Cáncer: miedo existencial y soledad.

03/11/2018

Resumen

El presente trabajo repasa las dimensiones más cercanas a una persona con cáncer, con excepción de los procesos médicos, que no son objeto de este trabajo. Alimentación, experiencias personales y psicoterapia, todas enfocadas a la ayuda en un proceso de curación de un cáncer. La alimentación y las experiencias personales están incluidas por ser algo a lo que el enfermo de cáncer recurrirá un gran número de veces, y el terapeuta necesita conocer este aspecto de la vida del paciente.

La propuesta psicoterapéutica, enfocada desde la psicología humanista, se aleja de la promoción del cambio, pues el paciente oncológico se encuentra en estado de lucha, de sobrevivencia. En este estado el cambio no es posible, pero sí lo es mejorar las condiciones psicoemocionales del paciente para que estas coadyuven a la curación de la enfermedad. Los frentes de tratamiento son: contención, capacidad de elegir, tenacidad, resiliencia (elasticidad) y transformación de la soledad. Se incluye una nueva técnica terapéutica que he denominado «El psicoterapeuta se hace experto en el paciente».

Palabras clave: cáncer, miedo, soledad, psicoterapia

Experiencia propia

Son las 12:00 de la mañana, allá por un 24 de marzo, el año da igual. El sol está en lo alto, sin nubes de por medio. Es como si todo se hubiera inundado de luz, aire fresco, serenidad y calma. Todo fluye. Había decidido el camino terapéutico que seguir en mi proceso de curación del cáncer, ya determinado el nombre «proceso de curación». Desde el día del diagnóstico en firme me había esforzado para conseguir información, elegir el orden entre cirugía y quimioterapia, dónde me trataría el cáncer (centro público o centro privado) y, cómo no, leer todo lo que uno se pueda imaginar sobre supuestos «grandes descubrimientos censurados por las farmacéuticas». Ya estaba decidido: quimioterapia, radioterapia con quimioterapia y, si quedaba algo, cirugía.

Son las 12:30 de la mañana, decisiones tomadas… Me dispongo a ordenar el lavavajillas. De súbito, al asalto, un miedo atroz se apodera de mí; la respiración se queda en un ciclo interno, entra mucho aire, sale poco, estoy hiperventilando. La presencia de algo terrible es inevitable; en ese momento, eterna. Es miedo, sí. Ahora lo puedo sentir, sin duda es miedo…

Durante años de deporte en la montaña —escalada en roca— he pasado por trances, digamos que duros; miedo a la caída escalando, enredos en pared que parecían no tener fin, como aquella vez en el Naranjo de Bulnes (Arriellú) cuando, aunque subimos, bajar fue otra historia. Una historia que terminó casi en tragedia y con diez dedos literalmente desollados. Episodios que uno superaba aparentemente sin miedo, para luego, en la calma, aterrarse al ser consciente de la dimensión de lo sucedido. Incluso miedo anticipatorio por las enormes paredes de roca que iban a ser escaladas.

El miedo de aquel 24 de marzo era distinto, nunca lo había sentido así. Pero… ¿cómo es que, sin haber sentido un miedo así, sabía que era miedo? Me aparté de la tarea; los platos podían esperar, la vida podía esperar, solo podía sentir aquello tan intenso y distinto, nunca sentido por mí. ¿Nunca? ¿Qué podría ser? Estuve en el salón, abatido, llorando como si no supiera llorar, como si nunca hubiera llorado en mi vida, lloraba mal. Podría tratarse de ese miedo del que tanto hablan los libros de psicología: el miedo existencial, el miedo primigenio que motiva al bebé a modificar su temperamento y esencia con tal de sobrevivir, de continuar existiendo. Sí, decido que aquel miedo no puede ser otro que el miedo existencial, terriblemente hondo.

Son las 8:00 de la mañana de un 6 de abril. Entro en quirófano, me instalarán un reservorio subcutáneo para administrar la quimioterapia sin tener que destrozar las venas. El cáncer se transforma en algo visible, tangible, sin discusión alguna. Está aquí y ha venido a presentar batalla. Ya soy un enfermo de cáncer.

Históricamente, el cáncer está acompañado de la alta probabilidad de morir. De esta forma, la integridad de la persona se ve amenazada en todo su ser: peligra la existencia, el trascender, ganar o perder. La posibilidad de morir hace que uno sienta que puede perder todo lo que tiene —no solo lo material— y todo lo que podría tener en el futuro. En mi caso, el pasado se veía difuminado; te das cuenta del tiempo perdido, de los errores y de los desperdicios de vida cometidos. El futuro no llega hasta muy lejos, desaparecen las medidas naturales del tiempo: años, décadas, veranos e inviernos se sustituyen por unos nuevos; cuando cicatrice, cuando pase el efecto de la quimioterapia, cuando deje la quimioterapia y pase a radioterapia, etc. Un caos tremendo en lo que a percepción del tiempo se refiere; la vida está ordenada bajo la disciplina de las citas médicas, las estancias en el hospital de día, otras terapias (de las que hablaré) y, cómo no, de la psicoterapia en curso.

La temporalidad está en entredicho, ha cambiado. El día a día consiste en atender a la enfermedad cada uno de los 86.400 segundos que tienen las 24 horas. La sensación es terrible; la mente, aun ocupándose de otros asuntos, está asaltada por la presencia del miedo. Te visitan amigos, parejas, hijos, familia; pasan un rato, te atienden, se van, y de nuevo te quedas a solas con el único que no fue invitado: tu cáncer. Ya lo sientes como tuyo, empieza a ser una parte de ti. Mal compañero de vida es el cáncer, quiere echar a los demás de tu lado. En este momento es cuando aparece la Soledad —la pondré en mayúsculas por ser muy distinta a la habitual—. Es una Soledad que podemos imaginar en aquellos que, condenados a morir, son llevados ante los testigos que observarán cómo eres ejecutado. Nada importa: público, amigos, familia… Eres el protagonista y no te gusta. Es una Soledad para la que no hay solución.

El tándem Miedo-Soledad es muy eficiente, el miedo hace que busques amor, la soledad que busques compañía. Ambas emociones (soledad entendida como tristeza) se encaminan hacia el mismo propósito: las relaciones interpersonales. Gestionar todo esto no es sencillo. Si tú estás 86.400 segundos al día acompañado por el cáncer, me pregunto: ¿cuántos segundos están las personas que te acompañan? Posiblemente pocos. No se puede pedir que te acompañen todo el tiempo, sería injusto. El ser humano está programado para huir del dolor. Podrán acompañarte durante ratos, horas, incluso días, pero el instinto de sobrevivencia los obliga a continuar con su vida. Te enfrentas a la Soledad tú solo, y… ¿cómo manejar una soledad intensa? En mi caso, esto fue realmente complicado. Mi vida era una continua soledad funcional, es decir, a pesar de no haber muchas personas en mi vida o de no tener pareja emocional. No me sentía solo. Acostumbrado a la soledad, se suponía que tenía que dominar esta situación; al menos, eso creí. Por primera vez en mi vida me tenía que enfrentar a este tipo de soledad y, aun habiendo sido un gran solitario, el reto que se presentaba era grande.

Hasta ahora no he hecho más que exponer el estado psicoemocional en el que yo me encontraba. Es posible que otros enfermos de cáncer puedan dar un significado más allá de mis palabras. A quienes no han pasado por ello, espero que les pueda haber llegado la emoción, el sentir más allá de lo cognitivo, pues el objetivo de esta propuesta es orientar al psicoterapeuta en la ayuda al enfermo de cáncer, para lo cual considero que este no debe circunscribirse al mundo de lo psicológico, de la psicoterapia; el enfoque debe ser global y de gran implicación. De aquí que tratar a un enfermo de cáncer no sea tarea sencilla, pues requerirá de un esfuerzo extra por parte de todos.

La tríada que se debe tratar es: miedo, soledad y… falta una, tiempo. Para escapar del miedo, el amor es casi la única solución; de la soledad, el amor otra vez. ¿Y del tiempo? El tiempo no se puede estirar o encoger; el tiempo es contundente, cruel, tranquilo unas veces, alocado otras. Podemos sentir amor de otros y esto, sin duda, nos aliviará, nos acompañará y podremos «pasar el rato». En el caso de esta enfermedad, por silente que sea, es omnipresente. Esto provoca que el enfermo sienta sed afectiva de forma constante, pues el Miedo y la Soledad en ningún momento llegan a desaparecer (claro está que cada persona es diferente y cómo viva y sienta las emociones no se escapa a esta individualidad). ¿Cómo solucioné yo estas necesidades? Ante la escasez de amor, opté por un amor que siempre se puede sentir: el amor por uno mismo, el autocuidado. Sentirse a sí mismo frente al cáncer es tomar partido por uno mismo o, lo que es igual, amarse. Además, no delegar la responsabilidad sobre tu curación es, en sí, un gesto de amor sobre y hacia ti —ya ahondaré más en esto como modelo terapéutico—.

