Aproximaciones humanistas a lo obsesivo

01/04/2014


Resumen

Este trabajo comienza con una descripción de las principales características de las personas que consideramos obsesivas. Analizamos el fenómeno obsesivo desde el punto de vista de diferentes enfoques humanistas, nos aproximamos a la relación de algunos tipos de Guión de Vida con lo obsesivo y presentamos la descripción de una experiencia personal con respecto al fenómeno obsesivo.

El fenómeno obsesivo ha sido ampliamente abordado por la psicología humanista, en muchas ocasiones de forma transversal. La mayor parte de los intentos de diseñar una clasificación de los modos de pensar, sentir y actuar de las personas recogen, de una u otra manera, la idea de una forma obsesiva de afrontar la realidad. Esta forma obsesiva se caracteriza por la ocupación, por parte de un objeto mental, de un espacio mayor del que previsiblemente le correspondería, y la dificultad para desviar la atención a otros aspectos de la realidad más pertinentes en un determinado momento.

Palabras clave: obsesión, psicología humanista, análisis transaccional, terapia gestalt, eneagrama, análisis del carácter, guión.

1.- Introducción

Dentro del paradigma humanista de la psicología encontramos una gran variedad de formas de acercarse al fenómeno obsesivo. Podemos considerar como aspectos comunes a estos heterogéneos enfoques: la conceptualización holista de la persona, el intento de despatologizar el objeto de la mirada psicológica y el énfasis en la posibilidad de alcanzar mayores niveles de autorrealización o conciencia.

La palabra obsesión es ampliamente utilizada en el ámbito coloquial, generalmente con el efecto de amplificar la cualidad de algo de lo que se está hablando. Proviene del término latino obsessio, que significa asedio. Según el diccionario de la Real Academia Española, la obsesión es una perturbación anímica producida por una idea fija o una idea que con tenaz persistencia asalta la mente.

De este modo, es ampliamente aceptado que lo obsesivo es algo desproporcionado, que ocupa mayor espacio del que le corresponde, que molesta, inoportuno, rígido… en definitiva, un exceso. Y como tal exceso, impide o dificulta la presencia de eso otro cuyo espacio está ocupando, que no molestaría, que sería oportuno, flexible en función de la dinámica del contexto…

Desde esta perspectiva general del exceso y el entrometimiento vamos a repasar algunos de los puntos de vista más destacados del fenómeno obsesivo dentro del enfoque humanista de la psicología.

Así, tras una descripción de las características generales de las personas obsesivas, veremos el planteamiento teórico que nos proporciona el Análisis Transaccional, el Enfoque Gestáltico a partir del ciclo de satisfacción de necesidades, lo obsesivo como elemento central de un eneatipo del Eneagrama de la Personalidad, según la perspectiva de Claudio Naranjo, el Carácter Compulsivo de Wilhelm Reich, y lo obsesivo como aspecto relevante de la Teoría del Guión.

2.- Características generales de las personas obsesivas

Las personas obsesivas suelen ser demasiado perfeccionistas y meticulosas, perdiendo mucho tiempo en detalles sin importancia, y sintiéndose mal si no dejan perfectamente concluida una tarea, a pesar de saber que estos cuidados son innecesarios.

Generalmente son ordenadas, necesitando tener todo en su sitio, ya que si no es así se sienten ellas mismas intranquilas, como desordenadas por dentro. Por esto, es común que estas personas vayan por la casa ordenando los objetos, colocando bien los cuadros, etc; soportando mal que algún objeto esté fuera de la posición y lugar que le corresponde. Paradójicamente, a veces tienen sus cosas en completo desorden, debido a que aún no han podido ordenarlas todas de un modo exhaustivo, ya que para lograrlo necesitan cantidades sorprendentes de tiempo.

Son muy dadas a elaborar listas y proyectos de todo tipo, en un afán exagerado de planificación y organización, hasta el punto de perder en actividades innecesarias de este tipo una gran parte de su tiempo.

