Ayúdate para variar

01/02/2012

El instrumento y quien lo tañe son una misma cosa, al servicio de la música.
Narciso Yepes[1]

Oskar Ekai

Oskar Ekai

En este artículo recojo momentos de mi experiencia personal y referencias bibliográficas de dos personas que han tenido que ver en mi proceso de formación Paco Peñarrubia y Guillermo Borja.

Quiero aportar lo importante que para mí, como persona y como educador social, ha sido encontrar espacios donde poder ayudarme, donde poder pedir ayuda a otras personas, para de esta manera conocerme a mismo, y tener el valor y la seguridad para ayudar a los demás.

Voy exponiendo diferentes ideas y aspectos que nosotros, como educadores, tendríamos que tener trabajados, o trabajarlos a medida que nos van surgiendo en los espacios de supervisión o en otros, para ser más conscientes del trabajo que estamos realizando como educadores

Llevaba trabajando como Educador Social  cinco años cuando conocí la gestalt.

T.GESTALT = [(conciencia/espontaneidad)+(apoyo/confrontación)]RELACION
T. Gestalt = Yo-Tu, Aquí y Ahora [2]

Ahora me permito hacer en voz alta una reflexión sobre la relación educativa, dándome cuenta del proceso que inicié cuando conocí la gestalt, y cómo esto influyó en mi trabajo educativo. Recuerdo cómo estaba interviniendo como educador, cómo lo esencial de la relación, lo importante de mi trabajo como educador en un servicio social de base era hacer cosas, contentar a los políticos, llevar a cabo un programa que habíamos elaborado pensando en ellos, en nosotros y en las problemáticas, pero no en las personas.

Era una actividad frenética, focalizada en el hacer, fuera lo que fuera, Eso sí, todo muy planificado, muy estructurado, muy profesional, para poder así evaluar la actividad, aunque luego ésta caía en saco roto y no se la leía nadie, solo interesaba vender lo que se hacía de la forma más políticamente posible.

“Me senté en la puerta en una situación de desconcierto. Y ¿qué voy a hacer yo aquí? ¿Qué se hace? Y me senté un mes en la puerta, y dije: no entro hasta que se me quite el miedo…”[3]

Mi relación con las personas con las que trabajaba estaba más centrada en mis necesidades y en las del equipo, para seguir manteniendo el servicio y el trabajo, que en las propias de la persona que venía a pedir ayuda.

“Es importante que el educador tenga claro que quiere serlo. Los educadores deben comenzar reconociendo su enfermedad, a mí lo que me llevo a ser educador fue mi enfermedad. Ayudar a los demás para robarles un poquito de salud.”[4]

Así es difícil conseguir cambios positivos en la persona o ayudar a la otra persona, si pones delante siempre tus necesidades y otras muchas cosas, aunque a veces muy justificadas, razonadas e inconscientes.

Los educadores necesitan primero ser educados; deben, en el sentido ético del deber, saber lo que les va ocurrir a sus clientes. De otra forma ninguno confiará en ellos. No habrá posibilidad de confianza porque uno no cree. El camino de la relación de ayuda es haber reconocido el otro camino, llamémosle intuición; pero esto no se habla, sólo se reconoce, se pone de manifiesto con una actitud que la otra persona percibe, no a través de razonar, sino en otros niveles energéticos.

Ahora, después de más de diez años de iniciar mi formación en Gestalt, me doy cuenta de los cambios, quizá todavía pequeños, pero en alguna medida, para mí significativos.

“Lo que más atemoriza al ser humano es caer en crisis, porque pone de manifiesto todo lo que está irresuelto; la dependencia, la necesidad, la carencia…No se puede resolver nada profundo si no es a través de una crisis, pues ella misma posee los elementos de la curación.”[5]

La carrera de Educador Especializado me había dado la base teórica, e incluso las pistas por dónde iba eso de la relación educativa y los aspectos básicos para poder establecer la relación ayuda con una persona.

Pero faltaba algo, y ese algo era yo, mi actitud no era la adecuada, aunque hacía lo que la teoría de forma clara remarcaba, no estaba funcionando, poco a poco ese estar me lo fue dando la Gestalt, la Bioenergética, y mis propios espacios de supervisión personal.

“Los educadores nos  pasamos el tiempo negando nuestra persona y queriendo ser educadores. Educador es igual a persona. Lo dice Rogers, lo más difícil es convertirse en persona y para ello hay que transformarse primero en monstruo, ser monstruo es bajar.