Otra dimensión es el tiempo, el futuro ha quedado desdibujado, indefinido; un año puede ser mucho o nada. Mucho si es para soportar la quimioterapia, nada si es lo que te queda de vida. En mi caso, llegué a pensar: «Un año de vida… Bueno, no está mal. Al menos no me voy a morir la semana que viene» y, casi al mismo tiempo: «No lo voy a soportar, seis meses más de quimio y radio… Pero ¡si ya estoy fatal! ¿Para qué continuar?». Durante la enfermedad, algunas de las palabras que más oí fue: «poco a poco». Parece que el tiempo es fundamental en el proceso. Paciencia, esperanza, futuro… Pero el enfermo de cáncer tiene prisa, nadie quiere estar mucho tiempo con esa enfermedad, nadie se saca una abeja de debajo de la camisa de forma pausada y «poco a poco». ¿Cómo manejar la prisa del enfermo? ¿Cómo integrar ese «poco a poco»? Lo pude resolver con el establecimiento de metas parciales que, en mi caso, fueron semanales —aún ahora mi percepción de la vida ha pasado de la unidad «año» a la unidad «semana»—: cumplir los objetivos de la semana, llegar a la siguiente, superar los diez días de bajón de la quimioterapia, «el jueves estaré de subidón». Para mí fue muy importante conseguir esta capacidad: la de trocear el tiempo en unidades manejables, tan manejables que, incluso hoy en día, prefiero la «semana» al «mes». Todo esto no habría llegado sin algo muy importante para mí, y lo pongo todo en mayúsculas: saber que podía ELEGIR. Creo que esta fue la principal herramienta: sentir que realmente podía elegir. Desde el principio, los amigos, los conocidos, elogiaban mi fuerza y me decían: «Eres fuerte, lo superarás, ganarás al cáncer». Nunca lo sentí así, nunca me sentí fuerte, prefería sentir que yo elegía mi camino, vivir, y que sería tenaz con mi decisión. Aun en momentos terribles de flaqueza, cuando la tenacidad, el valor y la fortaleza parecen abandonarte, es la persistencia de la tenacidad la que viene a recordarte que un día hiciste un contrato contigo mismo. En ese contrato solo existía una cláusula, ¿la adivinas? Efectivamente: vivir.

A continuación, expongo distintas formas de contribuir al proceso de curación: desde la psicooncología hasta las lecturas de experiencias vividas por enfermos de cáncer. He elegido títulos emblemáticos, pues la literatura al respecto es muy amplia. El cáncer es un tema de gran significado social, más aún ahora que están despuntando las estadísticas sobre la prevalencia de esta enfermedad.

 

Visión desde la ciencia psicológica

Este capítulo está fundamentado en el libro del doctor en psicología, D. Juan Moisés de la Serna: Psicooncología. Ayuda psicológica para pacientes con cáncer. D. Juan Moisés de la Serna es doctor en Psicología, máster en Neurociencias y Biología del Comportamiento y especialista en hipnosis clínica, reconocido en 2010 por el International Biographical Center (Cambridge, Reino Unido) como uno de los cien mejores profesionales de la salud del mundo. Desarrolla su labor docente en distintas universidades nacionales e internacionales.

Su libro recoge y repasa las principales dimensiones psicológicas que afectan a un enfermo prototípico de cáncer. Exento de opinión personal, Juan Moisés se ciñe a la pulcritud del método científico: estudios aleatorios, experimentos con metodología de «ciego» y «doble ciego», estadísticos, etc. A modo de perspectiva, los títulos de los capítulos son:

— La tasa de regeneración celular

— Factores desencadenantes del cáncer

— Relación del cáncer con el estrés

— El cáncer y su relación con la psicología

— La labor del psicooncólogo

— Conclusiones

Si bien el texto no defrauda, en mi opinión, comete el error de confundir «ayuda psicológica» con «conocimiento psicológico» (psicooncológico). Es decir, se trata de un texto académico cuyo objetivo es la ayuda al profesional, no al enfermo, pues aporta información sobre el mundo del cáncer y la psicología oncológica y se reduce a la mera exposición de conocimientos e investigaciones recientes.

No me entretendré en exponer los primeros capítulos. En ellos se hace un repaso de los distintos factores y mecanismos que tiene el cuerpo para defenderse, mejorar, enfermar o adaptarse a sus nuevos avatares de la vida: hormonas, protohormonas, sistemas complejos, glándulas, cerebro… También hace un repaso a los distintos factores que pueden desencadenar un cáncer: alteraciones en el ADN, heredabilidad, estrés oxidativo, estilos de personalidad, big five y otros. De ello extraigo el siguiente párrafo:

«Los datos concluyen que los pacientes oncológicos muestran mayores puntuaciones en la categoría «apertura a la experiencia», mostrándose estos como conciliables, responsables, moderadamente estables emocionalmente, abiertos y extrovertidos, siendo estos rasgos más marcados en mujeres frente a hombres. Resultados que coinciden con los datos que correlacionaban a los pacientes oncológicos con la personalidad tipo C, donde se muestran más «positivos» de lo que son, de cara a los demás, siendo extrovertidos y abiertos, cuando en realidad están «ocultando» sus vivencias negativas, el dolor o el sufrimiento que padecen, o los conflictos que tienen, impidiendo que nadie sepa de ello. Aspecto que en ocasiones entorpece la comunicación médico-paciente, al dificultar el conocer cómo va evolucionando realmente el tratamiento»

(De la Serna, 2017).

No solo este autor apunta a la relación entre personalidad y cáncer. Otros muchos, avalados por estudios científicos, subrayan esta relación sin que nadie atribuya a la personalidad responsabilidad ―determinante― en la generación de tumores. Por el contrario, sí puede haber responsabilidad en la facilitación de la propagación de los tumores. En el libro de David Servan-Schreiber (2007), Anticáncer: Una nueva forma de vida, de éxito mundial, hay aportaciones en las que cáncer y estrés se ven íntimamente relacionados, como he dicho, nunca como agente causal. Es importante subrayar esto, ya que el estrés es percibido en muchas ocasiones como un rasgo de la personalidad. Muchas personas creen que es una forma de enfrentarse a las situaciones de la vida y, como el estrés sí puede ser un agente coadyuvante en la etiología del cáncer, podría creer el paciente que todo cáncer es responsabilidad de la persona que lo padece, produciéndose así un sentimiento de culpa que, al igual que el estrés, es contrario a la curación. Estrés y culpa son agentes que van en contra de la curación: el primero, como agente desestabilizador del organismo; el segundo, por ser agente promotor de una depresión que disminuye la capacidad del sistema inmunológico.

Llego a un punto crucial respecto al estrés. Serna (2017) indica el descubrimiento del circuito que relaciona cuerpo y mente a través del sistema PNIE (PsicoNeuroInmunoEndocronologíco), donde psique, sistema inmunitario y sistema endocrino se ven interrelacionados. Cualquier alteración en uno de ellos afecta a los otros dos con la misma valencia; lo que es malo para uno es malo para los otros. Da paso al concepto de distrés; el estrés que, siendo crónico, causa daños en la salud, pues afecta negativamente al buen funcionamiento del sistema inmunológico y endocrino (el estrés bueno es denominado «eustrés», que es el estrés agudo, el que nos protege de los peligros, el adaptativo).

Varios estudios realizados por distintas universidades, centros de investigación y hospitales, todos sin excepción, encuentran correlación entre el estrés y el cáncer; insisto, no como agente causante, pero sí facilitador, tanto de la orogénesis como de los procesos de metástasis. Sin duda, algo tendrá que decir al respecto la psicología, principal ciencia encargada de tratar el estado psicoemocional de las personas. El tratamiento del estrés crónico (el distrés) será, pues, el objetivo de la psicoterapia.

Estudios sobre la comorbilidad entre el estado psicopatológico y el cáncer arrojan esta muy significativa dimensión, y cito:

 

«Los resultados muestran que el 51,8 %  de los pacientes oncológicos que reciben quimioterapia además están siendo medicados por problemas psicológicos. De ellos el 90,5 % reciben tratamiento asociado con los trastornos de ansiedad; el 59,6 % asociado al trastorno de depresión mayor y el 8,2 %  a trastornos psicóticos»

                                                                                                          (De la Serna, 2017).

Algo más de la mitad de los enfermos de cáncer están siendo tratados por problemas psicológicos, posiblemente asociados al cáncer. Ansiedad y depresión son los principales. El Dr. De la Serna propone una intervención psicoterapéutica enfocada a mejorar las condiciones emocionales y la adherencia a los tratamientos. Algunas terapias son tremendamente duras; adherirse a algo que parece matarte —más aún que el cáncer— es complicado, va contra natura. Es como pretender adherirse a un veneno mortal, esa es la sensación. En su libro, el doctor propone varios tipos de psicoterapia, entre ellos: terapia narrativa con mindfulness, terapia familiar, terapia CALM (Managing Cancer and Living Meaningfuly) y terapia de la dignidad. Las dos primeras, encaminadas a personas en estados no terminales; las segundas, a enfermos en estado terminal. Ninguna de ellas toma como principal argumento la consecución de un estado psicoemocional propicio para hacer frente al cáncer. Lo que pretenden es hacerlo más llevadero, estar mejor, paliar los trastornos psicológicos, dejando al azar los posibles beneficios para la curación.

A modo de resumen, el doctor en psicología resume los resultados de las investigaciones en la siguiente frase:

            «… indicándose que no existe relación directa entre la intervención psicoterapéutica y un incremento en la supervivencia del paciente»

                                                                                                          (De la Serna, 2017).

En el texto no queda clara esta frase, tema que consulté directamente con el doctor De la Serna. Este me indicó que la frase debe entenderse así: que la intervención psicoterapéutica, por sí misma, no incrementa la sobrevivencia del paciente, pero sí coadyuva si está combinada con las terapias médicas. Es decir, la psicoterapia ayuda en la curación si, además, se realizan otras intervenciones médicas. De este modo, la psicoterapia se plantea como herramienta para mejorar la calidad de vida del paciente y que la mayoría de los pacientes reconozca como satisfactoria.