Esta exagerada necesidad de planificación guarda relación con su inseguridad de fondo. Intentan prever el futuro todo lo posible, con mucha antelación, para así evitar posibles problemas o imprevistos, ya que suelen tener grandes dificultades para adaptarse a estos y para la improvisación. No suelen soportar que alguien intente introducir modificaciones en los planes que han trazado de antemano, a pesar de que íntimamente consideren que estos cambios podrían ser acertados.

Suelen ser muy cumplidoras y puntuales, prefiriendo llegar a los sitios con suficiente antelación, de tal modo que, a pesar de posibles inconvenientes imprevistos, no hagan esperar a la persona con la que han concertado una cita.

En general, suelen estar sobreadaptadas a las normas y a los convencionalismos sociales, que respetan profundamente, convencidos de que es lo más correcto, y atemorizados por lo que los demás podrían decir de ellos en caso de no comportarse así.

Por este motivo, evitan a toda costa posibles salidas de tono, cuidando mucho de su aseo, peinado, vestuario, etc, que suele ser discreta, extremadamente clásico y convencional. Su comportamiento con las personas de poca confianza (que son la inmensa mayoría) suele ser serio, educado, correcto, respetuoso y con abundantes formalismos. Si alguien que les acompaña incurre en alguna pequeña falta en este sentido, se sienten profundamente mal, pasando una gran «vergüenza ajena», como si ellos se sintiesen un poco responsables de lo sucedido.

Tienen un exagerado sentido de la responsabilidad, agobiándoles por ese motivo las tareas importantes que se les encomiendan, ya que, además, suelen tender a culpabilizarse más de lo que les corresponde y a tener dificultades para tomar decisiones, por un miedo exagerado a equivocarse.

También les resulta difícil delegar tareas o atribuciones en los otros. Temen que no sepan realizarlas adecuadamente e insisten en que las lleven a cabo siguiendo su misma sistemática. Esto les lleva a terminar prefiriendo hacer todo ellos personalmente, o a supervisar minuciosamente las tareas que encargan a los otros, lo que les lleva a veces casi tanto tiempo como si las hubiesen realizado ellos mismos.

Son personas que pueden deprimirse como consecuencia de un ascenso profesional que implique una mayor responsabilidad. Generalmente son buenos «segundos», que cumplen de un modo leal y minucioso las tareas que otros les encomiendan, pero suelen tener poca capacidad de iniciativa y resolución como para poder ser líderes.

Suelen ser, por esto, buenos trabajadores, tanto más si tenemos en cuenta que tienen una gran, excesiva, devoción al trabajo y a la productividad. Se suelen sentir mal si dejan una tarea a medias, o simplemente pospuesta para mañana. Esto les suele crear desasosiego e intranquilidad, por lo que casi siempre prefieren aumentar el horario de trabajo.

Además, son incapaces de cometer engaños, fraudes o pequeños delitos. Son grandes personas de confianza, con un escrupuloso, incluso exagerado, sentido de lo ético, de valores sociales, legales y morales. Si tienen creencias religiosas, suelen tener frecuentes escrúpulos religiosos y dificultades con la confesión, ya que piensan, injustificadamente, que no hicieron ésta correctamente.

Son personas de pocos amigos y con poco interés por las relaciones sociales. No les suelen gustar las diversiones comunes y son muy austeros en sus gastos y forma de vida. Sus planteamientos se caracterizan por su rectitud, inflexibilidad e intolerancia.

Su trato suele ser distante, poco afectuoso, severo, convencional, formal, excesivamente rígido, si bien en el fondo suelen ser extraordinariamente sensibles para cuestiones de tipo afectivo con personas cuya relación tengan en cierta consideración. Les resulta difícil mostrarse cariñosos y afectuosos, incluso con su cónyuge o sus hijos, a pesar de que suelen quererles mucho y estar entregados a la responsabilidad de padres.

Suelen ser muy exigentes consigo mismos y con los suyos en materia de responsabilidades, aunque con tendencia a la sobreprotección de los hijos.

Les cuesta mucho tirar objetos fuera de uso o inútiles, por lo que tienden a acumular grandes cantidades de objetos absolutamente inservibles y sin valor de ningún tipo.

