Abrazos Terapéuticos

01/02/2015

José ZuritaQué reconfortante es un abrazo cuando se recibe de alguien que te quiere y que te respeta. Cuando existe permiso para el contacto y nos abrimos a él, sentimos la protección amorosa que nos llena, y podemos apreciar el maravilloso regalo que nos están ofreciendo. Nadie lo duda. Son maravillosos los abrazos, pero ¿por qué una gran parte de la sociedad se resiste a ellos?, ¿por qué no se prodigan más?

Aprendemos a vivir incorporando algunas resistencias al contacto físico que vienen de nuestro pasado histórico. Desde tiempos remotos nos educan para evitar el contacto físico por el riesgo a contraer enfermedades, a recibir puñaladas, robos, traiciones… y que lleven a embarazos no deseados.

Ahora vivimos en una sociedad en la que inmensa mayoría de esos riesgos no existen, o su peligrosidad se ha minimizado al máximo, y en general seguimos con las resistencias bastante altas. Continuamos rechazando el contacto físico y, sobre todo, los abrazos.

En una Relación Terapéutica, desde el enfoque Humanista Integrativo al menos, se dan las circunstancias para que el paciente se sienta seguro ante un posible contacto físico y pueda beneficiarse profundamente de todo lo que le puede aportar un abrazo que por su contexto y resultados bien podemos llamar terapéutico. Terapeuta y paciente saben que en la Relación Terapéutica no cabe la sexualización del contacto, por lo que pueden sentirse seguros cuando dan o reciben un abrazo terapéutico.

La Relación Terapéutica es una relación vertical. Si recordamos las tres características que tenían las Relaciones Verticales de Incorporación:

  1. Están sometidas al tabú del incesto
  2. La intencionalidad es siempre hacia abajo, en este caso hacia el paciente.
  3. El de abajo podrá incorporar lo que reciba del polo de arriba de la relación.

El abrazo será por tanto una intervención terapéutica si lo ofrece el terapeuta al paciente dentro del contexto de la Relación Terapéutica, y por tanto incluye las tres premisas enunciadas anteriormente. Estará exenta de sexualización, la intencionalidad debe ser siempre hacia el paciente, y el amor y todo lo que reciba del terapeuta podrá ser incorporado.

En nuestro Máster de Psicoterapia y Counselling Humanista Integrativo enseñamos a los alumnos, futuros terapeutas, a abrazar a sus pacientes. Siempre con el máximo respeto. Leyendo la comunicación corporal del paciente, siempre atentos a lo que nos esté transmitiendo para nunca invadirle, ni ocasionar ninguna experiencia negativa. Ofrecemos ese abrazo siempre que contamos con la petición expresa del paciente y su permiso. Servirá para dar contención, apoyo, soporte afectivo y reconfortamiento.

La experiencia de llorar en soledad es totalmente diferente de la de expresar la tristeza o el miedo a través de un llanto entre unos brazos protectores que acompañan y reconfortan.

Quien da el abrazo, en este caso el terapeuta colocará sus brazos por encima, y el que recibe siempre por debajo. Buscaremos que la duración sea como mínimo de 20 segundos para asegurar la secreción de oxitocina que, entre otras funciones, genera confianza.

Los brazos del terapeuta rodean el torso del paciente, mientras sus manos se mueven afectuosamente, transmitiendo al paciente un contacto vivo y con presencia amorosa. Las manos del terapeuta deben ejercer una presión medida que transmita acogimiento.

El terapeuta estará pendiente de la respiración del paciente, constatando que se encuentra en el “aquí y ahora” permitiéndose sentir lo que este abrazo le está ofreciendo. El cuerpo está comunicando continuamente y debe ser leído por el terapeuta para saber cuándo detener el contacto y separar sus cuerpos.

Pasados al menos 20 segundos, cuando el terapeuta perciba que ya está bien para el paciente, irá soltándose de forma amorosa y cuidadosa. Le dará la importancia que tiene a ese contacto profundo, muestra del amor compartido y transmitido al paciente a través de este acto terapéutico. La energía de los dos cambiará positivamente.

Autor: José Zurita

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