En la línea psicoterapéutica del doctor De la Serna, las técnicas más utilizadas son: terapia de duelo, silla vacía, de espiritualidad, «dejar ser», «aquí y ahora» (para pacientes terminales), conductistas (planificación de actividades, relajación), cognitivas (reestructuración de creencias, imagen, inoculación de estrés, intervención en crisis) e hipnosis. Intervenciones todas ellas encaminadas a la mejora del estado psicoemocional y, por tanto, coadyuvantes en la curación. Ninguna promueve directamente el cambio, sino que este queda a la espera de lo que produzcan los insights sobrevenidos.

Bajo la mente consciente del enfermo recuperado de cáncer está el miedo a la recaída. Las recidivas son posibles. A este miedo se le atribuye el nombre de «síndrome de Damocles», sin duda, muy apropiado. En el texto se explica que las personas con una mayor tendencia a una respuesta emocional (hacer frente a los problemas) son quienes más dificultades presentan para superar las recaídas, y las personas enfocadas cognitivamente en el problema son las más resilientes. Aquí aparece el reto para la PHI: ¿una terapia enfocada en la emocionalidad mermaría la capacidad de superación? Y, de ser así, ¿cómo superar el miedo, la impotencia y el distrés, cuando estos sobrepasan la capacidad de respuesta cognitiva? ¿Debería la PHI aparcar temporalmente las herramientas emocionales?

Visión desde la alimentación

Os preguntaréis qué pinta aquí la alimentación. Bueno, eso puede ser porque no hayáis pasado por un cáncer. Entre otras muchas cosas, el tema de la alimentación es algo a lo que muchos recurren cuando son diagnosticados de cáncer. La alimentación es una aportación que el enfermo puede controlar (al menos, en teoría), algo con lo que se puede ayudar a la curación: alimentación específica, naturopatía, homeopatía, etc.

De ahí que considere importante que el psicoterapeuta conozca algo al respecto, al menos, para comprender lo que el paciente puede estar demandando. No entraré a reproducir lo que unos u otros autores recomiendan sobre productos, nutrientes, formas de cocinar, etc. Sí diré lo que he visto común en todos ellos:

— Que la alimentación puede prevenir el cáncer.

— Que la alimentación coadyuva a la curación, pero no es un método de curación.

— Que es mejor la alimentación cercana a la vegetariana, incluir pescado es beneficioso.

— Que hay que evitar azúcar (o hidratos de carbono de alto índice glucémico), grasas animales y grasas trans. Se debe evitar la comida industrial.

— Que existen compuestos de especial incidencia en el cáncer y se pueden conseguir concentrados (normalmente, en herbolarios).

Estos han sido los dos libros superventas consultados:

— Fernández, Odile (2015). Guía práctica para una alimentación y vida anticáncer.

— Servan-Schreiber, David. (n. d.). Anticáncer: Una nueva forma de vida.

El de la doctora Odile Fernández, española, es más fácil de seguir y de entender por su cercanía cultural y gastronómica; los platos, los productos y las sugerencias son «más nuestros». Sin duda, es un texto que se puede recomendar a un paciente y que, como expondré, colabora a que este tome responsabilidad en su proceso de curación.

En estos dos textos, los autores también abordan la dimensión psicológica de la enfermedad (con más intensidad, el doctor David Servan). La cuestión es: si los libros sobre una dieta anticáncer hablan de psicoterapia, ¿cuánto de importante será la psicología? Imaginemos que en un tratado de psicooncología encontrásemos varios capítulos sobre cocina; igual no estaría tan mal, ¿verdad? Con esto pretendo llegar a que la alimentación y otros muchos tratamientos coadyuvantes pueden ser utilizados para los objetivos de la psicooncología (reiki, acupuntura, meditación, masaje, visualización creativa…), pues muchos de ellos, si no todos, tienen una importante componente psicológica.

Quiero incluir lo que para mí es la esencia del libro de la doctora Odile Fernández (libro muy recomendable para todos). Tanto si eres el psicoterapeuta como si eres el paciente, conocer y estar de acuerdo en temas tan sensibles como la alimentación que nos acercará a la curación es, sin duda, un gran paso hacia un buen vínculo terapéutico. Reproduzco un fragmento del libro de la doctora:

            «Una alimentación preparada con alimentos frescos y ecológicos, en la que predominen vegetales, frutas, frutos secos, semillas, algas, setas, legumbres y cereales integrales, nos ayudará a mantener alejada la enfermedad. En esta dieta deben cobrar protagonismo ciertos alimentos que contienen sustancias denominadas fitoquímicos, identificados como auténticos agentes anticáncer y sin efectos secundarios. Los fitoquímicos son los responsables del sabor, color y olor de frutas y vegetales. Hablamos de la quercetina de las cebollas, del ajo y las manzanas, de la curcumina de la cúrcuma, del licopeno del tomate, del ácido elágico de los frutos rojos, del resveratrol de la uva y del vino tinto, de los carotenos de las zanahorias y la calabaza, del sulforafano y el indol-3-carbinol de las crucíferas, de las catequinas del té verde, de los terpenos presentes en las plantas aromáticas, etc».

(Fernández, 2015).

 

La doctora también habla del ejercicio físico: existen estudios científicos que avalan la buena influencia del ejercicio en el proceso de curación y en la evitación del cáncer (Fernández, 2015), así como en el estado psicoemocional del enfermo.

Disponemos, de momento, de dos ejes de actuación: alimentación y ejercicio. ¿Será la psicoterapia el tercer eje? Dice la doctora Fernández que «las quejas más frecuentes del enfermo oncológico son depresión, ansiedad, fatiga, dolor, náuseas y vómitos». Vemos que dos de las seis quejas son declaradamente objetivos de la psicoterapia, siendo la fatiga y el dolor susceptibles de ser mediadas a través de la psicología. Sí, parece que todo apunta a que la psicoterapia es el tercer eje que estábamos buscando.

La doctora habla de un término que nos resulta familiar: «integrativa». Propone una «oncología integrativa», en la que incluye estos tres ejes al tratamiento médico de la enfermedad. Este tipo de intervención ya se está realizando en algunos hospitales de Estados Unidos (MD Anderson Cancer Center de Houston), donde, por ejemplo, se sabe que el yoga y la meditación mejoran los procesos de curación.

Por otro lado, el doctor Servan-Schreiber y la doctora Fernández coinciden en el perfil psicológico del paciente de cáncer. El doctor propone un tipo de personalidad proclive a padecer cáncer, el denominado tipo C: persona que, aun viéndose exteriormente feliz, activa y despreocupada, por dentro lleva un gran dolor, acallándolo y reprimiendo su expresión. Si bien en la psicología moderna se abandonan los patrones de personalidad, existen descriptores generales que ayudan a la comprensión de una personalidad prototípica. La PHI no está exenta de estos modelos y seguro que al describir la personalidad «propensa» al cáncer nos hace saltar las alarmas y recordar modelos de la PHI (en lo que no quiero entrar), más aún al hablarnos de una personalidad que «entierra» su mundo emocional ante las miradas de los demás. Hablando de emociones reprimidas, arcaicas quizá, en el libro del Dr. Servan-Schreiber llama la atención una metáfora: el juego «tocado hundido» (juego de los barquitos), que hace referencia a que el cáncer bien puede abrir viejas heridas arcaicas no sanadas, algo que también nos resulta familiar en la PHI. Dice textualmente:

«La primera herida, la de la infancia, es difícil de soportar pero manejable. Cuando un segundo golpe da justo en el mismo sitio, puede venirse abajo toda la estructura física y psíquica…»

(Servan-Schreiber, n. d.)

Seguro que le podemos poner unos cuantos «peros», aunque ese no es el objetivo. Lo que extraigo de este fragmento es que el cáncer puede ser incluso una oportunidad para observar los daños en la infancia temprana del enfermo. De ahí la tremenda importancia de que, en caso de existir psicoterapia, esta sea extremadamente respetuosa, pues la herida puede estar abierta (quizá lo estará, pues padecer cáncer es, sin duda, muy intenso).

En el laboratorio del profesor Martin Seligman de la Universidad de Pensilvania, se realizó un experimento que consistía en medir la sobrevivencia de los enfermos de cáncer en función del tipo de estrés al que eran sometidos. El estudio se realizó con ratas. Todas ellas fueron inoculadas con células cancerosas muy activas: a un grupo no se le estresaba con nada externo; a otro grupo se le estresaba y no se podía influir en el agente (descargas eléctricas), y el tercer grupo, aun con descargas, las ratas podían evitarlas a través de una palanca. Los resultados fueron reveladores: las ratas sin estrés obtuvieron una sobrevivencia del 54 %; las ratas con descargas sin poder controlar, un 23 %, y las ratas con descargas que podían ser controladas, un 63 %. Algo que en la PHI no podemos dejar pasar es que los resultados obtenidos demuestran que hay una diferencia del 40 % en tasas de sobrevivencia si actuamos frente al estrés que supone el cáncer y su tratamiento médico. Intervenir en paliar el estrés que la enfermedad (y sus dimensiones) causa al enfermo aumenta su sobrevivencia en un nada despreciable 40 %. Será, pues, objetivo el reducir el estrés; aun sin conseguirlo completamente, el estudio reveló que los efectos eran los mismos.