Evitan todo lo posible los gastos extraordinarios. Suelen ser poco generosos en sus regalos o con el dinero en general, salvo que piensen obtener de este modo alguna ganancia personal. Suelen ser ahorradores y previsores, en un intento de asegurarse lo más posible su futuro, pero siempre dentro de un clima más bien pesimista. Piensan en negativo, son los que siempre ponen «peros», encuentran fallos, dificultades inesperadas, aunque éstas sean absolutamente improbables.

Lo anterior se relaciona con su enorme dificultad para tomar decisiones. Con un pensamiento exageradamente analítico, tienden a darle excesivas vueltas a las cosas, buscando todos los pros y los contras de una decisión, hasta los más minuciosos e insignificantes, con lo que llega un momento en que se confunden más, aumentando su inseguridad, con lo que son incapaces de decidirse. Si lo hacen, inmediatamente después piensan que han equivocado su elección.

Es frecuente que esta estructura de personalidad se presente muchas veces con un patrón familiar. En muchos casos la explicación se puede encontrar en la forma de tratar y educar a los hijos, propias de este tipo de personalidad. El progenitor ve peligros por todas partes, con lo que advierte de ellos a su hijo, sobreprotegiéndole y prohibiéndole situaciones que no implican demasiados riesgos, así como decidiendo por él en cosas poco importantes. De este modo se evita que el hijo vaya aprendiendo a asumir riesgos y a tomar decisiones paulatinamente, con lo cual llega a adulto con un exagerado temor de todo lo imprevisto, con inseguridad e indecisión, ya que otros decidían por él y le decían continuamente lo que debía o no hacer, con lo que ha incorporado rasgos esenciales de la personalidad obsesiva.

Por otra parte, el progenitor suele mostrarse demasiado exigente y severo con el hijo. Este último intenta hacer todo lo mejor posible para obtener su cariño y gratificación, pero nunca lo consigue, ya que éste, por su forma de ser, rara vez le da muestras expresivas, táctiles, de cariño y afecto. Casi no le besa, abraza, etc. Incluso cuando viene con unas buenas calificaciones le responde con frases como «ésta es tu obligación».

El niño, debido a su edad, interpreta en estos casos que su progenitor no le quiere, a pesar de que esto carezca totalmente de fundamento, y se esfuerza en intentar hacer todo mejor para ver si entonces es capaz de obtener el cariño y aprobación paternas. Se vuelve a su vez estudioso, formal, meticuloso, ordenado, perfeccionista, hiperresponsable, etc. En parte, también, por copiar el modelo de personalidad parental.

A pesar de sus esfuerzos, el niño comprueba como no logra una aprobación y manifestación afectiva amplia del progenitor, convirtiendo progresivamente su personalidad en obsesiva. Además, este proceso actúa también a niveles más profundos de la personalidad, aumentando su inseguridad y baja autoestima. De este modo, el patrón puede ir transmitiéndose de padres a hijos durante generaciones.

3.- Algunos Enfoques Humanistas del Fenómeno Obsesivo

3.1 Análisis Transaccional[1]

Desde la perspectiva transaccional, el obsesivo es alguien que actúa desde los Estados del Yo “Padre crítico” y/o “Adulto”. Por tanto, “descuentan a su Niño y los de los otros”.[2]

En el triángulo dramático alterna las posiciones de Perseguidor y Salvador, desde las que juega a los siguientes juegos psicológicos: te pillé, arrinconado, sí pero…, juego del acusador, sólo trato de ayudarte, desbordado, psiquiatría y usted no puede hacer nada por mí.

Los principales impulsores son: sé perfecto y sé fuerte. El primero se traduce en que suelen dar muchos rodeos, explica y analizan con mucho detalle. En cuanto al segundo, les lleva a no expresar sus emociones.

Entre los comportamientos pasivos destacan la sobreadaptación y la agitación, por ejemplo con la manifestación de rituales.

Los mandatos predominantes son: no seas tú, no disfrutes, no seas niño, no sientas, no pertenezcas, no te acerques, no confíes y no seas tú mismo.