“Si yo tengo que controlar mi  pensamiento mi emoción y mi acción, es que hay algo irresuelto en mí. La presencia y la transparencia no amenazan a nadie, no atentan contra nadie…” [6]

Inicié mi formación como terapeuta, poco a poco y muy lentamente superando muchas resistencias, profundizando en mis propios miedos, algo cambiaba dentro de mí, que me permitía trabajar como educador de otra manera. Estaba más centrado, me conocía un poco más, sabía dónde me enganchaba, dónde perdía el control de la relación y cómo esto me permitía posicionarme como educador más seguro, tanto con el equipo como con las personas que venían a pedir ayuda.

La verdadera preparación es el camino, y el camino es la vida misma. No se puede estudiar para ser persona. No se estudia  para dejar de tener conflictos y sufrimientos. Hay que hacer un trabajo en lo personal, pues lo central de un educador es que tenga presencia y que sea congruente, que no resulte un fraude. El educador es como un viejo que ya recorrió el camino, y eso es una actitud que no se puede transmitir en palabras. La técnica no educa, quien educa es la persona. La gracia de los grandes educadores y pedagogos ha sido ser ellos mismos. Esa es la enseñanza y el mensaje: ser nosotros y no imitar a nadie. Yo creo que sólo produce un cambio educativo el que se atreve a hacerlo. No hay técnica para eso, sólo actitud. Y sólo pueden tener actitudes las personas, el que se reconoce a sí mismo puede reconocer a los demás. Esperar que la ultima palabra sea la de él, no la nuestra. Que sus miedos sean sus miedos y sean suyas sus fantasías. Que la resolución de su conflictiva le pertenezca. Todo esto sólo se puede lograr a través de la permisividad, del respeto a sus silencios, a su aburrimiento, a su egoísmo, a su narcisismo, a su invalidez, a su menosprecio, a su vanidad. Tan sólo si le damos cabida a esto, recibiéndolo y observándolo sin enjuiciar, estaremos hablando y propiciando un cambio en la relación de ayuda

En lugar de resolver se trata de fortificar la actitud ante la vida; hay cosas que no podemos cambiar, pero podemos cambiar la actitud hacia ellas. Ahí es donde está el camino del educador. Su verdadero trabajo no es alcanzar una meta, sino estar en el camino, no importa dónde se está, sino cómo se está. El cómo es lo que se enseña en la relación de ayuda.

“El mérito está en reconocerse, el autobservarse. Los educadores actuales no tienen la valentía de dudar de sí mismos y de perder el control. El tabú de los tabúes es reconocerse persona ante los educandos.”[7]

El que estaba en esa relación era yo, con toda mi persona, con los fallos, los defectos, lo bueno y lo malo. Aceptar esto, no esconderlo y hacerlo parte de la relación de ayuda propiciaba una relación más autentica, más coherente, que me permitía no tener prisa y trabajar centrado en el presente, en lo que la persona tenía o traía en cada momento para, desde ahí, ponerle frente sí sus posibilidades, para que él elija su camino y acepte su decisión, ya que es el responsable de sus decisiones y no yo. Yo sólo puedo estar ahí, aceptarle, y desde esa aceptación de lo que es, él podrá aceptarse y podrá permitirse cambios en su vida.

Es muy importante que cuando una persona llegue ante nosotros seamos honestos con él. No mentir, trabajar con lo que hay. No negar un problema cuando sabemos que el problema es no aceptar la realidad. Lo extraordinario es poder vivir lo diario.

“Estoy seguro que la verdad no daña, al contrario él yo se fortifica al aceptar la finitud y la imperfección. Uno de los valores a recuperar es la honestidad. El silencio del terapeuta es, en ocasiones muchísimo más poderoso que el saber, el silencio es el contacto.”[8]

El trabajo del educador en su relación de ayuda es despertar el ser humano, sacudir la falsa comodidad interna, el control, la resignación al no-riesgo. El educador debe tener fe en que suceda lo que suceda, no pasa nada, no hay tragedia. El error de los educadores es creer que somos portadores de la verdad y la salud. El descontrol simplemente expresa lo que uno está sintiendo, es darse permiso a expresar lo que uno piensa. Simplemente hay que decir lo que llevamos dentro, lo cual da miedo porque uno se abre. Cuando un educador es un mal educador, es porque no es persona.