Visión desde la experiencia

Los libros más emotivos y algunas veces más reveladores son los que, desde su historia personal, cuentan cómo vivieron el cáncer sus autores y cómo lograron superarlo. Extraeré fragmentos y conclusiones sobre dos libros: uno, el ya mencionado del doctor Servan-Schreiber; otro, enteramente ceñido a lo personal, a través del relato de una vivencia muy dura y una sobrevivencia épica, El mundo amarillo de Albert Espinosa. El autor nos propone ciertos trucos y conceptos que a él le sirvieron para superar diez años de tratamientos y de idas y venidas al hospital. Desde los 14 hasta los 24 años, su vida fue un continuo vivir en la enfermedad, el legado a la incineradora; una pierna, un pulmón y un pedazo de hígado.

Ingeniero y guionista, también zurdo y adorador de lo humano. Si bien no es psicólogo, Albert propone desde su perspectiva trucos, mensajes, experiencias reveladoras y, lo más importante, el «descubrimiento» de los Amarillos, personajes que nos vamos encontrando en la vida y que, sin saber el porqué, nos influyen de manera positiva: bien sea en una conversación de un minuto, bien durante toda la vida, pues son atemporales. Su libro El mundo amarillo toma como eje vertebrador el poema de otro zurdo, Gabriel Celaya, quien, como él, fue ingeniero y a la postre escritor. Reproduzco aquí el poema, pues considero que será de ayuda para el objetivo de este trabajo:

No cojas la cuchara con la mano izquierda.

No pongas los codos en la mesa.

Dobla bien la servilleta.

Eso, para empezar.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.

¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?

Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.

Eso, para seguir.

¿Le parece a Ud. correcto que un ingeniero haga versos?

La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.

Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.

Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.

No bebas. No fumes. No tosas. No respires.

¡Ay sí, no respires! Dar el no a todos los «no»

y descansar: morir.

 

Aquí, el relato y lamento de una persona que, sin conocer la psicología humanista, describe en primera persona mandatos, impulsos, permisos… ¿Qué habrá llamado la atención a Espinosa para tomar este poema como guion? Quizá el cáncer acerca a las personas a su espiritualidad, obliga a la reflexión, a buscar dentro de sí fuerzas y motivos para vivir. ¿Son los grandes dramas de la vida catalizadores para la reflexión? Puede ser, pues también otros dramas han originado esto mismo, incluso han dado origen a toda una corriente psicológica. Es el caso de Viktor Frankl, quien en su libro El hombre en busca de sentido intenta responder a la siguiente cuestión:

¿Cómo afecta el día a día en un campo de concentración en la mente, en la psicología, del prisionero medio? (Frankl, 1946-1962).

Desde mi experiencia como enfermo de cáncer, veo semejanzas entre lo que pudo ser estar prisionero en un campo de concentración nazi y padecer cáncer. La sensación es de que tu vida está en otras manos, lo silente del avance de un cáncer bien podría ser la intención oculta de los captores del campo. Como hemos visto con los ratones del profesor Seligman, reducir el estrés (o poder actuar contra él) aumenta la capacidad de sobrevivencia. A su vez, de la psicología transaccional conocemos la importancia de los mandatos e impulsos en lo que a la adaptación egosintónica se refiere. ¿Mediar en los mandatos e impulsos reducirá el estrés? Dejo una frase de John Bradshaw (1990) en su libro Volver a casa, donde da forma a un constructo denominado «niño interior». ¿Nos suena? Reproduzco la frase y la dejo para la reflexión:

La suerte de los que vivieron el horror de un campo de concentración es que podían odiar a sus captores, en cambio, el niño no tiene más remedio que amar a los suyos, sus padres (Bradshaw, 1990).

Albert Espinosa (2010) propone una humanización del entorno afecto a la enfermedad: familia, médicos, enfermeros, celadores (muy importantes) y, cómo no, personas hermanadas por el cáncer (él decía que tenía hermanos de fuera y de dentro del hospital). La hermandad entre los enfermos, según Albert, promueve la curación, incluso la inmortalidad de cada uno de ellos, pues la vida del que muere es repartida entre quienes se quedan en la lucha.

En muchas ocasiones, tanto enfermos como cercanos hablan de la «fuerza» para vencer al cáncer: «Sé fuerte, lucha, eres un campeón, poco a poco…». Como vemos, están muy relacionados con los mandatos e impulsos:

«No hay claves para vencer al cáncer, no hay una estrategia secreta. Tan solo debes escuchar tu fuerza, crear tu lucha y dejarte guiar»

(Espinosa, 2010).

 

Pero nos sorprende con otra afirmación aparentemente opuesta, pues, si la primera habla de fuerza, lucha y guía, esta segunda habla de sueños y creación:

Si crees en los sueños, ellos se crearán. Creer y crear son dos palabras que se parecen y se parecen tanto porque en realidad están cerca, muy cerquita. Tan cerquita como que si crees, se crea (Espinosa, 2010).

Albert nos relata 23 descubrimientos que hizo durante sus diez años de enfermedad; algunos podrían parecer absurdos, otros no tanto. No me entretendré en citarlos, pero recomiendo su lectura, sobre todo si eres enfermo de cáncer, ya que te pueden ayudar. Sí considero necesario, al menos, citar el centro y título de su libro, los Amarillos, que define así:

«Dícese de aquella persona que es especial en tu vida. Los amarillos se encuentran entre los amigos y los amores. No es necesario verlos a menudo o mantener contacto con ellos. La forma de relacionarse con los amarillos es el cariño, la caricia y el abrazo. Consigue privilegios que antes estaban en posesión solo de la pareja»

(Espinosa, 2010).

 

Si como psicoterapeuta vas a tratar a un enfermo de cáncer, a ayudarlo para propiciar las mejores condiciones psicoemocionales posibles, te recomiendo la lectura de este libro, pues, si bien es muy personal y, por tanto, difícilmente aplicable a los distintos enfermos y los distintos tipos de cáncer, la práctica artística de la psicoterapia te ayudará a adaptar conceptos y meditaciones que podrás leer entre líneas. Sería bueno que un psicoterapeuta se convirtiera en un Amarillo para su paciente.

Extraigo e interpreto, desde la PHI, algunas frases y recomendaciones de Albert para, como dice él, vivir con los Amarillos. (Todas las frases corresponden a su libro de 2010. Para facilitar la lectura y no entorpecerla con continuos paréntesis referenciales, los omito).

«Los amarillos son reflejos de uno, en ellos están parte de nuestras carencias y el conocerlos hace que demos un salto cualitativo en nuestra vida».

De esta forma, Albert está indicando que los Amarillos pueden ser, a través del vínculo, personas que nutran nuestras carencias (reparentamiento).

«Como decía un psicólogo del hospital: La suerte es ser como eres. La desgracia es no poder entender cómo es la otra gente».

En esta sentencia se potencia y valora el ser, sin más adornos. No hay que ser de ninguna manera; simplemente, ser. También habla de la desgracia de no entender a otras personas; es decir, de la incapacidad de empatía o de descentramiento, origen y precursor de muchos trastornos de la personalidad.

 

«Recuerdo que en el hospital nos acariciábamos. Era algo natural, normal».

El contacto físico, la transmisión de caricias no verbales… ¿Qué dirían Alexander Lowen, Reich o Perls sobre la importancia del contacto físico? Vital en la PHI en forma de reconfortamiento y como forma de comunicar el estado de presencia del psicoterapeuta.

 

«Ver despertar a alguien es media vida amarilla. No tiene por qué ser en la misma cama, puede ser en dos camas, pero es importante conseguir ese clima, donde cada amarillo duerma y cada amarillo despierte siete u ocho horas después».

Albert hace mucho hincapié en el dormir junto a alguien para mejorar las cualidades de la hermandad de los Amarillos. Dormir junto a alguien puede ser algo grabado en nuestro ADN, pues en el paso de la noche es cuando los grupos primitivos se cierran en sí mismos, es donde la seguridad que ofrece el grupo se hace tangible (vínculo terapéutico).

 

«No es posible que alguien sea amarillo tuyo y tú no signifiques nada para la otra persona; la relación es biyectiva».

Sin duda, la referencia a la PHI es innegable. Es bueno que el psicoterapeuta también aprenda del paciente, valorando así la relación.

«La muerte es el fundamento del mundo amarillo. El mundo amarillo se basa en saber que puedes perder y puedes ganar. Esta vida trata de eso: de perder y de ganar. Habrá épocas en las que solo perderás, así que recuerda que hubo un tiempo en el que solo ganaste».

Una frase realmente dura: la aceptación de la muerte significa hacer el duelo existencial de uno mismo, ¡aun estando vivo! Pero no todo es morir, la mayoría de los enfermos de cáncer sobreviven. Desde el punto de vista de la vida, esta frase puede servir para entender que, si la vida está compuesta de polaridades (concepto gestáltico), optar por la polaridad «ganar» es una opción posible.

 

Integración de lo psicológico (académico), la alimentación y la experiencia

Desde los tres grandes enfoques de ayuda al tratamiento del cáncer (psicooncología, nutrición y experiencias personales), excepto la medicina occidental, obtengo un resumen común a todas ellas: el estado psicoemocional de la persona que se enfrenta a la dura tarea de librarse de un cáncer es importante y determinante.

El Dr. De la Serna nos cuenta cómo el distrés es un agente favorecedor de la progresión de un cáncer y cómo la psicoterapia puede ayudar a obtener mejores resultados y mejorar la calidad de vida. La Dra. Fernández hace un repaso concienzudo sobre la alimentación para prevenir el cáncer y para ayudar a sanar, al igual que el Dr. Servan-Schreiber al hablar largo y tendido sobre la importancia del sentimiento de impotencia, desesperación y estrés como agentes que dificultan el proceso de curación, personalidades propensas a contraer la enfermedad y actitudes provida durante el proceso de sanación. De lo personal, el ingeniero Albert Espinosa nos ofrece una curiosa, inteligente y original propuesta para afrontar el cáncer: sus 23 consejos y la búsqueda de los Amarillos.