En cuanto a la administración de caricias, las personas obsesivas “Dan caricias negativas, desde el Padre Crítico, para educar. No dan apenas caricias positivas: “Hay que hablar de las cosas que van mal”. Rechazan las caricias positivas.”[3]

Por lo que respecta a las emociones, y siguiendo a Rosal, Gimeno-Bayón y García, encontramos como emociones parásitas (rackets) el “miedo, sobre todo en forma de ansiedad (para evitar descontrol, lo desconocido, una catástrofe)” y “agitación mental (en obsesiones ideativas)”. La principar emoción prohibida sería la alegría.

A nivel cognitivo tienden a perderse en detalles y amplificarlos (sobredetallan), se fijan en cosas pequeñas para redefinir la situación, hacen teorías para todo.[4]

Manifiestan las siguientes creencias típicas, según Beck:[5]

  1. Soy totalmente responsable de mí mismo y de los demás.
  2. Para que las cosas se hagan, sólo puedo contar conmigo mismo.
  3. Los demás tienden a ser demasiado informales, a menudo irresponsables, autocomplacientes o incompetentes.
  4. Es importante que cualquier tarea se realice a la perfección.
  5. Necesito orden sistema y reglas para que la tarea se realice bien.
  6. Si no soy sistemático, todo se derrumbará.
  7. Cualquier falla o defecto en la ejecución puede provocar una catástrofe.
  8. En todos los casos es necesario atenerse a las normas más estrictas, o las cosas se derrumban.
  9. Necesito un control total de mis emociones.
  10. La gente tiene que hacer las cosas a mi manera.
  11. Si no actúo con la mayor competencia, fracasaré.
  12. Los fallos, defectos o errores son intolerables.
  13. Los detalles son extremadamente importantes.
  14. Por lo general, mi modo de hacer las cosas es el mejor.

3.2 Enfoque Gestáltico

Desde un punto de vista Gestáltico, una estructura de personalidad puede ser considerada como una tendencia a interrumpir el ciclo de satisfacción de necesidades en unos lugares determinados. Sería algo así como la propensión a tropezar siempre en las mismas piedras.

Desde esta óptica, la personalidad obsesiva podría ser considerada como una personalidad prototípica, debido a su cualidad repetitiva. Si bien el objeto de la obsesión puede variar, el elemento constante es el hecho de quedarse interrumpido en una idea o forma de hacer las cosas de las que no resulta fácil sustraerse.

El fenómeno obsesivo se suele abordar fundamentalmente desde el nivel del pensamiento, aunque también cabría plantearse las sensaciones y sentimientos recurrentes, así como las acciones compulsivas, dentro del campo de lo obsesivo.

En realidad, podemos considerar que cualquier fenómeno psicológico tiene, al menos, una dimensión afectiva, una dimensión cognitiva y una dimensión conductual.

Este planteamiento, coherente con la perspectiva totalizadora de la Gestalt, nos permite considerar lo obsesivo como un hecho que representa una interrupción en determinados sentimientos, pensamientos y acciones.

Así, cuando estamos interrumpidos en una obsesión, nos encontramos incapacitados para sentir, pensar y actuar en función de otros elementos de nuestro entorno, alterando de este modo el fluir natural entre la persona y su medio.

La interrupción en el nivel de las sensaciones y sentimientos nos impide identificar correctamente nuestras necesidades actuales, ya que el elemento obsesivo ha ocupado este lugar. La represión es el mecanismo de defensa que favorece este boicot a la sensación genuina. En la medida en que estamos dominados por unas sensaciones y sentimientos que nada tienen que ver con la situación actual, reprimimos la percatación de otras sensaciones más acordes al contexto presente. Así por ejemplo, si toda nuestra atención está detenida en lo mal que lo pasamos en presencia de una determinada persona, esto nos impedirá disfrutar de la compañía de otra que también está presente.

