando fueron padres, las aplicaron en sus directrices parentales. Todos los padres lo hacemos. No aprendemos a ser padres en ninguna escuela. Actuamos lo mejor que sabemos pero sin duda, nuestras intervenciones parentales están mediatizadas por lo que aprendimos de nuestros propios padres actuando con nosotros. También por nuestras experiencias, por nuestras creencias, por nuestras decisiones primarias, etc. Demasiado material inconsciente para que todo salga bien.

En mi caso, como hijo, recibí mensajes claros con respecto a la comida comunes en mi generación. Hay que comérselo todo (la comida no se tira, piensa en los niños de África que se mueren de hambre). Cuanto más comas mejor (más tranquila me quedo porque no pases hambre). Si no tienes apetito es que estás enfermo (y me angustio), etc. Y esto me ha llevado a comer en exceso y a la imposibilidad de dejar nada de comida en el plato bajo amenaza de sentir una culpa bastante soterrada difícil de descubrir. También a asociar la plenitud gástrica con el “estar bien” (al menos con la angustia de mamá calmada).

Recibí otros mensajes no verbales asociados a la comida que, aunque no sean tan generales, sí que fueron incorporados por mí con sus consecuencias. Mi padre, en la guerra y postguerra, pasó hambre (bastante). Durante muchísimos años, incluso todavía ahora se puede apreciar (aunque mucho menos explícito) cuando se sienta a comer cómo se le acelera la respiración. Se puede ver la ansiedad que se despierta y que le llevaba, sobre todo en el pasado, a comer rápido y ansiosamente, con el deseo de calmarla que llegará cuando “no pueda más”.

Quiero reflexionar aquí sobre el impacto de esas intervenciones parentales en los hijos, tanto las verbales como las no verbales y lo que viene después. Si tras leer esto crees que existe algo inadecuado en tu relación con la comida, te sugiero que hagas una visualización de algún momento de tu infancia entre los 7 y los 12 años, sentado a la mesa con tu familia y evoques la escena con todo el lujo de detalles que puedas. Comentarios de tus padres sobre la comida, cómo comían ellos, cómo era el ambiente durante la comida, cuál era la actitud de cada uno de los miembros de tu familia con respecto a la comida, cómo te sentías en aquella situación…. y todas las preguntas y detalles que se te ocurran que puedan ilustrar el análisis de la escena.

Ahora piensa qué conclusiones sacas de esta visualización y qué decisiones crees que tomaste con respecto a la comida entonces. Y cuáles de ellas están actualmente en vigor.

Debemos aprender a comer de forma adulta eliminando lo más posible las influencias negativas del pasado.

Puede ser bueno para cada uno identificar cómo come en el presente. Hacer consciente algo que en muchos casos no lo es. Una vez que hemos tomado conciencia del ¿cómo?, reflexionar sobre el ¿por qué? (el origen de la decisión) y el ¿para qué? (la finalidad de la decisión). Dentro de las respuestas al ¿para qué como en exceso?, en mi experiencia clínica me he encontrado algunas tan esclarecedoras como… “para pertenecer a nuestra familia de gordos”, “para calmar la angustia de mamá”, “para evadirme de mis problemas”, “para evitar que los chicos se fijen en mi”, “para pagar mi culpa”, “para compensar mis frustraciones”, “para llenarme de un amor que me faltaba”, “para tener más peso en mi familia”, “para defenderme de ciertos ataques”….

Hay otras preguntas que nos pueden ayudar. ¿Dónde como más o dónde como cosas que me sientan mal o que me hacen engordar?. ¿Cuándo hago esto que me va mal? ¿En qué circunstancias?. ¿Cuánto como? ¿Es necesario comer esa cantidad que como? Si afinamos y profundizamos en este análisis, podemos enriquecernos mucho. Descubriremos cosas interesantes.

Podemos tomar decisiones sobre lo que queremos comer y sobre lo que no queremos comer. Y estas decisiones pueden ir desde lo filosófico (no como nada que tenga ojitos que dicen algunos vegetarianos, etc.) a lo saludable (no como lácteos porque me sientan mal, etc.). Podemos decidir la cantidad que queremos comer y para esto podemos empezar con servirnos nosotros nuestra propia comida y así estar en posición más activa y presente en el proceso de la propia nutrición. Podemos identificar lo que nos sienta mal y decidir renunciar a ello. Y no es fácil. ¿Cuántas veces hemos oído a alguien hablar sobre algo que le sienta mal y que se lo come porque…. está tan rico…..?

A partir de aquí te dejo con tus propias reflexiones. Una vez que miras con profundidad a algún aspecto de tu vida, puedes cambiar lo que no te resulte adecuado. Puedes tomar decisiones sanas para tu vida. A modo de ejemplo podrían ser…. “voy a comer menos cantidad”, “voy a excluir ciertos alimentos que no me sientan bien”, “voy a hacer ejercicio físico”, “voy a dejar de fumar”, Voy a dejar de tomar excitantes”, etc. Seguro que así te sientes mejor contigo mismo y eres un poquito más feliz.

Espero que os guste este número de BONDING y lo difundáis entre vuestros amigos y colegas (animarles a suscribirse y así les llegará gratuitamente cada mes) y, ya sabéis que estamos permanentemente en www.bonding.es

Un abrazo a tod@s.

José Zurita

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