Medicina, nutrición y psicología: los tres jinetes contra el cáncer, que no los únicos, pero probablemente los más determinantes. Mi labor: aportar una propuesta psicoterapéutica para los enfermos de cáncer, obtenida, como no puede ser de otra manera, de mi formación como psicólogo y psicoterapeuta de la PHI, así como de mi condición de enfermo de cáncer.

La cronicidad de la enfermedad, el aumento del riesgo por recidiva, así como mantener cambios en la nutrición y la salud psicológica hacen imprescindible que estos se mantengan en el tiempo, que se dé un verdadero compromiso entre el paciente y su vida, al menos durante el proceso de curación. Conocedores de lo complicado que resulta cambiar un guion de vida, se ve necesaria la intervención de un profesional para actuar en la forma que propongo como línea psicoterapéutica. El guion de vida del paciente podrá, o no, cambiar durante el proceso de curación del cáncer, pues, como mostraré, durante la enfermedad el objetivo no será el cambio, sino el aprovechamiento de lo preexistente. Quizá durante el proceso agudo de la enfermedad sea suficiente con impulsar un contraguion coadyuvante a la curación.

En los textos consultados no se abordan de manera significativa los dos objetivos de este trabajo, miedo existencial y soledad, que pasaré a denominar Miedo y Soledad. Desde mi experiencia como enfermo de cáncer, lo primero que experimenté fue Miedo. Un miedo tan profundo que apenas se siente conscientemente. Algunos enfermos hablan de desesperación, angustia, miedo, terror… El miedo existencial es distinto a estos, es algo que ya emergerá en forma de necesidad. Necesidad de alimento, de cuidado, de auxilio, de ser admitido, pues fue su primera forma de manifestación allá en el comienzo de la vida. Posiblemente de aquí surja la necesidad de saciar cualesquiera, o todas, las necesidades arcaicas insatisfechas legítimas (NAIL), recurriendo a las herramientas (ahora inconscientes) que en su día diseñó y eligió el paciente para procurar satisfacerlas (fundadoras del guion de vida).

La otra dimensión es la Soledad. Muchos de los conocidos, amigos o incluso familia, al conocer la noticia se alejan; algunos no soportan el contacto con el dolor; otros, simplemente, no saben qué hacer. La soledad se ve acrecentada por la perspectiva egocéntrica del enfermo, pues, sin remedio, al igual que un bebé, el centro de su mundo no puede ser otro que sí mismo. El cáncer obliga al enfermo a permanecer continuamente consigo mismo, la vida está en juego y es lo más importante, el resto de las cosas pueden esperar. De este modo, la compañía de otras personas puede no llegar a ser percibida como suficiente para aliviar la soledad. El enfermo de cáncer permanece en un estado tal que los demás se perciben como visitantes que entran y salen de su vida, pues él está en un continuo estado de necesidad.

Propuesta psicoterapéutica humanista integrativa

Propongo un modelo de actuación, no para entender la enfermedad, ni el estado psicológico del enfermo. Esto sería muy complicado, debido sobre todo a que la vivencia de la enfermedad es sentida de manera particular. Al comprometer la existencia y la pertenencia, se ciernen sobre el enfermo dos posibilidades de desaparición: una, la desaparición del grupo, la no pertenencia; otra, la desaparición de la propia existencia, de la realidad, desaparecer como individuo, perdiendo todo lo que tiene y todo lo que pudo haber tenido.

Así, el modelo de actuación debe entenderse como una propuesta psicoterapéutica, que ayude y oriente al terapeuta a sostener y mejorar las condiciones psicoemocionales para que estas coadyuven a la curación del cáncer, objetivo principal y casi único en el momento presente del enfermo. No es tiempo de resolver problemas arcaicos, mandatos o impulsos, ni el guion de vida. Es momento de aprovechar aquello de lo que dispone el paciente para, desde ahí, construir un frente de ataque a la enfermedad.

Quiero hacer una puntualización muy personal. Durante mi proceso, muchas personas se acercaron a darme consejos, describir remedios milagrosos y, cómo no, dictar cómo debía ser mi relación con el cáncer, con los tumores. Unos opinaban que había que amar el cáncer, que era algo que había venido para enseñarme; otros, que debía odiarlo, pues me podía matar literalmente. Soy más de esta última opinión: yo odiaba a mi cáncer, mucho, con toda mi alma y, aunque la moda de esta new age es amar a todo, me negaba y me niego a amar algo cuyo objetivo es suplantar al anfitrión, para lo cual el anfitrión debe morir. Es mejor respetar el sentimiento que sobre el cáncer tenga el enfermo; al fin y al cabo, es dueño de él. Aprovechar el odio o el amor, no perdiendo nunca la premisa más importante de la PHI: el respeto a la persona.

El modelo psicoterapéutico que propongo se centra en la persona que, teniendo cáncer, tiene opciones de superarlo, para lo cual propongo distintas herramientas, enfoques de aprovechamiento y dirección de la energía disponible. No recomendaré nada en el caso de una muerte inevitable, pues mi estado emocional no me permitiría abordarlo. He de cuidarme.

Contener al enfermo

Es muy distinto si el enfermo de cáncer es diagnosticado mientras está inmerso en un proceso de psicoterapia o acude a psicoterapia buscando ayuda por la enfermedad. En el primer caso, obtendremos una ventaja: conocemos su Yo existencial previo a la enfermedad y posiblemente ya exista vínculo terapéutico. Si no se conoce al paciente más que a raíz de la enfermedad, pues llega a nosotros por el tema específico del cáncer, recomiendo no detenerse mucho tiempo en conocer el «antes» del paciente (lo iremos descubriendo), pues el estado en el que se encuentra es apremiante, al menos así lo sentirá el paciente. Es de vital importancia generar un vínculo terapéutico lo más rápidamente posible, el psicoterapeuta puede recurrir a su historia personal o a la de algún allegado (de elección por el terapeuta). La prisa de un enfermo de cáncer me la ilustró con mucha certeza una médico, a quien acudí en busca de «otras» ayudas. Él mismo había superado un cáncer y me dijo: «Sentí como si mi reloj de vida fuese a toda pastilla, mientras que el reloj de los demás fuese a un ritmo injustamente lento». ¡No hay tiempo que perder! 

Este reloj se irá enlenteciendo a medida que el paciente se vaya adaptando a su nueva situación, aunque nunca dejará de ser el tema principal de su existencia. Para ello, es importante: a) aprender sobre el tipo de cáncer ante el que estamos, sus dimensiones y, muy importante, estar al corriente del tratamiento médico: pruebas, fechas, resultados, estado de salud física; b) conocer los efectos secundarios de la medicación y el tratamiento, pues suele ser normal que se incluyan efectos secundarios de corte psicológico o que afecten a la estabilidad emocional: quimioterapia que provoca distimia, radioterapia que enlentece el pensamiento, disfunciones sexuales, alexitimia, ansiedad, etc. En definitiva, para generar un vínculo eficiente con el paciente considero importante conocer el tipo de cáncer y el tratamiento, estando a la vez pendiente del proceso.

Ante la nueva situación, en la que su vida está en juego (un juego lento y, a la vez, urgente), es normal que el paciente se sienta desorientado, desbordado, aturdido y con mucho miedo. Palabras que sin duda encontraremos entre los síntomas de quien ha sufrido una catástrofe, siendo en este caso de muy larga y perenne duración. Atendiendo a los protocolos y a las recomendaciones para el caso de catástrofes, es de vital importancia ofrecer referencias estables y contextualizar lo que le está sucediendo. Ofreceremos pautas que orienten en el proceso de curación, haciendo partícipe a la persona en su proceso. Como el paciente no puede intervenir (o muy poco) en el tratamiento médico (que está muy protocolizado), se buscarán alternativas que contribuyan a la curación física en las cuales el paciente pueda ser agente actuante, ofreciendo así la oportunidad de que deje de ser un sujeto pasivo, pasando a ser un sujeto activo y, por tanto, a ocuparse de sí mismo a través de rutinas, alimentación, psicoterapia participativa (como es la PHI y la terapia de grupo con otros enfermos de cáncer). Sin embargo, no estaría recomendado el psicoanálisis por su falta de interacción y por su lentitud.

Llegado este punto, nos encontramos con un paciente que presenta este cuadro:

— Trastorno psicoemocional similar al de estrés postraumático, pero vivido en tiempo presente y real.

— Vinculación psicoterapéutica.

— Pasivo en el protocolo médico.

— Activo en naturoterapia, homeopatía, alimentación, Reiki, acupuntura, etc.

— Integrante o no de un grupo de terapia de enfermos de cáncer (no recomiendo otros grupos).

En este momento, podríamos decir que el paciente está contenido, que el trauma está siendo tratado en presente, en su presente, donde el cáncer lo es casi todo, cada minuto de cada hora de cada día… Es momento de pasar a la siguiente etapa, a la toma de decisiones.

Tomar una decisión: la capacidad de elegir

En PHI se habla mucho de «redecisión», siendo estas, decisiones que vienen a sustituir las tomadas en edad temprana ante unos determinados estímulos. Estoy hablando de los mandatos e impulsores. Dentro de un proceso de trauma y con el apremio que una enfermedad así obliga, no es tiempo de trabajar en la toma de redecisiones o en la reparación del daño arcaico, sí de utilizar en nuestro favor estos mandatos e impulsores.