Cuando observamos la interrupción desde el punto de vista de los pensamientos, encontramos la dinámica equivalente. Un pensamiento domina nuestra mente, de tal manera que no nos permitimos acceder a otros pensamientos más adecuados a nuestra situación actual. En este punto a la represión se le une la proyección como mecanismo neurótico que facilita la evitación de pensamientos alternativos al que nos domina. Mediante esta proyección asociamos a los elementos de la situación actual contenidos referidos al pensamiento obsesivo. Así por ejemplo, si estamos dominados por la idea de que no tenemos dinero, miraremos y nos sentiremos mirados en función de esta supuesta carencia, sin dejar espacio mental a los demás elementos cognitivos presentes en la situación.

Finalmente, lo obsesivo interviene en el nivel de la acción animándonos a realizar en exclusiva conductas dirigidas a reducir el malestar generado por los sentimientos y pensamientos obsesivos. A este propósito sirve la retroflexión, particularmente en su variedad compulsiva, de tal manera que ponemos al servicio de nuestras ideas obsesivas todo nuestro repertorio conductual, renunciando en consecuencia a cualquier otra acción vinculada a la dinámica entre nuestras necesidades y nuestro entorno. De este modo, cuando nos domina la idea de que somos ignorantes y estamos obligados a dejar de serlo, podemos caer en la compulsión de no hacer otra cosa que buscar y “engullir” la información que consideramos que nos falta, desatendiendo la satisfacción de otro tipo de necesidades físicas, relacionales…

3.3 “Eneatipo Uno” de Claudio Naranjo

El Eneagrama de la Personalidad es una teoría del carácter cuyo origen algunos sitúan entre el 2.500 y el 3.000 A.C. Aquellos conceptos fueron rescatados para la modernidad por Gurdjieff, desarrollados por Oscar Ichazo y perfeccionados y difundidos por todo el mundo por Claudio Naranjo y otros autores.

El Eneagrama nos ofrece un mapa de la personalidad humana con nueve caracteres básicos, descritos a partir de nueve pasiones o defectos dominantes. Cada persona participa en mayor o menor medida de la descripción de cada uno de los nueve eneatipos, si bien existe uno dominante identificado sobre la base de la pasión o fijación en la que el individuo se apoya fundamentalmente para organizar su comportamiento.

El Eneatipo Uno está dominado por la Ira, entendida ésta como una fuerza para solucionar lo que no funciona. Oscar Ichazo definió la ira como “oposición a la realidad”.[6]

Las personas del Eneatipo Uno se caracterizan por tratar de arreglar las cosas, de manera que saben lo que tienen que hacer ellos y los demás. Por lo general, rechazan los deseos e instintos, así como la vulgaridad. Se sienten superiores. Les gusta el poder y la autoridad, ésta les hace sentir seguros. Son perfeccionistas porque saben cómo se tienen que hacer las cosas. No son adaptativos. Llegan a ser obsesivos en su perfeccionismo. Generalmente son personas que han tenido que crecer muy rápido. No son espontáneos, no se entregan al placer. Son muy morales, muy rectos, muy rígidos. No se entregan a las emociones ni al pensamiento, se sienten superiores. Son comprometidos, cumplidores, se puede confiar en ellos.

Dado que el perfeccionismo y la rigidez aparecen íntimamente ligados a la personalidad obsesiva en la literatura psicológica, podemos considerar que el Eneatipo Uno de Claudio Naranjo ofrece una interesante descripción de lo obsesivo como aspecto del carácter.

Los rasgos fundamentales que componen la estructura del carácter perfeccionista (Eneatipo Uno) son los siguientes: ira, crítica, exigencia, dominación, perfeccionismo, hipercontrol, autocrítica y disciplina.

En relación al rasgo perfeccionista de este carácter, comenta Naranjo: “Este vehemente interés por los principios morales y los ideales no constituye sólo una expresión de sumisión a las exigencias de un fuerte superego, sino que es también, en el plano interpersonal, un instrumento de manipulación y dominio, puesto que estas normas defendidas con tanto ímpetu son impuestas a los otros y, como comentábamos antes, sirven de tapadera para los deseos y exigencias personales”[7]. Aquí observamos el carácter expansivo del elemento obsesivo contenido en la actitud perfeccionista.