Mientras estaba haciendo la formación en gestalt y bioenergética tuve la oportunidad de realizar una formación de supervisión en Alemania, poco a poco empecé a realizar supervisión a educadores y a equipos educativos y me fui dando cuenta que hay diversos tipos de educadores, educadores muy intensos que se dedican a las confrontaciones, la permisividad y a la liberación de la represión. Otros son de tipo emocional, y con su exceso de emoción otorgan permiso a personas muy austeras en la representación o manifestación de sus emociones. Hay educadores que ponen énfasis en la capacidad de abstracción y en lo verbal. Trabajan el pensamiento y tienen una dirección muy mental. Otros educadores tienen un estilo muy normativo, con mucha conciencia de no extralimitarse de lo que marca el orden social. Hay quienes trabajan las áreas corporales de la autovalía, existe otro tipo muy apto para trabajar con la ternura, la receptividad, la emotividad y, sobre todo la capacidad de entrega que se manifiesta en el dar y el recibir. Otros educadores basan su estilo en una gran capacidad de ser receptivos y permisivos, etc. Como conclusión, podríamos decir que existen tres grandes estilos. Los primeros, con una gran habilidad para trabajar con la emoción. Los segundos trabajan el pensamiento, con orientación al pasado; hacen un trabajo analítico, dando mucha importancia a todos los detalles de cada situación y relación. Finalmente hay otros educadores que se concentran en la acción, valorando mucho los impulsos y la realización de los deseos.

En los procesos de supervisión me doy cuenta de cómo estos tipos de educadores, que son tremendamente compatibles para el desarrollo y el aprendizaje de una persona, no se compatibilizan, sino que se enfrentan entre ellos, echándose en cara unos a otros su diferente forma de hacer, impidiendo así que las personas con las que trabajan aprovechen todo su potencial y energía.

El proceso de auto observación, comunicación para que esto no ocurra es una tarea costosa, dolorosa, que requiere esfuerzo, pero creo que es la manera de poder realizar un trabajo educativo, es la manera de establecer una relación de ayuda, donde el centro sea la persona que pide ayuda pero encontrando enfrente una persona centrada, que previamente haya pasado por los mismos procesos, miedos y resistencias por los que tendrá que pasar el “cliente” para superar su situación.

Sino nos permitimos vivir nosotros esos procesos, las personas que vienen a pedirnos ayuda, sean niños, adolescentes o adultos, nunca podrán tener un proceso de adultez, como decía Faustino Guerau en una de las definiciones operativas de educación, ya que siempre se quedarán, nos quedaremos, enganchados en múltiples vínculos afectivos por donde las personas con las que trabajamos nos atrapan para no realizar su proceso, ya que nosotros como educadores y como personas tampoco lo hemos realizado, y así la relación educativa se convierte en una lucha de poder en juegos de seducción, en juegos neuróticos, etc., que impiden que la relación educativa sea fructífera y tenga la dirección adecuada para cumplir los objetivos.

“Lo que debe hacer el educador es mostrar lo mismo que mostraron los grandes hombres: entrega y disposición al riesgo.”

El verdadero trabajo educativo es que ambos, educador y educando, deben despertar a la situación de manera consciente. La química personal me enseña que cada vez que uno, como educador, entra en la limpieza, aceptando perder todo, perderse en el encuentro con uno, escucharse y vérselas consigo mismo, se incrementa su potencial, su energía y la confiabilidad, porque esas son las credenciales nuestras, no los diplomas.

Quiero hacer hincapié en que es la actitud de apertura, honestidad, reconocimiento y aceptación, la que invita al educando. Los dos deben involucrarse, trabajar juntos en lo conocido por uno y por otro, en lo desconocido por ambos. De eso se trata. Debemos permitir la decisión y la determinación del cliente.

“Acompañar es educar”

¿Por qué hacer algo por los clientes? ¿Por qué tener que cambiarlos? Creo que sólo podemos acompañar al educando donde él desee. Para poder cambiar a través de acompañar por los caminos de la vida, hay que manifestarnos como somos, y ahí en el momento que somos, observamos sin juicio y sin aprobación.

La autenticidad es no cambiar lo que uno es y aceptar lo que uno tiene. Lo autentico es y tiene valor. La verdadera autenticidad es mostrarse, sin juicio, sin temor a ser descalificado. Para alcanzar esto, uno tiene que trabajar mucho, tiene que dejarse ayudar. Hay que aprender a confiar en la tempestad. Hay que hundirse, flotar, ahogarse y salir.

El educador tiene que estar abierto a invertir sin esperar nada a cambio, tiene que renunciar a ver resultados. Lo único que puede hacer es trabajar el momento. La posición del educador ha de ser la de responsabilizar a su educando. Paso dado es paso responsabilizado. Paso no dado también.

El verdadero educador es consciente de que el momento para trabajar es el presente. Lo demás es la habilidad que se tenga y saber qué utilizar en el momento. El educador en su relación de ayuda tiene que acompañar al educando y meterse en su laberinto, para alumbrar cada paso sin alumbrar el futuro. Una real pedagogía es aquella en la que, lo que se espera del otro, se convierte en sólo esperar.