Como he mencionado en el apartado dedicado a contener, es importante que el paciente sienta que puede hacer algo por sí mismo, que no es un objeto a merced del sistema médico, que él puede hacer algo por y para sí (sin olvidar la importancia de actuar contra los agentes estresadores). De mi experiencia como enfermo de cáncer, extraigo una anécdota. Decidí vivir. Sí, en un determinado momento decidí que iba a vivir. Visitaba a unos familiares y, en un momento dado, una persona dijo:

—Bueno, estás bien, todavía no se ha extendido. —dijo en tono compasivo—.

— ¡¡¡Cómo que TODAVÍA no se ha extendido!!! —Reaccioné con violencia recriminando a esa persona—…

Siempre me opuse con mucha energía a todo aquel que pudiera pensar que la muerte era inevitable.

La capacidad para elegir se puede desarrollar desde muy distintos campos: cognitivo, cognitivo-conductual, confrontativo y, como es el caso, desde la terapia humanista integrativa. Tomando como fuente de energía los mandatos existentes en el paciente, utilizaremos con su valencia positiva los del tipo; Complace, Sé Fuerte, Sé Perfecto, etc. Redirigiremos los de valencia negativa; No Seas, No Existas, etc. Si fuera necesario, aplazaremos estos últimos (desde un Padre Crítico positivo

Desde estos mandatos y sus valencias, ayudaremos al paciente a que tome las decisiones que estime mejores para su estilo: «voy a vivir», «voy a superar esto», «soy fuerte y sano», «lo superaré», etc. Puede darse el caso de que el paciente, ante una fuerte depresión, ansiedad o desesperanza, decida que el mejor camino es morir, dejando la responsabilidad al cáncer o cometiendo un suicidio. En este caso, lo mejor es utilizar un contrato para evitar el suicidio como el que se propone en la PHI (con el Padre, Adulto y Niño) y/o postergar este tipo de decisiones. En mi caso, la opción fue: «Voy a vivir. Morir… simplemente no es una opción». Así de contundente y sencillo, aun teniendo metástasis en grado 3.

La posibilidad real de morir, además, de forma anunciada y, en muchos casos, desde la falta de sintomatología (los cánceres en su inicio pueden ser silentes), hace que el paciente conecte con el miedo más profundo, el que en psicología humanista integrativa conocemos como «miedo existencial». Es el miedo que hace que al nacer, y poco después, nos adaptemos prácticamente «a lo que sea» con tal de sobrevivir a la falta de recursos, pues sin ayuda externa moriríamos. Este miedo en su día nos sirvió para sobrevivir; ahora podremos utilizarlo para el mismo fin y posiblemente a través de la misma adaptación: en efecto, nuestros mandatos e impulsos, evitando promover otros distintos, pues en estado de lucha por el trauma las capacidades de cambio son reducidas. Tan solo se darán aquellos cambios temporales en forma de contraguion, no siendo verdaderos cambios.

Supongamos que un paciente tiene como mandato «No Existas» Este mandato tiene un potencial especialmente negativo para la sobrevivencia en un proceso de cáncer, pues el cáncer vendría a coadyuvar en el cumplimiento del mandato. ¿Qué hacer, entonces? Adjunto a este mandato, tendremos, casi inevitablemente el impulsor «Complace», pues una persona no puede elaborar contra su existencia a no ser que sea para complacer (a otros). Si este fuera el caso, utilizaríamos «Complace» para dirigirlo principalmente contra sí mismo, es decir, el paciente tendrá como objetivo «ComplacerSE». Aun a sabiendas de que el cambio está circunscrito a un movimiento de contraguion, servirá para tomar decisiones encaminadas hacia la curación, mejorando así las condiciones en pro de la curación, la cual (no debemos olvidar) es el principal objetivo de la terapia.

Durante el proceso de sanación del cáncer es muy posible que el paciente tenga recaídas, merma de la salud y de la energía disponible, pues los tratamientos no están exentos de efectos secundarios. Tendremos que realizar sobreesfuerzo empático para situarnos en el estado por el que puede estar pasando el paciente: desde la caída del pelo (autoimagen) hasta cirugías muy agresivas, el paciente necesitará una referencia de las decisiones que tomó, de sus elecciones, sirviendo el psicoterapeuta, no solo de sostén emocional y confidente, sino también de faro que recuerde las decisiones tomadas y el objetivo. Insisto, es momento de explotar recursos, no de realizar o promover cambios.

 

La fuerza no sirve de nada. Los aliados, sí… Tenacidad frente a fuerza. Perseverancia

Durante mi proceso de sanación del cáncer, quizá las frases que más oí decir a los demás fueron «poco a poco» y «sé fuerte», muchas veces combinadas: «Poco a poco, eres fuerte, podrás con ello».

 

Un proceso de curación es eso, un proceso; es decir, una serie de acontecimientos que se van sucediendo mientras avanzan las terapias y la enfermedad. En la mayoría de los casos, el paciente se ve inmerso en algo que no para, que no se detiene. Recibe quimioterapia y son siete días de efectos secundarios muy intensos (o no tanto), una cirugía de la que se debe recuperar con un sistema inmunitario deprimido, radioterapia que roba energía… En definitiva, un proceso que arrastra al paciente, llevándolo por senderos desconocidos e imprevisibles.

La fuerza no sirve de mucho en estos casos; fuerza entendida como resistencia, como energía en oposición. A la vez, es necesario no perder el objetivo (la elección). ¿Cómo solucionar esta aparente discordancia? La respuesta está en la tenacidad, dejando que, si bien los acontecimientos desequilibren al paciente, incluso cambien su dirección (rumbo) en determinadas ocasiones o períodos, será la tenacidad la que haga posible no perder el objetivo. Para recordarlo y ayudar a ello está el terapeuta, que promueve la capacidad de tenacidad, distinta a la de resiliencia, con herramientas de trabajo y, sobre todo, a través del vínculo.

Esta tenacidad no tendría mucha valía si en cada cambio de rumbo y vuelta al original el paciente se desgastase en exceso, pudiendo perder no el objetivo, pero sí la energía. La capacidad de recuperación la conocemos como «resiliencia». A mí me gusta más el término «elasticidad», que es la capacidad de recuperar el estado original previo al trauma o al cambio de rumbo. Promover la capacidad de recuperación es de vital importancia, y hacerlo desde la honestidad también. No servirán las iniciativas que llamen a la fuerza, sí las iniciativas que recuerden hacia dónde nos dirigimos y, sobre todo, para qué nos dirigimos (dar un sentido a la vida). Para facilitar esta capacidad nos será muy útil el establecimiento de metas parciales, recordar el sentido de la existencia, visualizaciones creativas. En definitiva, técnicas y herramientas que den sentido y ofrezcan un futuro visible (y posible) al paciente.

Tenacidad y elasticidad: dos objetivos terapéuticos, dos herramientas para el viaje por el camino de la curación. Para su desarrollo propongo distintas herramientas, huyendo de lo estrictamente cognitivo, pues recuerdo que el paciente se encontrará en modo de sobrevivencia, teniendo cerrados los canales que posibilitan el cambio. Será mediante la experiencia como trabajaremos estas dos capacidades. Propongo estos recursos:

— Establecimiento de metas parciales, tanto temporales como de acontecimientos: pasar la semana, llegar a la sesión X de radioterapia, cicatrización de la cirugía, etc. Podemos promover este objetivo con la técnica conocida como «Ilustración»: en ella se propone al paciente ver, leer o escuchar ejemplos, cuentos o vídeos que promuevan el insight pretendido, tenacidad. (Técnica dirigida al Adulto).

— SPEC (situación-pensamiento-experiencia-conducta): necesariamente modificada, pues no pretendemos generar un cambio, sino la superación de un estado traumático de forma egosintónica. Utilizaremos el pensamiento y la experiencia para recordar al paciente su capacidad, para hacerle consciente de lo que pudo hacer y será capaz de volver a hacer. (Técnica dirigida al estado del Niño).

— Minicontratos: en los que el terapeuta, actuando desde el Padre Nutritivo (o Crítico positivo), apela al Niño Adaptado sumiso del paciente para que lo que no pueda establecer el paciente como propio lo establezca a modo de «auto de fe». Se trataría de una técnica de emergencia para que el paciente sea tenaz y elástico ante una situación especialmente complicada. Este recurso no solo pretende superar momentos de crisis, sino promover también un aprendizaje. (Técnica dirigida al estado del Niño Adaptado Sumiso).

— Visualización: esta herramienta, junto con el establecimiento de metas parciales, me parece la más útil. La visualización debe ir dirigida a un «futuro deseado», pues en el estado que se encuentra un enfermo de cáncer, la verdad, el futuro es bastante negro (el paradigma social que hay sobre el cáncer no es muy alentador, pues es casi sinónimo de muerte). Como propuso Viktor Frankl en su famoso libro Un hombre en busca de sentido, es primordial que el paciente encuentre un sentido a su vida, o más que un sentido, un estado de salud tras superar la enfermedad. A modo de ejemplo, yo generé una visualización donde tenía un barco velero, una casa y una moto vieja en un pequeño pueblo de Levante. Cada noche añadía detalles, vivencias y toda clase de «historias». Esto no solo me ayudaba a conciliar el sueño (sin más drogas), sino que sirvió para vivir en tiempo presente una vida más amable. (Técnica dirigida al Niño Libre).