3.4 Carácter compulsivo de Reich

Wilhelm Reich fue uno de los principales discípulos de Freud. Como otros muchos, acabó distanciándose de su mentor y elaborando sus propias teorías a partir del psicoanálisis original.

Uno de los principales resultados de los trabajos de Reich es su Análisis del Carácter, donde elabora una teoría de la personalidad y una tipología del carácter, unificando, por primera vez en la historia de la psicología, la mente y el cuerpo.

Para Reich, “El carácter consiste en una alteración crónica del yo, a la que podríamos calificar de rigidez. Es la base de la cronicidad del modo de reacción característico de una persona. Su significado es la protección del yo contra peligros exteriores e interiores. Como mecanismo de protección que se ha hecho crónico, puede denominársele con todo derecho una coraza”[8].

En relación al fenómeno obsesivo, Reich identificó un tipo de carácter al que denominó compulsivo. Este carácter se distingue por una preocupación excesiva por el orden y adecuación a un programa de vida preconcebido, donde cualquier alteración de dicho programa se vive como displacer e incluso con angustia. Por tanto, son personas que se adaptan con dificultad a los cambios, lo cual reduce también su capacidad creativa.

Otro rasgo importante es “la tendencia al pensamiento circunstanciado, caviloso”[9]. Esto implica una dificultad para centrarse en los aspectos importantes y una propensión a detenerse en exceso en los pequeños detalles. Reich asocia este rasgo al proceso general de represión, estando dirigido a mantener inconsciente el material reprimido.

Reich completa el mapa del carácter compulsivo asignándole rasgos como una tendencia a la economía (cuando no a la avaricia); sentimientos de compasión y culpa; indecisión, duda y desconfianza; así como una actitud de freno y control asociada a un importante bloqueo afectivo. Este bloqueo afectivo, que Reich sitúa en el centro del diagnóstico tendría que ver, en última instancia, con un temor a perder el autocontrol.

4.- Lo obsesivo y el guión

Eric Berne definió el guión como “un plan de vida basado en una decisión tomada en la infancia, reforzado por unos padres, justificado por acontecimientos subsiguientes y que culmina en una alternativa elegida.”[10]

Por tanto, vemos que el guión alude a un marco en función del cual vamos a orientar nuestro comportamiento.

Berne describió varios tipos de guiones. Una primera clasificación divide los guiones en tres tipos generales: triunfador, banal o no triunfador y fracasado.

El fenómeno obsesivo puede darse en cualquier tipo de guión, pero es en el fracasado donde parece existir un mayor caldo de cultivo para su aparición. El guión fracasado o perdedor se caracteriza por no saber qué haría si perdiera, por lo que sólo considera la posibilidad de ganar. Esta situación puede llevarles a obsesionarse con esperar el momento en que se den las condiciones para poder realizar aquello a lo que aspiran. Y como la situación perfecta nunca llega, pues nunca consiguen ver cumplidos sus objetivos.

Berne también clasificó los guiones en función del proceso que sigue el guión, considerando la existencia de los siguientes tipos: guiones nunca, siempre, hasta que, después de, una y otra vez, y guiones de final abierto.

Del mismo modo que en la primera clasificación, cualquiera de estos guiones puede favorecer la presencia de ideas obsesivas. Sin embargo, destacaremos algunos que parecen más directamente vinculados a lo obsesivo.

En los guiones “Siempre”, la persona confunde el permiso de hacer algo en un momento dado con la necesidad de hacerlo siempre, quedando atrapada en esta dinámica.

En los guiones “Hasta que”, la persona sobredimensiona la importancia de hacer algo (objeto de la obsesión) como medio para ser feliz.

En los guiones “Después de”, ocurre el proceso inverso al anterior, de manera que la persona exagera la importancia de no hacer algo como medio para preservar su estado actual.

Finalmente, en los guiones “Una y otra vez”, la persona puede llegar a obsesionarse con aquello que se le resiste a pesar de intentarlo una y otra vez.

5.- Retrato de un obsesivo[11]

Soy, entre otras muchas cosas, una persona obsesiva. Por tanto, lo obsesivo es algo muy presente en mi vida, algo con lo que convivo prácticamente a diario.