El educando no puede resolver su situación, ni modificar nada, si no hay un puente de relación, un puente de confianza. La base de la transformación es dejar de ser mecánico para poder sentir lo que se va manifestando. Estamos invitando a que se exprese el sentimiento. Tenemos que reconocer que el cliente siente.

Tenemos que tener claro que estamos reeducando, no educando. Estamos reacomodando. No es que falte o que sobre algo, es que hay un mal acomodo, una distorsión. Hay incomprensión: Hay funcionamientos equivocados. Pero no hay nada que poner ni que quitar, se trata de revisar y reacomodar. Es cuestión de orden. Y todo está dentro de la relación y se llama transferencia.

Hay que reconocer que el otro tiene derecho de responder como puede y como quiere. Y yo manifestar lo que a mí me toca, me duele, o me hace feliz. Hay que ser explícito y no dar las cosas por entendidas.

La única seguridad que podemos darles es la confianza. La confianza quiere decir no juzgar, es no esconder nada, no ocultar y dejar que el otro se manifieste como es, no como yo quiera. Y cuando ese momento llega hay que tocar a la persona. El cuerpo ha levantado defensas y se ha vuelto intocable. Es labor del educador tocarlo, humanizarlo, hacerlo que sienta y no quedarse en el mero contacto mental a través de la palabra. Romper la barrera del acercamiento sólo lo puede hacer el contacto físico. Nuestras manos son poderosas, tienen poder en la relación de ayuda. La relación de ayuda es el contacto, el sentir que estoy aquí. Se debe sentir con el cuerpo y pensar con la mente

Que lo que pienso sea congruente con lo que siento y se vea ratificado por mi expresión corporal a la hora de actuar. Desde ahí existe la posibilidad de establecer contacto con el otro, de comunicar. Por eso, ante una dificultad de contacto, tenemos que regresar a nosotros, preguntarnos dónde estoy, dónde está mi centro y alienarme, porque así tengo mayor probabilidad de recibir a quién tengo enfrente.

Una cosa tan simple y sencilla, pero tan difícil de llevar a cabo como es la comunicación, depende de tres cosas: lo que digo, cómo lo digo y cuál es mi expresión corporal. Entonces lo que digo es la palabra en sí y ésta se dirige a la razón. Cómo digo las cosas va dirigido al corazón. Y mi acción ratificará lo anterior y evidenciará la congruencia de lo que presento. De esta manera el mensaje podrá ser recibido.

Estoy convencido de que la esencia de la conducta es energía. La palabra sigue a la razón, pero hay muchos campos de energía que llevan otros mensajes a través de la emoción. Todo es más patente en nuestro cuerpo. Podemos callar la boca pero el cuerpo no: está presente, se le ven las contracciones, el estrés y la deformación corporal. Poniendo atención a la falta de tono muscular, a la flacidez o a la gesticulación cualquiera puede tener una lectura de la persona que tiene enfrente.

En la convivencia se da verdaderamente el conflicto con el educando. Si uno comparte una cotidianidad, en un espacio determinado, es más fácil que se manifieste toda la personalidad y todos los conflictos.

“El miedo nunca se quita, la cobardía sí. La cobardía es miedo al miedo. Entonces, hay que ir con miedo, pues es una brújula que indica el camino correcto.”[9]

Se puede hacer educación a través de una fe en la verdad vivida y en el coraje de ser uno mismo”.[10]

Para finalizar quiero transcribir dos párrafos breves que recogen la experiencia de un psiquiatra de un penal después de haber pasado por un proceso de trabajo personal y que, de alguna manera, recoge lo que me paso a mí mismo.

“Creía que eso era todo… Después: formación en psicoanálisis, interpretar la interpretación de lo interpretado. Más alejamiento, mayor congelamiento emocional. Prohibido involucrarse con y en el paciente, aquello llamado profesionalismo no lo permitía; aunque dentro de mí corrían emociones que no permitía expresar, algo como las aguas que siguen corriendo por debajo de un río”


[1] N.Yepes, “Ser instrumento”, Discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes.

[2] F.Peñarrubia, “Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Alianza Editorial. Madrid 1998.

[3] G. Borja, “La locura lo cura”. Ediciones Arkan. Mexico 1995.

[4] G. Borja, op.cit.

[5] G. Borja, op.cit

[6] G. Borja, op.cit.

[7] G. Borja, op,cit.

[8] G. Borja, op,cit

[9] G. Borja, op,cit.

[10] G.Borja, op.cit.

 

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