— Apoyo, apaciguamiento, permiso, potencia y protección: todo ello enfocado a que el estado Padre colabore en que el estado Niño no se desboque y termine contaminando al estado Adulto. Por ello debemos enfocar el discurso a través de la alianza con el Padre, evitando las confrontaciones. (Técnicas dirigidas al estado Padre)

En cualquier caso, insisto, todas y cada una de las técnicas serán dirigidas para rentabilizar las capacidades de las que ya dispone el paciente, salvo los minicontratos, en los que un Padre Nutritivo vendrá a auxiliar. Como la coherencia, la congruencia y la sinceridad son primordiales, el terapeuta deberá conocer las distintas dimensiones de la patología del paciente: tipo de cáncer, su estadío, terapias utilizadas, efectos secundarios de las terapias (sobre todo, de la quimioterapia), centros sanitarios donde se realizan cada una de la terapias, fechas y horarios de las intervenciones, etc. Propongo que esta actitud del terapeuta sea, en sí misma, una nueva técnica que bautizaré como: «El psicoterapeuta se hace experto en el paciente».

Soledad

Quiero poner en antecedentes. La Soledad a la que pretendo tratar no es una soledad objetiva, material o instrumental, es la Soledad percibida por el paciente y, por tanto, indiscutible. Esto es importante, pues los ánimos, las objetivaciones o los clichés no solo no ayudan, sino que aumentan la presencia de esta. La soledad que siente un enfermo de cáncer es profunda, no conocida antes (salvo casos excepcionales), adimensional diría yo, inexplicable. La soledad que se percibe viene del propio miedo existencial, un miedo en el que no hay «compañero de fatigas», pues la existencia que está en juego es la de uno mismo.

Dentro del entorno del paciente habrá personas que huyan ante el dolor, algunas negarán el proceso, otras entrarán y saldrán de la vivencia. En cualquier caso, el cáncer está con el paciente todos los segundos, todos los minutos y todas las horas de todos los días, semanas y meses. Imposible acompañarlo. De este modo, la soledad percibida por el paciente será de máximo respeto, pues es su estado. Luchar para mitigar esa fuente de dolor será una batalla perdida desde el principio. Entonces, ¿qué hacer con esa Soledad?

Si la soledad percibida no se puede superar, o mejor dicho, el malestar por la soledad no se puede superar, entonces el camino será su contención, que no se vuelva contra el paciente en modo de autoagresiones, victimismos para llamar la atención o depresión, entre otras formas de solicitar el apoyo del grupo. No porque no se provoque el acercamiento del grupo, sino porque, de producirse este por esos mecanismos y comprobar que la soledad no se mitiga, la desesperanza puede hacer aparición, tirando por tierra todo el trabajo realizado para fortalecer la tenacidad y la elasticidad. Amén de las nefastas consecuencias que la desesperanza tiene en la curación, como en el caso de los ratones del profesor Seligman, a quienes se estresaba y no se permitía actuar contra el estrés, la sobrevivencia bajaba de un 63 % a un 23 % (Servan-Schreiber, n. d.). Es decir, compañía sí, pero no como solución a la soledad percibida, pues esta percepción es inevitable y, de creer que la compañía instrumental solucionará el sentimiento de soledad para después comprobar que no es así, defraudará al paciente, pudiendo, como he dicho, incurrir en desesperanza o «indefensión aprendida».

En mi caso, un grupo importante fue el constituido por mis compañeros de máster. Pedí que no se me tratase como a un enfermo de cáncer y, aunque di mucho la lata con el asunto, yo no era tema principal ni sentí compasión o exceso de cuidados. Tampoco creo que recurriese a la posición de víctima (al menos, en exceso). Esto originó que me sintiera acompañado en cada ocasión que estuve con ellos, pues no buscaba la solución de la soledad, tan solo una natural forma de estar, de vivir el presente, aunque el mío fuese muy distinto al de ellos. Nunca sentí envidia por su salud ni lástima por mi falta de ella.

De la última frase del párrafo anterior extraigo mi propuesta terapéutica. Por un lado, «nunca sentí envidia por su salud»; por otro, «ni pena por mi falta de ella»: un foco está puesto en el grupo, el otro en el propio paciente. Los grupos servirán para vivir momentos presentes y para compartir experiencias, vivencias y logros; los más íntimos, también penas y lamentos.

Sobre cómo actuar el paciente, apelaremos a su pensador, a su estado del Yo con todas sus dimensiones, para acompañarse a sí mismo, pues solo él estará presente consigo mismo al 100 %. La Soledad es, quizá, la dimensión más íntima sentida por el paciente, pues en ella se enfrenta solo a los miedos, a su ser, a su existencia. Será necesario monitorizar con mucho cuidado esta dimensión, la Soledad. Así tenemos dos frentes de apoyo en lo que a la soledad se refiere: desde los grupos y desde el propio ser del paciente.

— Ayuda desde los grupos: con «grupos» me refiero a todo sistema de pertenencia del paciente, desde la familia hasta los grupos sociales distanciados (club deportivo, de trabajo, peña gastronómica, etc.). En un primer momento, preguntaremos al paciente cómo se siente respecto a la soledad. Puede que no sea muy consciente de ella si está en fase de negación o se defiende a través de una disociación de la personalidad en dos: su personalidad aparentemente normal (PAN) y su personalidad emocional (PE), que se da en muchos casos. Trabajaremos desde las técnicas de la Gestalt en lo referente al «darse cuenta», llevando al terreno de la consciencia la soledad percibida y cómo esta es sentida, normalizando la percepción y transmitiendo que es imposible que el paciente se sienta acompañado durante todo el tiempo, pues él está en un lugar donde no puede haber más personas, principalmente por miedo o falta de empatía; además, pretenderlo sería injusto para los demás. Percibir con normalidad a los grupos, viviendo el presente del grupo sin modificar su mecánica, promoviendo la experiencia de vida, permite poner el foco en otros temas sociales en los que el cáncer no aparece: un evento deportivo, un curso, una cena familiar, unas cañas con los amigos… Tomamos estos actos como verdaderos oasis en medio de la travesía que puede representar el proceso de curación de un cáncer. Los grupos pueden ser ayudas que recuerden al paciente que hay algo más aparte del cáncer, que la vida sigue y él continúa con la vida.

— Ayuda desde uno mismo: es cierto que el paciente puede estar presente consigo mismo todo el tiempo, al menos, gran parte. ¿Por qué no aprovechar esta presencia para cultivar su mundo interior? De esta forma, podrá aprender a acompañarse a sí mismo desde un mundo interior preexistente. Esto puede dar miedo a muchas personas, pues no todo el mundo está preparado o acepta de buen grado adentrarse en su interior. Es posible que este miedo o las limitaciones provengan de que, en la mayoría de los casos, esta introspección se lleva a cabo para solucionar problemas (propio de la new age: mindfulness, meditación, etc.). En nuestro caso no será así, nosotros lo haremos desde el amor incondicional de la persona a sí misma, habitándose en un discurso interior que le ayude a avanzar por el proceso, sin buscar «errores», juicios o cambios, simplemente «habitarSE». Propongo prácticas de presencia: meditación sin búsqueda, lecturas creativas y divertidas, autocuidados físicos y ocio individual. Esta dimensión debe ser tratada con mucho cuidado y siempre acompañando al paciente, aportando ideas desde el Adulto del terapeuta hacia el Adulto del paciente, pues de otra manera puede entenderse que van dirigidas desde el Padre del terapeuta hacia el Niño del paciente, pudiéndose producir que el paciente, desde su Niño Adaptado Sumiso, obedezca al Padre del terapeuta, entrando así en un bucle sin fin de soledad, tristeza, terapia, mandato, soledad. El camino que pretendemos obtener es aquel en el que, desde el Adulto del paciente, se dé permiso al Niño del mismo, habitando sin juicio y por decisión propia el Yo.

Socialmente, la palabra «soledad» está adscrita a algo malo: «las persona solas necesitan ayuda», «estoy solo y triste», «ese es un tipo solitario, raro…». Propongo algunas herramientas encaminadas a promover la homeostasis del paciente, la autorregulación de la soledad, de su refocalización positiva:

— Meditación transcendental: no pensamiento, no juicio. Ejercicio de la presencia en sí mismo, habitando su Yo más interno. El vacío fértil que describía Fritz Perls en su doctrina gestáltica. Para su aprendizaje, basta acudir al budismo, donde la meditación consiste (en muchos casos) en el vacío.

— Visualización creativa: creación de espacios interiores donde el paciente pueda disfrutar de un estado «vivido» sin la enfermedad. Es importante advertir al paciente de que el objetivo no es la negación de la enfermedad, sino la existencia de un pensamiento exento de ella, generado para su disfrute y descanso. Un oasis al que acudir. Hay mucho escrito sobre esta práctica; recomiendo el libro Visualización creativa, de Richard Webster.

— Búsqueda e identificación del Yo superior: de «la mente de la mente», de la metacognición, de ese pensador superior que sobrevuela el pensamiento de «a diario». En esa mente, Antonio Dimaggio et al. (2001) describen las distintas dimensiones que la componen, siendo la conocida como Mastery la encargada de organizar los procesos mentales, dando buena circulación a todos ellos. Capacidad necesaria para abordar el torrente emocional que una enfermedad como el cáncer es capaz de originar:

«Función de Mastery: proceso mediante el cual la persona puede abordar su dolor psicológico en términos lógicos; de este modo, el proceso de pensamiento sigue un orden funcional; formulación del problema, estrategias de resolución y aplicación de soluciones. La falta de esta capacidad hace que la persona sienta su propia mente (o actividad cognitiva) como impotente y desregulada»

(Dimaggio et al., 2001.a).

«Cada vez que veo películas tristes me vengo abajo, no voy a ver este tipo de películas, me sientan mal. Este sería un pensamiento coordinado por una función de Mastery funcional.».