¿Cómo se manifiesta lo obsesivo en mi vida? Creo que la clave del mecanismo es el hecho de que el contenido de la obsesión no es lo más importante. El contenido es cambiante, se presenta durante un tiempo y después desaparece. Lo que pocas veces desaparece es la necesidad de estar obsesionado con algo o, dicho de otra manera, la tendencia a establecer una relación obsesiva con algún objeto, idea, persona…

Las primeras ideas obsesivas que recuerdo (o que me han recordado cientos de veces) tienen que ver con miedos infantiles. De pequeño preguntaba a mi madre cada noche si al día siguiente me iba a despertar, y cuando veía un charco preguntaba: “¿Tiene fondo?”, es decir, si tenía una profundidad capaz de tragarse a un niño. Además, necesitaba dormir con una pequeña lucecita encendida (“el piloto”) para no tener miedo por la noche.

Un poco más adelante, quizá con cinco o seis años, comenzó un tipo de obsesión muy recurrente para mí: la necesidad de alguien a quien admirar con pasión, un ídolo. Los he tenido en exclusiva y simultáneos, así como a diferentes escalas.

El primer ídolo que recuerdo fue mi tío materno: alto, fuerte, con vaqueros “ajustados”, corredor con el coche y con la música a tope. Después vinieron los ídolos del baloncesto, los tenía a nivel local, nacional y mundial. Más tarde pasé a admirar a santos, filántropos, intelectuales, terapeutas…

También recuerdo en estos años de la infancia la idea de la eternidad como un infinito hacia atrás y, sobre todo, hacia delante. La idea de un paraíso eterno (siempre lo mismo), a pesar de estar instruido para desearla, me producía una gran inquietud.

Otra obsesión, quizá la que más ha condicionado mi vida por su contenido, momento de desarrollo y duración fue la obsesión por el baloncesto. Entre los ocho y los quince años, prácticamente toda mi vida estaba dedicada a jugar al baloncesto, ver baloncesto, leer baloncesto, pensar y soñar baloncesto… Durante esos años hice algunas cosas impropias de niños a cuenta de esta pasión: Llevaba la cuenta del tiempo que llevaba jugando al baloncesto, de tal manera que me felicitaba a mí mismo los aniversarios; jugaba unos 362 días al año, y los dos o tres días que no jugaba lo echaba de menos, cuando llovía esperaba mirando por la ventana y salía corriendo en el momento en que veía que ya no llovía; con unos nueve años le dije a unos amigos que yo no podía tener amigos porque no tenía tiempo (y lo decía muy en serio); renuncié a ir con mis compañeros al viaje de fin de estudios del colegio por ir a un campamento de baloncesto; lloraba y me lamentaba cuando no conseguía jugar al nivel que yo consideraba necesario; no podía imaginarme una vida de adulto sin ser jugador profesional de baloncesto (recuerdo que me agobiaba mucho pensar que podría tener una vida normal con un trabajo normal).

Las obsesiones que más me han inducido a fantasear han sido el baloncesto, el sexo y el amor romántico. Del baloncesto creo que ya he hablado suficiente. En cuanto a las otras, desde pequeño me sentí gordo y diferente a los demás (la verdad es que me ayudaron bastante a sentir esto). Por este motivo y supongo que por alguno más, desde muy pequeño consideré el sexo y el amor como asuntos tan atractivos e importantes como inalcanzables para mí. Pasé muchos años soñando con tener una pareja, viviendo más que viendo las películas donde se mostraban historias de parejas y sintiendo mucho rechazo de quienes hablaban de la pareja sin el respeto y la devoción que merece lo sagrado. Por su parte, el sexo era un tabú del que no se podía hablar y que no aspiraba a experimentar a corto plazo, lo recuerdo como una sensación de impotencia y frustración bastante dolorosa.

Cuando estudiaba trabajo social, recuerdo que estuve muy obsesionado con los estudios, llegando a unos niveles de autodisciplina y perfeccionismo que, afortunadamente, no he vuelto a poner de manifiesto.