(Hernan, 2015)

Mindfulness: en temas de meditación, desarrollo, bienestar psicológico, etc., muchas veces aparece la opción del mindfulness (conciencia plena), herramienta útil y que los pacientes aprecian y reconocen haberles servido de ayuda. Como ya he informado en diversas ocasiones, la recomiendo con la condición de no ser utilizada para promover el cambio, sino exclusivamente la consciencia de uno mismo y la presencia en tiempo presente. Un artículo de mucho valor es el estudio que realizó Simon en 2006, en el que se demuestra el cambio que se produce en el cerebro cuando algo es practicado con asiduidad (no solo meditación, pero también). Vendría a contradecir el refranero, asegurando que «el hábito sí hace al monje», afirmación que también demostró el profesor Zimbardo con su famoso experimento de la cárcel de Stanford. Estos descubrimientos nos alientan a poder utilizar estas técnicas con la esperanza de que la práctica de un determinado «estado» emocional o psicológico quede integrado en la estructura de la persona, produciéndose así un cambio natural. Se resume en una frase simple y muy importante: «Es posible pasar del estado al rasgo».

No hay tiempo para generar cambio. Como he dicho, es hora de rentabilizar las potencialidades del paciente. De este modo, la práctica meditativa y de presencia se dirigirá a conseguir una autorregulación de la estructura psicológica del paciente, no su desarrollo personal, que, si bien el cáncer puede ayudar a ello, será tras su curación el momento de abordarlo, si el paciente quiere o dispone de fuerzas.

En definitiva, percibir soledad durante el proceso de cáncer es inevitable. La solución pasa por hacer que esa soledad sea egosintónica, o, al menos, que no conduzca a la depresión, o a la tristeza, o mine las capacidades de tenacidad y elasticidad (resiliencia).

 

Integración del aprendizaje por la superación del cáncer

Una vez superado el cáncer, puede ser un buen momento en la historia del paciente para avanzar por su desarrollo personal, por el cambio de guion. Las vivencias han sido intensas: Miedo, Soledad, aprendizajes, dolor… Al menos en mi caso, el cáncer ha supuesto una oportunidad para la reflexión y una buena cantidad de insights que ahora pueden ser rentabilizados.

Un estado emocional y psicológico propicio para el cambio es, sin duda, muy útil para conseguir el cambio. No obstante, esto que desde el mundo de la psicología se presenta como «una gran oportunidad» no siempre es así. Muchos enfermos de cáncer, tras haberlo superado en un estado de contraguion, vuelven a sus antiguos guiones e incurren muchas veces en las mismas conductas, hábitos y estados psicológicos que los llevaron, probablemente, al padecimiento del cáncer: personalidades enfadicas, consumo de tabaco, alimentación insana, introvertidos emocionales, etc. Dependerá de cada paciente tomar la decisión de continuar con el trabajo de psicoterapia. Lo que el terapeuta debe tener en cuenta es el gran desgaste físico y emocional del paciente; quizá un descanso sea una buena propuesta terapéutica.

Hace pocos días me crucé con una vecina y amiga, mayor que yo; fui durante años a comer a su restaurante. No sabía que había pasado no un cáncer, sino dos: en 1998 y 2012. Al contarle lo mío, frunció el ceño, chasqueó los labios y se entristeció, sentenció «con esto no hay quien pueda» (recordad mi determinación contra los catastrofistas). Indiqué que el cambio era posible y que gran parte del trabajo está en la mente de la persona… Mi amiga negó con la cabeza, volviendo a sentenciar: «¡Qué más da, esto es así!». Sin duda, su guion de vida es muy intenso y está afianzado con mucha determinación, solo cabe el respeto y la comprensión con la esperanza de que un aprendizaje por modelo (aprendizaje vicario) produzca la chispa que encienda en ella el apasionante camino del cambio. Una aventura que todo el mundo debería probar.

Conclusiones

Tener cáncer afecta a todo el sistema de la persona; cuerpo y mente se ven afectados de manera significativa; miedo existencial y soledad son dos agentes psicológicos de gran impacto. El tratamiento médico, al menos en España, carece de ayuda psicológica profesional (son buenos los cuidados de enfermeros y médicos, pero no suficientes). Muchos son los aspectos que coadyuvan al proceso de curación: alimentación, tratamientos energéticos, medicina tradicional china, naturopatía, complementos alimenticios y, como objetivo de este trabajo, la psicoterapia.

Contener al enfermo en una primera etapa del cáncer a través de la escucha y el respeto y, posteriormente, promover la capacidad de recuperación (elasticidad o resiliencia) y la tenacidad, evitando los caminos de desarrollo o cambio, pues la psicología del paciente se encuentra en «modo sobrevivencia». Es momento de utilizar las capacidades de las que ya dispone el paciente, potenciarlas y dotarlas de dirección. Se hace necesario que el terapeuta rediseñe las técnicas de la PHI, pues estas, en su mayoría, están diseñadas para el cambio, no para la potenciación de las existentes.

Soledad percibida e inevitable por la particular forma en la que se vive el cáncer. Grupos de apoyo, grupos de amigos y conocidos, familia, clubes, etc.: todos ellos beneficiosos para mitigar la forma en la que se percibe la soledad, sin utilizarlos como compañía, sino como una forma de estar presente. Habitar el estado del Yo, la presencia con uno mismo, como camino para entender la soledad, no para luchar contra ella, y acompañarse en tiempo presente y futuro (que al ser pensado será presente), pues el paciente es el único que puede estar todo el tiempo consigo mismo.

Considero imprescindible que el terapeuta no solo domine las herramientas y el proceso psicoterapéutico; además, en el caso de los enfermos de cáncer, resultará de mucha ayuda conocer las distintas dimensiones del cáncer de esta persona. Estar atento al mundo médico del paciente: citas, hospitales, médicos, terapias, procesos, fechas, resultados, etc., todo ello promueve el vínculo y la percepción del paciente de que hay alguien, además de él, atento a lo que sucede. Puede que familiares o amigos también estén pendientes, pero no hay nada como que «papá y mamá» estén atentos, y esto, a través del vínculo, es la situación psicológica en la que puede encontrarse el terapeuta. El terapeuta es el único que está atento a todas las dimensiones del paciente; es decir, el terapeuta se hace experto en el paciente, de aquí esta nueva herramienta que he denominado: «El psicoterapeuta se hace experto en el paciente».

Mi proceso de cáncer ha tenido singulares coincidencias; sincrodestinos que diría Deepak Chopra; karma, los hinduistas. Este trabajo ha tenido el suyo, ayer mismo terminé de redactarlo, ayer mismo encontré esta cita:

            «Tenemos dos vidas: la segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una»:

(Confucio).

 

Agradecimientos

Sería imposible enumerar a todos las personas del mundo médico que me ayudaron en la curación del cáncer: quizá aquel chico de mantenimiento que, estando yo hospitalizado, solucionó el ruido del aire acondicionado; Joseba, mi oncólogo, que pasó de un 80-20 a un 50-50 tras una ardua negociación entre ambos; las técnicos de la máquina de radioterapia, que me abrigaban la tripa por el frío de la sala; Escarlata y Amaya, mis radiooncólogas, que me sonreían y escuchaban; Macarena, mi psicoterapeuta que tan flexible fue conmigo, adaptándose al proceso. Mis compañeros de máster: Antonio, Emilio, Clara, Isabel, Andrea, Marina, Xiomara, Manuel, Ana María, Yolanda, María A., Marian, Mariola, Marta, María M., Cloti, Lara, Beatriz, Susana, Carolina, Salli y María José.

Gracias.

Bibliografía

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— Espinosa, Albert (2010). El mundo amarillo: Si crees en los sueños, ellos se crearán (Spanish Edition) (Posición en Kindle33-35). Penguin Random House Grupo Editorial España. Edición de Kindle.

— Fernández, Odile (2015). Guía práctica para una alimentación y vida anticáncer. Urano. Edición de Kindle.

— Frankl, Vicktor (1946-1962). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder Editorial S.L.

— Hernán, A. (2015). Factores metacognitivos y trastornos de la personalidad. Trabajo fin de Grado. UDIMA

— Serna, de la, Juan Moisés. PsicoOncología: Ayuda Psicológica para pacientes con Cáncer (Spanish Edition) (Posición en Kindle471-476). Edición de Kindle.

— Servan-Schreiber, Dr. David. Anticáncer: Una nueva forma de vida (Spanish Edition) (Posición en Kindle4410-4419). Grupo Planeta. Edición de Kindle.

— Simón. V.M. (2006). Mindfulness y Neurobiología. Revista de psicoterapia, Época II, vol XVII 2/3.

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2 Respuestas

  1. Roser Estruch dice:

    Gracias por el artículo, Antonio.
    Me has ayudado a mirar a la persona que atraviesa un cáncer desde diferentes y necesarias perspectivas, a abrir el foco… Además de desprender un respeto amoroso absoluto .
    Me ha parecido excelente!

    • Antonio Hernán dice:

      Muchas gracias Roser. Tuve la suerte de superar el cáncer estando inmerso en el master de PHI, ello me ayudó a ser consciente de los procesos psicoemocionales. la soledad sirvió de catalizador del proceso.

      Este articulo ha servido de motivador para la escritura de un libro que pronto verá la luz. Espero aportar, como tú bien has visto, una visión más ancha donde haya cabida al mundo emocional. El cáncer puede ser una marivollosa oportunidad para ejercer la libertad emocional.

      Un cariñoso abrazo y… un beso bien pegao’

      Nuevamente, muchas gracias.

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