Por último, la obsesión que más presencia ha tenido en mi vida (en el sentido de que desde siempre me ha acompañado y de que me ha marcado profundamente) ha sido la de sentirme gordo. De pequeño, reconocerme como gordo (más tarde me di cuenta de que no era para tanto) significó identificarme como alguien diferente, con un rasgo distintivo negativo y con unas limitaciones físicas. A partir de ahí, he pasado toda mi vida con grandes oscilaciones de peso y tamaño, pasando hambre y, si se me permite, comiendo como un animal.

Otras obsesiones que han invadido mi espacio vital han sido la salud, el trabajo, el tabaco (por suerte esta quedó atrás), el dinero, el lugar donde vivir, la identidad, la edad, la música, los libros, ser alguien famoso y admirado… Cada una de ellas, al igual que las anteriores, está conectada con unas etapas concretas de mi vida y responden a necesidades determinadas. En este sentido, cada idea obsesiva tiene su particularidad y su espacio propio en la historia de mi existencia. Por otra parte, como decía al principio, todas y cada una de estas ideas tienen en común su capacidad para colonizar mi sentir, mi pensar y mi actuar más allá de lo que sería preciso. De tal manera, quedan excluidas otras opciones que serían en cada momento más acordes a la situación y que me permitirían sentirme más equilibrado, en armonía conmigo mismo y con mi entorno y, en definitiva, más libre.

Bibliografía

  • Beck, A.T., Freeman, A. y otros (1992). Terapia cognitiva de los trastornos de personalidad. Barcelona: Paidos.
  • Berne, E. (1999). ¿Qué dice usted después de decir hola? Barcelona: Grijalbo.
  • Instituto Galene. Material elaborado para los alumnos del Experto en Psicopatología y Psicodiagnóstico (promoción 2013), Módulo 5: Cómo se estructura la neurosis: histéricos, obsesivos y pasivo-agresivos.
  • Martín, A. (2006). Manual práctico de Psicoterapia Gestalt. Bilbao: Desclée de Brouwer.
  • Naranjo, C. (1996). Carácter y Neurosis. Una Visión Integradora. Vitoria: Ediciones La Llave.
  • Peñarrubia, F. (1998). Terapia gestalt. La vía del vacío fértil. Madrid: Alianza.
  • Reich, W. (1995). Análisis del Carácter. Barcelona: Ed. Paidos.
  • Rosal, R., Gimeno-Bayón, A. y García, A.D. (2002). Tratamiento de los trastornos de personalidad y algunos síndromes con análisis transaccional. Barcelona: Instituto Erich Fromm de Psicología Humanista.

[1] La mayor parte de este resumen ha sido obtenido del material elaborado por el Instituto Galene para los alumnos del Experto en Psicopatología y Psicodiagnóstico, promoción 2013

[2] Rosal, R., Gimeno-Bayón, A. y García, A.D. (2002). Tratamiento de los trastornos de personalidad y algunos síndromes con análisis transaccional. Barcelona: Instituto Erich Fromm de Psicología Humanista.

[3] Rosal, R., Gimeno-Bayón, A. y García, A.D., op. cit.

[4] Rosal, R., Gimeno-Bayón, A. y García, A.D., op. cit.

[5] Beck, A.T., Freeman, A. y otros (1992). Terapia cognitiva de los trastornos de personalidad. Barcelona: Paidos. Citado en Rosal, R., Gimeno-Bayón, A. y García, A.D., op. cit.

[6] Oscar Ichazo, citado en Naranjo, C. (1996). Carácter y Neurosis. Una Visión Integradora. Vitoria: Ediciones La Llave.

[7] Naranjo, C. op. cit.

[8] Reich, W. (1995). Análisis del Carácter. Barcelona: Ed. Paidos.

[9] Reich, W. Op. cit.

[10] Berne, E. (1999). ¿Qué dice usted después de decir hola? Barcelona: Ed. Grijalbo.

[11] En este apartado describimos en primera persona la experiencia, en relación al fenómeno obsesivo, de una persona real.

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